Teatro

INOCENTES

Personajes
Gitana
Rosaura – 10 años
Cipriano
Abuela
Deolinda – 12 años
Madre
Nicéfora – 12 años
Pedrín – 13 años
Vigilante 1º.
Vigilante 2º.

ACTO PRIMERO

Pasacalle. Un cerco semiderruído. Sentada en el suelo, disfrutando del sol, se halla la GITANA, mujer de largas trenzas oscuras y pollera de varios colores, poco prolija; adornada con ostentosos pendientes y collares. Pausa. Por lateral izquierdo, aparece ROSAURA, apresuradamente. Pasa sin ver a la GITANA, pero ésta la chista:

GITANA - ¡Chist! ¡Chist! ROSAURA se detiene. Al ver a la mujer, un poco entre asombrada y medrosa, pregunta:
ROSAURA - ¿Qué? ¿A mí me llama?
GITANA – (Incorporándose y aproximándose, sonriente.) Sí, niña bonita. ¿Adónde va tan apurada? ¡Está tan lindo el sol para quedarse allí, sentada y contando cuentos o cantando canciones! (Hace como que toca una guitarra, y entona): Si a cada cual en la frente Le escribieran su aflicción: Muchos que nos dan envidia, Nos darían compasión.
ROSAURA – Tiene Linda vos usted.
GITANA – Y me oyeras cuando canto con guitarra, más si alguien me acompaña con la pandereta. (Canta): Pasaron mis alegrías Como ajenas, como ajenas; Sólo me han quedado penas, Como mías, como mías…
ROSAURA - ¡Qué bonitas canciones sabe!
GITANA - ¿Te gustan? Canciones y cuentos sé muchos, y preciosos. Siéntate. Te voy a contar algunos.
ROSAURA – Ahora no puedo. Vendré otro día. Estoy apurada. Mi abuela me ha mandado a comprar pan. (Hace sonar las monedas.)
GITANA - ¿Cuánto llevas allí?
ROSAURA – Un peso.
GITANA - ¡Oh, por un peso, las cosas que yo te adivinaría en las líneas de la mano! ¿A ver? (Le mira la palma.) ¡Muchacha! ¡Lo que te espera! Te veo vestida como una princesa de cuentos de hadas, ¡Oh, qué lujo!
ROSAURA – (Encandilada) ¿De veras? A ver, siga, siga…
GITANA – Venga el peso antes.
ROSAURA – (Duda) ¿Y el pan? ¿Qué le digo a mi abuela?
GITANA – Le dices que lo perdiste.
ROSAURA - ¡No! ¡No puedo hacer eso, no!
GITANA – Hagamos esto, entonces: dame cincuenta centavos y con los cincuenta restantes comprás pan. Pausa.
ROSAURA, dubitativa, mira las monedas y a la GITANA.
ROSAURA – No sé qué hacer.
GITANA – Te estoy viendo alta, hermosa, vestida de blanco, rodeada de una luz rosada y celeste.
ROSAURA - ¡Tome los cincuenta centavos!
GITANA – A ver tus dos manos. Esta raya me está diciendo que te espera un porvenir hermoso. Serás rica, ¡muy rica! Veo a tu padre vestido de frac y galera alta…
ROSAURA – No tengo padre. Murió el año pasado. No tengo más que abuela, madre, dos hermanos mellizos y un hermano de trece años…
GITANA – Entonces al que veo de frac y galera alta, ¡todo un gran señor!, es a tu hermano.
ROSAURA - ¿A Pedrín? ¡Qué raro! El que siempre anda vestido de cualquier manera y con los pantalones rotos.
GITANA – A ver, ¡ah, no! No es tu hermano al que veo vestido de frac y galera alta, subiendo a un gran automóvil. Es a Adalberto.
ROSAURA - ¿Y quién es Adalberto?
GITANA - ¿Quién es? ¡Tu novio, pues!
ROSAURA – Yo no tengo novio. Si apenas he cumplido diez años.
