Prensa

Álvaro Yunque y la lucha antifascista

VIERNES 13 DE JUNIO DE 2008 a las 19.30 - SALA A | CENTRO CULTURAL UNIVERSITARIO DE TANDIL - CONFERENCIA PRONUNCIADA DENTRO DEL PROYECTO "UNIVERSO YUNQUE" POR EL DR. RICARDO PASOLINI*

La charla abordó el clima intelectual y político argentino de mediados de los años ’30, en el que dominan las posturas antifascistas en las organizaciones de la izquierda intelectual del momento. Pasolini analizó el funcionamiento de revistas tales como Unidad y Nueva Gaceta, e hizo referencia al pensamiento y la participación de Álvaro Yunque en ellas, así como a la Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores de Buenos Aires, de la que Yunque formaba parte.

Introducción

Una mirada de la historia argentina del siglo XX, o al menos del período que se inicia con el golpe militar del 6 de septiembre de 1930, da la impresión de que el peso de las tradiciones políticas del autoritarismo y del nacionalismo de base clerical, dominaron el espectro de las culturas políticas argentinas, de tal suerte que se tiende a creer –por diversas razones- que la posibilidad de desarrollar un sistema democrático más o menos acorde al pleno funcionamiento de las instituciones en el país pareciera ser ilusoria. Sin embargo, cuando el historiador se detiene en los documentos de época advierte la fuerte presencia de organizaciones e individuos que advirtieron sobre los peligros del desarrollo de un estado corporativo en el país, y de algún modo, si la sociedad argentina no devino exclusivamente “fascista”, fue por el peso de esta tradición política que aunó a varias fuerzas partidarias y a múltiples sectores provenientes del ámbito de la cultura. Como he demostrado en otros trabajos, las posiciones antifascistas se manifiestan con vigor cuando la mirada del historiador se posa sobre los documentos de época, en particular sobre la vida asociativa de la comunidad italiana en Argentina desde mediados de la década de 1920, y sobre todo en las décadas de 1930 y 1940, cuando el antifascismo se convierte en un tema que informa las diversas alternativas de la política nacional.

A veces estas posiciones antifascistas se presentan como una clara estrategia política del Partido Comunista Argentino, que intentaba constituir aquí un frente popular a la francesa, en el marco de la alianza de clases que había establecido el VII Congreso de la Internacional Comunista en agosto de 1935.[1]

Otras veces, se presenta como afectividad ideológica, es decir, como una sensibilidad política, un estado de la opinión que recorre una amplia gama de significaciones y espacios de carácter intelectual, obrero, estudiantil, y/o partidario (U.C.R., Partido Socialista, Partido Comunista y Partido Demócrata Progresista), en un contexto en que la política argentina se “internacionaliza”, en la medida en que las referencias a modelos de organización social, política o intelectual externos se vuelven moneda corriente en la vida política nacional y en las reflexiones sobre el destino de la nación. De este momento es la constitución de organizaciones de solidaridad con los perseguidos por el fascismo, como el Comité de Ayuda a las víctimas del fascismo en España, filial local de su homónimo parisino, presidido internacionalmente por el profesor Henri Wallon, e integrado en Buenos Aires por Alfredo Palacios, Aldo Cantoni, Augusto Bunge, Benito Marianetti, Sebastián Marotta y Miguel Contreras. También, la constitución en diciembre de 1935 de la filial local del Comité Mundial de Ayuda a las Víctimas del Fascismo, presidido por Romain Rolland, integrado aquí por políticos e intelectuales radicales, socialistas, demócratas progresistas y comunistas como José Peco, Emilio Ravignani, Aníbal Ponce, Augusto Bunge y Julio A. Noble. Por otra parte, en 1935 surge la Organización Popular contra el Fascismo y el Antisemitismo, y en 1937, el Comité Contra el Racismo y el Antisemitismo, se transformará en uno de los espacios más amplios y representativos de las fuerzas políticas antifascistas. Sin embargo, ya desde 1932 es posible observar un potente movimiento antifascista a través del Comité contra la Guerra Imperialista que llevará al año siguiente a la realización en Montevideo del Congreso Antiguerrero Latinoamericano. Y, en 1935, se constituye la que sin duda será el ente más importante de la lucha antifascista en la década de 1930 y principios de los años 40: la Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores, (A.I.A.P.E.) organización de gran impacto en la intelectualidad comunista y su zona ideológica de influencia hasta bien entrado los años ’50.

