Teatro

DOS HUMORISTAS Y ELLA

Personajes
GABRIELA: 25 años
ZULMA: 50 años
ALBERTO AHUMADA: 45 años
BRUNO BELLOSA: 30 años
TOMASA: 50 años

ACTO PRIMERO

Derecha e izquierda las del actor. La escena, hoy en una ciudad cualquiera.

(Escenario único: un escritorio. Al foro: Puerta hacia un corredor que lleva a la calle, otra puerta que comunica con la alcoba donde, en el tercer acto, se supondrá la capilla ardiente. Puerta al lateral izquierdo que comunica con el interior de la casa. Sobre la puerta de la alcoba, un gran retrato de Gabriela, sonriente. Retratos de ésta, en todos los tamaños, sobre el escritorio y las repisas. Al levantarse el telón, Alberto, sentado ante el escritorio, hojea una revista. Pausa. Por la puerta del foro que da al corredor, aparece Bruno.)


BRUNO ­ Buenas tardes. ¿Tienes muchas ganas de escribir?

ALBERTO - Te confieso que me levanté con imperiosos deseos de escribir. Llegó el cartero. Me trajo un catálogo de librería. Lo hojeé ¡Y me he quedado sin ganas de escribir!
BRUNO ­ ¿A qué hora te levantaste?
ALBERTO - Hace media hora.
BRUNO ­ Yo me desperté a las siete. Y me puse a pensar. Y pensando se me pasaron las horas.
ALBERTO - En la cama.
BRUNO ­ Sí, Hasta hace un momento. Aquí traigo (saca papeles) casi resuelto, el cuarto acto de nuestro drama.
ALBERTO - Pues yo, ayer, en la cama también, pensando hasta no sé qué horas de la madrugada, y por eso me levanté tan tarde, resolví el tercer acto.
BRUNO ­ La cama nos inspira como a Descartes.
ALBERTO - ¿Y si a tu lado durmiese una mujer?
BRUNO ­ ¿Cómo la tuya?
ALBERTO - Sí. Ya verías, ¡solterón!, las ideas que su presencia y el ritmo de la sangre de su corazón te transmitirían. ¡Tengo aquí un quinto acto admirable!
BRUNO ­ Pues, yo le encontré título a nuestro drama.
ALBERTO - ¿Y es?
BRUNO ­ “Ella”. (Pausa).
ALBERTO - Lo acepto.
BRUNO ­ Y encontré la frase inicial para uno de nuestros protagonistas.
ALBERTO - Lee.
BRUNO ­ Dice el génesis que Jehová, el día sexto, después de haberlo creado todo, halló que estaba bien. Pero es de advertir que aún no había creado a la mujer.
ALBERTO - ¿Lo cual quiere decir que continuas en tu obstinación de hacer chistes a costa de la mujer?
BRUNO ­ ¿Concebís un escritor humorista que no los hiciera?
ALBERTO - ¡Yo!
BRUNO ­ Olvidas tu pasado.
ALBERTO - ¡Me he redimido! ¡El amor de Gabriela!
BRUNO ­ ¡Chist! ¡Alberto! Te llamo seriamente al orden, al orden humorístico. ¿Te estás poniendo grave?
ALBERTO - ¡Soy feliz!
BRUNO ­ ¡Adiós tu humorismo, entonces!
ALBERTO - ¡Estoy enamoradísimo!
BRUNO ­ ¿Todavía? ALBERTO- ¡Cada día más!
BRUNO ­ ¿No temes quedar en ridículo ante mí? ¡Ya hace un mes que te casaste!
ALBERTO -¡ Desafío tu burla, escéptico! ¡Ponme el gorro de cascabeles! No temo ni al ridículo de suponer que yo amo más de lo que soy amado.
BRUNO ­ ¡Grave!
ALBERTO - En el comercio del amor, quien más da es quien sale más ganancioso: Quien más ama es el más feliz.
BRUNO ­ ¡Muy grave!
ALBERTO - Eres un hombre razonador.
BRUNO ­ ¡Muy razonador!
ALBERTO - El hombre muy razonador, como la fruta demasiado madura, sólo es bello por fuera. Por dentro está podrido.
BRUNO ­ ¿Ya hablas contra el razonamiento? ¡Incurable! ALBERTO- Hay hombres muy razonadores, lo cual no quiere decir que sean razonables. Su excesivo razonamiento sólo es una forma de locura.
BRUNO ­ El sofista usa de conceptos más ingeniosos y es más admirable cuanto menos razón tiene. Es como el mercader que llega hasta la elocuencia cuando trata de vender artículos averiados.
ALBERTO - ¿Cómo entendernos? Yo, ahora, desde que ella entró en mi vida como una luz en un túnel, miro el mundo…
BRUNO ­ ¡Con los ojos cegados por la luz!
ALBERTO - ¡ Incrédulo, burlón! ¡Viejo! ¡Eres un frío viejo de treinta años!
BRUNO ­ Y vos, un apasionado adolescente de cuarenta y cinco?
ALBERTO - ¡Los milagros del amor!: Por besarse con el agua El sauce se duplicó.
BRUNO ­ Amor es ingenuidad: Cree escribir sobre roca Y escribe sobre cristal.
ALBERTO - Sólo nos faltan las guitarras para ser dos cantores de contrapunto.
BRUNO ­ Y nos hemos reunido, no para contender, sino para colaborar.
ALBERTO - ¡Al trabajo, entonces!
BRUNO ­ Hoy tiene que estar terminado el argumento.
ALBERTO - Pondré en limpio el tercer acto.
BRUNO ­ Y yo, el cuarto, ¡Oigo las alas de mi inspiración!
ALBERTO - Que no hagan mucho viento: se van a volar los papeles.
BRUNO ­ Ponles algo encima: Aquí tienes la Revista de la Academia. (Se sientan frente a sendas máquinas; comienzan a teclear vertiginosamente. Pausa. De la alcoba llega una clara, linda, sonora carcajada de mujer joven.) ALBERTO (Deja de escribir, y la escucha, encantado) ­ ¿Oyes?
BRUNO ­ Sí, continúa escribiendo. (Tornan al trabajo. Otra carcajada, más prolongada y sonora.)
ALBERTO - (Recita, de la Divina Comedia): "La divina amada ríe, ríe, ríe"
BRUNO ­ Recuerda que el empresario nos ha prometido un adelanto; ¡Escribe! (Teclea).
ALBERTO - ¡Calle esa máquina! ¿Cómo puedes hacer ruido? Estás oyendo la más armoniosa música del mundo: ¡Una risa de mujer!
BRUNO ­ Mujer idealista y práctica Con amor me ofreces tú: Estofada el Ave Fénix Y frito el Pájaro Azul. (Teclea. Otra carcajada).
ALBERTO - ¡Chist! Por favor, oye: (se escuchan, ahora, ininteligibles, algunas palabras femeninas) ¿Qué dice?
BRUNO ­ ¿Qué va a decir? Me parece que habla de vestidos.
ALBERTO - Hasta cuando habla de vestidos ella no habla como las demás mujeres.
BRUNO ­ Te parecerá que es Un pájaro o una estrella, Si el sapo lugar común Sale de una boca bella.