GITANA – Hablo de cuando tengas veinte años. Yo en las rayas, leo lo que sucederá en el futuro.
ROSAURA - ¡Oh, qué lindo! ¡Siga, sígame leyendo!
GITANA – Adalberto Es un joven de veinticinco años. Elegante, dueño de un automóvil grande como una casa, riquísimo, millonario. Cierro los ojos y lo veo. Te ve pasar y se enamora de vos. Ya son novios. Ah, pero ¿qué ocurre?... ¿Qué ocurre? ¡Una desgracia!
ROSAURA - ¿A quién, a mí?
GITANA – No, a Adalberto.
ROSAURA - ¡Pobre Adalberto! ¿Qué le pasa?
GITANA -. (Grandes aspavientos) ¡Oh! ¡Qué desdicha! Tienes la línea del corazón quebrada. ¿Ves? Esta es la línea del corazón.
ROSAURA - ¿Y qué le pasa a Adalberto?
GITANA – No sé si decírtelo. Es algo horrible, espantoso.
ROSAURA – Diga, diga. (Casi sollozante, muy interesada) ¡Pobre Adalberto!
GITANA – El día antes de tu matrimonio con él. ¿Ves? Aquí está la raya quebrada, ella me lo dice: ¡pum! ¡Un choque con su gran automóvil!
ROSAURA - ¿Y qué, qué? (angustiosamente) ¡Pobrecito de mi corazón!
GITANA – Que me espanta decírtelo.
ROSAURA - ¿Herido, acaso?
GITANA - ¡Peor!
ROSAURA - ¿Muerto?
GITANA – Sí.
ROSAURA – (Rompe a llorar estrepitosamente.) ¡Pobre Adalberto! ¡Ay! ¡Qué desgracia la mía! (Llorando ruidosamente, olvidada del pan, sale por el lateral que ha venido.)
GITANA - ¡Oye, oye! Se fue. (ROSAURA desaparece). ¡Qué chica tonta! ¡Eh, Cipriano, ven!
CIPRIANO – (Aparece por lateral derecho.)¿Qué desea?
GITANA - ¿Ves aquella chica que va allá? Síguela. Es una tonta. No tiene padre. Seguramente la abuela y la madre son tontas como ella. Anda y hazles el cuento del billete premiado. Toma. (Le da un billete de lotería) Le saqué cincuenta centavos como quien saca vino de una botella sin corcho.
CIPRIANO – Va llorando, ¿por qué la hiciste llorar?
GITANA – No creí que le causara tanta impresión, después le iba a hacer resucitar a Adalberto para sacarle los otros cincuenta centavos. No me dio tiempo. Se fue. Anda tú, Cipriano, a ver si te sale bien el cuento, como el del otro día.
CIPRIANO – Bien. (Sale tras de ROSAURA).
GITANA - ¡Las cosas que hay que inventar para poder vivir sin trabajar! (Ríe). TELON LENTO SEGUNDO ACTO Un comedor modesto. Al levantarse el telón, la ABUELA sola, prepara el mate. Pausa)
LA ABUELA – (Mira el reloj de pared.) ¡Cuánto tarda esa chica! (Pausa).
ROSAURA – (Irrumpe llorando.) ¡Se mató Adalberto!
ABUELA - ¿Qué dices, muchacha?
ROSAURA – Adalberto, abuela, ¡se mató!
ABUELA - ¿Pero quién es Adalberto?
ROSAURA -. ¿No sabe? Adalberto es el novio que yo iba a tener cuando cumpliese veinte años. Era alto, elegante, dueño de un gran automóvil y un día antes de casarse conmigo, ¡pum! ¡Un choque! ¡Y se mató! ¡Qué desgracia, abuela! (Se tira en sus brazos, gimoteante).
ABUELA - ¿Cómo lo supiste?
