Prensa

Álvaro Yunque, de vuelta en Buenos Aires

HOY EN LA CULTURA – Buenos Aires, octubre de 1965 – No. 24. Reportaje de LUBRANO ZAS

“Una conversación con Álvaro Yunque es siempre interesante”, me digo dirigiéndome a su casa de la calle Paraguay, donde me recibe con amabilidad no afectada. Siempre es lo mismo este gran escritor de alta estatura moral, al que me fastidia se le tenga un poco olvidado. Se le ha opuesto un muro de silencio. Pero él ha creado un mundo sonoro donde está incluido ese silencio. Cada vez que lo recuerdo lo asocio a las figuras que él amó y en las cuales se apoyó su generación, a la que debemos tanto. Sobre mi mesa conservo su foto, junto al Florencio Sánchez de Riganelli y al Hegel de AbrahamVigo. Pienso en Yunque como en un gran motor sensible. Su nombre me recuerda el poema Chicago de Carl Sandburg: Ciudad de las espaldas anchas. El departamento de Yunque es pequeño, cubierto de libros, cuadros. Una línea delicada lo subraya todo. Lo informo del motivo de mi visita. Viene de realizar un largo viaje, que es como leer Las Mil y una Noches. Y mientras las ventanas se oscurecen, le pregunto:

-¿Cuántos países conoció?
Yunque hace un gesto como diciendo: “Es largo de contar”, y responde: De Italia: Génova, Roma, Pompeya, Cari y Nápoles; de Suiza: Ginebra, Berna y Zurcí; de España: Madrid, Toledo, El Escorial, Alcalá de Henares, Málaga y Torremolinos; de Rumania: Bucarest, Costanza, Brushor, Sinaia; de Bulgaria: Sofía; de la Unión Soviética: Moscú, Yasnaia Polaina...

- ¿Y qué admiró más en cada sitio?
- En Italia y España – me contesta enseguida – sus museos; en los países socialistas su régimen social sobretodo: la esperanza que infunde que alguna vez en el mundo habrá justicia.

- ¿Escribirá algo sobre lo que vio y la gente que trató?
- No sé. Por lo pronto, algunos poemas se me han aparecido. El autor de Alem, libro de cabecera, recapacita. Pienso en su hermosa calidad humana y recuerdo el fragmento de una carta suya, tratando de animarme en un período de abatimiento: “Por qué se deja pisotear por las dificultades, especie de Erinnias minúsculas?”

- ¿Con qué escritores trató? ¿Qué piensan de nosotros, de nuestra literatura?
- En la Unión Soviética traté con Sholojov, Erenburg, Polevoy, Rasovitinianovara... frecuenté la Unión de Escritores Soviéticos. Sus nombres se me escapan. También frecuenté las sociedades de escritores de Bucarest y Sofía. Allí hablé con un dramaturgo que firma Iván Argentinische, pues vivió en Buenos Aires antes de la guerra del 39. Habla castellano. En todas partes comprobé una gran curiosidad por la y la literatura hispanoamericanas. Hay un sabio, Hedor Nelly, hispanista – porque hay muchos hispanistas en aquellos países – de profundos y vastos conocimientos. Traigo un libro en ruso: Ensayos acerca de la argentina, obra de un equipo que dirige V.I. Ermolaev, con una bibliografía en castellano que revela lo mucho que sobre nuestra han leído. Más de un escritor argentino, al mostrársela, quedó asombrado de saber que en Moscú se le conoce.

- ¿Nuestros libros son conocidos allí? ¿Y los libros de nuestros nuevos escritores?
- Los nuevos escritores son conocidos relativamente. Entre nosotros, ¿nos conocemos? ¿Conocemos acaso a los nuevos escritores de Uruguay o Chile, para citar los países más cercanos? Además, hay “algo” – averigüen qué es ese “algo” – “algo” que se opone a nuestro mutuo conocimiento. Citaré un caso: En 1960, ya con los “libertadores” en el poder – me pidieron un libro de cuentos de Bulgaria con el fin de traducirlo. Lo envié. Ahora, estando en Sofía, me explicaron por qué no lo tradujeron. El libro llegó con las páginas rotas. ¿Quién las rompió? Son cosas que deben ser conocidas para saber donde está la “cortina de hierro”. La directora del Museo Gorki, al saber que yo en Buenos Aires había dado una conferencia sobre el autor de La madre, me escribió pidiéndomela. Al verme allá me reprochó: “Usted no me contestó nunca”. Muy sencillo: Yo nunca recibí esa carta. Uno de mis traductores: Yuri Daskevich, me envió dos cartas y mi novela Muchachos del Sur traducida. Jamás recibí ni libro ni cartas. ¿Dónde está la “cortina de hierro”?

