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Álvaro Yunque y su aporte a la historia Argentina. Su investigación sobre Calfucurá

9 DE MAYO DE 2008 - CENTRO CULTURAL UNIVERSITARIO DE TANDIL | Conferencia de pronunciada dentro del proyecto UNIVERSO YUNQUE por el Sr. Néstor Di Paola*

CALFUCURÁ

“En rigor, este libro debió llamarse ‘La conquista de las pampas’. Preferí titularlo ‘Calfucurá’, nombre del mayor héroe de la defensa indígena. Él, como Oberá, Juan Calchaquí, Yamandú, Caupolicán, Lautaro, Túpac Katari y Túpac Amaru, como los rebeldes de Cangallo, como los aborígenes de las ‘republiquetas’ en Bolivia, representó el espíritu de un pueblo que defiende sus derechos frente al conquistador de su tierra.

Él, como aquéllos, estaba condenado por el mandato histórico. Inútil fue su heroísmo. Tuvo que caer. La civilización de los ‘huincas’ necesitaba las llanuras, los bosques y las salinas que él defendía a lanza y boleadoras, con recio coraje y delicada astucia, sin precedentes en las pampas.

Hoy, Calfucurá es un nombre vago. Sus hazañas, un espejismo sin realidad. Merecía, empero, este arquetipo del indio pampa, ser sacado de esa nébula. Fue, a la vez, un combatiente y un estadista, fue valeroso e inteligente. No ganó combates sólo a punta de lanza. Fue también estratego, un baquiano y un guerrillero. Fue todo en uno, el Napoleón y el Tayllerand de las pampas. Y ya se supone que si esto hubiera ocurrido en Europa, otra hubiera sido la suerte del mundo. Calfucurá, eximio diplomático, no confió como el aventurero corso, demasiado en la fuerza. Esto es lo que le hace ser un indio diferente y superior a sus predecesores, rebeldes, encendidos de pasión exasperada. Calfucurá, consciente de sus fuerzas y de las del enemigo superiormente armado, supo contener sus impulsos bélicos, aprovechar las fluctuaciones de su política, ver los puntos débiles del adversario, y atacar o pactar, exigir o ceder con sutilidad de gobernante. Había en Calfucurá un misterio, que no le venía de los dioses aborígenes, sino de su inteligencia que lo levantaba del nebuloso caos pasional en que sus súbditos se debatían”.

LA CIUDAD DE LOS CÉSARES

"¿Por qué, si en México, Cortés halló un imperio y en Perú, Pizarro y Almagro hallaron otro imperio, no ha de hallar él, Garay, el fuerte, otro aurífero imperio del cual esa Ciudad de los Césares sería como son México o Cuzco, su capital munífica? Allá va él sin miedo rumbo al sur, a pequeñas jornadas, como quien a tientas, en penumbra, pisa un terreno desconocido. Sigue la costa, a veces se interna buscando aguadas. La ciudad no aparece. Siempre llanos, soledad. De pronto una sierra, y después, siempre soledad y llanuras".

“Es muy galana costa y va corriendo una loma llana de campaña sobre la mar, por algunas partes pueden llegar carretas hasta el agua”, escribe Juan de Garay al Rey.

INTELIGENTES

"Esta capacidad de evolución, adaptando el caballo, útil hasta lo imprescindible para las llanuras, el hierro en vez de piedra para la lanza, y otros elementos, está proclamando que el indio pampeano, además del valor y la astucia inherentes a todo salvaje, poseía inteligencia, iniciativa propia". "No fue fácil domesticar, convertir en trabajadores sumisos y gratis, ni arrancar de sus mentes las creencias de sus mayores, no idólatras".

Yunque cita a D'Orbigny, cuando escribió: "Hemos oído a veces a esos hombres tratados de brutos, arengar a los suyos horas enteras sin vacilar un solo instante. Sus entonaciones son de lo más variadas, y sucesivamente enternecen o exaltan a su auditorio. ¿Pueden hacerlo seres que no piensan?".

LIBRES

D'Orbigny agrega: "Son soberbios, indomables y guerreros, infatigables, viajan sin cesar y llevan a todas partes su inconstancia. Son tristes, serios, reservados, fríos, a veces feroces; jamás uno solo de ellos se ha hecho cristiano si no ha sido a la fuerza. Todos son libres".

