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Álvaro Yunque en la escuela

Nota de: EDUCACION POPULAR - Directores: LUIS P. IGLESIAS, ROSA G. de FALCO – Año IX – No. 44 – Noviembre – Diciembre 1970

En el programa de los festejos conmemorativos de los 30 años de la Escuela Dr. Jaim Zhitlovsky, se destinó un día a “Álvaro Yunque, su obra y trayectoria”. Educadores, artistas plásticos, poetas, escritores, gente de teatro, músicos y científicos patrocinaban el acto: Castagnino, Bruzzone, Ruiz Daudet, Cosentino, Barletta, Schurjin, Tenon, Canal Feijoo, Salceda, Ordaz, Tuñón, Viladrich, Troise, Iglesias, Paisano...a

Y el 30 de octubre, con la participación de los alumnos de la escuela y de un público que desbordaba el amplísimo salón de actos, se rindió un conmovedor homenaje al poeta, autor de cuentos de niños, escritor, ensayista, hombre sabio y profundamente sensible y bueno que es Álvaro Yunque.

Pedro Asquini – con su potente y hermosa vida de Titiritero Mayor, según dijera Barletta – condujo las acciones. Hubo palabras de maestras, coros de niños, canciones de Yunque ilustradas y proyectadas por escolares, interpretaciones de adolescentes, lectura de cartas y mensajes, y ríos cálidos de la más genuina emoción transitada por todas las edades. Larra leyó las adhesiones de la SADE y Argentares, luego intervinieron Luis Ordaz, Ricardo Paisano, Tejada Gómez, Agustín Cuzzani, Horacio Guaraní. Eran tantos los que querían ofrecer su testimonio que hubo quienes, como Cesar Tiempo, quedaron involuntariamente marginados.

Los amigos de Yunque, artistas y escritores, jubilosa y anticipadamente adhirieron al acto. Así la víspera irrumpió Castagnino en el patio de la escuela, grande en su ejemplar sencillez, trayendo en propias manos un hermoso cuadro como ofrenda al amigo. Y qué significativa ofrenda: un indio a caballo, prolongándose en su enfilada lanza para defender a muerte su libertad en pampa abierta. Difícil hallar un motivo más entrañable para Yunque.

Barletta estuvo allí presente con la desnuda sinceridad de su prosa viva, y con ese don único de decir sencillamente y a tiempo cuánto todos sienten la necesidad de oír y expresar en un instante preciso. El suyo fue un generoso salmo de alabanzas laicas, escritas con alegría en honor de su “hermano mayor” y que esta crónica se siente feliz también al recogerlo:

“...imbatible Álvaro Yunque con su perfil etrusco, con sus cabellos blancos y la serena mirada de quien sólo dio flores. Parece un medallón de Pinturicchio. Y por fuera, ¡cuántos muchachos de hoy, de esos que trabajan con artesana paciencia sus patillas, desearían tener esa cabeza emergente; porque allí donde Yunque se encuentra, su cabeza emerge sobre las que lo rodean por su luz de bondad, de solidaridad humana y de nobleza.

¡Qué no darían por tener, no ya lo externo, sino lo que encierra esa cabeza amada conde los jíbaros de su inteligencia han reducido a arvejas los mares de emoción, las montañas de amor, criaturas y paisajes, tormentas y huracanes del cielo y del espíritu y todo lo que es dable saber y observar y multiplicar en gracia y en belleza! Álvaro Yunque no es el compañero en las letras y en las luchas por un mundo de paz y de justicia, es el HERMANO MAYOR. No es un iluminado, es un hombre. Sencillo, espontáneo, indulgente al modo tolstoiano, de franqueza brutal, en coloquio permanente con sí mismo y obligándose siempre a comprender y a perdonar.

A Yunque le recelábamos porque enseñaba matemática. Pero todas las ecuaciones sólo daban un resultado: la infinita, la inteligente, la apasionada voluntad de ser útiles a la sociedad, de contribuir al advenimiento de un mundo mejor, dónde el egoísmo y la crápula no rebajen la condición humana.

Álvaro Yunque es el artista completo, el intelectual de una pieza: creció derecho y no necesita tutores para no torcerse. A los veinte años enseñaba y toda su vida es una profunda lección de humanidad, de rebeldía, de progreso, a cada vez más amplios auditorios.

Sus ojos celestes tienen la dicha de ver que la semilla que siembra, germina, a pesar de la planta del bruto que la aplasta. De generación en generación fue el maestro .Hasta de nuestra tuvo que dar una versión más fehaciente. Su lado flaco es su naturaleza inclinada al amor. No sabe odiar .Trueca el odio en compasión. Le da lástima que el egoísmo ciego no pueda disfrutar de la poesía de la vida, no pueda gozar la vislumbre de un mundo de paz y de trabajo sin opresión y sin esclavitud.

Es el gran educador: “Barcos de papel”, “Bichofeo”, Ta-te-ti”, son únicos en su género.

No hemos aprendido todavía a defender nuestras riquezas naturales. Este homenaje de la Escuela Zhitlovsky debe ser convertido en un gran movimiento nacional para darle a Álvaro Yunque, poeta, dor, cuentista, novelista, ensayista, dramaturgo, político y luchador por la causa del pueblo, el premio más importante del mundo, no el que puede instituir un país extraño, sino el nuestro. Nuestro pueblo es poderoso y no necesita más que la ayuda de sus manos. Lo que ellas puedan lo podremos nosotros. Hay que dar a Álvaro Yunque el “Premio Pueblo Argentino”. Y hacer retroceder a la ignorancia.”

