Prensa

Crónica - Roberto Arlt.

Revista Nosotros - Agosto 1942

La muerte quiebra a Roberto Arlt, cuando su talento estaba entrando en sazón. Lo dice el equilibrio – raro en él – de sus artículos últimos sobre un tema tan complejo como es el de la lucha político-social. Viajero siempre, Arlt, en sus más recientes peregrinaciones de periodista, supo aliar su observación – que siempre fue aguda, capaz de descubrir datos originalísimos - a la reflexión, y extraer conclusiones certeras de una situación tan aparentemente confusa, como es la de Chile de hoy, por ejemplo. La hora, los hombres, las esperanzas, los libros del Chile contemporáneo, tuvieron en Arlt un comentador impecable y justo.

Esta faz de su obra periodística, reveladora de una evidente superación mental, es lo que hace más sensible su muerte temprana a los que bien le quisimos.

Me parece que fue ayer, allá en Boedo: se nos presentó un muchacho ríspido, extraño, movedizo, icosaédrico, singular. Traía los manuscritos de su primer libro, una novela: El juguete rabioso. Libro desigual, fruto con trozos verdes y otros excesivamente maduros.: improvisación y decadencia. Se le acogió con entusiasmo. Después, Arlt se encontró con Ricardo Guiraldez, el reflexivo, el sutil, el educado, flor de civilización – su antítesis. Urbanismo en Guiraldez, suburbio en Arlt. Aquel pulió y aconsejó al muchacho mucho menor. Hasta le enseñó ortografía. Arlt tomó de su generoso improvisado maestro, la técnica, o exterior del oficio. Lo demás, el alma bravía, pintoresca, anárquica de sus libros, siguió encontrándola en la vida, dándose tropezones con la humanidad canalla y sufriente. Metiéndole su aguijón de abeja curiosa e insaciable, sacó de ella libros desordenados, llenos de páginas, aquí geniales y allá pueriles, aquí con aciertos técnicos y allá con lugares comunes de novela de folletín. (A los Dostoyevsky, si cabe). Tales son los Siete locos, Los lanzallamas y su obra de teatro 300 millones, Saverio el cruel, África, La fiesta del Hierro. Tumulto, pasión, fuerza, algo indómito y brutal corre por todo lo suyo, novela y teatro, cuento y crónica, relatos de viaje y crítica. Debemos agradecer al Teatro del Pueblo la presencia de este dramaturgo y de una obra que hace honor al teatro argentino actual, por lo común tan sin honor. Me refiero a la Isla desierta, pieza sólo en un acto. Quien firma esta maravilla de brevedad y exactitud, es un nombre que no ha de olvidarse fácilmemente: Allí hay talento.

Roberto Arlt vivió con premura e inquietud. Apareció hecho, en cuanto a artista. Entró en el periodismo, le entregó su sangre; desparramó, al correr de la pluma inesperadas páginas que ponían color detonante en las hojas grises del diarismo. Por instantes fue un escritor popular. Sus crónicas se buscaban. Las ediciones de sus libros se repetían. Arlt, en tanto, viajaba, vivía, aventurero absurdo. Y luchaba con sinceridad por la causa del pueblo, embanderado a su extrema izquierda. El mismo era un personaje de Arlt, imaginativo por sobre toda otra de sus cualidades. Muchas de sus páginas curiosa las vivió antes de escribirlas. A mí, personalmente, me tocó intervenir en una de las anécdotas más ricas de pasión, de las que, si inventadas, pudieran parecer de uno de sus siete locos. Protagonizó sus creaciones.

Ahora, el amor acaba de entrar en su vida, el amor y la paz. Y comenzaba a querer aquietarse...

Inesperada, la muerte se plantó frente al que iba a ser infiel a sí mismo. Le rompió el corazón. Muriendo, así, fulminado, Roberto Arlt ha sido – otra vez – Roberto Arlt. Se va con todas sus energías y promesas, apenas pasada la primera juventud. ¡Su ley! No concebimos un Arlt anciano, mesurado, bucólico y tranquilo, escribiendo libros correctos e inocuos. En él había algo del viento, del torrente, de lo que se agita, de lo que destruye y de lo que, en verdad, crea. Muere de haber vivido. ¡Feliz él! Aunque nosotros, sus amigos, más de lo que él supiera, lamentamos la escapada imprevista de este viaje. ¡Cosa muy de Arlt, por cierto!

ÁLVARO YUNQUE