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Álvaro Yunque, el inventor de la aventura en el barrio

Por JORGE AULICINO (Publicado en el diario CLARIN, Buenos Aires, el 24 de julio de 1988)

Si tiene, o tenía, algún sentido mitológico, algún sabor de aventura organizar una fogata o un equipo de fútbol, ahorrar para un juguete o “hacerse hombre” superando privaciones y tristezas, el espíritu de esas epopeyas barriales fue reflejado, mejor que nadie en la Argentina, por Alvaro Yunque, novelista, cuentista y, además, poeta, historiador, ensayista apasionado. Surgido de la “guerrilla literaria” de la década del veinte, en la que intervino con posición definida e inmutable a través de los años, Yunque fue, desde siempre y para siempre, el escritor capaz de dar valor epopéyico a la vida de miles de chicos y adolescentes pobres.

Había escrito cincuenta libros entre cuentos, poesía, novelas, aforismos, biografías, historia y misceláneas. Y dejó muchos más inéditos.

El cárdigan, la camisa leñadora y los pantalones arrugados contrastaban con una mirada lánguida, el pelo largo, blanco, ligeramente ondulado bajo las orejas. Era un manso que hablaba con palabras duras, incontrastables: revolución, injusticia, pobreza. Creía en ellas cuando había pasado los noventa años como un santo laico, según la definición de Ernesto Sábato.

Lo fotografiaban algunas revistas que intentaban resucitar las leyendas, incluso el pintoresquismo del lejano Grupo de Boedo, rugiente y taciturno, que integró con Leónidas Barletta, con César Tiempo, con Roberto Arlt. Lo fotografiaban, le preguntaban sobre su vida, pero sus libros no se conseguían ya en las librerías. Durante la dictadura militar, tres de sus títulos fueron prohibidos por presunto atentado a la familia.

No había otro nombre para él que el seudónimo que había elegido: Alvaro Yunque. Yunque que derivaba del apellido materno, Herrero. Con tres, con sólo tres de sus aforismos, puede definirse la arquitectura espiritual que había construido este arquitecto renunciante (dejó la carrera paterna sin terminar): “Fracaso, eres el fruto más jugoso”; “¿Quién ha trepado una montaña erguido?”; “¿Y cuando muera, qué se hará de mi sombra?”

Había nacido en La Plata el 20 de junio de 1889, en un hogar que él consideraba “burgués”. Antes de los 20 años, cuando su familia se trasladó a San Cristóbal, él se auto titulaba anarquista, pero siguió en la Facultad de Arquitectura por cumplir la voluntad de su padre, por el que sentía especial devoción y que murió a los 48 años, luego de haber ayudado a Dardo Rocha a diseñar La Plata y a elaborar planos y bellezas para grandes oligarcas en Mar del Plata, según testimonio de Alvaro.

Por las calles del barrio sur de Buenos Aires, en su atmósfera de casas con higueras, noches donde todavía sonaba el candombe y largas siestas, descubrió primero la literatura social leyendo a Emilio Zola; el pulso poético de lo moderno leyendo a Baudelaire y Maupassant, y después, personajes que poblarían sus libros de relatos: los chicos del barrio, la “barra” de frescas relaciones y prematuras tristezas de Ta- te- ti, Jauja, Poncho, No hay vacaciones, Barcos de Papel, aquel pintoresquismo que no ocultaba bajo los pliegues tibios de la anécdota las aristas de la crítica social, pero que por sobre todo percibía el misterio de la iniciación en la vida de los chicos adolescentes. Por eso la suya fue una magnífica literatura para jóvenes y merecía un destino mejor que su larga ausencia en las librerías.

Recibió el espaldarazo de Roberto J. Payró por sus primeros libros de versos, donde se veía ya la ruptura con el modernismo precedente. Enseguida se encontró rodeado de jóvenes un poco más jóvenes que él: Jorge Luis Borges, Raúl González Tuñón, Roberto Mariani, que solían pasar las noches en torno a las mesas del viejo restaurante El Globo, en Salta y la hoy Hipólito Irigoyen, antes de que sobreviniera un cisma: el de “Artepuristas” o vanguardistas por un lado y el de los “escritores sociales” por el otro.

Alvaro Yunque, que vio estrenar muchas de sus obras en el Teatro del Pueblo de Leónidas Barletta, no depuso del todo el encono de aquellas jornadas de la década del veinte. Sabía reír, pero no era especialmente piadoso. En un homenaje a Raúl González Tuñón, muchos años después, le recordó su transitar anfibio entre ambos grupos con una frase deslizada por lo bajo: “Viste, los que hoy te homenajeamos, somos los de Boedo”.

Su Historia de los argentinos, su Calfucurá, su Alem, denotan al hombre que se interesó vivamente por la cuestión política en el devenir nacional. No son libros imparciales. Los que no comulgan con su visión de las cosas no dejaron de reconocer que las interminables notas que jalonan su biografía de Calfucurá demuestran un trabajo histórico riguroso. La palabra comprometida, el juicio partidario, la recreación novelesca, asentados en datos precisos.

Sencillo y de alpargatas para escribir, era sin embargo desprejuiciado observador y prefería, en sus últimas y esporádicas entrevistas, rehuir las insistencias del periodismo sobre su rico pasado: “Prefiero el mundo actual de los jóvenes y no el que vivieron mis coetáneos”, decía. Sin espantarse sonreía, por ejemplo, cuando le mencionaban a los hippies: “Chicos de aspecto raro”, observaba, sin reparar en que un chico de entonces podría haberle dicho: “Flaco, ¿te miraste en el espejo?”. “Raros por fuera – agregaba él – pero tienen mucho por dentro”.

Era transparente en sus entusiasmos. Viajó y conoció, por ejemplo, la tumba de León Tolstoy en Jasnaia Polaina. Le asombró ese cosmos encerrado en un estrecho pedacito de tierra. “¡Imagínese!”, le dijo a un periodista, “¡Tolstoy!... enterrado en un jardincito”.

“¿Quién con los hombres juega un solitario?”, se preguntaba en su libro Ondulante y Diverso, este hombre que se decía ateo. Poesía lunfarda y poesía coplera, narraciones de chicos empeñados en construir un equipo de fútbol – por ejemplo – que tienen el gusto de una aventura de piratas o de exploradores; la historia poblada de hombres que supuso, en muchos casos, buenos sin sombras: todo eso compuso el mundo inagotable de Arístides Gandolfi Herrero.

Con toda la mística de un anarquista comunista fijaba sus ojos en el interlocutor, cumplidos los 92 años, para que recordara lo que había escrito: Qué curioso impaciente eres, suicida.

La muerte le dio handicap. Falta ahora reivindicar a este escritor argentino que traicionaba en su literatura la melancolía de su mirada.