Sigue Yunque, con la descripción de algunas características físicas y culturales de los pampas y aucas: "Son de color moreno oliva, musculosos, rostro circular, nariz corta y chata, pómulos salientes, ojos horizontales, cabello crinudo, fisonomía seria, estatura regular que parece más baja por lo ancho del torso y lo combado del pecho. Los aucas, o sea los habitantes de la cordillera, más sedentarios, eran buenos tejedores y fabricantes de objetos de arcilla y metal. Todos practicaban la poligamia. Vivían en tribus regidas por un cacique, cargo generalmente hereditario, pero del que se despojaba al cobarde".

RAUCH

"Sus triunfos llevaron el pánico a las tolderías. Creó y disciplinó un regimiento de húsares; y adoptó la celeridad y osadía de éste en el ataque". "A la carga impresionante del indio aullando, golpeándose la boca y largándose a fondo, lanza en ristre, tendido sobre el costillar del caballo, Rauch opuso sus húsares formados en cuadro". (...) "Exterminó muchas tribus del sur y del oeste. Y llevó la confianza a los hacendados sobre quienes se erguía la riqueza de Buenos Aires".

GUERRAS Y PAZ CON EL INDIO

En tanto el cacique Calfucurá (Piedra Azul), tras sus reiteradas y contundentes victorias logradas entre 1855 y 1859, siguió ganando batallas, pero sin pelear y acumulando riquezas; él fue práctico, ya que supo sacar provecho de las graves situaciones internas (guerras entre provincias) y externas (guerra de la Triple Alianza con el Paraguay) que vivió el país durante largos períodos de la segunda parte del siglo. Además, su sola presencia atemorizaba a los gobernantes, situación que también fue usufructuada por el cacique para firmar reiteradamente la paz a cambio de ropas, dinero, alimentos, vicios, ganado en pie. En 1856, a poco de asumir la gobernación bonaerense el doctor Pastor Obligado, viajó hasta Azul para firmar la paz con el cacique Juan Catriel, padre de Cipriano.

DE NUEVO LOS COMBATES

Durante la última parte de la presidencia de Sarmiento (1868-1874) se intensificaron las acciones contra los indios, por lo que Calfucurá, ya anciano, volvió a combatir. Sarmiento pretendía ocupar las islas de Choele Choel, un punto estratégico para los indios porque es la llave para las comunicaciones entre Chile y las pampas del sur. Al enterarse Calfucurá, rompe él también con los pactos y presenta pelea. Para colmo, entre el coronel Francisco de Elía y su cacique aliado Catriel atacaron a dos caciques mansos: Manuel Grande y Chiquitruz (o Chipitruz), cuyos indios fueron confinados en Martín García y los más jóvenes, reclutados para las filas del Ejército. Esta injusticia llevó a Estanislao Zeballos, citado por Yunque, a escribir:

"Si por amor a mi patria no suprimiera algunas páginas enteras de la administración pública en las fronteras y de la conducta de muchos comerciantes, se vería que algunos de los feroces alzamientos de los indios fueron la justa represalia de grandes felonías de los cristianos, que los trataban como a bestias y los robaban como si fueran idiotas cargados de joyas y abandonados en media calle a altas horas de la noche". Y uno de esos "feroces alzamientos" a los que alude Zeballos, llegó muy pronto. Fue también en 1872 y el propio Calfucurá se encargó de remitir una breve nota al representante del gobierno provincial, con fecha 5 de marzo, fechada en La Verde, en la que le señala:

"Señor Coronel: Hoy le participo que el día 5 me vine a sorprender al cacique mayor Andrés Raninqueo, con toda su indiada, así es que me vine con seis mil indios, a vengarme de la gran picardía que hicieron con Manuel Grande y Chiquitruz y demás capitanes, en fin, muchas picardías que han hecho con los soldados de Manuel Grande". Y las invasiones del anciano cacique y su gente a las aldeas de los actuales partidos de General Alvear, 25 de Mayo y 9 de Julio fueron violentísimas. Se observaba por todas partes cadáveres, incendios y desolación; mujeres y niños fueron llevados en cautiverio y se estimó en 150 mil las cabezas de ganado arriadas por los indios.

PRINCIPIO DEL FIN

Pero el desastre final de Calfucurá tuvo lugar poco después, también en 1872, en San Carlos (Bolívar). El general Ignacio Rivas comandaba las tropas bonaerenses, con la ayuda de los indios de Catriel y Coliqueo. Son 1.000 lanzas y 600 soldados, incluyendo guardias nacionales. Calfucurá tenía 3.500 lanceros. Si bien la ayuda que prestó Cipriano Catriel a Rivas fue importantísima, debe destacarse que las armas de fuego no eran las mismas de la década de 1850. Se trataba, en consecuencia, del principio del fin para los aborígenes de nuestra región. Calfucurá lo presentía. Muy anciano ya -pero también muy triste- murió en sus toldos de Salinas Grandes, el 3 de junio de 1873. El general Ignacio Garmendia, en una especie de responso, escribió sobre él:

"La memoria de este indio extraordinario que en otro teatro más vasto y culminante, y con otra educación profesional en sus instintos guerreros, pudo irradiar los fulgores del genio, no ha de morir. Inmortal será como Viriato, Hernán o Lautaro".