ROSAURA – Me lo dijo una gitana. Me lo leyó en las rayas de la mano. ¿No te parece, abuela, que es una desgracia, una gran desgracia? ¡Pobre de mí! ¡Y pobre Adalberto! ¡Un día antes de casarnos, abuela! (Llora) ¿Qué dice, abuela? Pausa. Rompe a llorar. Se abrazan. Están llorando y entra
DEOLINDA.
DEOLINDA - ¿Qué ocurre, por qué lloran?
ABUELA Y ROSAURA – (A la vez). - ¿No sabés? ¡Se mató Adalberto!
ROSAURA - ¡Pum! ¡Un choque con el automóvil! ¡Se mató!
DEOLINDA - ¿Se mató? (Une su llanto al de la ABUELA y ROSAURA. Las tres se abrazan desesperadamente). Pausa. Entra la MADRE.
MADRE - ¡Oh! ¿Qué pasa? ¿Por qué lloran?
ABUELA, ROSAURA Y DEOLINDA – (A la vez) ¡Se mató Adalberto!
MADRE - ¿Se mató…?
ROSAURA - ¡Sí, Adalberto!
ABUELA – El novio que ella iba a tener cuando cumpliese veinte años. Se lo dijo una gitana que le leyó las manos.
ROSAURA – Era alto, elegante, rico… (Llora nuevamente).
DEOLINDA - ¡Qué desgracia! (Llora y se abraza a las otras)
MADRE - ¡Pobre hija mía! (Llora y se abraza a las otras tres). (Pausa. Entra NICEFORA)
NICEFORA - ¿Qué ocurre? ¿Murió alguien?
ROSAURA – Sí.
ABUELA,
DEOLINDA Y MADRE – (A la vez) ¡Se mató Adalberto!
NICEFORA - ¿Adalberto? Yo no conozco a ningún Adalberto.
MADRE - ¿Adalberto? El que iba a ser novio de Rosaura cuando cumpliese veinte años.
NICEFORA – Pro…
ABUELA – Se lo dijo una gitana que se lo leyó en las rayas de las manos.
ROSAURA – Era alto, elegante, rico…
DEOLINDA – ¡Se mató con el auto! (Llora).
ABUELA - ¡Un choque! (Llora). Las cuatro se abrazan.
NICEFORA – (Queda un instante pensativa. Hace pucheros, grita.) ¡Pobrecito Adalberto! (Llora y se abraza a las otras). Pausa larga de llantos. Todas besan a ROSAURA, la acarician. Golpes en la puerta. Expectativa.
MADRE - ¡Adelante! Entra CIPRIANO.
CIPRIANO – Buenos días. (Observa las caras) Oí llantos y llamé. Veo que sí están llorando. ¿Les ocurre algo malo?
MADRE - ¡Una desgracia a mi pobre hija!
ABUELA - ¡Una desgracia terrible!
ROSAURA – Yo me iba a casar cuando tuviese veinte años con un joven alto, elegante y rico, pero… (Llora.
DEOLINDA Y NICEFORA se abrazan y lloran)
CIPRIANO - ¿Pero, qué?
ABUELA - ¡Se mató un día antes de la boda! (llora abrazada a los otros)
ROSAURA - ¡Pum!
MADRE - ¡Un choque con el automóvil! (Llora)
CIPRIANO - ¿Y cómo saben ustedes que eso va a ocurrir?
MADRE – Se lo dijo una gitana que se lo leyó en las rayas de la mano.
CIPRIANO - ¡Ah, qué desgracia! ¡Qué desgracia verdaderamente, qué desgracia! (Queda compungido)
ABUELA - Y a usted, ¿Qué le parece?
CIPRIANO – Si se lo leyó una gitana en las rayas de la mano, ocurrirá. Las gitanas saben leer el porvenir. No se equivocan.
MADRE - ¿No se equivocan?
CIPRIANO - ¡Nunca!
MADRE - ¿Oyes, hija? ¿Oyes, madre? ¿Oyen lo que dice el señor? ¡Las gitanas no se equivocan!
CIPRIANO - ¡Jamás! Lo que una gitana lee en las rayas de la mano, ocurre siempre.
