Teatro

EL ÚLTIMO TREN

Intervienen:
ARIZMENDI, 70 años. Benítez, 45 años.
CORA, 21 años. Donoyán, 23 años.
GUARDA.
ANCIANO.

PRIMER MOMENTO

Interior de un vagón de ferrocarril. Es un compartimento de los que pueden transformarse en coche dormitorio: 4 camas, dos altas y dos bajas. Ahora aparecen como asientos enfrentados. Medio día. El tren – que puede partir desde Buenos Aires con destino a Mar del Plata – se halla aún en la estación. Bullicio propio del momento. El compartimento tiene una puerta que se abre a un pasillo. En éste, una ventana que da al andén, que es el foro. Detrás del compartimento la ventanilla del servicio y luego el corredor que separa a un vagón de otro. Se ve el comienzo de éste a la derecha del espectador. A la izquierda, otras ventanillas. Al levantarse el telón aparece el
GUARDA, sólo, pensativo, preocupadamente pensativo. Asomado a la ventanilla está DONOYÁN conversando con una joven. Pausa. Aparece
ARIZMENDI. Camina con dificultad, apoyado en un bastón, y se deja caer sobre uno de los asientos.


ARIZMENDI - Buenos días,
GUARDA. (El
GUARDA no contesta, tan ensimismado se halla en sus cavilaciones) ¡Ay!
GUARDA – (volviendo a la realidad exterior). ¡Señor
ARIZMENDI! ¿Hace mucho que está aquí, señor
ARIZMENDI?
ARIZMENDI - ¿Mucho? No. Lo he saludado y usted no me ha respondido.
GUARDA – Perdón, estoy preocupado…
ARIZMENDI – Se ve. ¡Ay! El reuma me martiriza ¿Y qué lo preocupa tanto?
GUARDA - ¿Con ese reuma va al mar? La humedad del mar…
ARIZMENDI - Lo se; pero estoy obligado a hacer este viaje. Estoy construyendo el “club Atlántico”. Van a comenzar a techar y debo estar allí. Mi hijo viajó a Tucumán, sino este viaje lo hubiera hecho él.
GUARDA - Es cierto, hace dos meses que no lo veía viajar a usted.
ARIZMENDI - El reuma, amigo, el reuma. Pero no hablemos de él, cuando lo nombro parece que me doliera más. ¿Qué lo preocupa? Cuénteme.
GUARDA - Es un temor. Vago, tonto quizás; pero tiene sus fundamentos… ¿Usted cree en el destino, señor
ARIZMENDI?
ARIZMENDI – Sí.
GUARDA – Entonces debo cruzarme de brazos y dejar que se cumpla mi destino, o mejor “nuestro” destino (recalca), porque si yo muero, es posible que usted, todos los que van en este tren, mueran conmigo.
ARIZMENDI – ¡Un momento! ¿Qué está diciendo?
GUARDA – Sí, tengo el temor de que este tren pueda descarrilar.
ARIZMENDI - ¿Un presentimiento?
GUARDA – No, señor.
ARIZMENDI - ¿Un aviso del más allá? ¿Es usted espiritista?
GUARDA – No, no soy espiritista; pero se trata de un aviso, sí, aunque no del más allá.
ARIZMENDI - ¿Entonces?
GUARDA – El maquinista. Es un tipo raro. Temo que esté mal de la cabeza. Lo conozco desde hace más de diez años y últimamente lo oigo decir cosas raras… Hoy, por ejemplo, ahora mismo, al subir a la máquina, me dijo: “¿No te parece, Juan, que es triste vivir y morir como vivimos y moriremos nosotros?” ¿Cómo moriremos? – le pregunté. “Sin que nadie nos nombre, en el anónimo” – me respondió él, y siguió: “¡Es desesperante!” Me resigno a vivir en el anónimo, olvidado; pero morir como un perro… “¡Yo haré algo que obligue a los periódicos a ocuparse de mí. Seré célebre aunque sea un solo día!” Matá a alguno – le dije. “Eso H haré” – me respondió muy serio, y enseguida, sonriente, como bromeando, porque el maquinista es un hombre muy afecto a las bromas, sobretodo cuando tiene una copa de más, cosa bastante frecuente. Sonriendo, me dijo: ¿Qué te parece si echara a volar este tren, y me matase yo con todos los pasajeros? Aquí viajan gentes ricas, hombres conocidos, parlamentarios, jueces, financistas, millonarios con sus familias y herederos. Si yo hiciera estrellar a todos. ¿Qué te parece, los diarios se ocuparían de mí?... Lo miré un segundo, me encogí de hombros, y seguí. Bromeaba… En aquel momento tuve la certeza de que bromeaba, pero ahora… (Pausa).
