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A 116 años del nacimiento de Álvaro Yunque

20 DE JUNIO DE 2005. HEMOS SELECCIONADO ALGUNAS DE LAS NOTAS PUBLICADAS EN "CUADERNOS DE CULTURA" N° 95 (MAYO/JUNIO 1965), CUYO FASCICULO LITERARIO FUE DEDICADO A YUNQUE CON MOTIVO DE SUS 80 AÑOS.

CRONICA DE ALVARO YUNQUE por Raul Gonzalez Tuñón

"Caminar por el mundo de las cosas concretas y tener los deseos de las cosas abstractas" - A. Y.

Mi hermano Enrique y yo conocimos a Alvaro Yunque en los primeros años de la memorable década del 20. Habíamos leído ya tres o cuatro poemas suyos que poco después, en 1924, integraron su libro Versos de la calle. Le visitamos en su casa, la casa grande, familiar, de la calle Estados Unidos. Estábamos identificados con él en el profundo amor por Buenos Aires, sus barrios, sus cosas, y porque, como él, también nosotros ya tratábamos el tema de la ciudad entrañable, aunque desde ángulos distintos. Todos sentíamos la calle, la vivíamos. En otra oportunidad, en un triste día de duelo, fuimos por segunda vez a verlo juntos. Allí estaban los otros hermanos: el actor teatral, el médico-poeta (Juan Guilarro) , el campeón de boxeo (autor de poemas lunfardos), pues los Gandolfi Herrero constituyen una familia ciertamente singular.

Llegaron los días de la guerrilla literaria que alborotó Buenos Aires. Enrique, Santiago Ganduglia y yo, y casi enseguida Nicolás Olivari y Roberto Arlt, nos enrolamos en el movimiento martinfierrista, pero continuamos siendo amigos de varios del grupo de Boedo, aunque nos veíamos poco o nada. Florida - así llamado porque la redacción del periódico Martín Fierro estaba situada en un caserón de la calle Tucumán, esquina Florida - me atrajo, entre otras cosas, y como poeta, por el sentido de la libertad de las formas y cierta audacia en la búsqueda expresiva que ese movimiento configuraba, por el rescate de la metáfora como lenguaje fundamental del verso, la metáfora con valor funcional, claro está, opuesta a la imagen lugoniana meramente descriptiva. Con el tiempo, cuando ambos grupos desaparecieron y cada cual tomó por su lado, establecimos nuevamente contacto con Yunque, más estrecho, sobretodo en la incidencia política. No siempre coincidíamos, especialmente en el plano estético. El era, y es, por ejemplo, partidario de la rima y el ritmo estrictos, y en nosotros se acentuaba cada vez más la tendencia al versolibrismo. Diría que desde aquellos días, hasta hoy yo creo que en arte y literatura todas las formas son válidas cuando hay autenticidad; interesa principalmente lo que se pone adentro, la intención moderna. Y por cierto lo mismo que nosotros, Alvaro Yunque suele contradecirse ligeramente en determinados aspectos; él mismo señalaba en el poema antes citado una suerte de desencuentro, caminando entre las cosas concretas y deseando las abstractas...

No se trata de invalidar el tono fraternal de estas lineas con ráfagas de intención polémica. Además, pasada la guerrilla literaria, pienso que las diferencias entre Boedo y Florida no eran tan profundas como se creyó, y como aún creen algunos. A propósito, no carecía de sentido aquella salida de Arturo Cancela, sugiriendo que ambos grupos se unieran bajo un denominador común: FLOREDO. Y lo que importa, en nosotros, es la conducta, la actitud inconformista, algo insobornable que nos ha sostenido siempre.

Poeta con algo de filósófo - hay una marcada tendencia a filosofar en su obra poética , y ahí están sus incontables hai-kays -comediógrafo, historiador, biógrafo, se le considera sin embargo consagrado fundamentalmente como cuentista. Y bien, resulta que en el cuentista palpita el poeta o subsiste la actitud poética ante la vida, ante el mundo, ese aliento lírico que se ha dado en otros autores de cuentos, y baste con citar a Chejov, a Catherine Mansfield, a O. Henry en cierta parte de su obra, a Enrique González Tuñón, cada cual en lo suyo. Su gran acierto es haber logrado llegar, en general, tanto a la inocente comprensión del niño como a la más adivinadora y captadora de matices de la adolescencia, con esos relatos suyos que enlazan la realidad y la fantasía trascendiendo una grave y honda ternura. Esa grave ternura ya estaba implícita en uno de los breves poemas de Versos de la calle ("El murallón de la penitenciaría"): "Tan monótono, triste y frío/ es una hoja de la ley/ lo vi que, compasivamente/ le escribí un nombre de mujer". Y a esta altura interviene un admirador de Yunque cuentista, mi hijo Adolfo Enrique, quien acaba de cumplir 14 años.