La A.I.A.P.E. había tomado el modelo de acción cultural del Comité de Vigilance des intellectuels antifascistes de París, que en 1934 había ayudado desde el ámbito de la cultura en la dinamización del frente popular francés que triunfó en las elecciones de 1935 y 1936.[2]

En el contexto de la Guerra de España (1936-1939), se crearon en Buenos Aires y en el interior innumerables asociaciones de ayuda a la República Española, y alrededor de 500 militantes argentinos participaron como voluntarios en la Brigadas Internacionales en España, en la medida en que se evaluaba que en tierras españolas se dirimía el destino de la humanidad. Se trataba de la pugna entre lo que consideraban la barbarie fascista y la posibilidad de un sistema democrático que transitara hacia el socialismo.

Hacia 1939, cuando se constituye en París el Comité de Ayuda a los intelectuales españoles refugiados en Francia, otros intelectuales argentinos como Alberto Gerchunoff, formarán parte de esta agrupación, en un momento en que el problema de los refugiados españoles parece absorber el conjunto de las preocupaciones del antifascismo.

De algún modo, más allá de la lucha antifascista internacional, las irregularidades de un sistema político caracterizado por el fraude electoral y sus formas represivas, convirtió el antifascismo en una actitud de crítica e interrogación de la historia nacional, de sus tradiciones políticas y de los problemas políticos internos de la Argentina, que llevaron a la pregunta acerca de la posibilidad o no de constituir un sistema democrático en el país, que por un lado respetara la legalidad de las normas republicanas y que por otro adquiriera un carácter cada vez más progresista. No es extraño entonces que el antifascismo de los años ’30 se convirtiera en el antecedente más cercano de las diversas sensibilidades políticas que confluyeron en el antiperonismo, desde 1943 en adelante.

La A.I.A.P.E. y la defensa de la cultura

El 28 de julio de 1935 en Buenos Aires, un grupo de intelectuales de diversa extracción ideológica ligados en su mayoría a las diversas izquierdas del momento-, fundaron la Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores (A.I.A.P.E.). Según Raúl Larra[3], quien ingresó a la A.I.A.P.E. a los pocos meses de su creación, la concreción de la entidad se debió al rol preponderante que cumplieron Aníbal Ponce y Cayetano Córdova Iturburu.

Aníbal Ponce había regresado de su tercer viaje europeo en mayo de ese año, y había establecido allí múltiples relaciones con los intelectuales antifascistas franceses, entre ellos Henri Barbusse, quien había posibilitado su viaje a la U.R.S.S. a principios de 1935.[4] Hacia finales de diciembre de 1934, había participado en el Congrés Mondial des Etudiants, desarrollado en Bruselas, y en abril de 1935, en un meeting representando a los intelectuales “d’Amérique du Sud”, en el que se refrendó la intención de constituir una Union Internationale des Intellectuels Antifascistes, que, por un lado, agrupara a los intelectuales sin distinción de partidos, y por otro, estableciera un marco nacional para las organizaciones y un nexo internacional de los comités.[5]

Por su parte, Córdova Iturburu brindaba su experiencia de animador del proyecto literario de la publicación de izquierda Nueva Revista. El primer presidente fue Aníbal Ponce, acompañado por el periodista Edmundo Guibourg, el escritor Alberto Gerchunoff y el dramaturgo Vicente Martínez Cuitiño. Lo sucedió en la presidencia el doctor Emilio Troise, quien fue reemplazado en 1940 por el doctor Gregorio Bermann. También integraron la A.I.A.P.E. los escritores José Portogalo; Nydia Lamarque; Álvaro Yunque; Liborio Justo; Enrique Puccio; Luis Reissig; Sergio Bagú; César Tiempo; Bernardo Edelman; Enrique González Tuñón; Dardo Cúneo; Leonardo Estarico; Rodolfo Puiggrós; Facundo Recalde; Carlos Ruíz Daudet; Alfredo Varela; Deodoro Roca; Gerardo Pisarello, Raúl Larra, Leticia Brum, Héctor P. Agosti, Carlos Ruiz Daudet, Amaro Villanueva, Luis Gudiño Kramer, Juan G. Ferreira Basso, Arturo Sánchez Riva, Luis Ordaz y Juan Antonio Salceda, entre otros.