EL CABALLO

Mi caballo era mi vida, mi bien, mi único tesoro, indio, volveme mi moro… yo te daré mi querida. (Juan María Gutiérrez)

Mi mujer y mi caballo se han ido a Salta. Mi mujer puede quedarse, ¡mi caballo me hace falta! (Copla)

1820, MARTÍN RODRÍGUEZ

(En 1820) el gobernador de Buenos Aires, coronel Martín Rodríguez, también rico hacendado, incidente importante para explicar su actuación, salió a la campaña en busca de Carrera y su banda de indios desertores y malevos. Al ejército se incorporaron fuerzas de Juan Manuel de Rosas y otros. El gobernador proclamó que no admitía neutralidad alguna. Tribu que no se pusiera de parte de la expedición punitiva se la consideraba hostil, y como tal sería exterminada. Su intransigencia aumentó el número de tribus enemigas. Rosas, más hábil y conocedor del enemigo, le aconsejó no atacar a los pampas, y sí sólo a los ranqueles. Rodríguez no lo escuchó. Llegó a Kaquel Huincul y siguió rumbo al Tandil. En Chapaleofú sorprendió a una toldería. Caciques como Ancafilú o Catriel, comprendidos en los pactos anteriores, se vieron atacados. A medida que la expedición avanzaba, eran mayores las dificultades. Los indios recelosos, se retiraban, negándose a entrar en negociaciones. ¿Para qué, si los cristianos violaban los convenios?

Después de algunos choques, Rodríguez se vio obligado a regresar. El fracaso de esta primera expedición era evidente. Pero tanto él como los demás hacendados que gobernaban Buenos Aires, se veían en la necesidad de resolver el asunto de las fronteras. La libertad de comercio traída por la Revolución de Mayo, empujaba a la industria ganadera a expansionarse. Pactar con los indios, reconocer sus derechos a la tierra de sus mayores, era largo. El gobernador-hacendado, impaciente, volvió al sur. Sus intereses y los de sus congéneres los estancieros se veían amenazados. Los indios, guiados por el baquiano Molina, antiguo capataz de Ramos Mejía fugado para salvarse de los abusos cometidos por el gobernador, atacaron Dolores, saquearon, mataron e incendiaron. Su arreo de hacienda hacia el oeste alcanzó a 150 mil cabezas de ganado. Así vengaba el indio los atropellos realizados por el hombre de ciudad contra las tribus de indios mansos, trabajadores muchos de ellos en la estancia de Ramos Mejía.

FUNDACIÓN DE TANDIL

… y comienza el regreso de la expedición. Es un regreso amenazante. Los descontentos no se han apaciguado. Los humos, telégrafo de los aborígenes, se levantan al paso de los huincas: los jinetes de las pampas se concentran. Tal vez dispuestos a atacar. Este viaje de García al sur, en 1822, como aquel de 1810 a las Salinas, está aguardando también la pluma del novelista capaz de evocarlo con su ansiedad de aventura. Ya los pampas de este tiempo son otros de los que conocieron Luis de la Cruz, Zizur, Pavón o Azara. Ahora constituyen una caballería arrogante y osada. Ofendidos en sus derechos de poseedores, se hallan dispuestos a defenderlos. Y se defienden, guerreros cabales, atacando. Se lo probarán al gobernador Martín Rodríguez que expediciona por segunda vez con más de dos mil hombres, 6.000 caballos y artillería. Se lo recibe con incendio de campos que dificultan su avance. Frente al fusil de chispa, la boleadora; frente a la bayoneta, la lanza. El blanco tiene su táctica. También tiene la suya el indígena. Ataca por sorpresa, en grupos. Aparece y desaparece con prontitud pasmosa. Insomne, no deja dormir. Sobrio, no deja comer ni beber. Es una vida de zozobra y angustia la que pasa el ejército frente a este enemigo mal armado, si se quiere, en comparación con el invasor, pero ágil, resuelto, valiente y conocedor de las pampas. Sólo él sabe bien dónde hay agua, pasto, leña y carne.