Cuando nació Adolfo la familia Yunque vivía en una luminosa casa de la calle Conesa, en Colegiales, y nosotros en un departamento situado a pocas cuadras de allí. Algunas mañanas, temprano, el siempre juvenil Alvaro venía, en su bicicleta, a charlar con nosotros y hacerle cariñosas bromas a Adolfito. Este creció (¡y en qué forma!, es casi tan alto como el maestro de La barra de siete ombúes). A los 8 años leyó por primera vez ese libro, precisamente, y todos los demás. Y los releyó, más tarde. No sólo eso; prestó los libros a más de un compañero de la escuela primaria y luego a más de uno del Colegio Nacional Avellaneda, donde ingresara el pasado año. Alvaro sabía algo de ésto, vagamente, pero hace unos meses tuvo ocasión de oirlo por boca de mi hijo, con todo detalle. Fue cuando en el departamento que ahora viven los Yunque solos - los hijos se casaron - comimos y brindamos, cordialmente invitados por ellos, festejando el premio que acababa de concederme la Fundación Argentina para la Poesía. Adolfo Enrique le habló de esas obras que había leído y releído, y que calaron hondo en su sensibilidad. Nuestro viejo Yunque, aunque a veces lo disimule, contiene en su espíritu un enorme caudal de bondad y simpatía hacia los niños, y sin duda ya estaba acostumbrado a encontrarse con admiradores como mi hijo, al filo de la adolescencia, pero yo creo que la fidelidad de mi hijo, la reiterada solidaridad con el mensaje humanista de la cuentística yunqueana, le conmovieron. En un momento dado los dos conversaron tete a tete. Yo hubiera querido fotografiar ese instante, la imagen de serena plata de un invierno florido, y el perfil alborotado de una primavera en flor. Pienso que ésto significa la verdadera consagración de un escritor.

Adolfo Enrique pertenece a ese rostro innumerable constituído por los lectores juveniles del autor de Poncho, que se van sucediendo. Ellos están por encima de los críticos y de los historiadores de la literatura. Ellos tienen los ojos limpios; ellos saben. Me gustaría mucho que un muchacho así, hijo de un amigo, conservara en su casa libros míos, releídos, manoseados, prestados a los camaradas de la primaria y del Nacional. Y que viniera a mi casa, y me lo dijera.

YUNQUE Y NOSOTROS por Humberto Constantini

Claro que sí. Con ganas. Con alegría. Sin perder un minuto en consultar libros ni revisar papeles. Agradeciendo el haberme invitado a este número-fiesta de cumpleaños. Contentísimo y creyéndome con un millón de cosas por decir.

Esto por ejemplo. Que a Yunque lo tenemos. Que es nuestro. Que está junto a nosotros, apoyándonos, hablándonos, señalándonos el camino. Que no estamos ni tan solos ni tan inermes por lo tanto, frente a tanta cosa agazapada y sucia que este bendito oficio de escritor (o de mirar, o de juzgar o de vivir simplemente) nos hace ver a diario en Buenos Aires. Y que las cosas, pienso yo, no deben andar del todo mal en el país o en el mundo, mientras con sólo tocar un timbre de la calle Coronel Díaz se puede uno encontrar con una rebelde cabellera blanca, con unos ojos dulcísimos, y con una boca que entre tironeos algo compadres, se larga a hablar de Barret, de Di Giovanni, de Cristo, de Lenin, de las maravilas boxísticas de Gandolfi Herrero, del placer que, a pesar de todo, siente al leer a Borges, o de los fideos al pesto que dentro de cinco minutos va a preparar. Y claro, de pronto el mundo tiene otro color, y las gentes tienen otra dignidad, y los fideos al pesto y Borges son importantes, y la vida es importante porque él nos habla de ella, así como al pasar, sonriendo, haciendo chistes, o preguntándonos por nuestra compañera; es un cacho de hombre y un luchador, y un constructor de almas, y de yapa, el más maravilloso, fecundo y querido de nuestros escritores.

O esto otro: que todavía no se ha dicho todo lo que hay que decir acerca del sentido heroico de la obra de Yunque. Y que ahora, que parece ser moda entre muchos escritores, junto a cierta insufrible coquetería formal, una especie de regodeo en inventar sólo personajes frustrados, neuróticos, cobardes, engunfiados o traidores, vale la pena pensar en todo lo que ese sentido heroico y esa exaltación casi épica de la dignidad humana, significó y significa, no ya como formador de hombres sino desde el más estricto punto de vista literario. Sencillamente la posibilidad y el punto de partida de una verdadera gran literatura argentina. Gran literatura que tiene su mejor modelo en Martín Fierro y hacia la cual tienden sin duda los ejemplos más vivos y recordables de nuestras obras de ficción. No me refiero naturalmente - entendámonos - al poema o la novela más o menos pedagógicos sino a aquellas obras en que el amor al hombre y una fe poderosa en los valores rescatables del hombre, están presentes, iluminando, exaltando, dándole un sentido épico a la prodigiosa aventura de la humanidad (para no pecar de abstracto cito dos ejemplos entre los últimos dos best- sellers americanos: La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, como muestra de literatura apitucada, negra y gratuita; Cien años de soledad, de García Márquez, como ejemplo de literatura épica, vital y exaltadora del hombre).