ARIZMENDI - ¿Ahora, qué?...
GUARDA – Dudo.
ARIZMENDI - ¿Y por qué duda?
GUARDA – No sé. Al irme gritó: “Juan, no hagas este viaje. Sos un pobre diablo, no merecés morir entre tanta gente conocida”. No lo miré siquiera. Seguí caminando. Y aquí me tiene. Preocupadísimo. (Consulta el reloj). Todavía hay tiempo. ¿Si a usted le parece?...
ARIZMENDI - ¿Qué?
GUARDA - (Excitado) ¡Dar parte al jefe de la estación, evitar una catástrofe!
ARIZMENDI - No. Quedaría en ridículo. Esté seguro que el maquinista bromeaba… Además, yo soy determinista. ¿Sabe usted lo que es ser determinista?
GUARDA - No, señor.
ARIZMENDI - Es creer en el destino. Hace un instante, usted me preguntaba si yo creo en el destino. Sí, creo. Yo tiro una piedra. Esa piedra sale de mi mano con una fuerza determinada, el aire le opone una determinada resistencia. La piedra irá a caer a diez o a veinte metros, según lo que esté determinado. Ni un centímetro más. Igual las vidas humanas. Tal día, tal hora, tal minuto, usted o yo debemos morir. No viviremos un segundo más. Es inútil debatirnos, desesperarnos, luchar. Todo es exacto. Todo está matemáticamente resuelto. Si usted y yo debemos morir dentro de diez minutos, en vano usted querrá impedirlo. Supóngase que usted avisa al jefe, el jefe le cree, cosa bastante problemática, cambia maquinista… usted, yo… y todos los pasajeros de este tren que deben morir dentro de diez minutos, ¡moriremos! ¿Cómo? No lo sé; ¡pero moriremos! Yo tenía un amigo aviador, hombre temerario y sereno. Cien veces había desafiado la muerte, y la había burlado, según él. Una mañana, volando sobre los Andes, el motor le falla, él, avezado, lucha contra la fatalidad. El aparato se precipita siempre. Recurre al paracaídas que lo deposita a salvo sobre un valle. El aviador podía creerse con toda la vida por delante. Pero la incógnita de su ecuación vital ya estaba resuelta, él debía morir, ¡y murió! Su aparato cayó sobre una cumbre, provocó un desprendimiento de nieve y el alud lo sepultó. (Pausa).
GUARDA - ¿Entonces usted cree que no debo temer nada?
ARIZMENDI - ¡Nada! (Entran Benítez y
CORA)
BENITEZ – Buenos días.
CORA – Buenos días.
ARIZMENDI – Buenos días.
GUARDA – Hasta luego, señor
ARIZMENDI.
ARIZMENDI – Vaya tranquilo. (Sale el
GUARDA). ¡Pobre
GUARDA! Es un joven que conozco hace más de cinco años. Cumplidor, correcto. Tenía un escrúpulo que le acabo de disolver como quien disuelve un cálculo…hepático. Ustedes disculparán que les esté charlando sin que me conozcan. Me presentaré: Soy Pedro
ARIZMENDI, arquitecto, 70 años de edad, mártir del reuma. ¿Ustedes dirán que soy un entrometido? Pero debemos viajar juntos varias horas, ¿cómo ir callados? Yo no soy un hombre isla, soy un hombre continente.
BENITEZ – Está muy bien, señor. Opino como usted. Me presentaré: Tulio Benítez, abogado; la señora es mi esposa:
CORA Sanjurjo.