La A.I.A.P.E. se organizó desde sus inicios según las diferentes ramas intelectuales y especializaciones. Los plásticos crearon su departamento dirigido por Lino Spilimbergo y la escultora Cecilia Marcovich, los abogados, los médicos, los pedagogos y los periodistas constituyeron también sus subcomisiones. El grupo de la Asociación Juvenil de Escritores Proletarios (AJEP) –en el que participaban Raúl Larra, Bernardo Kordon y Alfredo Varela- pasó a constituir la sección juvenil de la A.I.A.P.E. En rigor, gran parte de los participantes y adherentes a la entidad carecía de una actividad literaria o artística previa, de modo que la A.I.A.P.E. se transformó prontamente en un espacio de “educación” y promoción para intelectuales nuevos.[6] Se creó también una pequeña editorial que publicó libros, conferencias y folletos; y se dictaron una serie de seminarios y cursos a cargo de especialistas renombrados. En enero de 1936, la A.I.A.P.E. contaba con más de 400 asociados[7] y al año de su creación aunaba cerca de 2000: había constituido filiales en Rosario, Tandil, Paraná, Corrientes, Tucumán, Tala y Crespo, además de Montevideo.[8] También, mantenía fuertes vínculos con entidades afines de Paraguay, Chile y Brasil.[9] En agosto de 1936, Ponce señalaba el carácter que debía asumir la institución luego de las tensiones internas del primer año de la entidad: “[…] ni partido político, ni capilla sectaria, ni tertulia de snobs, ni asociación de revolucionarios […] Como miembro de la A.I.A.P.E. o en los actos de la A.I.A.P.E., el asociado o el dirigente sólo aspira a denunciar y combatir las irrupciones del fascismo en el campo cultural que nos es propio”. [10]

Pero estas intenciones iniciales en algún sentido ya no estaban presentes en el período 1941-1943, pues la A.I.A.P.E. mostraba ahora una clara hegemonía de intelectuales comunistas o compañeros de ruta, quienes luego de su etapa neutralista, recuperaron las nociones antifascistas originales. Tras el golpe militar del 23 de junio de 1943, la A.I.A.P.E. fue clausurada, pero su acción cultural tuvo un impacto residual muy importante. En términos relacionales, es fácil identificar a gran parte de los antifascistas de mediados de 1930 dirigiendo el Congreso Argentino de la Cultura en 1953, ámbito desde el cual se organizó una fuerte actitud opositora al gobierno peronista en el ámbito de la cultura. También es identificable hacia esa fecha un conjunto de tópicos equivalentes a los presentes en la década de 1930.[11] Así todo, más allá de los deseos imaginarios de los integrantes de la A.I.A.P.E., su antifascismo inicial significó menos un intento de construcción de una salida política ante lo que consideraban el avance del “fascismo criollo” –los tiempos institucionales inaugurados por el golpe de Uriburu y el fraude electoral-, que la percepción de la debilidad de unos intelectuales, fuertemente comprometidos en el salto hacia la política. En rigor, la A.I.A.P.E. poco pudo hacer en esa esfera, pero articuló una serie de discursos y acciones culturales en la que la tematización de la “defensa de la cultura” se convirtió en la noción aglutinante de la sensibilidad antifascista, mediante la cual el fascismo era percibido a nivel internacional como incivilización, como una nueva Edad Media funcional a la nueva etapa del capitalismo mundial, que tenía también sus adherentes locales. De allí que este antifascismo se convirtiera también en una fuerza de resistencia y que ante la situación de la política nacional reivindicara su posición activa desde la apelación legitimante de la tradición liberal y sus próceres más notables, hasta una actitud más beligerante a favor de un modelo de organización social que se miraba en el espejo de la URSS.[12]

Desde sus orígenes, la A.I.A.P.E. se conformó tomando como modelo organizativo el Comité de Vigilance des intellectuels antifascistes de París, en parte porque los lazos de Aníbal Ponce mantenían una fuerte vinculación con este centro político-cultural, y también, porque la organización proveía además de un modelo exitoso de alianzas intelectuales, partidarias y obreras, una agenda de temas y tácticas militantes sobre los cuales orientar una política antifascista de carácter principalmente nacional. Aún en noviembre de 1942, luego de 3 años de que el C.V.I.A. dejara de funcionar, la A.I.A.P.E. seguía filiándose en esa entidad, y se presentaba como continuadora de su proyecto político-cultural.[13]

