Prensa

Don Roberto

(Especial para la revista CLARIDAD) Abril 1928

He tenido la suerte de conocer y tratar familiarmente en sus últimos años, a dos hombres argentinos de talento: Justo y Payró. Por los dos he sentido admiración y cariño.. De los dos he recibido simpatía: la de Justo en forma de reproches, la de Payró en estímulos. Eran las características de estos dos hombres admirables. Uno juvenilmente agresivo, juvenilmente cordial el otro: dos sinceros, dos fuertes. Y años pasarán antes que en la floresta humana de América, vuelvan a surgir dos árboles de tan recio tronco, tan verde copa y tan laboriosas raíces, hondas hasta el sacrificio personal.

El político que habla en Justo me aparta de él, lo mismo que su ignorancia en materia de arte, pese a su poderosa intuición. Todo me acercaba a Payró: su labor de artista, su vida de hombre probo, su actitud apostólica durante la guerra. La amistad de este hombre que había realizado el milagro de salir limpio de la ciénaga del periodismo, era un regalo. Así lo comprendimos muchos de “los nuevos”. Y un puñado brioso de jóvenes, calientes de ideas, nos estrechamos junto a este hombre alto, de cabeza cana y ojos tiernos, a escuchar su palabra siempre buena y a sentir el calor paternal de su mano honrada: Mariani, Castelnuovo, Riccio, Talon, Gil, Guijarro, Abel Rodríguez, Orozco Zárate, Fito, Echegaray, Soto, yo y algunos más que olvido o que quiero olvidar: recibimos, ya en forma de artículos en “La Nación”, ya privadamente, su crítica sana, estimulante, empujadora. ¿Qué le dimos en cambio? ¡Algo le dimos, sí! Fuimos los intérpretes del pueblo. Por nosotros, salidos todos del suburbio ciudadano y de la masa anónima, supo el viejo escritor que su obra era comprendida y que su existencia íntegra era respetada. Se sintió amado. Encendimos su soledad. Cuando los hombres de su generación comenzaban a querer olvidarlo, nosotros llegamos para llenarle de bullicio el espíritu inquieto y de alegría el corazón grande, tan grande que en él cabían hasta los que lo olvidaban. Nos tocó en suerte hacerle justicia en sus últimos años, impedir que la frialdad, el egoísmo o la indiferencia de sus compañeros de ayer, lo amargara, ¡Qué gran obra hemos realizado, muchachos! Alberto Gerchunoff, que fue como un hijo, así lo acababa de reconocer: “Lo que era Payró como hombre también lo han reconocido los intelectuales jóvenes de las más diferentes tendencias. Se complacían en su amistad y buscaban su compañía. Es lo que alegró los últimos años de su vida...” Seguramente é, confidenciándose con el amigo, le había hablado de nosotros, del grupo hirviente, anhelante de justicia social y de belleza artística que los domingos por la tarde llenaba de encendidas discusiones y de estridencias su retiro. ¡Qué júbilo, muchachos, haber llevado a ese gran corazón el eco amoroso que su obra intensa merecíase y su vida fecunda necesitaba!

Su noble figura, entre patriarcal y bohemia; su faz bella de amplia frente y pupilas cándidas, el recuerdo admirativo hacia su larguísima labor, nos colocaban en una situación respetuosa hacia el Maestro. El hablaba y oíamos hablar a uno de nosotros, no a un hombre de sesenta años. Nuestras más audaces ideas eran las suyas, nuestras calificaciones más despectivas hacia los valores consagrados por la complicidad de la costumbre con la vulgaridad y el periodismo, no lo tomaban de sorpresa: hacía muchos años que él sabía que Fulano era un “burro” o Zutano un “bestia” o Perengano un “viejo fósil”, aunque é, castizo y sensible al recuerdo, no empleara nuestro vocabulario. Era izquierdista en el pensar, al revés de otros seudorevolucionarios que sólo lo son en el hablar. Cuando ser socialista era un delito en este país, él fue socialista. Y murió siéndolo, pero socialista de sentimiento, apartado del partido político que de concesión en concesión iba desvirtuando la idea.

En política, sentía fobia por el irigoyenismo. Temía que el santón terminase en la dictadura que un populacho servil, ignorante y codicioso le propicia. ¡Quieran los manes de nuestra civilización que se equivocara! Condenó siempre las salidas reaccionarias de Lugones. Lo quería como a viejo amigo de juventud, pero lo conceptuaba un desorientado. Cierta vez se halla con él. Lugones, arquetipo de falso revolucionario, predica el extremismo: la violencia. Violencia de arriba o de abajo. La espada o la bomba. O con el gobierno o contra el gobierno. Payró lo oye hablar, y al fin, con ese humorismo tan propio de él, le dice: “Bien. Estoy contigo. ¡Seamos extremistas... pero contra el gobierno!” Solución poco grata al extremista del vate cordobés.