ARIZMENDI – El mayor gusto, señora. Tendrán en mí un entretenido compañero de viaje. Con un quintal de anécdotas y cuentos en la cabeza.
CORA - ¿Falta mucho para partir? (Campanadas).
ARIZMENDI – Ahí está la respuesta. (Crece el bullicio del andén. Silbato. El tren se pone en movimiento.
DONOYAN en la ventanilla, saluda. El tren deja atrás la estación. Ruido característico).
BENITEZ - ¡Hermoso día!
CORA – El campo brilla como un espejo.
BENITEZ – Como un espejo limpio. (Ríe).
ARIZMENDI - ¡La primavera, la primavera!
DONOYAN – (Entrando) Si no molesto…
ARIZMENDI - ¡Qué esperanza, joven! Cuántos más seamos, mejor. A mí me place tener un gran auditorio. Soy un conversador incansable.
GUARDA – (En la puerta) ¡Señor
ARIZMENDI! ¿No le parece que el tren va demasiado rápido?
ARIZMENDI - ¡Mejor, pues! Llegaremos antes.
GUARDA - Bueno, bueno… (Desaparece).
ARIZMENDI – (a
DONOYAN). Yo a usted lo conozco. ¿No es el pintor Lucio
DONOYAN, primer premio de pintura en el último salón?
DONOYAN – Sí, señor. ¿A quién tengo el placer?...
ARIZMENDI – A uno de sus jueces. El arquitecto Pedro
ARIZMENDI.
DONOYAN - ¡Tanto gusto! (Se dan las manos).
ARIZMENDI - Ya que nos conocemos, le presentaré al señor Benítez y señora. (Saludos). Tengo aquí un montón de revistas. Si prefieren leer, hay mucho para leer. Si prefieren conversar, conversaremos. Es decir, me oirán hablar a mí. (Ríe). BENÍTEZ - ¡Conversemos!
DONOYAN – O sea: Hable usted, señor
ARIZMENDI. Soy un buen compañero de viaje para usted. Prefiero escuchar más que hablar.
ARIZMENDI – Como todo verdadero artista. Observador y estudiante perpetuo. Oyendo se aprende y hablando ni se aprende ni se enseña. Yo hablo porque no soy artista.
CORA – Un arquitecto…
ARIZMENDI – Es un albañil con pretensiones. Sin embargo, el joven
DONOYAN, innegable artista, hace un momento, en la ventanilla, hablaba con entusiasmo.
DONOYAN – Se trataba…
ARIZMENDI – Ya lo sé. Vi un rostro lindo, unos ojos maravillosos, oí una risa de flauta: ¿Cómo no hablar teniendo una oyente así? Yo, a pesar de mis sesenta otoños y mi reuma, delante de una mujer bonita, hablo dos veces más de lo acostumbrado. Tal vez sea esto lo que me está ocurriendo ahora… (Pausa).
BENITEZ – Ya que ella no se da por enterada, le agradezco yo la galantería.
CORA - ¿Qué galantería?
ARIZMENDI – La acabo de llamar bonita.
CORA – No había reparado. Estaba distraída. Miraba el campo, los animales.
ARIZMENDI – Y usted, pintor, ¿también miraba el campo? Yo, de ser pintor, no perdería mi tiempo en hacer paisajes. Me dedicaría a retratar mujeres lindas. Sólo para poder mirarlas con absoluto descaro.
GUARDA – (Demudado) ¡Señor
ARIZMENDI!
ARIZMENDI - ¿Qué ocurre,
GUARDA?
GUARDA – El tren debía parar en esa estación…
ARIZMENDI - ¿Y qué?
GUARDA - ¡No ha parado!
ARIZMENDI - ¿Está seguro que debía parar?
GUARDA – Si, seguro. ¡Ya vuelvo! (Sale).
BENITEZ - ¿Qué le pasa a este
GUARDA?
ARIZMENDI – Está preocupado… ¡Hablemos de otra cosa! ¿Vendió mucho en su última exposición, señor
DONOYAN?
DONOYAN – Bastante.
