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Álvaro Yunque, un hombre del mañana

Homenaje de La Buhardilla de Papel (Rosario) en el 118º aniversario de su natalicio. Por Orfeo Pecci (Rosario, 2007)

Hay autores que marcan indeleblemente nuestra sensibilidad. Para quien esto escribe – como para muchos argentinos - Alvaro Yunque es un referente ineludible, no sólo por la calidad de sus poemas, cuentos y ensayos, sino también por la ética de una existencia consagrada a la emancipación del hombre. Porque en Yunque estos dos atributos fueron indisolublemente unidos a los largo de su dilatada experiencia vital y literaria. Perseguido por los gobiernos autoritarios de turno, las escasísimas reediciones de sus obras desde la apertura democrática, suman injusticia al inexplicable olvido de los agentes de la cultura.

La fragua de una vida

Aquel que firmaría sus numerosos libros y artículos como Alvaro Yunque nació en la ciudad de La Plata bajo el nombre de Arístides Gandolfi Herrero, el 20 de junio de 1889 en el seno de una familia acomodada. Después de trasladarse a la Capital, la temprana muerte del padre determinó la evaporación de la fortuna familiar y un significativo cambio en la vida de los siete hermanos, entre los que se contaron artistas, deportistas e intelectuales de sobresaliente actuación. Desde muy joven, el futuro escritor se sintió rápidamente influido por autores como Tolstoi (de fuerte impronta en toda su obra) Chejov, Gorki, Barret y de poetas como Baudelaire y Almafuerte.

Después de cursar en el Colegio Nacional de Buenos Aires, el joven Arístides se inscribió en la Facultad de Arquitectura, que abandonó poco antes de obtener el título, para dedicarse laboriosamente al periodismo y a la literatura por el resto de su vida.

Inicialmente simpatizante de las ideas anarquistas, Yunque advino mas tarde al marxismo, cuidándose de caer en los sectarismos que signaron a la izquierda en aquellas décadas. Fruto de ese compromiso ideológico son sus múltiples artículos en La Protesta, La Vanguardia, Rumbo, Campana de palo, Los pensadores, y otras publicaciones de izquierda, adoptando el seudónimo de Alvaro Yunque con el que lo identificarían miles de lectores. En las décadas siguientes, la amplia cultura y la honestidad de Yunque también le abrieron las páginas de las grandes publicaciones de su tiempo: La Nación, Crítica, Caras y caretas y otros medios del país contaron con colaboraciones del prolífico autor.

Integrante de la Generación del 22, Yunque fue uno de los fundadores del Grupo de Boedo (junto a Elías Castelnuovo, Roberto Mariani, Nicolás Olivari, Leonidas Barletta y otros escritores que expresaban sus ideas en la revista Claridad) jóvenes autores afines a una literatura social, comprometida con la realidad. Los rebeldes boedistas no tardaron en enfrentarse al Grupo de Florida (donde revistaban, entre otros, Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón y Evar Méndez, director del periódico literario Martín Fierro) mas atento a las vanguardias esteticistas de la literatura, o al despectivamente llamado “arte por el arte”. Entre los años veinte y cuarenta Alvaro Yunque participó activamente en las peñas literarias y cafés frecuentados por colegas como Horacio Quiroga, Roberto Arlt, César Tiempo, Charles de Soussens, Alfonsina Storni, Cátulo Castillo y otras personalidades de las letras. La popularidad de sus obras, así como su afilada figura, la melena de poeta y la bicicleta negra con que atravesaba la ciudad, convirtieron a Yunque en un personaje reconocido y querido de Buenos Aires.

Itinerario de un escritor popular

Después de editar Versos de la calle (1924), Alvaro Yunque publicó Zancadillas (1925), su primer libro de cuentos, al que siguió Barcos de papel (1926), que obtuvo el Premio Municipal y lo consagró como un popular autor de libros infantiles y juveniles. Entre los muchos títulos de su enorme producción narrativa sobresalen Ta- te - ti (1928); Jauja (1929); Los animales hablan (1930); Poncho (1938) y La barra de los siete ombúes (1959), obras exitosas, que en algunos casos alcanzarán las 20 ediciones.

Los cuentos de Yunque exploran con sensibilidad y realismo el mundo de la infancia; sus personajes son por lo general niños humildes u obreros, enfrentados a un sistema injusto y egoísta que los explota y los margina. Es de destacar que la pluma de Yunque tomó decidido partido por los desprotegidos de la sociedad, exaltando valores como la solidaridad, la justicia y la libertad, desde un enfoque que no desdeñó la reflexión moral - tan afín al espíritu de los socialistas de su tiempo- pero sin golpes bajos ni edulcoradas idealizaciones.

La “década infame”, iniciada tras la caída de Irigoyen, convirtió a Alvaro Yunque en un activo intelectual antifascista. Son años intensos, signados por una desbordante creatividad literaria que se traduce en la publicación de artículos críticos, libros de cuentos y de poesía; sobresalen en este último género Nudo Corredizo (1930), Poemas gringos (1932) y el notable España 1936, publicado a poco de iniciada la guerra civil española. Más tarde llevó a la imprenta su Antología poética (1949), y los Versos rantes (1971) escrito en lunfardo. Analizando su obra poética, Raúl Larra expresó: “Yunque es poeta por ser la voz del pueblo, intérprete y anunciador. (...) Su idioma tiene connotaciones coloquiales típicamente nuestras, registra los significantes y significados de la rica habla popular”, infrecuentes atributos que, unidos a una vena lírica potente, posibilitaron la difusión de sus versos en diversos medios gráficos, círculos obreros y escuelas del país.

