Teatro

LAS MULAS DE QUIMBO

Personajes
Quimbo
San Martín
Secretario

ACTO PRIMERO

Transcurre el año 1816. En Mendoza

Sol de mañana. Un camino. Al foro, perspectiva de montañas. Laterales accesibles. Pausa. Aparece Quimbo, muchachón de trece años, vestido pobremente, con poncho y ojotas. Se deja caer sobre una piedra, fatigado. Pausa. Por el lateral opuesto aparece un hombre de color moreno aceitunado. Viste de civil: es un hombre alto, de porte marcial y singulares ojos de viva luz. Su aspecto impone, pero no bien habla, cordialmente, se atrae la simpatía.

HOMBRE – (Pasando.) Buenos días.
QUIMBO – Buenos días, señor.
HOMBRE – (Va a seguir, pero se vuelve.) ¿Qué le pasa?
QUIMBO – Nada, señor, estoy cansado.
HOMBRE – Yo también estoy un poco cansado, me sentaré.
QUIMBO – (Haciéndole lugar.) Aquí hay sitio para los dos.
HOMBRE - ¿Va para la ciudad?
QUIMBO – No, señor. Voy al campamento, al plumerillo.
HOMBRE - ¿A ver algún pariente soldado?
QUIMBO – Voy a ver al mismo Coronel San Martín.
HOMBRE - ¿Es amigo de usted?
QUIMBO – No lo conozco. No lo he visto nunca.
HOMBRE - ¡Dicen de él tantas cosas!
QUIMBO - ¿Malas?
HOMBRE – Malas… y buenas. ¿Qué opina usted del Gobernador?
QUIMBO - ¿Yo del Gobernador?... (Lo mira un instante, lo mide) ¿Y qué puedo opinar yo? ¡Veremos cómo me va! Después voy a opinar.
HOMBRE - ¿Va a pedirle algo?
QUIMBO – Sí, señor. Y es algo justo. (Exaltándose.) ¡Algo muy justo!
HOMBRE – Si es justo se lo concederá.
QUIMBO – ¿Usted lo conoce?
HOMBRE – Bastante.
QUIMBO – Dicen que es un hombre raro.
HOMBRE – Quizá.
QUIMBO - ¡Y severo!
HOMBRE – Tal vez.
QUIMBO – (Lo mide nuevamente, con mirada más inquisitiva.) Yo conozco una señora que no habla muy bien de él por lo que él hizo. Le aplicó una multa de cuatrocientos pesos hace dos días.
HOMBRE – Conozco el caso: Es la señora Manuela Sáenz de Conil. Una goda nacida en esta ciudad. ¡Qué vergüenza! Ser americana, ser cuyana sobretodo, ser de un país de patriotas, y estar contra la Patria, a favor del rey que nos tiraniza.
QUIMBO – Ella dice que no es partidaria del rey…
HOMBRE – No es partidaria del rey, pero tampoco lo es de la Patria. Y en estos días, cuando uno debe jugarse todo, porque todo peligra, no se puede ser indiferente. ¿Qué dice usted?
QUIMBO - ¡Yo estoy con la Patria, señor! Lo dice con tal plena seguridad que el HOMBRE sonríe y le palmea la espalda.
HOMBRE - ¡Así me gusta, muchacho! ¡No vacilar! A esa señora, que es una mujer de fortuna, se le pidió una contribución para el ejército. Envió seis zapallos. ¡Una burla! ¿Con que burlándose de la P? El Cabildo le impuso una multa de cuatrocientos pesos. Esa señora fue a ver al Coronel San Martín: rogó, lloró, hizo mil ofrecimientos, se humilló hasta la súplica. El Coronel se mantuvo inflexible. ¿Jugar con la libertad de la Patria? ¡No! (Ha adquirido tan enérgico tono que el muchacho lo observa entre temeroso y admirado.) ¿Qué opina usted? ¿Hizo mal el Coronel San Martín?
QUIMBO – Hizo bien. Hombre - ¡Ya lo creo que hizo bien! Muchos criollos ricos son así: Poco les importa que sea el Rey o la Libertad quien gobierne. Se les pide que den los esclavos jóvenes para el ejército y protestan, se les pide que hagan una donación y dan una miseria. No hay otro remedio: ¡Multas y más multas! Casualmente aquí tengo la disposición del Cabildo. (Saca un papel y lee.) “Se emplaza a Doña Manuela Sáenz de Conil para que en el plazo improrrogable de seis días, pague la multa de 400 pesos que se le impone bajo apercibimiento de que, en caso de no hacerlo, se le doblará su importe por el desacato de haber ofrecido seis zapallos al Ayuntamiento, en beneficio de la libertad de América.” (Guarda el papel.) ¡Esa no se burla más de nosotros!