ALBERTO - ¡Me sublevo contra tu humorismo! ¡Eso ya es una profanación!
BRUNO ­ Recuerda que el empresario…(Va a teclear).
ALBERTO - ¿Te acuerdas de mi hermana Zulma?
BRUNO ­ No la conozco.
ALBERTO - Pero yo te he hablado de ella. Es unos años mayor que yo, una mujer imposible de tratar, seca, pesimista, gruñona. ¡Pues hasta a ella la ha conquistado!
BRUNO ­ ¿Quién?
ALBERTO - Mi Gabriela.
BRUNO ­ Ah, me hablabas de tu Gabriela
ALBERTO - ¿Y de quién te iba a hablar?
BRUNO ­ De Corina, pues. Es la protagonista de nuestro drama.
ALBERTO - ¡Hasta Zulma la quiere! Nadie puede dejar de quererlo. Llega ella y llega el amor, la luz, la vida, la ilusión, la felicidad. Quién la mira, se alienta; quién la ve, se regocija, quién la oye, se encanta. (Otra carcajada) Su risa es música de Mozart.
BRUNO ­ ¡Alberto! Me parece que no estás en condiciones de escribir un drama grotesco, según proyectamos. ¿Quieres que lo dejemos? Volveré dentro de seis meses, cuando se te haya pasado el efecto del golpe.
ALBERTO - ¿Qué golpe?
BRUNO ­ ¡Sí, muchacho! Te han pegado un golpe en la cabeza sin tú darte cuenta, seguramente; pero estás bobo, irremisiblemente bobo.
ALBERTO - ¡Escribe, animal! ¡Animal felino, animal con garras, colmillos y crueldad! ¡Fiera humorística! (Teclean.) (De súbito, se abre la puerta que da a la alcoba y aparece Gabriela. Detrás, Zulma. Gabriela es la imagen de la juventud, sana y alegre.)
GABRIELA - ¡Un trillón de disculpas! ¿Pero cómo salir sin darte un beso de despedida? ¡Querido! (Se besan) ¿Cómo está, Bullosa?
BRUNO ­ Bien, muy bien.
GABRIELA ­ ¿Me disculpan que los haya interrumpido?
ALBERTO - ¿Y cómo no disculparte?
GABRIELA - ¡Querido! (Lo besa).
ALBERTO - Tu sonrisa tiene más fuerza que el más convincente argumento.
GABRIELA ­ Para ti, pero no para él.
ALBERTO - Para él, ¡y para todos! ¡Ah! No te he presentado a mi hermana Zulma. Bruno Bullosa, amigo, colaborador.
ZULMA ­ Lo conozco a través de los elogios de Alberto.
BRUNO ­ Entonces no me conoces.
ALBERTO - Dejo todos los elogios que de él pude hacer antes; pero ahora proclamo un defecto: ¡No está enamorado!
GABRIELA - ¡Muy bien! (Aplaude).
BRUNO ­ El jorobado que le dice al erecto: ¡Tírate de la azotea, rómpete la espina dorsal! ¿No te da vergüenza andar sin joroba?
ALBERTO - ¡Este mal hombre! Es lo peor que puede ser un hombre con una pluma en la mano, y lo digo yo, que antes de estar enamorado, es decir, de ser un creyente (besa a Gabriela), era lo que él sigue siendo: ¡Un humorista! O sea un hombre que anda con las manos llenas de piedras. ¿Qué puede hacer un hombre cargado de piedras?
ZULMA ­ Romper vidrios.
GABRIELA ­ O romper cabezas.
BRUNO ­ Denle piedras a un tonto. No sabe que hacer con ellas, seguramente. Pero si se las dan a un hombre inteligente, ya verán los tontos que apedrea! ALBERTO (A Gabriela) - ¡Se cree inteligente, y no ha sido capaz de enamorarse!
GABRIELA - ¡Muy bien! (Aplaude. Se besan.)
ALBERTO - El odio es como el oro: cuanto menos hay más se aprecia, y el amor es como el sol: su mayor cantidad aumenta su valer.
BRUNO ­ Los que pierden la cabeza y hacen una barbaridad, ¿la encuentran nuevamente? ¡Es difícil! Su cabeza ya no la encontrarán. Pero es probable que encuentren la cabeza de otro que también la perdió. Por eso los que han perdido la cabeza, dan la sensación de que no fuesen ellos mismos, sino varios en uno. Les aseguro que este no es Alberto Ahumada, por lo menos esta no es aquella cabeza que yo conocí.
ALBERTO - Cuando era viejo, cuando era oscura larva, cuando aún el amor no me había dado estas dos lindas alas de mariposa que se llaman esperanza e ilusión.
GABRIELA - ¡Muy bien! (Aplaude).
ZULMA ­ ¡Yo también aplaudo!
BRUNO ­ Aunque la barra es femenina, y está contigo, naturalmente; ¡no me acobardo! ¿A que soy capaz de atacar el matrimonio?
ALBERTO - ¿ Delante de dos mujeres? ¡Tu heroísmo llega a la temeridad!
ZULMA ­ Yo, por lo que veo en esta casa, declaro que el matrimonio es la felicidad.
GABRIELA ­ Y yo también, porque lo experimento.
ALBERTO - Ahora soy yo quién aplaude (Aplaude).
BRUNO ­ Cuando te miran dos ojos bellos de mujer, ¿Cómo resistir a la atracción de esa doble estrella? La sigues, seguro que ha de conducirte a la felicidad, que es una cumbre. Y caes en el matrimonio que es un pozo.
GABRIELA - ¡Silbidos de la barra! (Silba).
ALBERTO - Nada ni nadie ha recibido más críticas satíricas que el matrimonio. Los jóvenes continúan casándose sin haberlas leído.Y también se casan los viejos, después de leerlas.
BRUNO ­ Hay viejos que excedidos de placeres, les viene un ataque de moralización y se casan.
GABRIELA - ¡Este hombre es implacable!
ALBERTO - Es sólo un humorista: Por decir algo ingenioso es capaz de calumniar a la madre.
BRUNO ­ El matrimonio es como una de esas frágiles barcas en las que sólo caben dos personas: una remando y la otra al timón. Y como la "débil" mujer (recalcando) no puede remar, "necesariamente" es quien lleva el timón.
GABRIELA ­ ¿Silbamos?
ZULMA ­ ¡Silbemos! (Silban, acompañadas de Alberto, que lo hace con dos dedos entre los labios.)
ALBERTO - De las cuatro condiciones del sabio: Saber interrogar; saber responder; saber escuchar y saber callar; esta última es la más difícil. Y la primera que se debe aprender, sin ésta es imposible adquirir las otras. En el matrimonio se aprende a callar. De donde se deduce: ¿Quieres llegar a sabio? ¡Cásate!
GABRIELA - ¡Muy bien, pero muy bien Alberto! ¡Eso se llama defender!
BRUNO ­ La sumisión masculina.
GABRIELA ­ ¡Merecés otro beso! (Lo besa).