Y que en Yunque eso, el amor, la fe en el hombre, el sentido de la grandeza, vertebran, dan coherencia y "justifican" cada una de sus obras. Sus cuentos, por ejemplo, en donde prodigiosamente una pelea callejera, una aventura, un gesto inesperado o un partido de ta-te-tí, asumen de pronto categoría de epopeya, al mostrar lisa y llanamente la presencia del héroe, del hombre engrandecido, (tal vez pasajeramente, sí, pero magníficamente) por el coraje, por la rebeldía, por el amor. O si Alem o su Calfucurá, dos grandes frescos históricos, iluminados y vitalizados no sólo por su visión enjuiciadora y revolucionaria de los hechos, sino además, y esto es lo maravilloso, por una actitud receptora y comunicadora del tamaño humano de los protagonistas. Hasta el punto que los libros que podrían haber sido simplemente libros acusadores y de combate, se convierten además, por virtud del amor y del sentido épico del narrador - del aeda estaba por decir -, en el relato de una pelea de titanes, en la cual los enemigos de Alem (los enemigos de Yunque, al fin de cuentas) tienen a veces como en La Ilíada, tamaño y actitudes de héroes. No son esquemas inventados para vapulear, son hombres vivos, con su complejidad, sus miedos, sus abismos y sus alturas, padeciendo a su modo los designios de un dios llamado devenir histórico.

Todo eso. Y además, las deudas que tenemos con Yunque. Por varios motivos. Fue a través de sus cuentos que muchos de nosotros nos enfrentamos por primera vez con cosas importantes. Con la literatura en serio, en primer lugar; con ese mundo de la palabra auténtica, vívida, cotidiana, que nos conmovió hasta lo hondo, y nos asombró, y nos mostró caminos nuevos, y que ya a los ocho años nos hizo saber que existían libros tan apasionantes como un partido de futbol o una rabona. Pero también con una ética, viril, desprejuiciada, renovadora, vital y revolucionaria, tan distinta a la ética del señor vicedirector o a las de las lecturas más o menos morales con que se nos aburría, que muy pronto la sentimos manifestación de toda una nueva, profética, renovadora, vital y revolucionaria visión del mundo.

Otras deudas las contrajimos más tarde, cuando conocimos a Yunque. Cuando lo vimos vivir, y lo supimos a nuestro lado, entero, luchador, valiente, sabio y niño. Cuando sin admoniciones y sin aspavientos, con sólo el ejemplo de su conducta, nos enseñó cómo debe ser el camino de un intelectual en el país del acomodo, del autobombo y de las agachadas.

Muchas otras cosas podría decir pero como ya lo estoy oyendo a Yunque bufando de aburrimiento y diciéndome que me deje de macanas, sólo me queda desearle un feliz cumpleaños y con la voz y el gesto de toda una generación, darle un abrazo y decirle gracias.

MI AMIGO ALVARO YUNQUE por LUBRANO ZAS

En 1969, Carlos Pérez editor, me encargó le hiciese un reportaje a Yunque. Pensé insertar en éste, a manera de prólogo, un trabajo mío intitulado Boedo-Florida y los niños, donde demuestro que la generación del 22, a través de sus dos grupos más representativos incorporó al niño a nuestra literatura con dimensiones desconocidas. En este sentido Alvaro Yunque descubrió todo un mundo de chicos porteños e inició una etapa activa; opuesta a la de Vigil. El reportaje estaba por mí planeado. Es decir, se ajustaba a un plan de preguntas que giraban alrededor de sus cuentos; pero de pronto el diálogo tomó carriles inesperados y me encontré ante un material vivo, diverso, evocativo.

Ahora me parece natural ese resultado. AlvaroYunque no es solamente el autor de Ta-te-tí, Jauja o Barcos de Papel, sino también de Calfucurá, Além, Versos de la calle, Ondulante y diverso. Además, como boedista significó un impulsor, un descubridor de valores. Dante Lynyera es un ejemplo. Pero quien desee conocerlo a fondo, debe leer Palabras con Alvaro Yunque, donde se muestra de cuerpo entero. Alto, flaco, de abundante cabello cano; ágil, caminador, siempre anda descubriendo cafés, bares, rincones legendarios, cuando no visitando librerías por la calle Corrientes. Ultimamente dio con el boliche de Coronel Díaz y Charcas, donde Juan Pedro Calou, maestro de Leónidas Barletta, jugaba a las cartas. De vez en cuando nos citamos allí. Yo lo llamo "el cafe de Calou".