ROSAURA - ¡Pobre Adalberto! Todas vuelven a abrazarse y llorar. Pausa.
CIPRIANO – Por ejemplo: ¿Ven este billete de lotería? Cuando lo compré, al salir de la agencia, encontré a una gitana. Se me ocurrió preguntarle: ¿Qué le parece? ¿Este billete saldrá premiado? Lo miró, me miró las rayas de la mano izquierda, y me dijo: saldrá premiado con cien pesos. El billete se jugó ayer y… Pausa. Todas, dejando de llorar, lo rodean, curiosamente interesadas.
MADRE - ¿Se jugó ayer, y…?
CIPRIANO - ¡Y salió premiado con los cien pesos que me anunció la gitana!
ROSAURA - ¡Pobre Adalberto! (Llora).
DEOLINDA - ¡Se mató!
NICEFORA - ¡Se mató! Se abrazan nuevamente.
CIPRIANO - ¡Un momento! Ustedes dicen: ¡se mató! Hablan como si ya se hubiese matado; pero eso ocurrirá de aquí a muchos años.
MADRE – De aquí a diez años, Rosaura tendrá ese novio a los veinte años.
CIPRIANO - ¿Por qué afligirse tanto por lo que ocurrirá dentro de diez años? Vivamos el presente. Por ejemplo: usted, señora (a la MADRE), ¿quiere ganarse hoy, enseguida, veinte pesos? (Todos dejan de llorar, y escuchan).
MADRE - ¿Cómo no voy a querer?
CIPRIANO – Yo le proporciono esa ganancia. Este billete lo compré en el pueblo vecino, para cobrar los cien pesos tengo que volver allá, yo estoy de paso para el lado opuesto, le doy el billete por ochenta pesos, usted mañana o pasado va al otro pueblo y cobra los cien. ¿Qué le parece? ¡Ganarse veinte pesos por caminar dos kilómetros!
ABUELA – Tenemos caballo.
MADRE – Puede ir Pedrín, mi hijo.
CIPRIANO - ¡Excelente! Aquí está el billete premiado, y vengan los ochenta pesos. Ya ve, señora, que todas no han de ser desgracias: ¿se matará Adalberto? ¡Qué vamos a hacerle! Opero aquí estoy yo que les hago ganar veinte pesos porque sí, no más, por no volver a caminar lo caminado. Además, tengo prisa de estar mañana en el pueblo que está allá, a cinco kilómetros, y no tengo caballo. Mis caballos son mis piernas. Son fuertes, pero también se cansan. Aquí está el billete premiado. ¡Oh, cómo vio bien la gitana!
MADRE - ¿Qué dice, abuela?
ABUELA – Son veinte pesos de ganancia…
MADRE – (Se dirige al cajón, saca la cartera y el dinero.) Ocurre que no tengo ochenta pesos. No me alcanza.
CIPRIANO - ¿Cuánto tiene?
MADRE – Cincuenta solamente.
CIPRIANO – Es poco. Pierdo cincuenta pesos… (Pausa) Aunque por no volver atrás, ¡Vengan los cincuenta pesos! La MADRE se los va a dar, entra PEDRIN, es un niño alto, ya con empaque de hombre.
MADRE – Aquí está mi hijo. ¿A ver qué dice Pedrín?
ROSAURA,
DEOLINDA Y NICEFORA – (A la vez) ¡Se mató! ¡Pum! ¡Un choque! (Lloran. Se abrazan).
ABUELA – ¡Adalberto, tan joven, tan elegante, tan rico! (Llora).
PEDRIN - ¿Qué dicen de Adalberto?
CIPRIANO – Cosas de mujeres, joven. Lloran y se desesperan por lo que ocurrirá dentro de diez años.
PEDRIN – No entiendo una palabra. ¿Usted quién es?
MADRE – El señor…
PEDRIN – Es un gitano, ya lo veo.
CIPRIANO - ¿Yo, gitano? ¡Si he nacido en Buenos Aires, frente a la Pirámide!