ZULMA ­ ¡Y uno mío! (Lo besa).
ALBERTO - ¡Besos de mujer: son inyecciones de vida, cura de rejuvenecimiento! Cómo vas a luchar conmigo, infeliz, si yo, entre mis brazos amantes, tengo a la mujer ideal?
BRUNO ­ la mujer ideal es una cacerola.
ZULMA ­ ¡Oh!
BRUNO ­ Es una cacerola que también puede servir de florero.
GABRIELA - ¡Menos mal!
ZULMA ­ Hum...
BRUNO ­ Porque si es nada más que una cacerola, el hombre buscaría en una amante a la mujer florero. Y si es sólo florero, echaría de menos la cacerola.
GABRIELA ­ ¡No lo escuchemos más! (Y abrazados, cuchicheantes, se alejan hacia el foro, contemplados por Zulma y Bruno. Pausa).
ZULMA ­ ¿No le encanta este idilio?
BRUNO ­ ¡Me alarma, señorita!
ALBERTO - ¿Qué dice ese? ¡Humorista!
BRUNO ­ Digo que la pasión amorosa no nos ciega; no hace más que ponernos unos lentes cuyos cristales amarillos nos hacen creer que todo lo que brilla es oro.
ALBERTO - (Con el pelo de Gabriela jugando entre sus dedos) - ¡Esto es oro, oro de luz, de amor, de dicha! (Lo besa).
BRUNO ­ Cubrís de besos la cabellera de tu amada y sólo un pelo de ella en la sopa os obligaría a hacer una mueca horrible, dijo alguien.
ZULMA ­ ¡Este hombre es el mal en persona!
GABRIELA ­ Lo compadecemos: Usted nunca llegará a ser feliz.
BRUNO ­ ¿La felicidad? Una ilusión óptica, es como el horizonte, lo vemos y no existe.
ALBERTO - La felicidad es como Dios: Existe para quién cree que existe..
GABRIELA - Adiós, Bullosa.
BRUNO ­ Hasta luego. (Salen ellos, abrazados.)
ZULMA ­ (Tendiéndole la mano) - Me voy casi enojada con usted.
BRUNO ­ Mis espinas son espinas de rosas, espinas perfumadas.
ZULMA ­¡Poeta!
BRUNO ­ Poeta¡ nunca! Humorista.
ZULMA ­ Poeta humorístico.
BRUNO ­ Eso es ser loco y cuerdo a la vez. ¡Imposible!
GABRIELA ­ (Aparece en la puerta, abrazada con Alberto) ­ ¿Vamos? (Salen Zulma y Gabriela, apuradas. Alberto queda en la puerta, contemplándolas. Un beso al aire. Otro y otro más. Pausa. Bruno ha vuelto a sentarse junto a su máquina. Teclea.)
ALBERTO - Esto va en serio: ¡No te cases!. Nunca encontrarás una mujer como Gabriela.
BRUNO ­ ¿Es un ángel?
ALBERTO (teclea) - ¡Una diosa!
BRUNO (Lo observa un momento) - ¡Y te has quedado serio!
ALBERTO - Como que no soy yo quien habla.
BRUNO ­ ¿Y quién fue?
ALBERTO - Mi nuevo yo. Desde que la amo. ¡Pero sigamos con el argumento! ¿Para qué te voy a hablar? No me oirías, como si te hablase desde mil metros de altura. ¡Sigue en la tierra!
BRUNO ­ Y tú en el cielo, pero el empresario está en la tierra. Y si no le llevamos el argumento, no nos dará el adelanto que te servirá para dar de comer a tu diosa.
ALBERTO - ¡Escribe! Había olvidado que vivo de la pluma!
BRUNO ­ Quien dice que vive de la pluma es Don Chicho, que tiene un puesto de aves en el mercado (Pausa.Teclean). ¿Tu pluma es de ángel?
ALBERTO - Y la tuya, ¿de pato?
BRUNO ­ ¡Excelente ligazón! ¿Tú el genio y yo la mediocridad? Acepto. Con genio sólo no se estrena, es preciso que en la obra haya un cincuenta por ciento de sentido práctico. (Pausa. Teclean.)
ALBERTO - Cuando un mediocre tiene éxito, los inteligentes sonríen, desdeñosos; pero le dejan gozar su éxito. Cuando es un inteligente el que tiene éxito, ante hecho tan insólito, los inteligentes reaccionan, y lo atacan, furibundos.
BRUNO ­ Nos queda, inteligente colega, el refugio de la gloria. La gloria nadie la disputa.
ALBERTO - Balzac que, como Shakespeare o Dostoievski, sólo escribían para comer, dijo: "La gloria es el sol de los muertos"
BRUNO ­ Será por eso que los vivos prefieren el éxito, se puede masticar.
ALBERTO - Hay sordos a quienes enorgullece que Beethoven ­ cuya música jamas han podido escuchar ­ también fuera sordo. La mitad del público que nos va a juzgar pertenece a esa clase de sordos. No lo olvides.
BRUNO ­ Es inútil que quieras desertar de las filas del humorismo. Lo serás pese a haberte ocurrido el peor percance que le pueda ocurrir a un humorista.
ALBERTO - ¿Enamorarme?
BRUNO ­ Sí. Humorismo es inteligencia, y el enamorado le trasmite gran parte de su inteligencia al objeto de su amor.
ALBERTO - No sólo mi inteligencia, ¡mi vida daría por ella, gustoso!
BRUNO ­ ¿Para qué? ¿Para que ella se case antes del año con otro? ¿Quizás conmigo? (Pausa).
ALBERTO - ¿Te casarías con mi viuda? (Pausa. Alberto no teclea, aguarda a que Bruno le responda; pero éste escribe. Alberto lo imita, la luz comienza a decrecer, lentamente. Ya sólo es una mancha violeta sobre ellos, que teclean cada vez más rápido. Ahora la mancha violeta decrece hasta la absoluta oscuridad. Pausa. Aparece la luz violeta y enseguida comienza a iluminarse el escenario. Alberto y Bruno aún teclean cuando la luz lo aclara todo. Pausa. Teléfono). ALBERTO (Deteniendo a Bruno que va a atenderlo) - Deja que atienda Tomasa. (Timbre. Pausa. Insiste el teléfono).
TOMASA ­ ( La empleada, por lateral) ­ ¿Llamaba?
ALBERTO - Atienda el teléfono. No estoy para nadie.
TOMASA - ¡Hola! Sí, Sí, ¡Oh! ¡No! ¡Ay!
ALBERTO (Saltando) - ¿Qué? ¿Le ha ocurrido algo a Gabriela? (Va a tomar el auricular).
TOMASA - ¡No! ¡Es la señorita Zulma! ¡Lo llama a usted, señor Bullosa!
ALBERTO (Dramático, enloquecido, le arrebata el auricular) - ¡Zulma! ¡Hablá! ¡Hablá te digo! ¿Qué? ¿Dónde? ¿En el Hospital Sur? ¡Voy inmediatamente! (Cuelga el auricular) ¡Gabriela! Ha chocado el colectivo. Está grave.
BRUNO ­ ¡No!
ALBERTO - ¡Y nosotros aquí, jugando a inventar frases! ¡Gabriela! (Sale precipitadamente por el foro). (Bruno sale detrás de él).
TOMASA- ¡Qué desgracia! ¡Que desgracia!