No menos destacable resultó la contribución de nuestro escritor a la creación de un teatro independiente, comprometido y vanguardista, participando en la fundación de agrupaciones pioneras como “Teatro Libre” (con Leónidas Barletta y Elías Castelnuovo) “Teatro experimental de Arte” y “La Máscara”, de enorme e innovadora trascendencia en la historia teatral del país. Como oportunamente señaló el crítico Luis Ordáz, “Yunque participó de los intentos realizados en procura de un teatro digno. En su obra se advierte su destreza en el manejo de la farsa y cierto humorismo satírico que evidencia su honda comprensión humana”. Los cínicos, Comedia Burguesa, El último tren y Los libertadores son sólo algunas de las muchas piezas que Yunque escribió para la escena.

La revolución nacionalista de 1943, que simpatizaba con las fuerzas del Eje, obligó a Yunque (que por entonces también oficiaba como traductor y antologista) a emprender el exilio en Montevideo. Como ocurrió con tantos intelectuales de izquierda, los años del primer peronismo no mejoraron su situación. Víctima de la censura, debió firmar sus trabajos con seudónimos y dedicarse al ejercicio de la docencia particular (enseñaba matemáticas) para poder contribuir al sostenimiento de su familia. Este velado ostracismo posibilitó, sin embargo, el inicio de medulosas investigaciones sobre el pasado argentino. Entre sus ensayos -siempre abordados con honestidad, criterio y profusa documentación- merecen destacarse Alem, el hombre de la multitud (1946); Calfucurá. La conquista de las pampas (1956); Síntesis histórica de la literatura argentina (1957) e Historia de los argentinos (1968), libros que alcanzaron singular suceso de público y crítica.

Durante la convulsiva década del 60 y la primera mitad de los 70, la obra de Alvaro Yunque alcanzó una gran difusión; sus libros se reeditaron permanentemente y recibió el merecido reconocimiento público: fue nombrado Académico Número (Academia Nacional de Lunfardo, 1960); también obtuvo el Premio Aníbal Ponce (SADE, 1975); y más tarde le fue otorgado el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (1979), paradógicamente durante la dictadura videlista, cuando su nombre ya estaba prohibido. En efecto, los libros de Yunque fueron censurados desde 1976 y no pocos de ellos alimentaron las hogueras de la barbarie militar. No fue ésta, sin embargo, la última humillación que soportar debió ese anciano venerable de porte quijotesco que tanto hizo por la cultura del país. Los esbirros de la dictadura también prohibieron expresamente su participación en la Feria del Libro desde 1977 –el escritor contaba entonces 88 años- impidiéndole el contacto con su público.

Fueron años amargos. Muchos de sus mejores amigos, como Cayetano Córdova Iturburu, Samuel Eichelbaum, César Tiempo y Leónidas Barletta, habían muerto años antes, sumiéndolo en una melancolía que mitigaba explorando la filosofía oriental.

Alvaro Yunque pasó los últimos años de su vida rodeado del afecto de su familia y de cuántos lo conocieron, siempre escribiendo y aguardando la aurora de un porvenir mejor. Falleció en Tandil, el 8 de enero de 1982 a los 93 años. Una importante parte de su obra continúa inédita.

Yunque y la posteridad

Alvaro Yunque fue un contador de hermosas historias, un obrero de la cultura, un honesto y laborioso multiplicador de conciencia. Su obra, semi olvidada, es negada tanto por la soporífera “cultura oficial” como por la academia fashion, acaso porque la parábola vital y literaria del escritor representan la contracara del cinismo posmoderno, en donde palabras como solidaridad, emoción y belleza son frecuentemente mencionadas con sorna o vergüenza. Pero las pasajeras poses alienantes nunca pudieron anular el dolor y las miserias del hombre lúcido que cada noche dibuja dolorosas muecas frente al silencio del espejo. El tiempo pasa, pero la literatura de Yunque sigue allí, convocándonos a abordarla desde la inteligencia y el corazón. Como sucede a todos los autores al cabo de los años, seguramente algunos de sus escritos han perdido vigencia, convirtiéndose en fuentes de valor antropológico, testimonios de una sensibilidad de otro tiempo; pero también es cierto que Yunque nos ha dejado un puñado de cuentos y poemas de riqueza perenne, que auscultan con delicadeza el espíritu humano. Auténticas gemas a descubrir por el lector que se anime a bucear en las amarillas hojas del pasado.

Quizás algún día seamos dignos de la ternura de sus personajes; vale decir, del futuro que Alvaro Yunque imaginó a través de tantas páginas escritas para nosotros. Si hay para la humanidad un porvenir, un día luminoso en donde nuestros mejores sueños se hagan realidad, ese día, seguramente, todos nos pareceremos un poco a él.