La preocupación de realizar una inmediata justicia social que nosotros llevábamos hasta él como “un descubrimiento” de nuestra juventud, como una novedad de la época, él la había sentido treinta años antes. Sólo que él también descubriera la imposibilidad de su realización inmediata y sonreía. En respuesta al ímpetu de alguna de mis cartas, me responde: “Siga hablando, que lo escucho alborozado. No contesto. Sonrío. Me siento hermano, padre, abuelo, camarada... hasta cómplice en no se qué grandes conspiraciones de futuro. ¡Soy tan joven! ¡Tengo tanto que esperar!... Lo abrazo efusivamente.” ¡Fuerte serenidad la suya! Y en respuesta a un artículo mío, publicado contra la payasada racial-patriótica que nos presentaba al aviador Franco poco menos que un superhombre, me manda estas líneas: “Estoy muy de acuerdo en cuanto usted dice respecto de Franco. Pero siempre y en todas partes ha sido así. Esperemos que no siempre seguirá siendo así, y que tendrá razón el filósofo cuando dice que el ser humano es una entidad cuya evolución no está terminada, cuyas potencias no se han desarrollado por completo... Y este pueblo apático, siquiera reacciona y se entusiasma por algo: vive, aunque viva mal. Hay que enseñarle a vivir: pero es tarea larga. Un abrazo.” ¡Fuerte serenidad la suya! ¡Serenidad arraigada en dolorosa experiencia vivida, pero prolongada en brazos ansiosos de futuro que se estiran como ramas para apresar el cielo!

Era un hombre estructuralmente fuerte y fundamentalmente bueno. De este complejo de bondad y fuerza brotó el árbol noble, pintado de arte como de flores, fecundo en ideas como de frutos, rico en mansa sombra que fue su personalidad. Era un hombre de talento, sí, pero más era un “sentimental, sensible y sensitivo”. Su obra lo deja ver al crítico menos avisado; pero nos tocó a nosotros, los que tuvimos la dicha de intimar con él, de quererlo y ser queridos por el; quienes pudimos sentir calor de sol en invierno, la grandeza de su alma paternal.

Su capacidad de querer era tanta que a veces obstruía su aguda inteligencia. Muchas veces no juzgaba bien, porque amaba mucho. A Darío, por ejemplo. Ante nuestra afirmación de que Darío, su compañero de bellas horas juveniles, no valía lo que ellos creyeran, que parte de su obra era deleznable; él casi a regañadientes accedía, dolido de que así fuese. Pero protestaba de firme cuando en nuestro afán de ser justos llegábamos a decir que “Darío sólo era un buen poeta menor”. Lo defendía, entonces, como a cosa propia, herido en su recuerdo admirativo hacia el camarada.

Don Roberto no sabía odiar. El era todo amor. “El odio – nos dijo una vez – es una carga de la que hay que desprenderse. Mejor que odiar es despreciar. Yo no odio. Si alguien me hace mal, lo aparto.” Compadecía demasiado a los hombres, los comprendía demasiado para poder odiarles. Ni aún cuando un jurado de cretinos le robó el primer premio, infiriéndole la ofensa de cotejarlo con Martínez Zuviría, le vimos odiar. Lo sentimos herido en su blanda susceptibilidad; y nos encargamos de indignarnos por él y escribir, para no morirnos de asco, todo el odio que la injusticia acababa de encender en nuestro corazón.

Cualquier demostración que se le hiciese lo conmovía; la revista CLARIDAD le dedicó un homenaje cuando un grupo de nuestros mejores cuentistas le dio un almuerzo.. En él se leyó el artículo con que en esa revista se le saludaba. Era anónimo; pero por indiscreción de un compañero supo que yo lo escribiera. Lo golpeó profundamente, y como yo no apareciese por su casa, me escribió: “Lo estoy esperando desde antes de la aparición de su artículo en CLARIDAD. ¿Cree usted, que me importa más el golpe de bombo – por fuerte que haya sido – que un buen rato de conversación y cambio de ideas? Ya sé que está ocupado, que tiene obligaciones, y por eso no lo reto, pero lo echo de menos, y se lo digo. Nada más, me iba acostumbrando a sus visitas, contaba con ellas, pero ya hace meses que me faltan. Hágase un poco de tiempo y venga si puede. Así podré darle las gracias por el bombo aludido más arriba. Su viejo amigo que lo quiere paternalmente.”