TELON

ACTO SEGUNDO

(Está anocheciendo. El escenario en penumbras, solo. Pausa. Teléfono.)
TOMASA (Por lateral, enciende la luz y responde al llamado) - ¡Hola! Sí, señor Bullosa! Por Dios! ¿Y ahora? ¿Qué hacemos? ¿Por qué, Dios mío, ocurre esto? !Es horrible! (En la puerta del lateral, silencioso, demacrado, en piyama, aparece la figura de Alberto. Ansioso, escucha. El timbre del teléfono lo acaba de despertar.) Yo, ¡Pobre de mí! ¿Y cómo voy a hacer para darle esa noticia? No encontraré palabras. Hasta luego. (Cuelga y se dobla, sollozante. Pausa. Ya algo desahogada, se da vuelta y queda inmóvil ante la figura de Alberto. Balbucea). Era su amigo, dice.(Rompe a llorar).
ALBERTO - Lo esperaba.
TOMASA ­ Hace un cuarto de hora. !Si parece mentira, Dios mío! (Llora desesperadamente).
ALBERTO - ¡Llore, Tomasa, llore! Hace bien llorar. Gabriela merece que la lloren. ¿Usted la quería, verdad? -TOMASA - ¡La idolatraba! No encontraré una patrona más buena. !Siempre alegre y dispuesta a disculparlo todo! ¿Cómo no quererla? ¡Todos la querían!
ALBERTO - Hasta mi hermana, que nunca me quiso a mí, a ella la quería.
TOMASA ­ ¿Qué vamos a hacer ahora nosotros?
ALBERTO - Reír. (Ríe con una mueca).
TOMASA ­ ¡Me da miedo verlo reír a usted!
ALBERTO - Usted llore. Usted sólo ha perdido a una buena patrona.
TOMASA ­ ¡Cómo nunca encontraré en mi vida!
ALBERTO - ¡Así es! Y yo he perdido… ¿Qué he perdido yo? ¿Qué dijo Bruno?
TOMASA ­ Ya salían del hospital con su hermana
ALBERTO - ¡Mi hermana! ¡Las cosas de la vida! ¡Que absurdo! Choca el colectivo. Nadie se hace nada y Gabriela se quiebra la base del cráneo. ¿Hay lógica en esto?
TOMASA ­¡ Parece mentira! Dios…
ALBERTO - ¿Dios? (Hablando al techo) ¿Está usted contento de su obra, señor autor de la vida? ¿Quiere que lo aplauda? ¡Lo silbo! (Silba). Le pateo su tragedia (Patea). ¿Usted lo hizo para verme llorar? Pues, que lloren los otros. (Ríe forzadamente).
TOMASA - ¡Llore, llore! (Ella llora desesperadamente, angustiosamente. Pausa. Alberto enciende un cigarrillo).
ALBERTO - ¿Usted cree en los sueños?
TOMASA - ¡Yo, sí!
ALBERTO - Cuando me despertó el teléfono, yo soñaba que Gabriela, vestida de hada, iba en un coche tirado por ratones blancos. !El coche de la Cenicienta! ¡Los ratones blancos tenían cascabeles! Gabriela me sonreía. Con esa sonrisa de ella que era como una pluma del ala de un ángel que borrara todos los malos pensamientos y todas las penas. De pronto, los cascabeles sonaron más y más fuertes, y me desperté. Sonaba el teléfono.
TOMASA ­ Usted ha visto a la señora irse al cielo.
ALBERTO - ¿Así que es usted, señor Sófocles del cielo, quién me la robó? ¡Pues yo iré a buscarle! ¡Y nos veremos frente a frente! ¡De hombre a hombre, señor Florencio Sánchez del cielo! ¡Yo también soy autor teatral! ¡Y crítico!
TOMASA (Con el espanto en los ojos y en la voz) ­ ¿Por qué dice esas cosas?
ALBERTO - ¿Por qué? ¿Por qué? Esos están preguntándose los hombres hace miles de años. ¿Por qué Caín mató a su hermano Abel? ¿Por qué choca el colectivo donde va Gabriela, todos ilesos y ella… ¿Por qué? (Subiendo la voz hasta el grito) ¿Por qué? ¿Por qué?
TOMASA ­ Quién puede saberlo?
ALBERTO - ¡Yo lo voy a saber! ¡Y muy pronto!. (Pausa. Tomasa solloza. Timbre)
TOMASA ­ Allí están (Va a abrir). (En la puerta del foro que da al corredor aparece Bruno. Detrás, Zulma.)
ALBERTO - ¿La traen?
BRUNO ­ Sí.
ALBERTO - Que la entren allá (Señala la alcoba. Bruno sale).
ZULMA ­ ¡Querido hermano! (Alberto se deja abrazar).
ALBERTO - ¿Sabés qué estuve pensando? ¿Por qué, en vez de Gabriela no te mataste tú.
ZULMA ­ Hubiera sido preferible, sí.
ALBERTO - ¿Darías tu vida por la de ella?
ZULMA ­ Sin vacilar.
ALBERTO - Como siempre has sido tan egoísta, tan indiferente, tan fría.
ZULMA ­ A ella la he querido. La he querido mucho más de lo que yo suponía que era capaz de querer.
ALBERTO - ¿Más que a mí?
ZULMA ­ Más.(Alberto le da un fuerte beso en la mejilla). Me has besado como nunca me besaste.
ALBERTO - Ahora te quiero como no te he querido nunca. (Se abrazan. Tomasa sigue sollozando, conmovida por la escena. Entra Bruno precediendo a dos hombres, empleados del hospital que traen el cuerpo en una camilla. Lo entran a la alcoba. Alberto los sigue y queda en la puerta.)
TOMASA ­ (Por lo bajo) ¡El señor no ha derramado una lágrima. Tengo miedo por él.
ZULMA ­ Está raro, sí.
TOMASA ­ Y diciendo cosas rarísimas, hablando de Dios.
ZULMA ­ Capaz de enloquecer si no llora.
TOMASA - ¡La quería tanto!
ZULMA ­ ¡Pobre Alberto! (Pausa. Lo observan. Salen los empleados. El se dirige al primer plano y ellas entran en la alcoba).
BRUNO (Que sale de la alcoba, se tira en un sillón. Pausa) ­ Nadie es totalmente feliz; pero la vida nos presta instantes de felicidad. Es sabiduría devolvérselos cuando ella lo exige, seguramente para prestárselos a otros.
ALBERTO - ¿La vida nos presta instantes de felicidad? Como si nos prestare trajes suntuosos. Nos los deja usar unas horas, después nos los quita. Al quedarnos desnudos, nos vestimos con los harapos de nuestros antiguos dolores. Yo he vuelto a ser el que era un año atrás, cuando todavía no la conocía a ella.
ZULMA (Saliendo de la alcoba seguida de Tomasa) ­ Voy a ordenar todo. Tú no estarás en condiciones.
ALBERTO - Haz como si el muerto fuera yo.
ZULMA ­ Hasta luego (Va a salir).
ALBERTO - ¿Y no me das un beso? (Se besan. Zulma sale). Ella nunca salía sin darme un beso (El llanto de Tomasa explosiona) Vaya usted, Tomasa, prepare café, coñac, chocolate.
TOMASA - ¡¿Chocolate?!
ALBERTO - Para los invitados.
TOMASA ­ En un velorio no se sirve chocolate.
ALBERTO - Yo los quiero tratar bien. Chocolate y vino. ¡Champán! Será un velorio como nunca se ha visto. ¡Quiero que todos se sientan agradecidos a Gabriela hasta por haberse muerto! Y nada de llantos. !Alegría! ¿No era ella, acaso, la risa en persona? Vaya, Tomasa. Café y chocolate. Yo encargaré vinos, masas, dulces. Con el estómago lleno la gente acompaña mejor al que verdaderamente sufre.
TOMASA (A Bruno) - ¿Oye, señor?
BRUNO ­ Haga lo que le dice. (Sale Tomasa. Pausa.)
ALBERTO - Tengo la sensación de que me sobrevivo. Y sobrevivirse es ser la sombra de sí mismo. ¿No es cierto? ¡Hablá! ¿No se te ocurre nada humorístico para decirme? ¡Este sería el momento para que se te ocurriesen frases divertidas! (Pausa). Cuando tenemos veinte años y oímos hablar de alguien que murió antes de llegar a los treinta, lo compadecemos. Pasados los cuarenta años, lo envidiamos. (Pausa) ¡Hablá, pues!
BRUNO ­ Te hace falta dormir.
ALBERTO - ¿Y comer? ¡Cómo no! ¡Encargá un banquete y buen vino! ¡Tengo un apetito pantagruélico!
BRUNO ­ ¡Calla, amigo!
ALBERTO - Y ese humorismo, ¿dónde está? ¡Es necesario que se le haga oír ahora, cuando se le necesita! A ver, dime algo chispeante, ingenioso. Destapa el corcho que tapa mi inspiración para que ésta se desborde, espumante, como un vino bullente. ¿Tú, has dormido?
BRUNO ­ Algo, esta mañana.