Al final del acto, cuando Yunque – irreductiblemente sobrio y prevenido para todo cuanto entrañe elogio a lo suyo – hubo de responder, en medio de un corro natural abigarrado y próximo de niños, adolescentes, amigos y gente de pueblo, estaba conmovido, sin reservas. No obstante, dijo su palabra breve y sentida, que redondeó – vocación pujante de poeta – en décima optimista, bella y certera:

LUZ AL VIENTO
Amenazante, insegura
Y por el viento rayada,
Es la vida noche oscura
Bajo el mal, amedrentada;
En ella va, iluminada
La ilusión, ¿adónde? ¡Allá!...
Sabemos adónde va,
Brillante de pensamiento,
¡Somos una luz al viento
que el viento no apagará!

Con luminosa justicia se eligió una escuela como la Zhitlovsky, de trayectoria magnífica por su conocida obra realizadora de tan limpias y profundas raíces populares como lugar de cita y homenaje. Nunca se podrá expresar acabadamente cuánta gratitud debe la educación popular y la infancia a Yunque, y hasta será muy difícil agotar en el aula las riquísimas vertientes que contiene su obra. En realidad, toda esa obra – cuentos, leyendas, poemas, – es pedagógica, aunque su autor no se lo haya propuesto. Pedagógica y en el más alto sentido creador y revolucionario.

Mucho antes de que se pusiera de moda la pedagogía social – y se la diluyera hábilmente en palabrerío vano – en un cuento de “Jauja” se lee: “Para aprender se necesita estar fuerte y alegre”. En pocas palabras, con prístina claridad y sencillez, queda allí enunciado todo un programa vasto y prioritario en política educativa. Porque ¿cuántas toneladas de cambio se necesitan para que todos los niños del país sean realmente fuertes y alegres y estén así en óptimas condiciones pedagógicas para aprender?

Alguna vez se le preguntó a Yunque si él era maestro, psicólogo profesional o pedagogo académico y cuál era el método que seguía para estudiar y estructurar sus personajes infantiles. Quienes así lo interrogaban, ignoraban que Yunque esencialmente es un poeta. Y luego, o al mismo tiempo, todo lo demás. Un poeta, un hombre que respira plenamente, que tiene las aletas de la sensibilidad delicadas y abiertas, que vive entrañablemente los aconteceres minúsculos y mayúsculos de su tiempo, de su gente, de su mundo. Y por esto mismo pudo responder entonces que escribía sus cuentos viendo vivir a niños y adolescentes de su barrio y reviviendo su propia infancia.

Quedaba así explicado por qué son tan nutricias y convincentes las enseñanzas psicopedagógicas de su desbordante obra narrativa. El maestro que lo lee, vive infinidad de vidas reales de niños y adolescentes de un contexto social también concreto y vital. Por su ojo sagaz es posible adentrarse en las causas y en los secretos más recónditos de la psicología social de la infancia y llegar a desarmar pieza por pieza el gran mecano en el que se va adormilando la maravillosa energía del hombre-niño, pese a sus heroicas resistencias y rebeldías, para aquietarlo, reducirlo, tecnificarlo y convertirlo en dócil mecanismo estandarizado de producción y ganancia.

También es dable hallar en las narraciones de Yunque, una galería de hombres grandes, gente de toda condición y rango, padres, maestros, en relación directa con los niños, hijos y alumnos. Sobretodo de maestros y profesores. Nadie entre nosotros, por ejemplo, ha dibujado con mayor agudeza la presencia en el aula del maestro antimaestro; de ese profesional pedante, frío, calculador, indiferente de toda noble inquietud. Sin embargo, las constantes más valiosas en la obra de Yunque, afortunadamente tienen rostro hermoso, risueño y positivo. Léanla los maestros limpios e inquietos - desde “Barcos de papel” hasta su apasionada “ de los argentinos” – y verán que toda ella, abundante y generosa, está animada por un poderoso impulso constructivo que tenazmente va en busca de las grandes salidas. Así, sus mejores personajes de los “cuentos de niños”, si bien son muchachitos que sufren y son el fiel resultado de la injusticia y de las miserias sociales de su lugar y de su tiempo, son también claros exponentes de lucha y rebeldía por los fueros del trozo de dignidad humana que, sólo por haber nacido, les corresponde.

Quienes hayan leído y comentado entre niños y adolescentes estas narraciones, saben muy bien qué hermoso despertar de sentimientos solidarios de justicia provocan a cada paso. Estas lecturas comentadas son excelentes andanzas para ayudar a los primeros impulsos del pensamiento, la comprensión sensible la decidida acción social del niño que se hace hombre. Compartiendo el dolor de un niño que sufre, se comprenden todas las gentes que sufren. Comprendiendo a un adolescente que se rebela corajudamente contra la injusticia, cualquiera sea su dimensión, una fuerza insobornable y combativa despierta y crece rápidamente en todo niño normal y son.

Allí donde los maestros y alumnos leen a Yunque, se hace la luz, se anima e ilumina la vida, “la humanidad avanza”, como dice uno de sus capítulos de sus famosas “Lecturas libres”. En un mundo tan necesitado de pensamientos constructivos, de sentimientos generosos, de acciones francamente positivas, nada mejor que llevar al aula las páginas de Yunque para leerlas, gozarlas, sufrirlas, analizarlas, comentarlas, y en fin, vivirlas.

Yunque cree en el hombre y en las infinitas posibilidades de su educación, y por eso entra en la escuela con su cabeza erguida, y una brevísima sonrisa, por la puerta grande.