Yunque anduvo mucho. Tiene algo que ver con todo el mundo, del cual ha extraído mil anécdotas. Días pasados, en el café de París, hablando sobre Horacio Quiroga, me refirió que en cierta ocasión llevó a Bellocq y a Facio Hebecquer a casa del escritor y que éstos quedaron perplejos ante su habilidad manual. Quiroga era dueño del barro. Le daba formas originales, monstruosas. Yunque fue amigo de Quiroga. Este siempre lo animó para que lo acompañara con Carlos Giambiaggi a Misiones, donde el notable narrador rioplatense permanecía ocupado permanentemente, como Orgaz, el protagonista de El techo de incienzo. Hasta construía sus canoas. Me decía Yunque: le bastó observar solo una vez cómo fabricaban un telar para que en seguida pusiese manos a la obra.

Algunos me preguntan cuándo y cómo conocí al autor de Calfucurá. Personalmente en 1947, en la editorial Problemas, sede de Expresión, revista dirigida por Hector Agosti, donde colaboré junto a Raúl González Tuñón, Enrique Amorín, Ulises Petit de Murá, Samuel Eichelbaum, Córdoba Iturburu, Amaro Villanueva, Gerardo Pisarello, José Portogalo, Alfredo Varela y el mismo Alvaro Yunque. Recuerdo que éste, en el tomo primero, publicó su relato El pistolero y Raúl su poema de Valparaiso. Por entonces, yo era un muchacho. Pero verdaderamente conocí a Yunque en Rosario de Santa Fe, dónde leía sus narraciones y su literatura social. El me enseñó a amar a Riccio, a Juan Palazzo, sobre quienes escribí tiempo después. Cuando Yunque leyó mi inédita biografía de Gustavo Riccio, me contó anécdotas, me alcanzó cartas y elementos que la enriquecieron. "Me hizo sufrir mucho tu libro - me dijo -. Lo leí detenidamente porque vos sos mi amigo y él también lo era". Así es Yunque. Me enorgullece y conmueve su amistad. Siempre me digo: "Desearía serle útil en algo" Son cosas que uno piensa cuando ama a otro, porque como decía Oscar Wilde, la amistad es un pétalo de raro color.

Durante años viví en una casona de la calle Belgrano, donde subalquilaba dos modestas habitaciones. El inquilino principal ra un gallego avaro y ridículo con quien discutía a diario. Tratarlo enfermaba. Yunque comenzó a escribirme con cierta asiduidad. El sobre venía dirigido al "Profesor Lubrano Zas, miembro de número de la Academia de Boedo", y el remitente rezaba: "Refugio Pecatorum". Desde entonces mis relaciones con el encargado se suavizaron milagrosamente, aunque más tarde, al dejar Yunque de enviarme cartas, recomenzaron a deteriorarse. Entonces tuve una idea victoriosa: decidí autoescribirme. Una mañana leí en el rostro del gallego la guerra declarada. Comprendí que mi correspondencia había sido violada. Después supe que a Enrique González Tuñón, el de Camas desde un peso, le había sucedido con las cartas de Yunque una cosa parecida.

"Para escribir hay que estar poseído y obsesionado", dice Henry Miller en Los libros. Si esto es verdad, Yunque es un obsesionado. A la edad de ochenta años se levanta muchas veces a la madrugada para trabajar. Da la sensación de haber redescubierto su vocación. La unidad existente entre su vida y su obra hace de él un fragmento sólido de nuestra cultura. La digna ternura que envuelve a los chicos en sus narraciones es la suya. No tiene otra.

El día que le envié Mi casa está lejos, mi libro de cuentos, recibí unas lineas conmovedoras. Me decía: "Me place mucho, y muy mucho, que usted, a quien considero un amigo, haya escrito un libro así, sensible, lo abrazo fuertemente".Anduve algún tiempo con su carta en el bolsillo deseando mostrársela a todo el mundo; pero temí que al hacerlo se rompiera el equilibrio establecido entre la carta y yo. Existe otro Alvaro Yunque. Se llama Enrique Herrero (su segundo nombre y apellido que utilizó durante una etapa de censura hacia su nombre): traductor, seleccionador, prologuista. Debemos agradecerle el habernos dado a conocer el Diario de Jules Renard (1944), que tradujo del francés,verdadero aporte. Siempre que hablo de Yunque recuerdo al francés Eliseo Reclus, y viceversa. Quizá influya el haber leído a éste por primera vez en Los Pensadores, órgano del grupo de Boedo.