MADRE – El señor viene a hacernos un favor.
PEDRIN - ¿Un favor? (Lo mira de arriba abajo.) Veremos.
MADRE – Escucha, Pedrín: el señor tiene un billete premiado…
PEDRIN - ¿El señor te viene a hacer el cuento del billete premiado? (Encarándolo) ¡Ese es un cuento antiguo! ¡Aquí no pasa!
CIPRIANO – Joven, usted me ofende, y si no fuera por respeto a su señora madre, a las canas de su abuela y a la belleza de sus hermanas… ¡Esta ofensa no quedaría sin su correspondiente castigo! ¡Soy un hombre honrado, un trabajador!
PEDRIN - ¿De qué trabaja usted?
CIPRIANO -. De herrero.
PEDRIN – A ver las manos. (Observa). ¿Esas son manos de herrero? ¿Y los callos? ¿Se los dejó en el martillo? ¡Esas son manos de haragán! ¡Si hasta tiene las uñas lustradas! ¡Qué herrero!
ABUELA - ¡No hables así, muchacho!
MADRE – Siempre el mismo, siempre buscando camorra. No le haga caso, señor.
ROSAURA – El señor que viene a consolarnos por la muerte de Adalberto…
DEOLINDA – ¿Y lo insultás?
NICEFORA - ¿Y lo peleás?
ABUELA - ¡Camorrero!
MADRE – Hacés muy mal en ser así, hijo.
PEDRÍN - ¿Pero qué tienen en la cabeza todas ustedes? ¿Aserrín? ¿Por qué este desconocido va a venir a darles un billete premiado?
ABUELA - ¡Sí, con cien pesos!
MADRE – Nos lo da por cincuenta.
PEDRIN - ¡Pero todas ustedes son unas criaturas! Y usted, ¿sabe qué es usted?... (Pausa) ¡Hagan lo que quieran! (Sale estrepitosamente).
ABUELA – Discúlpelo, señor. Es un niño de genio pronto, pero es un buen chico.
CIPRIANO - ¿Adónde habrá ido ahora?
MADRE – A tomar fresco a la plaza. Así es él, cuando hacemos algo que le parece mal, una inocentada, como él dice, sale así, como ahora, furioso.
ABUELA – Después vuelve.
MADRE – Vuelve como si no hubiera ocurrido nada, tranquilo y cantando. ¿Entonces usted se conforma con cincuenta pesos ya que no tengo más en casa?
CIPRIANO – Es mucho perder, pero por no volverme atrás. El apuro que tengo me obliga.
MADRE – Aquí están los cincuenta. Todos en papeles de a uno. Los iba juntando para comprar un par de zapatos. (Se los entrega).
CIPRIANO – Y aquí está el billete. Juéguele siempre, señora. La gitana me predijo que este billete sacará la grande. Usted disculpe, voy a contar el dinero. Entretanto él cuenta. Las mujeres, en grupo, miran el billete, encantadas, como niño con un juguete nuevo.
MADRE – Mañana mismo voy a cobrar los cien pesos. Pausa.
CIPRIANO - ¡Muy bien! Cincuenta pesos. Hasta la vista, señora. (Saluda a cada uno de los presentes dándoles la mano, efusivo. Va a salir…) Se abre la puerta violentamente y aparece PEDRIN seguido de dos vigilantes.
PEDRIN – ¡Allí está el cuentero, agentes!
VIGILANTE 1º. - ¿Ese? ¡Ya lo conocemos bien!
VIGILANTE 2º. – Es un pájaro de uñas largas. Se precipitan sobre
CIPRIANO y lo esposan.
PEDRIN – Quería sacar cincuenta pesos por el billete.
VIGILANTE 1º.- A ver, ¡devuelva la plata!
CIPRIANO alarga a la madre el rollo de dinero que aun tenía en el puño.
VIGILANTE 2º. -¡Andando, al calabozo! (Lo empuja y salen).