ALBERTO - Yo algo, esta tarde. Me senté en un sillón, a hojear el diario, y me quedé dormido. Sólo en el instante de vivir presos en un gran dolor, y estar obligados a vivir la vida diaria del común de los hombres, nos damos cuenta de la futilidad de esa vida. (Pausa.) ¿Por qué no te vas a dormir?
BRUNO ­ No tengo sueño.
ALBERTO - ¿Y hambre?
BRUNO ­ Tampoco.
ALBERTO - Pero sí vas a beber. (Va al teléfono y llama).
BRUNO ­ No tengo ganas.
ALBERTO - ¿El almacén? Habla Alberto Ahumada. ¡Muchas gracias! Comprendo: ha muerto una buena compradora. ¡Ah, también usted! Bien, le hablo para que me envíe un cajón de champán.
BRUNO ­ ¡Alberto!
ALBERTO - Del mejor. Y cinco o seis latas de galletas dulces, una docena de oporto. Dos o tres kilos de café. ¡Y todo lo que usted quiera! Hasta luego: lo espero, amigo. (cuelga).
BRUNO ­ Es preciso…
ALBERTO - ¿Que esté serio? Ya tendré tiempo de estar serio. Esta noche, no. Esta noche todavía ella está aquí, en mi casa, en esta casa que yo instalé para ella, que ella llenó con su presencia de luz, con su aroma de flor, con su voz de música, con su risa de diosa. Mañana, cuando ella ya no esté aquí, me pondré serio. Pero hoy, ¿cómo estar serio? ¡La disgustaría a ella! Y yo, antes que disgustarla a ella, soy capaz de quemar mis obras completas y las tuyas. ¿Te vas a quedar al velorio?
BRUNO ­ Sí.
ALBERTO - Ya verás a los parientes (remedando) Uno: Mi más sentido pésame. Otro, compungido: Lo acompaño en el sentimiento. Otro, lagrimeando: Ay, Ay !Un abrazo! Y me planta un beso bíblico. Y yo: ¡Nada de llantos, queridos parientes! ¡Coman, beban, hagan chistes, hablen mal de los que ya se fueron, calumnien! ¿Hay algo más divertido que calumniar?
BRUNO ­ Si supiera que torturándote ibas a llorar, te torturaría. Necesitas equilibrarte. ¡Llorar!
ALBERTO - ¿Llorar yo? Si en lugar de ser Gabriela es Zulma, mi hermana, la que se quiebra la base del cráneo; yo, ahora, estaría chorreando lágrimas y diciendo: ¡Pobre hermana! ¡Tan buena que pudo ser! ¡Tanto que se quería a sí misma! ¡Y morir a los cincuenta años recién cumplidos! Pero no es Zulma la muerta. Entonces no puedo hacer farsas. Tengo que ser serio. El llanto siempre es ridículo. No se puede llorar sin sonarse la nariz, dijo un humorista. ¡Pero habla! Dime algo contra el amor, algo que me consuele de haber amado tanto a una mujer. que se podía morir cuando todavía era joven, linda, alegre, dichosa.
BRUNO ­ ¡Por favor, Alberto! No hables más. ¡Calla! (Pausa)
ALBERTO - Necesito estar solo. ¿Por qué no te vas I vuelves luego, para el velorio? Te vas a divertir.
BRUNO (Súbitamente, rompe a llorar) - ¡Hasta luego! (Va a salir)
ALBERTO (Lo ataja) ­ ¿Lloras por ella?
BRUNO ­ ¡Lloro por ti! (Sale).
ALBERTO - Gracias, amigo, querido amigo, colega, admirable colaborador. (Pausa. Habla al retrato de Gabriela sonriente, que está sobre la puerta de la alcoba). Tú sonríes, feliz. ¿La felicidad? A veces nos creemos felices, y la felicidad nos pertenece tanto como la luz al espejo que la refleja. (Pausa). Yo sabía que estaba en la tierra para no ser feliz. Pero llegaste tú, Gabriela. Y sobre mi vida, que era como una tierra dura, gris, pisoteada, tierra de camino; sembraste ilusión, alegría, amor. Y esa tierra dura, gris, pisoteada, se cubrió de flores. (Va recogiendo los retratos de Gabriela que hay esparcidos sobre mesas y estantes y los coloca sobre el escritorio, en fila. Se sienta frente a ellos y queda contemplándolos, arrobado). (Pausa. Timbre.)
ALBERTO (A Tomasa) ­ Vea quien es. (Tomasa abre. En la puerta aparece un mensajero con un gran ramo de flores.)
TOMASA ­ Flores.
ALBERTO - Y blancas, como a ella le gustaban. (Lee la tarjeta). Son de su tía Eulogia. ¡Otra que podía haberse muerto en lugar de mi Gabriela! (Al mensajero) Esto no necesita repetírselo.
MENSAJERO ­ No, señor.
ALBERTO - Puede decirle que muchas gracias. ¡Tome! (Le da un papel)
MENSAJERO - ¡Gracias! ¡Muchas gracias, señor!
ALBERTO - Otro para quien la muerte de Gabriela es un motivo de júbilo. ¡Váyase! (Lo empuja y le cierra la puerta.)
TOMASA ­ ¿Cómo no alegrarse?¡ Le ha dado cinco pesos de propina! (Pausa. Timbre Alberto permanece ajeno. Tomasa va a ver: Es otro mensajero con una corona.)
ALBERTO (Al verla, salta) - ¡No, coronas, no! ¡Las coronas son un símbolo funerario! Y ésta es la casa de la alegría. ¿Quién la manda, a ver? (Lee): Roberto Pereyra Funes. ¡Cuándo no! ¡El empresario teatral! (Al mensajero) Dígale que se la guarde para su propio entierro. (Lo empuja y cierra. Vuelve a sentarse frente a los retratos. Tomasa, que no sale de su asombro, lo observa, recelosa. Pausa).
TOMASA ­ ¿No quiere una tasa de tilo? Es muy bueno para los nervios.
ALBERTO - ¿Qué dice, Tomasa?
TOMASA ­ Le ofrecía tilo.
ALBERTO - ¿Usted me quiere, Tomasa?
TOMASA ­ Lo he visto nacer, podría decirse. He sido cocinera de su madre y de su abuelita.
ALBERTO - ¿Es capaz de hacerme un gran favor?
TOMASA ­ Todo lo que usted quiera.
ALBERTO - ¿Usted sabe lo que es el cianuro?
TOMASA ­ ¿Y quiere que yo eche cianuro al té de tilo? ¡Ay, no, no, no! (Sale espantada; pero no bien ha traspuesto la puerta, se oye el timbre y vuelve para abrir.)
ALBERTO - Yo tomaría el tilo, creyendo que es tilo.
TOMASA ­ Aquí está el almacenero. ¡Cuánta cosa! ¿Para qué tanta cosa?
ALBERTO - ¡Para beber y comer a la memoria de Gabriela! ¡Pase, hombre! (Entra el peón del almacén cargado de botellas y bultos) ¿Trae la cuenta?
PEON ­ Aquí está.
ALBERTO - ¿A ver?(saca dinero) ¡Tome! ¿Usted qué es?
PEON ­ Asturiano, señor.
ALBERTO - ¡No! ¿Soltero, casado?
PEON ­ Viudo.
ALBERTO - ¿Cómo yo? ¡Guárdese el vuelto!
TOMASA - ¡Le da siete pesos! Siete pesos con veinte centavos.
ALBERTO - Y vamos a tomar una copa a la memoria de nuestras mujeres. ¿ Cuánto tiempo hace que enviudó?
PEON ­ Tres años.
ALBERTO - ¿Y?
PEON ­ ¿Qué?
ALBERTO -¿ No se volvió a casar?
PEON ­ Yo tenía una prima casada. ¡Y me arreglé con ella! (Ríe).
ALBERTO - ¡Usted es un viudo indigno! Devuélvame los siete pesos. (Se los quita) Tome veinte centavos. ¡Es lo que se merece! Váyase, sin champán!
PEON ­ Pero, señor…
ALBERTO (le grita) - ¡Váyase! (El peón sale apresuradísimamente)
TOMASA - ¡Van a creer que está loco!
ALBERTO - Vamos a tomar nosotros dos, querida Tomasa, la primera copa de champán a la memoria de Gabriela. (Se pone a destapar la botella, el corcho no salta). ¡No salta! ¡Bueno! (Tira el corcho al aire) ¡Pun! ¡Beba, querida Tomasa! (Le empina la botella y luego se la empina él. Tomasa abre más aún sus espantados ojos. A Alberto se le quiebra la voz) ¡Gabriela! (Al retrato) Por tu alegría joven, por tu sonrisa eterna, por la felicidad con que inundaste mi vida! ¡Gabriela!. (Llora convulsivamente y se arroja sobre el escritorio con la cabeza entre los brazos. Se entrega a un llanto incontenible que lo sacude todo. Entra Bruno, sin ser visto por Alberto, que, siempre doblado sobre el escritorio, llora, lloraŠ Bruno se sienta en una silla, calmoso. Pausa)