Me gustaría que alguna vez un crítico literario se refiriera al estilo de Yunque: económico, claro, directo. Conservo varios trabajos suyos publicados en Orientación . Todos, pese a su brevedad, resuman necesidad. Ahora cumple ochenta años. En cada barrio porteño un hombre soñará su infancia: Ha llovido a baldes, los "barcos de papel" navegan junto al cordón de la vereda, y donde vive "Poncho" los "muchachos del sur" se han reunido y cantan desafinando: "Felicidad, Yunque".

POLIGONAL - prosa y poesía de Alvaro Yunque

II - VERSICULOS A UN LIDER OBRERO DESTERRADO

En mi mano fina y larga, mano nerviosa, habituada al salto y al vuelo de la pluma, sentí caer tu ancha mano, tu mano callosa y fuerte, tu mano de cortos y cuadrados dedos, entre las cuales el martillo o el hacha o el serrucho se mueven con tanta levedad como en mi mano se mueve una lapicera.
Nos dimos las manos y nos miramos en los ojos.
Vos eras un obrero; yo, un intelectual.
Y nos comprendimos.
Y nos amamos.
Tu instinto te dijo que yo era uno de los tuyos. Mi inteligencia me dijo que vos eras uno de los míos.
Me dijiste:
¡Compañero!, en idioma internacional.
Yo, descendiente de europeos, mirándote la cara de indio bravo - Lautaro, Oberá o Yamandú - te dije, en criollo: ¡Aparcero!
Sonreímos.
Vos venías de la cárcel. Yo también venía de la cárcel. Y los dos estábamos fuera de la querida tierra natal, porque de ella nos habían echado. (Desterrar es una palabra heroica, exiliar es una palabra poética; los empleados policiales no las usan. Ellos dicen echar o expulsar, cuando mucho).
En nuestra querida tierra natal, sobraban tus encendidos discursos, aparcero, sobraban tus directivas, hermano, sobraba tu ímpetu huelguista, compañero, o sobraba tu conciencia de clase, camarada.
Igualmente sobraban los versos de mis poemas insurrectos y las prosas de mis artículos exaltadores de la dignidad cívica.
Ellos, es decir, los amos de unos seres con brazos y piernas como los hombres, seres vestidos de vigilantes y soldados, que saben manejar sables, fusiles, ametralladoras y cañones; ellos opinaron que nuestra querida tierra natal no te precisaba, lider obrero.
Ni me precisaba a mí, escritor con ideas.
Bien, aparcero. Nosotros no opinamos como opinan los patrones de esos uniformes oscuros adentro de los cuales un ser que podría parecer un hombre, se eriza de cañones, fusiles, sables y ametralladoras. Nosotros, aparcero, opinamos que nuestra querida tierra natal nos necesita mucho.
Opinamos que en ella no abundan los obreros como vos, concientes. Ni abundan los escritores concientes, como yo, hermano.
Por eso vos continuás hablando y yo continúo escribiendo.
Tu voz y mi pluma se complementan. Vos encendés corazones, yo enciendo cerebros, camarada.
Tu causa es la mía, hermano. Lo ves? Tu ideal es el mío, aparcero. Lo sentís? Ni vos ni yo, querido, nos vamos por las ramas.
Los utopistas nos vienen hablando hace siglos de fraternidad humana y de otros macaneos lindos, Hermanos nosotros de ellos, los que llevan botas con espuelas, arrastran una cola que suena como un sable y piensan como sus tatarabuelos?...
¡Sonreíte, camarada!

Fraternidad? ¡Grupo! Ni vos ni yo, camarada, nos chupamos el dedo, hermano. Nuestro ideal no anda por los aires. Nuestro ideal se bajó de la nube de Jesucristo y de la nube de Tolstoi. (Ya lo ves a Gandhi con sus ayunos y su pasividad. Qué hizo ese hombre todo espíritu?...) Nuestro ideal no vuela. Camina. Nuestro ideal es ideal para hombres y es ideal de nuestra época. Es un ideal concreto, realizable, práctico. No es ideal religioso ni filosófico. No vive de quimeras. Vive de pan, como vivís vos, como vivo yo, como vive el bobo idealista que nos viene a hablar de fraternidad humana o de no resistencia al mal, y como viven ellos, los que manejan cañones, fusiles, sables y ametralladoras (Aunque a su pan, ellos, lo precedan de whisky y lo terminen con champagna).

Nuestro ideal es éste: liberación económica del proletariado.

Este ideal sí se comprende. ¡Lo demás son musas! Este es el ideal posible que podemos llegar a ver nosotros, vos, obrero, y yo, escritor, dos hombres sin nébulas en el mate, dos hombres con los pies en la tierra y la cabeza - aunque cargada de ensueños y de pensamientos - no más arriba de la estatura normal de un hombre. Nuestro ideal no alcanza el metro y ochenta centímetros. Es un ideal bajo... (¡Puf!, hace un ultraideaista contrarevolucionario). Y nuestro ideal, aparcero, sin nimbo religioso ni alas filosóficas, lo comprenden todos los hombres. Todos los hombres que trabajan.