QUIMBO - ¿Quiénes son ustedes?
HOMBRE - ¿Nosotros? Los que combatimos por la libertad: usted, yo… ¡y tantos más! Ayer se presentó una mujer con sus dos hijos, a ofrecerlos para el ejército. No habían cumplido catorce años, no se les admitió todavía… ¿Y usted que edad tiene?
QUIMBO – Dentro de unos días cumplo los catorce. No bien los cumpla me enrolo.
HOMBRE - ¡Bien, muchacho!
QUIMBO – Pero antes debo arreglar mi asunto con el coronel San Martín. Por eso voy a verlo: resulta que yo y mi hermano de doce años somos huérfanos. Vivimos con la abuela que tiene 90 años y está lisiada. Trabajábamos con dos mulas, pero llegó el decreto de la remonta y ese decreto nos ha quitado las mulas para el ejército. ¿De qué vivir ahora? ¿Nos moriremos de hambre los tres? ¿Saldremos a mendigar?
HOMBRE – Y usted va a pedirle al coronel…
QUIMBO - ¡Que me haga devolver las mulas! ¡Que le saquen las mulas a los ricos, sí!, pero a nosotros, los pobres…
HOMBRE – La libertad necesita el sacrificio de todos, pobres y ricos. Ya ve, las damas han dado sus joyas.
QUIMBO – Está bien, señor, que las damas den sus joyas. Sin joyas pueden seguir viviendo; pero quitarme a mí las dos mulas con que trabajo para dar de comer a mi abuela lisiada… ¡No es lo mismo, señor! ¿Le parece a usted que es lo mismo?... Pues, aunque a usted le parezca que es lo mismo, a mí me parece que no es lo mismo.
HOMBRE – Yo no digo nada… Propóngale el asunto al coronel San Martín; aunque dudo que le devuelva las mulas. La ley es la ley, para todos.
QUIMBO – Y si no me las devuelve… (Pausa.)
HOMBRE - ¿Qué?
QUIMBO – Si no me devuelve mis mulas… ¡Yo sé lo que voy a decirle al coronel San Martín! (Pausa.)
HOMBRE - ¿Qué va a decirle?
QUIMBO – ¡Le diré que es un tirano! ¡Tirano, sí!
HOMBRE - ¡Cuidado, amigo! Eso le puede costar muchos días de cárcel, usted sabe que con el coronel San Martín no se juega.
QUIMBO - ¡Y con el hambre de mi abuela lisiada y de mi hermano tampoco se juega! Yo voy a pedir una cosa justa y cuando pido una cosa justa… (Pausa.)
HOMBRE - ¿Qué?
QUIMBO – No tengo miedo de decirle la verdad a nadie.
HOMBRE - ¿Ni al Gobernador?
QUIMBO - ¡Ni a Dios! (Pausa.)
HOMBRE – ¡Así me gusta, muchacho! ¡Decisión, energía!... Pero… pero…
QUIMBO - ¿Cree que yo no soy capaz de decirle al Gobernador que es un tirano si no me devuelve las mulas?
HOMBRE – Sí, será capaz, pero puede costarle caro.
QUIMBO - ¿Y no es bastante caro que mi abuela, mi hermano y yo, tengamos que morir de hambre o pedir limosna? Hombre – Está bien. ¡Pruebe! ¡Véalo al coronel San Martín!... Para que lo atienda pronto, dígale al secretario que va de parte de José Matorral.
QUIMBO – José Matorral.
HOMBRE – Es mi nombre. Y ahora, la mano. (Se incorporan y saludan.) ¡Y que tenga buena suerte! ¡Buena suerte y valor!
QUIMBO - ¿Para decirle al coronel San Martín lo que a usted le he dicho? ¡Ya lo creo que se lo diré! ¡Como que me llamo Quimbo! ¡Se lo diré!
HOMBRE – Hasta la vista, muchacho. (Se encamina hacia un lateral.)
QUIMBO - ¡Se lo diré! ¡Se lo diré!