Esta carta me llenó de lágrimas los ojos. Hubiera corrido a abrazarlo. No lo hice. Mi hurañez que me obliga a aparecer duro, cuando no lo soy, frío, cuando soy una llamarada de emociones, me impidió hacerlo. Este es mi arrepentimiento para con él: no haberle nunca demostrado efusivamente - ¡porque no pude hacerlo, porque no podré nunca hacerlo! – cuánto lo quería, la inmensa veneración que me inspiraba. Era un optimista y un estoico. Desengaños, desgracias familiares, ingratitudes; nada podía doblarlo. Todo lo recibía de pie. Una tarde llegué desalentado a su casa. Multitud de pequeñeces me abatían. Me lo conoció en la cara. Intentó sacarme una confidencia que no le hice, porque no puedo hacerlas, porque tengo el pudor exagerado de mi intimidad. Entonces me dijo estas palabras sapientísimas: “No se abata, hijo. La vida me hace acordar a ciertos caminos en la cordillera de los Andes. Uno va por ellos, tiene allí, a unos pasos, un paredón que sube hasta el cielo. Cree que ya no hay salida, que allí termina todo; pero llega allí, da vuelta, y se le abre una perspectiva interminable, hermosa.” Muchas veces recordé estas palabras. No las olvidaré nunca.

Era un humorista formidable. Todo su resignado valor, que era mucho, toda su profunda experiencia, se resolvía en humorismo. En cama, próximo a ser operado de su grave mal crónico, él alegraba a la compañera y a los hijos que, inteligentes y recelosos, comprendían y presentían...

Y después de operado, un día antes de morir, bromeaba con los suyos, con la enfermera, con los médicos. No era la primera vez que veía la cara a la muerte. Bien sabría él que no es tan fea la muerte ni tan bella la vida. Ya había llegado al punto en que se ama a las dos por igual. ¡Querido y gran Don Roberto! Ahora que se nos ha ido, comprendemos mejor lo que perdimos con él. Es propio de la flaqueza humana no ver la felicidad más que cuando ella ha pasado. Todo el valor de la amistad de este hombre puro corazón, lo apreciamos ahora, cuando nos vemos condenados a no oírle ni a verle más que al través de nuestros nublados recuerdos.

¿Y de su obra, qué decir? Es el único nacionalista que había podido mantenerse a salvo del patrioterismo. Este es su valer excepcional. El internacionalista que había en él, cerebro potente, capaz de levantarse por sobre la mentira de las fronteras, se hermanaba, en raro consorcio, con el crioyista, el hombre que amaba su terruño porque lo conocía. Su folclorismo artístico no se encharcaba en la simpleza del escudo y la bandera y la vihuela y el gaucho. Su cultura era demasiado sólida para quedar en eso. Y así, su nacionalismo artístico fue original con la misma originalidad del árbol que da los determinados frutos que el suelo donde arraiga le permite dar; pero que alza alto el ramaje anheloso de respirar el aire de todos los vientos, de todas las ideas.

Además, fue un trabajador terrible. Escribió hasta el mismo día de ser internado. Leyó hasta el mismo instante de ser conducido para operarlo. Con lo que él deja escrito, firmado o no firmado, podrían hacerse cómodamente, media docena de “famas nacionales”. Esto en cuanto a cantidad, porque en cuanto a calidad, cosas como Las divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira o Pago Chico o El casamiento de Laucha o Sobre las ruinas, ya han saltado por encima de todo nacionalismo.

Fue un poeta: por su idealismo, por su candor, por su pureza. Cada vez que me preguntaba por lo que yo escribía, se interesaba en saber si seguía escribiendo versos, y me empujaba a escribirlos. La poesía fue su primer amor, y a veces, medio en broma, medio emocionado, nos recitaba versos románticos de su juventud. Cada vez que me presentaba lo hacía así: “Alvaro Yunque, poeta”. Agregaba este título para él honorífico, más que ninguno.

La última vez que lo vi, ya en el sanatorio, la noche antes de operarse, siempre humorista, me despidió bromeando:

- A ver si al estreno de mi obra me lleva una buena claque de muchachos, para que aplaudan fuerte.

En broma también, se lo prometí; pero bien dispuesto a hacerlo, para tributarle el aplauso que su ejemplo de trabajador merecía de los que ahora llegan a laborar en terreno cavado, arado y sembrado por él.

Y ya no lo vi más. Sin embargo, espero verle. La vida sería demasiado estúpida si hiciese hombres así para después disolverlos. Tanta capacidad de amor, tanta riqueza de sensibilidad, no pueden desaparecer sólo porque un músculo, dejando de latir, no lleve movimiento a las manos siempre abiertas para dar ni luz a las pupilas siempre encendidas para acariciar. ¡Querido y gran don Roberto!: Mi espíritu le dará el fuerte abrazo que mi carne huraña y torpe no le dio en la vida.

ALVARO YUNQUE
Abril, 1928.