Todos los hombres que trabajan y quieren trabajar, y viven mal - siete, diez, quince, en una pieza de conventillo o una tapera - y comen mal, se enferman y son mal atendidos, se mueren y hasta son mal enterrados.

Nosotros no luchamos para fantasmas.
Nosotros luchamos para hombres que necesitan comer bien, vestir bien, tener horas de ocio para poder instruirse y soñar...
Vos hablás así? Yo te comprendo.
Todos te comprenden, aparcero lider.
Por eso vos, hermano, seguís en la brecha. Por eso vos, aparcero, no dudás, como el ultraidealista.
Te sentís escuchado. De tu boca no salen tropos: salen verdades. A vos nadie ha necesitado gritarte: ¡Valor! Todos saben que sos valiente. Se le ocurriría a alguien gritarle a la montaña: roca? La montaña, si no es roca, no es montaña. Vos, si no fueses valor, no serías lider obrero. Lo saben todos. Lo sabés vos sin haberte parado nunca a reflexionar sobre esto, tan natural. Lo saben los mismos torturadores - prefiero no clavarles adjetivos - de la sección Especial. Nunca a ellos se les ocurrió que podrían torturarte para que "cantaras". Ya sabían que hombres como vos no cantan. Y te hundían en un calabozo húmedo, en un sótano con rejas, entre sombras, solo, a que te pudrieses, en silencio, ¡a juntar rabia!
Pero tu ideal, aparcero, tu ideal no cabía en un calabozo.
Ni en una tumba.
Jamás pensaste en morir.
Siempre pensaste: ya saldré de aqui yo, ¡y entonces!...
Entonces seguís peleando, es decir, hablando y huelgueando. Y seguís con tanta naturalidad como el árbol al que, por un tiempo, se le impidiera recibir sol y agua. No bien los recibe de nuevo, continúa su trabajo de siempre, su trabajo de convertir el ácido carbónico en oxígeno.
Vos, igual.
Y si alguien te preguntara: Vas a seguir?... Responderías: Pero puedo hacer otra cosa, che?...
Aquel alguien te preguntaba eso por ignorancia, nada más. Ignoraba que esa fuerza, ese ímpetu que te hace lider obrero, te llega desde muy abajo, desde el fondo de los siglos terribles. Porque tu causa, aparcero, es la vieja causa. Es la causa de la libertad humana que ahora concretamos nosotros: liberación económica del proletariado.
La causa que, encendida de indignación, inculpa a Cain su crimen. Vos no sos Abel, lider obrero. Vos sos esa voz que le grita al asesino: Caín, qué has hecho de tu hermano? Y lo persigue. Y lucha.
La causa que, encendida de heroismo, se llama Agis o Cleómenes en Grecia, y lucha.
O se llama Graco o Catilina - el calumniado por Cicerón -, y lucha.
O se llama Enno, Cleón, Salvio o Artenión - caudillos de esclavos -, y lucha.
O se llama Espartacus, que llena de espanto a la soberbia Roma, y lucha.
O se llama Jesús, terror de filisteos en Palestina y de sacerdotes en el mundo entero, y lucha.
O se llama Valdenses y Albigenses, herejes de la Edad Media, y lucha.
o se llama Etienne Marcel y sus Santiagos, o los aldeanos de la Jacquerie, o Juan Wiclef y John Ball o Juan Huss o Jerónimo de Praga, o Tomas Munser y los anabaptistas, o Dolcino y los "hermanos de los Apóstoles", y lucha.
o se llama Stenka Razin y Pugatchev - ajusticiadores de boyardos rusos -, y lucha.
O se llama los comuneros de Castilla, y lucha. O se llama, en la revolución de 1789, Felipe Buonarroti y Marat y Gracus Babeuf y Darthé, y lucha.
O se llama "los cartistas ingleses", y lucha.
o se llama Augusto Blanqui en la revolución de 1848, y lucha.
O se llama la Comuna de París en 1871, y lucha.
O se llama los ahorcados de Chicago, a raíz del día Internacional, y lucha.
O se llama los espartaquistas alemanes sacrificados, y lucha.
O se llama los mineros asturianos o los republicanos españoles, y lucha.
o se llama los bolcheviques rusos, y lucha.
O se llama en América Juan Calchaquí o Yamandú, u Oberá, o Tupac-Amarú, o Lautaro o Caupolicán, o todos los anónimos que, desde el frío Canadá a la fría Tierra del Fuego, victimas o héroes de la libertad, lucharon por la vieja causa.
La vieja causa por la que vos peleas ahora, lider obrero.
Ellos decían palabras misteriosas, frases vagas. La misma palabra "libertad", así, en abstracto, qué dice?...
Catilina - el calumniado por Cicerón, sabueso retórico de los poseedores- clamaba: "Pedimos sencillamente libertad".
Vos sabés mejor lo que exigís, aparcero. No es o mismo decir: "Pido libertad", que decir: "Quiero la liberación económica del proletariado".
Liberación económica.
¡Esto sí se comprende!
Ya verás, cuando los proletarios sean económicamente libres, si ellos, los amos de seres parecidos a hombres, los dueños de sables, cañones, fusiles y ametralladoras, van a encontrar manos que se los manejen.
Esto lo presienten ellos, camarada. Por eso te encarcelan a vos, que hablás. Y me encarcelan a mí, que escribo. Y por eso nos echan de la querida tierra natal.
Porque nosotros no soñamos, utopistas, nosotros no divagamos, quimeristas. Nosotros somos concretos y prácticos. Sabemos que podemos conseguir hoy aquí, inmediatamente.
Elos presienten que lo conseguiremos.
¡Nosotros sabemos que lo conseguiremos, hermano!
Vos con tu mano ruda, hecha a la acción y al trabajo de todos los días.
Yo con mi mano nerviosa, que si tiene alas para escalar estrellas, prefiere andar volando a la altura de los hombres que trabajan y son explotados...
En tu manaza dejo estos versículos, aparcero líder.
Montevideo, 1945