VIGILANTE 1º. – Este, ayer mismo, le sacó cien pesos al frutero del mercado, y con el mismo cuento del billete.
MADRE - ¡Oh, quién iba a creer!
ABUELA - ¡Tan simpático!
VIGILANTE 1º. – No se fíe tanto de los simpáticos, señora. (Sale. Pausa).
PEDRIN - ¿Qué me dicen ahora? Habían caído en la trampa como pichones que apenas saben volar. Ese es un ladrón conocido. La policía tiene su captura recomendada y ustedes… ¡Inocentes! Pero, ¿hasta cuándo van a ser inocentes? Usted, abuela, ¿para qué ha vivido setenta años, para seguir siendo igual que Rosaura, con sus diez años…? (Pausa. Silencio humillado de todas.) ¡Hablen! ¡Digan algo, pues!
ROSAURA – Entonces, quizás… (Calla cohibida).
PEDRIN - ¿Qué?
ROSAURA – Quizás lo de Adalberto… también sea mentira. Quizás Adalberto no se mate.
PEDRIN - ¿Pero quién es Adalberto?
MADRE – Es el novio que ella iba a tener a los veinte años, se lo dijo una gitana que se lo leyó en las rayas… (Señala la mano).
PEDRIN- (Interrumpiéndola.) Si se lo dijo una de esas embaucadoras es mentira. ¡Es todo mentira!
ROSAURA - ¡Ay, que suerte!
PEDRIN - ¿Suerte de qué?
ROSAURA - ¡No se matará Adalberto! (Aplaude).
DEOLINDA Y NICEFORA - ¡No se matará! ¡No se matará! (Brincan y aplauden, alegres).
PEDRIN – Ahora, no falta mas que tu, madre, y usted, abuela, se pongan a aplaudir y a saltar porque no se matará Adalberto. (Pausa.) ¿Qué dicen?
MADRE – Nada, hijo.
ABUELA – Nosotras no decimos nada.
PEDRIN – Mejor sería que no hicieran nada tampoco. En la vida no hay pícaros, hay… ¡inocentes! Y si hay pícaros que viven de engañar a los nocentes, es sólo porque hay inocentes que quieren ser engañados. (Pausa) ¿Y saben de qué se valen los pícaros para engañar a los inocentes? (Pausa).
MADRE – Habla, hijo, te escuchamos.
ABUELA – Enséñanos.
PEDRIN – Se valen de la ambición de los inocentes. Ustedes querían ganar cincuenta pesos enseguida, sin esfuerzo, y ya ven: estuvieron a punto de perder cincuenta. ¿Quieren tener dinero? No es en el juego ni haciéndose echar la suerte con las gitanas que van a ganar dinero.
ROSAURA – A mí me sacó cincuenta centavos.
PEDRIN - ¿Qué me dicen? ¡Inocentes!
MADRE – Nada, Pedrín.
ABUELA – Que siempre es tiempo de aprender.
NICEFORA – La abuela de setenta años aprende…
DEOLINDA – De Pedrín que sólo tiene trece.
ROSAURA – El mundo al revés: los chicos enseñando a los grandes.
PEDRIN – Porque hay grandes como la abuela y como nuestra madre que pasan la vida sin abrir los ojos, sin abrir los oídos, y siguen inocentes como cuando tenían diez años: ¡ver y oír, abuela, ver y oír, madre!
ABUELA - ¡Cuánto sabe este muchacho! (Gestos y ademanes).
MADRE - ¡Cuánto sabe! (Gestos y ademanes).
DEOLINDA, NICEFORA Y
ROSAURA - ¡Cuánto sabe! (Gestos y ademanes. Pausa. Todas quedan como en éxtasis admirativo frente a PEDRIN, el cual, las manos en los bolsillos, un poco petulante, se deja admirar, contemplando un horizonte imaginario).
ABUELA - ¿Y dónde aprendiste lo que sabés?
PEDRIN - ¡Mirando y oyendo! Pausa admirativa.

TELON