TELON

ACTO TERCERO

(Continúa el acto anterior. Alberto sigue doblado sobre la mesa y llora, silenciosamente; los sollozos convulsivos le mueven la espalda. Bruno espera. Pausa)

BRUNO (Consultando el reloj) ­ Hace veintisiete minutos que llorás (Alberto levanta la cabeza. Ya no llora).
ALBERTO - ¿Para qué me hiciste llorar? Ahora…
BRUNO ­ Piensas en matarte.
ALBERTO - ¡Estoy decidido! ¿Crees que podría haber reído si no tuviese la seguridad de matarme? ¿Crees que he simulado alegría? ¡No! Estaba alegre porque tenía la seguridad de morir, como ella.
BRUNO ­ Y sin embargo, no vas a morir.
ALBERTO - ¿Por qué?
BRUNO ­ ¿Soy tu amigo?
ALBERTO - ¡Mi mejor amigo! ¡El único en quien creo tanto como en mí!
BRUNO ­ Me gusta oírte hablar así. Porque necesito tu perdón.
ALBERTO - ¿Mi perdón?
BRUNO ­ Solo podemos llamarnos amigos de alguien cuando estamos dispuestos a perdonárselo todo. ¡Todo! Hasta la traición.
ALBERTO - ¿Hablas de traición? ¿Por qué hablas de traición?
BRUNO ­ El mundo es un escenario. Todos salimos a representar nuestros papeles pero sin haberlos ensayado. (Pausa)
ALBERTO - Explícate.
BRUNO ­ Nosotros hemos salido a hacer el papel de amigos íntimos, amigos fraternales, colaboradores, pero… (Pausa)
ALBERTO - ¿Por qué callas?
BRUNO ­ Lo cómico es a lo trágico, lo que la sombra al cuerpo. El hecho más trágico. Proyecta una situación risible; como el cuerpo más hermoso, una sombra grotesca.
ALBERTO - Ha de ser muy grave la revelación que me has anunciado cuando necesitas tanto prólogo.
BRUNO ­ Muy grave, sí.
ALBERTO - ¿Se refiere a ella? (Pausa.)
BRUNO ­ Las personas reconocen que pueden tener defectos o que pueden cometer errores, no que tienen "este" defecto, o que han cometido "tal" error.
ALBERTO - ¿Y qué "error" he cometido? ¿Cuál es mi defecto?
BRUNO ­ Haberte entregado al amor de una mujer. Confiar. (Pausa.)
ALBERTO - Sigo sin imaginar lo que puedas decirme. ¿Me reprochas que haya amado? ¿Que haya creído en la amistad? No comprendo el reproche. Siempre he sido sincero.
BRUNO ­ Nada más terrible que el error del hombre sincero. (Pausa.)
ALBERTO - Estoy aguardando que hables. (Pausa. Bruno, visiblemente perturbado, va a hablar pero varias veces la voz se le quiebra. Alberto, terriblemente demudado, ansioso, aguarda.)
BRUNO (Sobreponiéndose, al fin) – Gabriela…(Calla. Alberto, como empujado por una fuerza volcánica, se ha puesto de pie y ha dado un paso adelante. Le hace seña que se detenga. Está enloquecido.)
ALBERTO - Un minuto. Empiezo a presentir. ¡Ten cuidado con lo que vas a decir, Bruno! Sería capaz ¡De todo! Perdería toda noción de justicia. Acaso…
BRUNO ­ No tenemos derecho a ser justos más que con nosotros mismos. Sólo a nosotros mismos tenemos el derecho de castigar.
ALBERTO - Es lo que pienso hacer yo. ¡Castigarme! ¡Y con el último de los suplicios! ¿Por qué? Por haber amado.
BRUNO ­ A una mujer que no merecía ese amor.
ALBERTO (Salta sobre él, lo toma de los hombros, lo estruja)- ¡¡Bruno!!
BRUNO (Imperturbable) ­ Gabriela te era infiel.
ALBERTO (Lo sacude) - ¡Canalla! (Y lo arroja de sí, lejos) ¡Infame! (Y se agarra la cabeza entre los puños frenéticos).
BRUNO ­ Injuriar es herir con un cuchillo sin mango: herimos pero nos herimos.
ALBERTO - No te creo. ¡Me es imposible creerte!
BRUNO ­ Gabriela…
ALBERTO - ¡Calla!
BRUNO ­ Te era infiel.
ALBERTO (Sobre él, amenazante. Con la muerte brillando en las pupilas) ­ ¿Sabes que si la calumnias soy capaz de matarte?
BRUNO ­ Sí.
ALBERTO - ¿Puedes darme pruebas de su infidelidad?
BRUNO ­ Sí.
ALBERTO - ¿Lo conoces?
BRUNO ­ Y tú, también.
ALBERTO -¡¿Yo?!
BRUNO ­ Por eso te hablé como lo hice, antes de hacerte esta revelación. Él es tu amigo.
ALBERTO - ¡Mi amigo! ¿ Ha estado hoy en esta casa?
BRUNO ­ Sí. (Va a seguir hablando, Alberto lo interrumpe.)
ALBERTO - Espera. ¿Quién puede ser? (Piensa) No, no. (Gira la mirada a su alrededor, busca) ¿Quién es? (Pausa)
BRUNO ­ Yo. (Alberto lo mira a los ojos, lo mira largo, escrutándole. Pausa).
ALBERTO - Bruno…
BRUNO ­ Yo era su amante,
ALBERTO - ¿Sabes bien lo que afirmas?
BRUNO ­ Sí.
ALBERTO - ¿Lo dices con esa frialdad? ¿Mides lo que dices? ¿Qué atenuantes puedes esgrimir al amigo íntimo, al que te recibió en su casa como a un hermano? (Pausa) ¡Habla, pues! ¿Qué atenuante?
BRUNO ­ Ninguno.
ALBERTO - ¿Te reconoces culpable?
BRUNO ­ Escucha.
ALBERTO (Saca un revólver del cajón, tranquilo, casi sonriente) ­ ¿Y si te mato? (Apunta, Bruno, inmutable). ¿No te alteras? ¿Crees que soy incapaz de tirar sobre el amigo traidor? (Pausa).
BRUNO ­ Deja el revolver y escucha.
ALBERTO - ¿No te parece que ya he escuchado demasiado, que mi paciencia es excesiva?
BRUNO ­ No.
ALBERTO - Qué puedes decirme?
BRUNO ­ Nada es simple en la vida. Nadie merece condenación ni absolución.
ALBERTO (Lo interrumpe con un ademan de ira) ­ No estoy para filosofías. Puedes justificarte? (Pausa) ¡Habla! Y antes: ¿Puedes darme pruebas de la culpabilidad de Gabriela?
BRUNO ­ Sí.
ALBERTO - ¡Vengan esas pruebas inmediatamente!
BRUNO ­ Inmediatamente no puede ser. Dentro de una semana.
ALBERTO - ¿Qué? ¡Cómo puedo esperar yo una semana?
BRUNO ­ No puede ser antes.
ALBERTO - ¡Tiene que ser! (Grita) ¡Exijo que lo sea! A lo mucho, esperaré hasta mañana.
BRUNO ­ Mañana vendré y comprobarás que no soy culpable.
ALBERTO - ¿Me demostrarás lo imposible?
BRUNO ­ Y no te matarás.
ALBERTO - Te advierto que vengas dispuesto a matar o a morir. Si tu explicación no me satisface. (Muestra el revólver).
BRUNO ­ Vendré sin más arma que mi razón.
ALBERTO - No entiendo.
BRUNO ­ Ya comprenderás.
ALBERTO - Bien. Te espero mañana, entonces. (Y le da la espalda, en una actitud demostrativa de que su presencia lo hiere).
BRUNO ­ Hasta mañana. (Pausa. Espera que él se de vuelta, que le responda. Alberto continúa recogido en sí. Bruno se dirige hacia la puerta, lentamente, indeciso. Quisiera hablar, pero no halla qué decir)
ALBERTO - ¡Ah! No asistas al entierro.
BRUNO ­ ¿Por qué?
ALBERTO - ¡No hablemos más!
BRUNO ­ Pero…
ALBERTO - En un momento tan doloroso, me sería doblemente doloroso tenerte delante, verte ya es para mí una tortura. Las manos se me van solas al revólver.
BRUNO ­ Mañana sabrás que eres injusto.
ALBERTO - Mañana. Por ahora, ¡vete!
BRUNO ­ No iré al entierro. Cuando vuelvas te estaré esperando. (Pausa. Bruno aguarda a que él diga algo. Alberto calla). Hasta mañana, Alberto. (Este sólo hace un movimiento de cabeza y le da la espalda otra vez, impaciente. Bruno sale, lentamente. Alberto va hacia la puerta y la cierra con llave. Luego se vuelve. Su paso vacila. Su rostro es el de un alucinado. Automáticamente recoge los retratos de Gabriela y los va tirando en un cajón. Guarda también el revólver, después de mirarlo un instante Queda mirando el retrato grande de Gabriela que está sobre el dintel de la alcoba. Se sube a una silla y lo descuelga. Lo sigue contemplando .Le habla):
ALBERTO - Sonríes, sonríes.