IV - VERSICULOS A LOS SALVADORES

Hombres que esperáis al Salvador del mundo, niños-hombres:
El mundo va a salvarse por nosotros.
El mundo no va a salvarse por cualquier hombre superior y divino.
El mundo va a salvarse por nosotros, y por nadie más que nosotros.
El mundo va a salvarse por los hombres vulgares, débiles, intranquilos., pobres, tristes, defectusos y mortales.
¡Por nosotros! Por nuestro esfuerzo de todos los días el mundo va a salvarse.
No va a salvarse el mundo por la heroicidad y el martirio de un hombre único.
Por nosotros, los que trabajamos, los que sufrimos, los que luchamos, los que hoy somos un poco mejor que ayer, el mundo vaa salvarse.
Entonces:
Trabajad sin dudas, trabajad perezosos, trabajad sin descanso; trabajad, ignorantes.
Trabajad siempre.
Es el secreto de nuestra salvación, hombres.
A nuestro dolor lo vencerá el trabajo.
Trabajar es erguir las frentes, no postrarlas en la oración: Sed altivos, hombres.
Trabajar es enfrentar el destino, no implorarle: Sed valientes, hombres.
Os humilláis?:¡Erguíos!
Os detenéis?: ¡Adelante!
La salvación del mundo será obra de la realidad del mundo, niños-hombres.
Esperáis el milagro de un Salvador como el niño espera un juguete?
Nada se nos regalará, hombres.
Nunca se nos ha regalado nada, hombres.
Todo lo hemos conquistado, hombres.
Todo debemos conquistarlo, hombres.
Tal es el mandato esencial de la Vida, hombres.

V - ALGUNOS NOMBRES DE AMERICA

ALBERDI. Nadie más pacifista que este guerrero

ECHEVERRIA
Meditar y sufrir la vida brava.
(Es cierto que te has ido, juventud?)
¡Pero subiendo siempre los caminos
en marcha hacia el azul!:
Heroísmo de antorcha que, humeando,
no deja de dar luz.

JOSE HERNANDEZ
No canta sólo por oir sus sones.
Su canto no es de ave, todo música.
Su canto es reflexivo canto de hombre.

MOSCONI O EL "GENERAL DEL PETROLEO"
De frente al imperialismo,-¡uñas largas del yanquismo!-
defendió con valentía,
la riqueza nacional...
Mosconi no parecía
ser general.

FLORENCIO
El es Florencio en el amor de todos
No necesita de apellido (Sánchez).
No fue a la escuela, sí a revoluciones.
Viviendo en el teatro de las calles,
solo, aprendió a escribir para el teatro.
(Tuvo la misma escuela de Cervantes).
Aprendió en fríos, aprendió en dolores,
frío, dolores, hambres...

MARTI
"A las alturas no se sube a saltos" - José Martí
Las alturas se alcanzan lentamente,
con los pies desangrándose en las breñas,
asiéndose a las plantas espinosas
para no quebrantarse entre las piedras.
Subir a las alturas no es deporte.
Subir a las alturas es la guerra.

ANIBAL PONCE
Quién era el presidente entrega -patria,
quién el "dotor" que hacía de ministro
que expulsaron a Ponce de sus cátedras?
Cuántos recuerdan hoy sus mudos nombres?...
Y cuando éstos no existan ni en sus tumbas,
los libros se leerán de Anibal Ponce.

Desde México y Cuba a la Argentina,
brioso corazón, palabra bella,
su voz sigue en los pechos encendida

LINCOLN
Lincoln está en el cielo,
único blanco de este cielo triste.
Todos allí son negros.