BENITEZ - ¿Por valor de cuánto?
DONOYAN – Treinta mil pesos.
ARIZMENDI – ¿Con los cuales pensará irse a Europa?
DONOYAN – Efectivamente.
BENITEZ – Lo de todos los artistas. ¿Y por qué no los invierte, no los hace producir? Eso le daría libertad. Precisamente, soy síndico de una compañía anónima: “La Quebrachera del Norte”. El pasado balance arrojó el 10 % para los tenedores de acciones. ¿Un interés muy superior al de los títulos nacionales?
DONOYAN – Lo pensaré.
GUARDA – (Más demudado) ¿Otra estación sin detenernos? ¡El maquinista hace lo que me anunció!
ARIZMENDI - ¡
GUARDA!
CORA - ¿Qué ocurre? ¡Tengo miedo! Este
GUARDA me impresiona.
BENITEZ - ¿Qué le anunció el maquinista?
GUARDA - ¡Vamos a más de 100 kilómetros por hora! (Sale).
CORA - ¿Qué pasa, señor? ¿Sabe usted qué pasa?
BENITEZ – Este tren va demasiado rápido. ¿Oyen el ruido que hace?
ARIZMENDI – (Gritando) ¡
GUARDA,
GUARDA!
DONOYAN – Voy a llamarlo. (Sale).
CORA - ¡Tengo mucho miedo!
ARIZMENDI – No perdamos la serenidad. (Por el pasillo se ven cruzar pasajeros apresuradamente).
GUARDA – (Seguido de
DONOYAN) ¡No para en ninguna estación! ¡Y cada vez va más ligero, más ligero! (Se tira sobre uno de los asientos, la cabeza entre las manos).
ARIZMENDI - ¿Qué se puede hacer para impedir…?
GUARDA - ¡Nada, nada! (
CORA rompe a llorar, se abraza a Benítez. En las ventanillas de los vagones contiguos aparecen caras asustadas de pasajeros. Tumulto en el pasillo).
BENITEZ - ¡Algo hay que hacer!
GUARDA - ¡Vamos a la muerte! ¡Todos!
CORA - ¿A la muerte? ¿Todos? ¿Yo también?
DONOYAN – (Al
GUARDA) ¿Pero está usted loco?
GUARDA - ¡Yo tengo la culpa! ¡Yo, yo! (De pie, ademán desesperado). ¡Y usted también, señor
ARIZMENDI! ¡Pero yo, sobretodo yo! ¡Yo tengo la culpa!
BENITEZ - ¡Explíquese!
GUARDA - ¡Un loco nos lleva a la muerte a todos! ¡El maquinista está loco! (Vuelve a hundir la cabeza entre los puños trémulos.
CORA se yergue, dispuesta a salir).
BENITEZ - ¿Dónde vas,
CORA?
CORA - ¡Afuera!
BENITEZ - ¡Quedate aquí!
ARIZMENDI – Serenidad.
CORA – (Enfrentándolo, furiosa). ¿Qué le importa morir a usted? ¡Usted es viejo! ¡Yo soy joven! ¡Yo quiero vivir! (Cae, llorando).
GUARDA – ¡Si nos salvamos, me suicido! ¡Yo tengo la culpa!... (Gritos desesperados llegan del pasillo y de los otros vagones).
DONOYAN – (Que se había asomado a la ventanilla, entra gritando). ¡Allá viene otro tren! ¡Nos estrellamos, nos estrellamos!
CORA - ¡Ah! (Cae desmayada).
GUARDA - ¡Yo tengo la culpa! ¡Esto es horrible! ¡Horrible! (Estruendo catastrófico).

0TELON

SEGUNDO MOMENTO

Igual decoración. Es noche oscura. El tren no produce ruido alguno. Los mismos personajes: ARIZMENDI, Benítez, CORA, DONOYAN, el GUARDA. Todos aparecen dormidos. Con ellos se halla un
ANCIANO que los observa: Aspecto singularmente venerable, mirada extraordinariamente bondadosa, voz maravillosamente dulce, fresca y juvenil, casi femenina. Pausa.