Las revistas de la A.I.A.P.E.: de Unidad a Nueva Gaceta

Hacia mediados de los años ’30, entonces, una nueva configuración de significados y temas ideológicos se constituye en el campo de la izquierda intelectual argentina y sus alrededores, a partir del tópico del antifascismo, y de las relaciones que los centros locales mantienen con equivalentes europeos. Lo que se observa en este período es la profundización de un fenómeno ya presente en la década anterior: la aparición de nuevas publicaciones, algunas de ellas de duración efímera[14], el auge de revistas culturales a través de las cuales los escritores e intelectuales en sentido amplio, reinstalaron en un nuevo contexto la discusión en torno a la noción del intelectual comprometido, de las relaciones entre arte y sociedad, y de las diferencias entre una literatura revolucionaria y otra “burguesa”. Las revistas Unidad (1936-1938) y Nueva Gaceta (1941-1943), fueron los espacios más visibles -aunque no los únicos- donde los miembros de la A.I.A.P.E. expresaron los contenidos más significativos de su prédica ideológica y su acción cultural.

En algún sentido, ya hacia 1933 Raúl González Tuñón había establecido a partir de la experiencia de la revista Contra, un modelo de publicación vanguardista que fundándose en la herencia de la revista Martín Fierro, intentó incorporar a las discusiones estético-literarias las definiciones más claras sobre la articulación entre militancia política y militancia estética. Contra postuló fuertemente el enfrentamiento de clase contra clase, impugnó el reformismo burgués en función de la exaltación del modelo soviético y tuvo entre sus proyectos la organización institucional de los escritores de izquierda con el propósito de defender sus intereses corporativos. Pero lo que caracterizó a la revista fue la reedición de unas formas discursivas en el modo irónico - la sección permanente denominada “Recontra”- que la ligaban fuertemente con la tradición de la vanguardia martínfierrista de los años ’20.[15]

Así todo, aunque algunos de sus colaboradores y dinamizadores serán los que hacia mediados de 1935 integren la A.I.A.P.E. (los hermanos González Tuñon, Córdova Iturburu, Nydia Lamarque, Edmundo Guibourg, Liborio Justo, etc.), el nacimiento de la publicación Unidad se dará no sólo en un contexto menos proclive a la prédica clasista, sino con otros actores intelectuales en los lugares dirigenciales, entre ellos Aníbal Ponce. Si Contra, La Gaceta de Buenos Aires, Alerta, Contra-Fascismo, y algunas publicaciones menores habían demostrado una inquietud no ya exclusivamente literaria sino de crítica social y económica, el antecedente más significativo en este sentido de la publicación de la A.I.A.P.E. lo representa la experiencia literaria de Nueva Revista, una publicación dirigida de hecho por Cayetano Córdova Iturburu, un ex martínfierrista que desde 1931 ya manifestaba posiciones de izquierda literaria.[16]

En efecto, el mensuario Nueva Revista se publicó entre octubre de 1934 y mayo de 1935. En sus cuatro números publicados es fácil advertir, por un lado, un claro intento de formación marxista, -de allí que el primer número se lance con un artículo educativo de Aníbal Ponce dedicado al análisis de las clases sociales, y por otra parte, la incorporación de la situación política europea como un marco de referencia para la acción política local. De este modo, son rescatados en su tratamiento editorial los sucesos de París de febrero de 1934 y los siguientes intentos de unión intelectual y política.[17]

También, Nueva Revista se presentó como un espacio de unificación intelectual que establecía una distinción en el mundo cultural entre quienes “ante la seriedad de la hora” podían distinguir entre el sentido de la realidad política actual y la necesidad de un tipo de acción intelectual fundada en el compromiso político, y aquellos escritores -sin precisión al respecto- que no encontraban el camino sumergidos en la confusión o en la angustia. [18] Los nombres de Álvaro Yunque, Nydia Lamarque, Sixto Pondál Ríos y Nicolás Olivari son los más reconocidos colaboradores de Nueva Revista que pueden acreditar una trayectoria literaria. El resto de las colaboraciones pareciera conformar el grupo de los estudiantes universitarios, dado el lugar importante que se le asigna en la revista a las federaciones universitarias. En algún sentido, el público ideal de Nueva Revista pareciera identificarse con un sector de la izquierda universitaria, mientras se recurre a figuras reconocidas de la cultura de la izquierda literaria, como el propio Yunque, para quienes el arte puro sintetiza todo el componente negativo en la actitud intelectual.