TELON LENTO

SEGUNDO ACTO

Escritorio del coronel San Martín, hora próxima al mediodía. Al levantarse el telón, está San Martín, paseándose. Medita, preocupado: es el mismo hombre del primer acto, pero vestido de militar con el traje azul y vivos encarnados de los granaderos. Pausa. Entra el Secretario.

SECRETARIO – Permiso; está allí un muchacho que dice venir de parte de José Matorra.
SAN MARTIN – (Sonríe.) ¡Sí, sí! Hágalo pasar.
SECRETARIO – Bien, señor. Sale y vuelve precediendo a Quimbo. Los deja solos. Pausa.
QUIMBO – Buenos días, señor
SAN MARTIN – Buenos días. Hable. ¿Qué desea? Pausa. Quimbo da vueltas al sombrero.
QUIMBO – Yo venía a hacerle un pedido.
SAN MARTÍN – Si es justo se le concederá.
QUIMBO – Justo es, pero…
SAN MARTÍN – Para lo justo no hay peros. Cuando hay un pero es porque no es justo.
QUIMBO – Así será, pero… Pausa muy larga.
SAN MARTÍN – No tenga miedo, hable. ¿Tiene mido? Si tiene miedo es porque su pedido no es justo.
QUIMBO – No tengo miedo… Me manda el señor José Matorras.
SAN MARTÍN – ¿José Matorras?... No lo recuerdo.
QUIMBO – El me dijo esta mañana que era amigo de usted.
SAN MARTIN – Hay muchos que se dicen amigos del Gobernador, pero el Gobernador no tiene amigos.
QUIMBO – Así parece ser…
SAN MARTIN – Afuera yo, el ciudadano San Martín, vestido de civil, puedo tener amigos. Aquí, el Gobernador, el coronel San Martín, no tiene amigos. Hable ahora. ¿Qué desea? (Pausa)
QUIMBO – Estoy por irme.
SAN MARTIN - ¿Por qué?
QUIMBO – Porque tengo más ganas de irme que de hablar.
SAN MARTIN - ¿Tiene miedo, entonces?
QUIMBO - ¿Miedo? ¿Miedo dice? Pues, ¡allá va!: Resulta que mi hermano y yo somos huérfanos, vivimos con la abuela de noventa y tantos años…
SAN MARTIN - ¿Noventa y tantos o noventa?
QUIMBO - ¿Antes dije noventa?
SAN MARTÍN - ¿Cuándo?
QUIMBO – Hoy… Me parece que a ese señor José Matorras que encontré por el camino… Quizás le ha dicho la edad de mi abuela.
SAN MARTIN – Puede ser… Hablo con tantos de los que ni el nombre recuerdo. Prosiga: su abuela de noventa y tantos años…
QUIMBO –Sí, señor, y lisiada. Los tres vivíamos de trabajar mi hermano y yo con las mulas. Llega el decreto de la remonta de mulas para el ejército… y nos quedamos sin nuestras dos mulas. Llega el decreto de la remonta de mulas para el ejército… y nos quedamos sin nuestras dos mulas.
SAN MARTIN - ¿Y usted viene a pedir que se las devuelvan, acaso?
QUIMBO – Sí, señor.
SAN MARTIN - ¡No puede ser!
QUIMBO – Sin embargo, yo creo que mi pedido es justo.
SAN MARTIN - ¡Imposible!
QUIMBO - ¡Nos moriremos de hambre los tres!
SAN MARTIN – Primero es la Patria.
QUIMBO – Tendremos que pedir limosna.
SAN MARTIN – Peor sería que la libertad anduviera pidiendo limosna. (Pausa.)
QUIMBO - ¡Bueno!... ¡Está bien!... ¿Qué vamos a hacerle? (Sigue murmurando.)
SAN MARTIN - ¿Qué dice? No le oigo…