GUARDA – (Súbitamente se pone de pie, grita): ¡Esto es horrible! ¡Horrible! (El
ANCIANO extiende la diestra hacia él, lo toca, y el
GUARDA vuelve a caer dormido. Pausa.
ARIZMENDI – (Despertando). ¿Me habré dormido? ¡Es curioso! Mis compañeros duermen también. ¿Y el
GUARDA? ¿Pero cuándo nos dormimos? (Reparando en la oscuridad). ¿Es de noche ya? Salimos a las 12. ¿Cuánto hemos dormido?
ANCIANO – Un año, dos años, diez años… ¡Quién sabe!
ARIZMENDI – Buenas noches, señor. No había reparado en que usted estaba aquí. Cuando nos dormimos usted no estaba.
ANCIANO – Así es.
ARIZMENDI - ¿Va para Mar del Plata usted también?
ANCIANO – Yo voy de la eternidad hacia la eternidad. Soy un viajero eterno.
ARIZMENDI – (Después de observarlo). No sé qué le encuentro a usted de enigmático. Su aspecto es el de un
ANCIANO. Su voy y su mirada son juveniles. Usted disculpará, señor. Es una curiosidad de viejo. Yo tengo 70 años. ¿Es usted mayor que yo, acaso?
ANCIANO - ¿Y si yo tuviera sesenta mil años?...
ARIZMENDI – ¿Sesenta mil dice usted? (Ríe).
ANCIANO – Sesenta millones de años.
ARIZMENDI – Sería una edad más que respetable. (Ríe). Pero si a mí, a los setenta años, me martiriza el reuma, usted, señor bromista, con sus sesenta mil años o sus sesenta millones de años, ¿qué reuma tendría?
ANCIANO - ¿Pero usted tiene reuma? ¡No!
ARIZMENDI - ¿No, dice usted? Si casi no puedo mover esta pierna…Pero… ¿Será posible?... (Asombro inaudito).
ANCIANO - ¿Qué le ocurre? ¿Por qué se asombra?
ARIZMENDI - (De pie, salta). ¡No me duele nada!
ANCIANO – Tiene usted la agilidad de un atleta de 20 años. (Pausa.
ARIZMENDI mira a su alrededor, al
ANCIANO. Mueve la pierna, hace flexiones. Y cae sobre su asiento, pensativo. El
ANCIANO, sonríe).
ARIZMENDI - ¿Quién es usted?
GUARDA – (Despierta, Agitando los brazos convulsivamente). ¡Esto es horrible! ¡Horrible!
ANCIANO -¡Paz! (Extiende su diestra sobre él, lo toca, y el
GUARDA cae dormido. Pausa).
ARIZMENDI - ¿Dónde estoy?
ANCIANO – En el tren.
ARIZMENDI - ¿En el tren que nos llevaba de Buenos Aires a Mar del Plata?... ¿Pero aquel tren?...
ANCIANO – (Lo interrumpe). ¡Silencio! Otro que despierta.
DONOYAN – (Abriendo los ojos) ¿Me he dormido?
ANCIANO – Así parece, joven.
DONOYAN – Señor
ARIZMENDI: ¿Cuándo me dormí? ¿Y Benítez y su esposa también duermen?
ARIZMENDI – Y el
GUARDA.
DONOYAN - ¿El
GUARDA? Esto parece el cuento de la Bella Durmiente del Bosque.
ANCIANO - ¿y si aquel cuento infantil sólo fuera un símbolo de lo que en realidad ocurre? Dormimos para despertar. Sólo que al dormir le llamamos muerte.
DONOYAN - ¿Muerte?
ANCIANO - ¿Lo asusta la palabra? ¡Siempre niños los hombres! Siguen asustándose de las palabras.
ARIZMENDI - ¿Pero aquel tren?... Trate de recordar, amigo Íbamos en un tren… ¿Aquél tren es este mismo tren?... Al otro, ¿no le ocurrió?... Recuerde,
DONOYAN.
DONOYAN – No comprendo.
ARIZMENDI – En el tren que viajábamos, ¿no ocurrió una catástrofe?