Nueva Revista no alcanzó a transformarse en la prensa unificadora de las pretensiones de este sector intelectual. Sin embargo, aparece como el antecedente más cercano de la constitución de la A.I.A.P.E. en julio de 1935, y de su órgano inicial de expresión. En efecto, el primer número de Unidad apareció en enero de 1936 y contó con las colaboraciones de Aníbal Ponce, Alberto Gerchunoff, José Portogalo, Samuel Schmerkin, Córdova Iturburu, Luis Reissig, Nydia Lamarque, Raúl González Tuñón y Liborio Justo, entre otros. De acuerdo a la filiación ideológica y a los ámbitos de pertenencia de sus integrantes (desde compañeros de ruta del P.C.A., hasta marxistas no afiliados, junto a socialistas, trotskistas y liberales, algunos de ellos más ligados al Colegio Libre de Estudios Superiores –Ponce y Reissig habían participado en la creación del este Colegio- y a lazos de amistad preexistentes que a una organización política en sentido estricto), Unidad dio cuenta desde sus orígenes de una vocación de unificación del mundo intelectual y artístico bajo el tema más o menos aglutinante de la defensa de la cultura.

Sin embargo, en los ocho números publicados de la revista Unidad es fácil advertir un nudo central de temáticas relacionadas básicamente con la problematización del rol intelectual; la interrogación sobre la naturaleza del fascismo -tanto en el plano internacional como en el nacional- y la experiencia de los frentes populares, junto a otros tópicos periféricos, como la situación latinoamericana y el imperialismo. Sobre estos temas, las posturas no fueron siempre concordantes, pues es posible identificar un abanico de respuestas que van de posiciones de tipo reformista o enmarcadas en un ideario de matriz liberal a otras más radicalizadas, donde se exalta el componente emancipatorio de la clase obrera y una idea del intelectual más ligada al devenir de las masas obreras[19] que a las propias reivindicaciones como grupo social.

Desde la A.I.A.P.E., el fascismo se percibió como un fenómeno internacional que venía a socavar los fundamentos de la civilización moderna. De allí que se apeló a una idea de la clase intelectual no sólo como un particular sujeto destinatario de la represión por parte del fascismo, sino como un actor cuya función era la de mantener los valores de libertad y respeto de la dignidad humana. Si bien el estado fascista respondía a condiciones materiales objetivas identificadas con el desarrollo que había alcanzado el sistema capitalista, también se veía en él una innovación política, en la medida en que disputaba con elementos propios las tradiciones políticas existentes hasta el momento. En algún sentido, sostenía la A.I.A.P.E., el papel de la razón en la sociedad había sido constitutiva de la etapa inicial del capitalismo -en particular durante el siglo XIX- que, aunque cruel porque instalaba un nuevo sistema de explotación económica, satisfacía los requerimientos del bienestar y del progreso humanos, comparándolo con la etapa feudal.

Pero ahora, la situación del capitalismo mundial es percibida en extremo irracional. Por un lado, porque a los niveles más altos de desarrollo económico le correspondían también niveles equivalentes de pobreza. Entre otros temas, Unidad criticó fuertemente que la producción de alimentos creciera en el mundo mientras se morían de hambre millones de personas. Por otra parte, porque para mantener su poder económico, la clase capitalista recurría a regímenes autoritarios no fundados en la razón sino en la idea de “espiritualidad”, es decir, en un “lenguaje de tipo religioso” que apelaba a la fe.[20]

El fascismo italiano, el nazismo, la Unión Fascista Británica, entre los ejemplos citados, todos formulaban según Unidad la tesis de un nuevo estado espiritual de la sociedad que se expresaba en una retórica donde la fe ahora se asociaba a un nuevo material ideológico: el “patriotismo”, el “sentimiento nacional”, el “sentimiento religioso”, el “sentimiento racial”.[21]

Así, con su formulación de ideologías místicas, raciales, antihumanistas, antidemocráticas y antiindividualistas, el fascismo pisoteaba las raíces racionales del mundo moderno. Fundándose en La fenomenología del espíritu de Hegel, Unidad evaluó que la humanidad se había constituido como tal dominando el sentimiento de la fuerza que impide la comunicación. La humanidad sólo existía porque ha logrado producirse una comunidad de conciencia que limitaba hasta anular la dimensión de lo inhumano, lo que Hegel llamaba “la bestia”. El fascismo reinstalaba la barbarie en la sociedad pues su objetivo político era realizar un tipo de sociedad nacional en la que el todo fuera absolutamente independiente de la determinación y voluntad conciente de las partes que lo integran, en particular, del papel de los individuos. Esto se expresaba, según Unidad, en la anulación del sufragio universal, de la representación parlamentaria, de la opinión pública organizada en agrupaciones democráticas, en la limitación de la libre expresión artística, científica e individual. En síntesis, en la destrucción de la esencia de la democracia.