TELON LENTO

ACTO CUARTO

(Es de noche. Todos los retratos de Gabriela han desaparecido. Al levantarse el telón, Alberto, sobre un sofá, tumbado, medita. Timbre. Va a abrir. Aparece Bruno.)
BRUNO ­ ¿Me esperabas?
ALBERTO - Hace una semana que espero.
BRUNO ­ Hice que te llamaran por teléfono todos los días.
ALBERTO - Y yo te he buscado por todas partes.
BRUNO ­ Estaba en Córdoba, en las sierras, solo.
ALBERTO - ¿Solo con tu conciencia? ¿Que te ha reprochado?
BRUNO ­ Nada.
ALBERTO - ¡Indulgente conciencia!
BRUNO ­ Ella me dijo: La amistad que para servir espera que la busquen, no es amistad.
ALBERTO - ¿Y tu amistad es de esas?
BRUNO ­ Encontrar un amigo es como estar hojeando un libro escrito en un idioma que no conocemos y de pronto nos encontráramos con una palabra escrita en el nuestro.
ALBERTO - No tienes derecho a hacer frases sobre la amistad. ¿Traes las pruebas de su culpabilidad y de tu inocencia? Me hiciste esperar una semana, supondrás en qué estado de nervios.
BRUNO ­ Siéntate.
ALBERTO - ¡No! ¡Habla! ¿Trajiste revólver?
BRUNO ­ No. (Muestra sus bolsillos).
ALBERTO - Hiciste mal. Te dije que vinieras a matar o morir. El mío (lo muestra) ahora está cargado. ¿Ves? Seis balas. Te escucho.
BRUNO ­ En la adversidad se prueba al amigo.
ALBERTO - ¡No pronuncies más esa palabra! ¡Me encoleriza oírtela! ( Pausa). ¡Vamos a lo nuestro de una vez!
BRUNO ­ Gabriela es inocente.
ALBERTO - ¿Crees que vas a divertirte con mi dolor? ¡Estás jugando con la muerte!
BRUNO ­ Siéntate y escucha. Te conozco muy bien. Comprendí por tu actitud, la noche de la catástrofe, que algo habías decidido. Quise impedirlo. ¿Cómo? Hablarte era inútil. No estabas en condiciones de oír consejos. Te hallabas fuera de toda lógica, al margen de la razón. Era preciso golpearte duro. Entonces. (Pausa).
ALBERTO - ¿Inventaste la historia de la infidelidad de Gabriela?
BRUNO ­ Sí. (Pausa) Comprenderás que al decirte aquello sufrí tanto como tú.
ALBERTO (Reacciona, como las veces anteriores, encerrándose en una concentrada frialdad) ­ No te creo.
BRUNO ­ ¿No crees que yo haya sufrido?
ALBERTO - No te creo esta nueva historia de la inocencia de ella y tuya. ¿Y por qué has esperado una semana para venir a contármela?
BRUNO ­ Era imprescindible ese tiempo. Era imprescindible que te hicieses a la idea que debías vivir a pesar de que ella ha muerto. El remedio era heroico, pero el mal era de muerte.
ALBERTO - He vivido porque la arranqué a ella de mi corazón, ahora, si es cierto esta historia que me cuentas, al entrar ella nuevamente en mí, con ella entre la muerte.
BRUNO ­ Ya, no. (Pausa) Ya has vivido una semana sin ella, ahora seguirás viviendo.(Pausa. Alberto medita).
ALBERTO - No te creo ahora. Y antes, ¿por qué casi te creí?
BRUNO ­ No quieres creerme ahora, porque buscas un pretexto para vivir. La vida ya se ha apoderado de ti nuevamente.
ALBERTO - Para que te crea debes someterte a lo que en la Edad Media se llamaba el Juicio de Dios. Yo no creo en Dios, pero creo en el destino.
BRUNO ­ Otro Dios.
ALBERTO - Me pongo en sus manos.
BRUNO ­ Eso es fatalismo, eso es poco inteligente, eso es indigno de un humorista.
ALBERTO - ¿Y crees que puedo seguir siendo humorista? ¡Hombre! La tragedia me ha hundido un puñal aquí; hace una semana que estoy sangrando Soy la encarnación del melodrama. ¡Cómo para no ser fatalista! ¡Vamos al juicio de Dios o del Destino o de la Suerte, como quieras llamarle!
BRUNO ­ Pero ¿qué me propones? ¿Un duelo acaso?
ALBERTO - Sí.
BRUNO ­ ¡Es una locura!
ALBERTO - Pero no un duelo de frac, con padrinos ceremoniosos y con pistolas con balas sin plomo. ¡No! Algo más melodramático. Y más real. Porque no hay nada más real ni más verdadero que el melodrama. Lo trágico y lo ridículo: un cuerpo con dos cabezas. Nos vamos a someter al Juicio de Dios ahora mismo.
BRUNO ­ ¿Pretendes que nos agarremos a tiros aquí? ¡Estás loco!
ALBERTO - Mira. (Enseña una caja). Aquí hay dos píldoras. Una está envenenada. La otra, no. Te doy la facultad de elegir. (Se la ofrenda. Bruno da un paso atrás). ¿Quieres que te crea? Elige.
BRUNO ­ No.
ALBERTO - ¡Te lo exijo!
BRUNO (Otro paso atrás) ­ No.
ALBERTO (Avanza) ­ Ya te dije que vinieras dispuesto a matar o a morir. No hay escapatoria posible.
BRUNO ­ ¡Alberto, reflexiona!
ALBERTO - Soy el melodrama vivo. El melodrama no reflexiona, actúa. La reflexión queda para el inteligente humorismo, inteligente y cobarde. (Habla con sonrisa sarcástica) ¡Eh, humorista! Estás pálido, como la muerte. (Lo toca). Y frío, ya, como tu propio cadáver. El melodrama es pasión, y dolor, es ciego, es bruto; mata y muere. Es una fuerza de la naturaleza creadora y destructora. Y es sincero, no como el humorismo, artificial invento de los hombres civilizados: Esquilo, Shakespeare, Victor Hugo, Sardou, Echegaray; ¡Esos eran escritores! No nosotros, humoristas. Olvida, Bruno, que eres un civilizado. ¡Mata o muere! ¡Elige! ¡Pronto! (Pone la caja sobre la mesa y saca el revólver) ¡Elige o tiro! (Pausa). (Bruno, indeciso, da un paso hacia la caja. Se detiene.) Si aciertas con la que no está envenenada, te creo. Si no aciertas, mueres.
BRUNO ­ Esto es un asesinato.
ALBERTO - Esto es un pasaje de melodrama. Esquilo, Shakespeare, Hugo, Sardou y Echegaray me lo envidiarían. ¡Elige!