Los inocentes negros
que pelearon por el sur... Ahora
Lincoln está en su cielo.

EL ASESINO Quién mató al Ché Guevara?
Su nombre nada importa.
Sabemos que es el mismo,
ese a quien nadie nombra,
porque nombrarlo mancha
feroz pitecantropus,
asesino de King y de García Lorca.

REFLEXIONES NO MANSAS

Ser pobre es vivir de su trabajo, ser miserable es no tener trabajo. La pobreza fortifica, la miseria corrompe.

Se sonríe con algo, se sonríe por algo, se sonríe contra algo. Sonrío al ver jugar unos pibes, sonrío cuando oigo a un escritor alabarse a sí mismo y sonrío al escuchar a un viejo político conservador hablar de libertad y democracia.

En el fondo de las grandes fortunas hay lo que en el fondo de los grandes ríos: barro.

"Dar a Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar"?... El Cesar no espera que le den: se lo toma.

A los tiranos, a los locos y a los ebrios se los trata de la misma manera: Se los oye hablar sin refutarles sus sinrazones.

El Capital se sobrestima. Esta es su fuerza. El Trabajo aún desconoce su valor. Esta ha sido su debilidad hasta ahora.

Si te humillas, no sólo van a pisarte, se limpiarán en tí las suelas de los botines.

Los errores de la democracia son debidos a que no existe democracia.

Todo gobierno opresor cuenta con dos armas: el sable y la cruz. El sable que asesina y la cruz que adormece. Y de las dos armas, la más eficaz para el gobierno opresor es la cruz. La usa cotidianamente. El sable es para los días de excepción. Los días en que el adormecido despierta.

La diplomacia, un árbol que da frutos venenosos, aunque sus flores destilen miel.

El filántropo es un hombre que desprecia a los hombres. Para él, ellos sólo merecen caridad, no justicia.

Las ideas rebeldes son luces. Si alguien las sopla, no se apagan, se van de nosotros a encender un cerebro apagado.

Antes se abandonaba en el "padre" confesor la tarea de pensar; ahora se la deja al editorialista a sueldo del diario que se lee todas las mañanas.

Aún la humanidad presenta una lista de mártires por fanatismo mucho más extensa que la de sus mártires por idealismo. La humanidad se halla en déficit.

Muchos árboles genealógicos tienen las ramas floridas; pero sus raíces se hunden en un montón de basura.

Solo demuestra que sabe nadar quien nada contra la corriente; a favor de la corriente, hasta los literatos conservadores - los corchos - nadan.

El soñador siembra y cosecha el revolucionario. Los Rousseau y los Diderot hacen los Robespierre y los Saint-Just; los Marx-Engels hacen los Lenin; los Martí hacen los Castro.

El hombre aún no sabe qué es la paz. Porque la recelosa calma entre guerras no es la paz: no sería dormir, un cabecear con el arma en la mano, semi en vigilia, a la espera de que el compañero de pieza nos ataque nos bien nos durmiéramos, o para atacarle no bien él se duerma. Este recelosos descanso lleno de inquietud es la paz que hasta ahora hemos conocido los hombres.

Si hoy te vendes por diez, mañana te venderás por cinco y pasado mañana por un puntapié en el culo.

Un tonto viejo es peor que un tonto joven. El tonto joven dice una vulgaridad y huye a jugar al fútbol; el tonto viejo, por culpa de la gota se queda sentado a decir muchas vulgaridades que ya ha dicho muchas veces.

Los reaccionarios, los conservadores, entran en el futuro de espaldas. Entran a empujones. A pesar de ellos, los reaccionarios, los conservadores, también entran en el futuro.

Cuándo el uniforme de un general no es una librea?

En muchos hombres, aparentemente infelices, duerme un dictador. Cuando aparece una dictadura, ese dictador despierta y se coloca al servicio de la dictadura. Así, porque son dictadores, se convierten en esclavos.

La razón - luz humana - pasó de la clase que se autollamaba noble a la burguesía y de la burguesía a la clase obrera; pero toda la clase obrera no sabe aún que posee la razón. El día que lo sepa...

En la alta sociedad, a un hombre o mujer se le considera instruído porque habla varios idiomas, aunque no lea en ninguno.

De un tonto, si es un hombre del pueblo, se dice que posee un alma gris; pero si el tonto es un potentado, se dice que su alma es gris-perla.

Hay quién piensa sobre los problemas sociales después de haber leído los diarios, y hay quien piensa sobre los problemas sociales sin haber leído nada, porque no sabe leer. Lo curioso está en que ambos coinciden. Para qué, entonces, tomarse el trabajo de leer los diarios?

Un mundo de hombres que viviera sólo de su trabajo, sería un mundo de héroes.