GUARDA – (Súbitamente de pie). ¡Yo tuve la culpa! ¡Esto es horrible, horrible! (El
ANCIANO lo duerme).
ARIZMENDI – Y yo ya no tengo reuma. (Mueve la pierna, salta). ¿Cómo me explica esto,
DONOYAN?
DONOYAN – No sé, no sé.
ARIZMENDI – Y la presencia de este
ANCIANO de voz y mirada juveniles, ¿cómo se lo explica?
DONOYAN – Habrá entrado mientras dormíamos.
ARIZMENDI - ¿y Cuánto habremos dormido?
DONOYAN - ¿Cuánto?... Ya es de noche… Habremos dormido seis horas.
ARIZMENDI - ¿O seis años?... ¿No comprende usted,
DONOYAN?
DONOYAN – No. ¿Qué debo comprender?
ARIZMENDI – Yo comprendo. ¿Sabe lo que nos ocurre?
ANCIANO - ¡Silencio! Otros dos despiertan. (Benítez y CORA abren los ojos).
CORA - ¡Oh! ¡Qué vergüenza! Nos hemos dormido. ¿Por qué nos han dejado dormir?
DONOYAN – Yo también acabo de despertar.
ARIZMENDI – Todos nos habíamos dormido.
BENITEZ – Siento la sensación de la ebriedad. Veo todo lejano, casi ajeno a mí. Pero no recuerdo haber bebido.
CORA - ¿Y el GUARDA durmiendo aquí? ¿Qué significa esto?
ANCIANO - El pobre GUARDA tendrá sueño, como ustedes…
ARIZMENDI - ¿Qué edad le calculan al señor? Tiene sesenta millones de años. Y este tren. ¿Qué me dicen de este tren? ¿No les parece extraordinario?
DONOYAN – A mí, no.
CORA – A mí, tampoco.
BENITEZ – Lo que a mí me parece extraordinario es la clase de ideas que se me ocurren. Por ejemplo: Yo necesito decirle al señor
DONOYAN que no me haga caso, que no compre las acciones de “La Quebrachera del Norte” que acabo de ofrecerle. ¡Perderá su dinero, señor
DONOYAN! Esa es una sociedad fundada para fundirla, una telaraña de ingenuos… ¡Ah! (Un gran suspiro de alivio, y cae dormido nuevamente).
CORA – (Alarmada) ¿Qué te ocurre, Luis? ¡Se ha desmayado!
ANCIANO – No. Déjelo dormir. El señor
DONOYAN tiene que decirle algo…
DONOYAN – Señora, yo a usted la deseo. No rechacé la propuesta de su marido para poder relacionarme con ustedes… Y quizás... como soy más joven que su marido… ¿Pero no le parece, señora, que eso no está bien? Yo acababa de dejar a mi novia en la estación…
ARIZMENDI – Hablando de lo que no está bien, debo decirle
DONOYAN, que, aunque pertenecí al jurado que le otorgó el primer premio, no lo voté. Usted, a mi juicio, es un mal pintor. Un pintor “pompier”. Por eso vende sus cuadros tan fácilmente.
DONOYAN – Muchas gracias por su sinceridad. Por otra parte, le diré que yo no estimo en nada su juicio. Es usted arquitecto, y ¿por qué un arquitecto ha de entender de pintura?
CORA – (A Benítez). ¡Luis, Luis, despierta! (Benítez abre los ojos). Quería decirte que yo no te amo, que nunca te amé, que me he casado por tu dinero.
BENITEZ – Ya lo sabía. (Vuelve a dormirse).
ANCIANO - ¿Y por qué se están diciendo ustedes esas cosas?
ARIZMENDI - ¿Por qué?
CORA - ¿Por qué?
DONOYAN - ¿Por qué?
ANCIANO - ¿No lo saben? (Pausa). Porque acaban de adquirir conciencia. ¿Y por qué acaban de adquirir conciencia? (Pausa). Hay una plegaria que dice: “De muerte repentina, líbranos señor”. ¿No les parece que morir repentinamente impide ir adquiriendo conciencia en vida, como la va adquiriendo el moribundo?