QUIMBO – Y digo… digo que… que lo que dije hoy, ¡dicho está! Buenos días, señor… (Da vuelta y va a salir.)
SAN MARTIN - ¡Un momento! No se vaya todavía, amigo. ¿Sabe que ahora recuerdo a José Matorral? Y recuerdo que él me dijo haber hablado con un muchacho Quimbo…
QUIMBO – Soy yo.
SAN MARTIN – Que me iba a venir a ver por sus mulas y si yo no concedía su pedido me iba a decir tirano… (Pausa.)
QUIMBO – No sé qué me pasa, señor. Recuerdo sí que hablé con un señor José Matorral, alto, moreno, así como usted…Pero no recuerdo todo lo que hablé, señor… Tal vez le haya dicho eso, sí, porque uno, a veces, habla de más… ¿Eh? (Pausa.)
SAN MARTIN – Más son las veces que uno habla de más que de menos. ¡S uno pudiera siempre hablar poco y preciso! (Pausa.)
QUIMBO – Por mí no hubiese venido a solicitar las mulas, pero mi abuela me dijo que viniera: Andá a ver al Gobernador San Martín, yo sé que es un hombre bueno, amigo de los pobres… ¡Y vine! Iré y le diré a la abuela…
SAN MARTIN – Le dirá: ¡Se equivocó, abuela!
QUIMBO – No, señor, le diré: para el Gobernador San Martín primero está la Patria, la libertad de la Patria… y después todo lo demás.
SAN MARTIN - ¡Así es, mi amigo! (Pausa. Entra el secretario.)
QUIMBO – Entonces… ¡me voy sin las mulas! ¡Me voy a pedir limosna como si no tuviera pies ni manos!
SAN MARTIN – Se me ocurre algo, amigo. Por ejemplo: la Patria puede prestarle una de sus mulas para que trabaje…
QUIMBO - ¡Bien, señor! Y ya que se queda una de mis mulas en el ejército me quedo yo también. De todas maneras sólo me faltan unos días para cumplir los catorce años. Que mi hermano menor trabaje para la abuela, yo… ¡yo trabajaré para la libertad!
SAN MARTIN – Amigo: ¡Ya verá qué granadero voy a hacer de usted! ¿Ha oído? (Se dirige al secretario.) ¿Ha oído a este muchacho? ¿Cómo dudar de que la América será libre? ¡Es la misma Libertad la que habla por la boca de estos muchachos valientes! ¡Venga un abrazo! Quimbo se arroja sobre su pecho. (Pausa.)
QUIMBO – Ahora tengo que decirle otra cosa, señor. Ya que usted me trata así, y me abraza, no puedo dejar de decírselo, señor: esta mañana, allí en el camino, yo lo reconocí, yo sabía que estaba hablando con el Gobernador, pero hice como que no sabía para poder decirle allá lo que aquí era más difícil…
SAN MARTIN - ¡Zorro había sido!
QUIMBO - ¿Hice Mal, señor?
SAN MARTÍN - ¡No! Si en la vida, como en la guerra, hay que pelear a lo puma y también a lo zorro: con valor y con picardía. Cuando no se puede atacar de frente, se ataca de flanco. Es la táctica. Usted ha demostrado que sabe atacar con picardía, ya demostrará su valor.
QUIMBO – Déme un sable de granadero, coronel: ya verá (hace señas.)¡Ya verá como pelearé contra los enemigos de la libertad! Tira sablazos al aire. San Martín y el secretario ríen.

TELON