BRUNO (Da otro paso, casi estira la mano, con los ojos puestos en el revólver de Alberto. Está turbado, pero reflexiona, y se decide) -¡No!
ALBERTO - Qué dices? (Apunta)
BRUNO ­ Tira (está muy pálido, aunque sereno. Pausa).
ALBERTO - ¿No aceptas el juicio de Dios? ¡Cobarde humorista! Ya ves, te podría matar como a un traidor, como a un mentiroso. Y no te mato. ¡Yo me someto al Destino! (Toma una píldora y la traga).
BRUNO (Alarmado) - ¡Alberto, no!
ALBERTO - Si no muero enseguida, es porque debo creerte. Gabriela me era fiel y tú eres mi amigo.
BRUNO ­ Soy tu amigo. He participado tu suerte en la adversidad.
ALBERTO (Le da el revolver) ­ Toma. Si la píldora es la envenenada, pégate un tiro ¡Prométeme que lo harás! ¡Pero no!, ¿ Para qué? Si hubiese sido la envenenada, ya estaría con mi Gabriela.
BRUNO ­ Veo que otra vez crees en ella.
ALBERTO - En ella y en ti, querido amigo. (Le estrecha la mano).
BRUNO ­ Es preciso que comprendas. Todo lo he hecho…
ALBERTO - ¿Por amistad?
BRUNO ­ Sí.
ALBERTO - Gracias. Espera aún. ¿Y si todo esto fuese una parodia vil, una falsificación de melodrama? ¿Si la otra píldora tampoco tuviese veneno?
BRUNO ­ No lo había pensado.
ALBERTO - ¡Mal humorista! Un humorista de ley debe desconfiar de todo. Te voy a demostrar que yo soy un melodramático sin dobleces. (Llama el timbre. Pausa).
TOMASA (Por lateral) ­ ¿Llamaba?
ALBERTO - Sí, Tomasa. Alcánceme un plato con leche.
BRUNO ­ Qué piensas hacer? (Pausa).
ALBERTO - Demostrarte (Aparece Tomasa y le alcanza un platillo con leche. Alberto disuelve en él la píldora). Déselo al gato. (Sale Tomasa). Demostrarte que ya no soy un humorista, que ahora, después de haber andado haciendo equilibrio sobre el alambre flojo de la muerte…
TOMASA (Espantada) - ¡Ay! El gato tomó un sorbo de leche y comenzó a dar saltos y gritos. ¡Está muerto! ¿Lo ha envenenado usted?
ALBERTO - He perdido un gato, ¡pero he recuperado un amigo! (Abre los brazos y en ellos se precipita Bruno. Asombro de Tomasa que se retira. Alberto y Bruno, anudados en prieto abrazo, sollozan. La luz va aminorándose, cada vez más, hasta ser oscuridad completa. Pausa. Se oye el teclear de las máquinas de escribir. Una mancha violeta cae sobre Alberto y Bruno que trabajan. Se repite el juego de luces del primer acto, y el escenario comienza a iluminarse lentamente. Todo se halla como al comienzo: han reaparecido los retratos de Gabriela sobre el escritorio y las repisas, así mismo el grande que con su sonrisa engalanaba la puerta de la alcoba. Pausa. Bruno deja de escribir y queda con los ojos en el techo. Alberto teclea aún. Termina y saca el papel. En ese instante se abre la puerta del foro e irrumpe Gabriela, sonriente, fresca, feliz.)
GABRIELA ­ ¿Trabajando todavía? ¿No han terminado el argumento? ¿ Qué, estás llorando?
ALBERTO - ¿Estoy llorando?
GABRIELA ­ Sí. Mire Bruno Tiene los ojos arrasados en lágrimas. ¡Y usted también, Bruno!
BRUNO ­ ¿Yo también?
GABRIELA ­ ¿Pero qué les ha pasado? (Seca las lágrimas de Alberto que besa sus manos repetidamente).
BRUNO ­ El argumento se ha apoderado de nosotros.
GABRIELA ­ ¿Pero no proyectaban escribir una pieza humorística?
BRUNO ­ Eso pensábamos, pero…
ALBERTO - Pero parece que nos ha resultado un melodrama.
GABRIELA - ¡Dos chicos! Como dos chicos que se ponen a jugar.
ALBERTO - Se les rompe el juguete…
BRUNO ­ Y lloran.
ALBERTO (Patético, de pie) ­ Bruno: Te pido un sacrificio a la amistad. (Hace señas de romper los papeles que tiemblan entre sus manos) ¿Qué dices? Yo no podría presentar esto. Me faltaría valor. (Bruno, por toda respuesta, rompe su escrito. Y Alberto lo imita)
GABRIELA - ¡Oh! ¿Qué hacen? ¡Tantas horas de trabajo! ¿Se han vuelto locos?
ALBERTO -¡ Hemos vuelto a la vida!
GABRIELA ­ ¿Tendrán hambre, entonces? Voy a ordenar que les preparen el té. Quieren jamón crudo o cocido, ¿Bruno?
BRUNO ­ Con tal de que sea mucho, cualquiera es lo mismo.
ALBERTO - Parece que las lágrimas te sirvieron de aperitivo.
BRUNO ­ Sí, siempre que esas lágrimas las provoque un argumento de melodrama, pero nada más que un argumento.
ALBERTO - ¡Querida, resucitada! (La abraza).
TOMASA ­ Buenas, señora. ¿No tiene frío? ¡Hace un viento!
GABRIELA ­ Tengo frío y hambre. Para que prepare el té.
TOMASA ­ Ya está señora. Pueden pasar.
GABRIELA ­ ¡Vamos, entonces!
BRUNO ­ ¿Hay jamón?
TOMASA ­ Crudo, cocido y dulce de naranja. Ya sabe que le conozco los gustos. (Va a salir).
ALBERTO - ¡Tomasa! ¿Y el gato?
TOMASA ­ Ya tomó la leche. Está dormido junto a la estufa.
ALBERTO - ¿Y no se envenenó con la leche?
TOMASA - ¡Las cosas que se le ocurren! ¡Siempre bromista! (Sale).
ALBERTO - ¡Ah, qué bueno es sentirse libre de culpa y cargo! ¡No ser un criminal!
GABRIELA ­ Qué dices?
ALBERTO - ¿Sabes lo que había hecho en el argumento? ¡Había envenenado al gato!
GABRIELA - ¡Pobre Belarmino! ¡Han hecho bien en romper el argumento, entonces!
BRUNO ­ Aunque el empresario no opine lo mismo, yo también digo que hemos hecho bien.
ALBERTO - ¡Vamos, Bruno! Eres el más hambriento, ¡al ataque!
BRUNO ­ Te agradecería la amabilidad si no supiese la causa de ella. (Va a salir, y ya en la puerta, dándose vuelta, dice a los que, abrazados, van a besarse): El amor es electricidad.
ALBERTO - Si es electricidad, es justo que escape por los extremos: el beso. (Bruno desaparece. Alberto y Gabriela quedan unidos en un largo beso.)

TELON