CORA - ¿Por qué habla usted de la muerte? ¿Quién es usted que nos habla de la muerte?
ANCIANO - ¿Y por qué pronuncia usted con temor la palabra muerte? ¿Por qué no considerar a la muerte como un hecho natural, sin miedo, así como consideramos al sueño? Más aún: ¿como algo tan necesario como el dormir y hacia el que vamos con el mismo gozo? El niño teme a la oscuridad, el adulto no la teme. Es de ignorante el temor a la muerte. Y de sabio el no temerla… Pero, ¿qué es ser sabio? (Pausa). Los hombres creen sabio al que sabe decir Dios en varios idiomas, y cuánto más exóticos son éstos, más sabio lo creen. Y es sabio el que obra como dios, aunque sólo sepa su idioma nativo, menos aún, sólo el dialecto de su aldea. Sabio es el que ama a su prójimo como a sí mismo.
DONOYAN - ¿Y por qué nos está diciendo estas cosas?
ARIZMENDI - ¿No comprende todavía,
DONOYAN?
DONOYAN - ¡Comprender! ¿Qué quiere que comprenda?
ARIZMENDI – Este tren… ¿Es el tren con el que salimos de Buenos Aires?
CORA - ¿Y por qué no ha de serlo?
ARIZMENDI – Recuerden que aquél hacía ruido.
DONOYAN – Como todos los trenes.
ARIZMENDI - ¿Pero éste, hace ruido acaso?
DONOYAN - ¡Es verdad!
CORA - ¡No hace ruido!
DONOYAN - ¿Está parado?
ANCIANO – No está parado. Corre a una velocidad infinita.
DONOYAN - ¡Oh!
CORA – Entonces, si corre, ¿por qué no hace ruido?
GUARDA – (Despertando) ¡Esto es horrible, horrible! (El
ANCIANO vuelve a dormirlo).
BENITEZ - (Despertando) Gracias,
CORA, por haberme dicho la verdad. Sufro, pero merezco sufrir. Yo, con mi dinero, te compré. Eras vanidosa y me preferiste a tu novio, pobre…
CORA - ¡Oh! ¡Allí está Zito! (En la puerta aparece la figura blanca de un joven. Sonríe). ¿Cómo está aquí Zito, si murió hace tres años? (Desaparece el joven y la puerta encuadra la figura blanca de una mujer).
BENITEZ - ¡También está aquí! Yolanda, mi primera mujer. (Desaparece). (Aparece una figura de joven, casi una niña).
DONOYAN - ¡Y mi hermana Verónica! (Desaparece). (Aparece una anciana).
ARIZMENDI - ¡Y mi madre! (Desaparece)
CORA – Yo necesito ver a mi novio, hablarlo, decirle que estoy arrepentida. ¿Acaso encontré la felicidad en mi matrimonio por interés? Con él sí hubiera sido feliz. ¡A él sí lo amaba!
BENITEZ – Yo también necesito ver a Yolanda, mi primera mujer. Confesarle que su muerte me alegró, porque me daba la libertad que me permitiría comprar a
CORA… ¡Quiero verla!
ANCIANO – Ya la verá. Tiene mucho tiempo.
BENITEZ – Pero ella está muerta.
ANCIANO - ¿No comprende todavía?
DONOYAN - ¡Yo, sí! Yo sé por qué acabo de ver a mi hermana Verónica. (Jubilosamente). ¡Yo ya comprendo!
ARIZMENDI – Yo hace rato comprendí. El reuma no me atormenta más. El tren no hace ruido. La presencia de este
ANCIANO, que no es un
ANCIANO de carne y hueso.
BENITEZ - ¿Pero entonces… nosotros?...
CORA - ¿Nosotros también?...
ANCIANO - ¡Sí! (Una luz súbita, radiante, esplendorosa, lo invade todo)
CORA - ¡Qué luz!
BENITEZ - ¿Y esta luz?
ARIZMENDI - ¡El sol! ¿Es el sol esta luz?
DONOYAN - ¡Brilla más que mil soles!
ANCIANO – No, no es el sol. ¡Es la VERDAD!

TELON