La deserción de la tropa debe ser castigada con pena de muerte. No pocos soldados se insubordinan. Para peor, llega la noticia de que el nefasto Gregorio Tagle, ex ministro, ha provocado una revolución clerical en Buenos Aires. (Son los futuros “apostólicos”, los “antirrivadavianos”, sostenedores de la tiranía, que ya se mueven en la penumbra). El gobernador parte para la ciudad, pero en el camino, enterado de que Borrego sofocó la revuelta, se vuelve. La expedición, a pesar de tanto contraste, sigue su marcha. Funda el Fuerte Independencia, futura ciudad de Tandil. Pero no es una colonia, una fundación estable, como lo quería Azara, por ejemplo, y como lo ha realizado Ramos Mejía. Es una avanzada militar, una amenaza de guerra para los indios.

A su regreso, Rodríguez saca estas conclusiones: La experiencia de todo lo hecho nos enseña el medio de manejarse con estos hombres: ella nos guía al convencimiento que la guerra con ellos debe llevarse hasta el exterminio.

LATIFUNDIOS

En tanto, mientras se ganaban las tierras al indio, los latifundios se acrecentaban sin ton ni son porque se había prostituido el intento de Bernardino Rivadavia, de enfiteusis. Quienes habían sido adjudicatarios de tierras públicas debían pagar un canon por ello. Según Yunque, no lo hicieron, "valiéndose de las perturbaciones por las guerras y de sus cuñas".

El mismo autor menciona sólo algunos nombres de los primeros enfiteutas (década de 1820), muchos de los cuales tuvieron que ver con Tandil por esos años y en los siguientes; son ellos: Tomás y Nicolás Anchorena, Félix de Alzaga, Carlos María de Alvear, Felipe Arana, José Mariano y Roque Baudrix, Marcos Balcarce, Bonifacio Basualdo, Ambrosio Kramer, Eustoquio Díaz Vélez, Manuel Dorrego, Felipe Ezcurra, Cecilio Falcón, Juan Garay, José Guerrico, Matías Irigoyen, José Lastra, Patricio Lynch, José Martiniano y Felipe Miguens, Manuel Obarrio, José Ortiz Basualdo, Angel Pacheco, Antonio Pirán, Ponce de León, Facundo Quiroga, Federico Rauch, Martín Rodríguez, Prudencio, Francisco, José y Felipe Rosas, Francisco, Bartolomé y Sixto Sáenz Valiente, Juan M. Terrero, Vicente Ugarte, Francisco, Juan y Jacobo Varela, Carlos Wright, Andrés Zelarrayán...

Un ejemplo típico de los "repartos" lo consigna el propio Yunque cuando escribe: "En 1839, cuando la Revolución de los Libres del Sur, Rosas regaló a los militares que pelearon por su causa, 787 leguas cuadradas de tierra, es decir dos millones ciento veinticinco mil hectáreas".

1835: CALFUCURÁ

En 1835 ocurre un hecho importante: Aparece en las pampas un joven cacique araucano. Llega en tren de guerra. Ha cruzado los Andes como conquistador. Se llama Calvucurá -“Piedra Azul”-. Sorprende y deshace a los vorogas de Salinas Grandes, envía emisarios a las demás naciones y a Rosas; demuestra desde el primer día que es tan osado guerrero como astuto diplomático. Se instala definitivamente en el centro de las pampas. Se fortalece. Es temido y admirado por los suyos y por sus enemigos. Su lanza y los poderes sobrenaturales que lo protegen, según las leyendas, se imponen a infieles y a cristianos. Calfucurá será en la epopeya de las pampas, el nombre indio de más sonoro eco. Será el símbolo del valor, la audacia, la fuerza y la astucia de su raza.

"...nos quitarán la última tierra, nuestras familias y haciendas; con un poco de yerba y vino, vinieron a engañarnos. Aquí los pelearé yo; invito a formar una fuerte e invencible Confederación".

Hasta 1852, hasta Caseros, Rosas, el señor de Buenos Aires y Calfucurá, el señor de las pampas. Los soldados de Rosas guerrean con ranqueles o con otras tribus nómadas. Los huiliches, hombres del sur, de Calfucurá se mantienen a la expectativa, creciendo en poderío. Después de 1852, por veinte años, Calfucurá mantendrá en jaque a los ejércitos de la provincia primero y después a los de la Nación. Calfucurá adquiere talla, no es ya un cacique.