El fascismo es concebido, entonces, como un nuevo “absolutismo”, o como “inquisición” restauradora de la Edad Media[22] animada por tres instintos bestiales desencadenados: “Mussolini, Hitler, Franco”,[23] negándose en sus características cualquier noción que incorporara alguna idea de modernidad en estos movimientos.

Pero este intento de eliminar al individuo de la historia tropieza con un obstáculo formidable: la inteligencia, percibida como el grupo social depositario de la cultura en tanto conjunto de los saberes de la humanidad. Por ello, la A.I.A.P.E. apeló a la unidad de los intelectuales antifascistas desde una matriz argumental que recurría a una visión continuista de la historia, en tanto que el pasado liberal y republicano, tanto europeo como nacional, se presentaban como el sustrato fundamental sobre el cual, por un lado, debían apoyarse los cambios sociales futuros, y por el otro, se aseguraban los derechos de la clase intelectual.[24]

La percepción del fascismo y de esta matriz liberal se modificó momentáneamente ante la derrota de la España republicana y los sucesos internacionales que acompañaron y siguieron a ella. Si España había significado para los miembros de A.I.A.P.E. que participaron en el Segundo Congreso Internacional de Escritores reunidos en Valencia en 1937, el lugar donde se materializaba la defensa de la democracia universal y la libertad de la cultura, la derrota traerá consigo una fuerte impugnación de los aliados del antifascismo internacional, hasta junio de 1941, cuando la invasión de Alemania a la URSS conduzca a los intelectuales de la A.I.A.P.E. a una nueva alianza, a partir de la evaluación del momento político internacional no ya como “Guerra entre imperialismos”, como “Guerra Internacional Antifascista”.

Es en este momento, en el que Yunque aparece desarrollando un rol más activo en la A.I.A.P.E., no sólo colaborando con sus escritos en las publicaciones de la entidad, sino también formado parte de la Comisión Directiva de la misma. De este modo, los escritos de Yunque irán asumiendo un carácter básicamente militante en relación a tres ejes principales: la crítica a las democracias burguesas europeas, las que para Yunque no habían estado a la altura de su tarea histórica y habían permitido dejar crecer al “monstruo fascista”, con la militarización de la Renania, el Pacto de Munich; la anexión de Checoslovaquia, la no defensa de la República Española.

La reflexión sobre el condicionamiento social y económico del arte; y la noción acerca de la necesidad de un arte comprometido que sólo en el mundo socialista se convertiría en arte proletario. Para Yunque, la obra de arte y la producción literaria y cinematográfica en el marco del capitalismo, esto es, cuando la obra se convierte en una mercancía para ser vendida en el mercado, tenía efectos fuertemente negativos, en principio porque el mercado obligaba a la deformación y a la mutilación de la obra, en función de los preceptos que regían la economía capitalista y la ideología dominante del mundo burgués. Yunque lo advierte en especial en las modificaciones que sufrían las obras literarias originalmente contestatarias cuando se transformaban en guiones cinematográficos. De allí que alertara a los autores a no dejarse mutilar ni deformar, y sobre todo, a no perder la autenticidad del creador. Más allá de su militancia y su beligerancia, es evidente que en las colaboraciones de Yunque en Unidad y Nueva Gaceta, ante todo está el escritor, el ser sensible que narra la realidad con la rigurosidad de la propuesta estética y con un plus ideológico, en el que el “yo” del creador está fuertemente presente, como si el anarquista de juventud que fuera, y más allá de su admiración por la sociedad soviética, no quisiera abdicar aún de ciertas nociones del individualismo ácrata.

Finalmente, su acción propiamente política a través de la experiencia del periódico “El Patriota”, a partir de abril de 1945, en el que Yunque luego de la clausura de la A.I.A.P.E. y con un proceso de persecución en marcha desde que en junio de 1943 el golpe militar del GOU clausurara la entidad, inicia un llamado a la “Unión Nacional Antifascista”, animado por la inminente derrota del Eje, y por la deriva cada vez más corporativa que asumía la política nacional.