- ¿Qué tirada alcanzan sus libros?
- Fabulosas para un escritor argentino; cientos de miles. Y se agotan, a veces, en tres días, como le ocurrió a la segunda edición de mi libro Hombres de 12 años.

- Ese viaje, esa experiencia, ¿qué le dejó en limpio?
- Que el mundo va hacia un mundo superior. Lo dice el descontento, la inquietud que he pulsado en Italia y sobre todo en España, donde el obrero trabaja para comer y emigra en cuanto puede. En Ginebra encontré muchos españoles, dichosos de haber escapado de la pobreza.

- Usted que no es muy amigo de los viajes, ¿recordó a Buenos Aires allá lejos?
- Para Europa occidental, la Argentina, toda América indo-española, existe como fábrica de jugadores de fútbol. Le Monde, el diario francés, si se ocupaba de la Argentina – y yo, allá lejos, buscaba siempre noticias – se ocupaba cuando había un partido con franceses. En Madrid, los diarios, a veces, hablaban de Perón, y nada más. Y sin darle mucha importancia tampoco. Para Europa occidental, la Argentina – toda nuestra América - todavía no existe artísticamente. Para ellos somos la cuna del tango. Gardel es popular en España. También se lo conoce en la Unión Soviética, donde se bailan tangos. No se encuentran publicaciones argentinas ni en Roma ni en Madrid. Libros, en ésta, muy pocos. Para Europa occidental, los americanos siguen siendo los yanquis. Ni Cuba les interesa mucho. En los países socialistas, el interés y el amor por Cuba se extienden al resto de América. Presienten o que significaría este enorme país – nuestra América – riquísimo, con 250 millones de habitantes, si estuviese administrado para el bien de su mayoría laboriosa. Pero vamos hacia aquello. La no se detiene. Da pasos atrás, pero de pronto salta ¡Y cuándo salta!... Si me pidiera una síntesis acerca del mundo socialista que he visitado – Rumania, Bulgaria, Unión Soviética -, diría: Allá los niños “pioneros” y los jóvenes “komsomoles” – son seres privilegiados, la mujer está equiparadas al hombre; se está amasando otra humanidad, una humanidad solidaria antes no conocida. El pronombre “yo” se ha sustituido por el “nosotros”. Se aspira a que todo sea de todos. ¿Se logrará? Si se tienen en cuenta los progresos realizados desde la derrota de la fiera nazi, no se puede dudar en responder afirmativamente. Pero los críticos occidentales exigen la perfección con premeditada impaciencia. Esto no es pueril, es maligno, o mejor, es el modo de ganarse el pan exhibiendo filosofía escéptica, grata a los poseedores. Ignoran la felicidad de creer, de sentirse rejuvenecer.. No ponerse en puntas de pie para escrutar el horizonte es la peor de las desgracias..

- Desea contarnos alguna anécdota?
- Sí, una, sonriente, si así lo desea: Vuelvo al occidente, al “mundo libre”, como lo llaman los periodistas de ciertos diarios. Llevaba yo un carnet de El Popular que me acreditaba como redactor de ese periódico. En todos los museos, con ese carnet, entraba gratis, también en las ruinas de Pompeya o en la casa de Cervantes u del Greco. En todas partes sí, menos donde intervinieran clérigos. En el vaticano, en las catacumbas, el carnet de periodistas no tenía valor. “Esto no es Italia”, decía el guardián, “este es otro Estado”. Y así se daba que en el Vaticano, por mostrar su tesoro – algo de las “Mil y una noche”, la cueva de Aladino – cobraban. O sea que un rico, un súper millonario, por mostrar lo que poseía, cobraba.

- ¿Y el problema de las iglesias en los países socialistas?
- Libres. He visto iglesias ortodoxas, católicas, templos judíos, mahometanos. Los sacerdotes de todos los ritos en Rumania y Bulgaria reciben sueldo, se les considera empleados estatales. En la Unión Soviética los creyentes pagan su religión. En los templos pululan las alcancías, tanto como en Italia y España. Solamente que escasean los clientes. Y éstos, con más cabezas canas que juveniles.

- Yunque, ¿desearía decir una última palabra para los lectores de nuestra revista? - De mi viaje vuelvo fortalecido ideológicamente.

Me alejo pensando en este escritor, en sus libros de , en sus cuentos, que pusieron fin a aquellos cuentos rosas de Vigil, en su vertical figura de Quijote, y en su vocación insobornable.