Sobre Calfucurá ha dicho Augusto Guinnard, que le hizo de secretario antes de la batalla de Cepeda (1859): “Este hombre, tengo la convicción de ello, no ha sido enemigo de la civilización, pues estaba dotado de instintos generosos. Tenía el sentimiento de la justicia, pero, desgraciadamente para los argentinos, a quienes su sumisión habría sido fuente de grandes riquezas, la falta de habilidad de que dieron pruebas para tratarle y la inconstancia de su política, desviaron las buenas disposiciones del cacique”.

Y esto es lo que le dijo en un momento el cacique manzanero patagónico Sayhueque al propio Perito Moreno: "Dios nos ha hecho nacer en los campos, y éstos son nuestros. Los blancos nacieron del otro lado del Agua Grande y vinieron después a éstos, que no eran de ellos, a robarnos los animales y a buscar la plata de las montañas. Esto dijeron nuestros padres y nos recomendaron que nunca olvidáramos que los ladrones son los cristianos y no sus hijos. En vez de pedir permiso para vivir en los campos, nos echan. Nosotros nos defendemos."

"Si es cierto que nos dan raciones, éstas son en pago muy reducido de lo mucho que nos van quitando. Ahora ni eso quieren darnos y como se concluyen los animales silvestres, esperan que perezcamos de hambre. El hombre de los campos es demasiado paciente y el cristiano demasiado orgulloso. Nosotros somos dueños y ellos son intrusos." "Es cierto que prometimos no robar y ser amigos, pero con la condición de que fuéramos hermanos. Todos saben que se pasó un año, pasaron dos años, pasaron tres años y que hace cerca de veinte años que no invadimos, guardando compromisos. El cristiano ha visto las 'chilcas' (cartas) de los Ranqueles y de los Mamuelches convidándonos al malón y sabe también que no hemos aceptado. Pero ya es tiempo que cesen de burlarse de nosotros, todas sus promesas son mentiras".

Alfredo Ebelot, en "Relatos de frontera", dejó escrito: "Después de una campaña como la nuestra, en la Argentina se sigue una cruel costumbre. Los niños de corta edad, cuyos padres han desaparecido, son distribuidos sin miramientos. Las familias distinguidas de Buenos Aires, buscan afanosamente estos jóvenes esclavos, para llamar las cosas por su verdadero nombre". Lo que dice este objetivo agrimensor que por razones obvias fue odiado por los indígenas (se ganaba la vida con los loteos de las tierras que fueron de los aborígenes expulsados) es corroborado por las páginas del diario "El Eco de Azul" (del 29 de diciembre de 1878, que con el título "Repartidos", dice que "todos los indios pequeños y chinas de la tribu de Catriel van a ser destinados a entregarlos a familias acomodadas de la Capital y que los mozos irán a prestar servicios en las armas".

Aurora Alonso de Rocha, señala: "Hubo indios ricos y pobres. Los Catriel tenían en Azul una hermosa casa, de material, en esquina, y una cabaña de animales de pedigree cerca de Hinojo; hacían propaganda en los diarios de sus animales y del almacén de ramos generales situado en Azul, tenían cuentas de banco y alternaban con los demás. En Sierras Bayas uno de los hermanos tenía unas chacras y hacía importantes arreos de ovejas y caballos con los que comerciaba. Más adelante entró a trabajar de operario a la fábrica de cal. Era Marcelino, el menor".

"La mayoría de los indios se integraron a las poblaciones como trabajadores comunes, casi siempre peones de a caballo. Algunos eran artesanos de la plata y el cuero. Las mujeres fueron cocineras, lavanderas, niñeras y nodrizas. Se casaron con inmigrantes de todos los orígenes, con negros descendientes de los libertos de Tapalqué y con otros descendientes de etnias cruzadas. Este es un proceso apasionante que aparece a la luz día a día. Descendientes de las mujeres de las familias de indios, que no se mencionaban, eclipsadas por las figuras masculinas, viven en Olavarría, Tapalqué o Azul, y dan testimonios orales de un pasado que está, ciertamente, muy próximo".

"En esa historia, el progreso marginó hacia las orillas de los pueblos o hacia las tierras más inhóspitas, a los pobres, indios o no indios. No fue una historia de manual: fue violenta y poco clara". "Hay un revival de la historia de nuestros aborígenes. Enhorabuena. Es una historia cercana y propia. Tiene que ver con lo que somos como gente de Buenos Aires".

* Profesor en Ciencias de la Educación de la Universidad del Centro de la provincia de Buenos Aires, escritor y periodista de Tandil. Entre otros libros publicó: “El Magisterio en debate”, “Tandil entre la Historia y el Futuro”, “¿Cómo que la utopía no es posible?”, etc.