Dr. Ricardo O. Pasolini *INVESTIGADOR ADJUNTO DEL CONICET Secretario de Redacción ANUARIO IEHS Instituto de Estudios Histórico-Sociales Facultad.de Ciencias Humanas - UNCPBA

  • [1] Ricardo Pasolini, “La internacional del espíritu. La cultura antifascista y las redes de solidaridad intelectual en la Argentina de los años ‘30”, en Marcela García Sebastiani (ed.), Fascismo y antifascismo. Peronismo y antiperonismo. Conflictos políticos e ideológicos en la Argentina (1930-1955), Madrid / Frankfurt, Iberoamericana / Vervuert, Bibliotheca Ibero-Americana, 2006, pp. 43-76.
  • [2] Ricardo Pasolini, “El nacimiento de una sensibilidad política. Cultura antifascista, comunismo y nación en la Argentina: de la A.I.A.P.E al Congreso Argentino de la Cultura, 1935-1955”, en Revista Desarrollo Económico (IDES), n° 179, oct-dic 2005, pp. 403-433.
  • [3] Luego de su participación en A.I.A.P.E., Larra desarrolló una importante labor de editor en la Editorial Futuro (1943) y participó más tarde en la revista del P.C.A., Cuadernos de Cultura.
  • [4] Cf. “Murió Barbusse, el apostol de la paz”, Crítica, 30 de agosto de 1935.
  • [5] Cf. “Vers l’ Union Internationale des Intellectuels Antifascistes”, Vigilance, (Bulletin du Comité de Vigilance des intellectuels antifascistes), Paris, N° 24, 15 juin 1935, p. 4.
  • [6] Raúl Larra, Etcétera, Buenos Aires, Anfora, 1982, p. 18.
  • [7] “Vida de la A.I.A.P.E.”, Unidad. Por la defensa de la cultura, año I, N° 1, enero de 1936.
  • [8] Aníbal Ponce, “El primer año de A.I.A.P.E.”, Dialéctica, N° 6, agosto de 1936.
  • [9] Adrián Celentano, “Ideas e intelectuales en la formación de una red sudamericana antifascista”, en Literatura y Lingüística, nº 17, Santiago, 2006, passim.
  • [10] Aníbal Ponce, “El primer año de A.I.A.P.E.”, op. cit.
  • [11] Cfr. Ricardo Pasolini, “El nacimiento…”, op. cit.
  • [12] Nydia Lamarque, “Epítome de Esteban Echeverría”, Unidad. Por la defensa de la cultura, Año II, n° 1, agosto de 1937.
  • [13] “La demostración al Doctor Emilio Troise”, Nueva Gaceta (Revista de la A.I.A.P.E.), N° 20, noviembre de 1942.
  • [14] Jorge A. Warley, Vida cultural e intelectuales en la década del 30, Buenos Aires, CEAL, 1985, pp. 34 y ss.
  • [15] Silvia Saítta, "Entre la cultura y la política: los escritores de izquierda", en Nueva Historia de la Argentina, t. VII, Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 2001, pp. 400 y ss., y Beatriz Sarlo, Una modernidad periférica: Buenos Aires 1920-1930, Buenos Aires, Ediciones Nueva Visión, 1988, pp. 142 y ss.
  • [16] Warley, op. cit., p. 34.
  • [17] Nydia Lamarque, "París, la angustiada", Nueva Revista, N° 1, octubre de 1934.
  • [18] Ibid.
  • [19] Cf. Córdova Iturburu, "El pueblo en la calle", Unidad. Por la defensa de la cultura, Año I, N° 2, febrero de 1936.
  • [20] Orzábal Quintana, "Existe una teoría general del fascismo", Unidad. Por la defensa de la cultura, Año I, N° 3, abril de 1936.
  • [21] Ibid.
  • [22] Gervasio Guillot Muñóz, "Civilización e Inquisición", Unidad. Por la defensa de la cultura, Año II, N° 2, septiembre de 1937.
  • [23] "La inteligencia contra la muerte", ibid.
  • [24] Emilio Troise, "Panorama de la situación mundial", Unidad. Por la defensa de la cultura, Año II, N° 2, septiembre de 1937.