narrativa

PONCHO

No hay dolor más acerbo que el del niño que
descubre por primera vez la perversidad de los demás.

Romain Rolland

I

- ¿Me lo da? ¿Es cierto? ¿Me lo da? El chofer miró al niño que ante él, con las pupilas asombradamente redondas, temblaba de júbilo, y asintió:
- Si, te lo doy. Después, casi conmovido por su alegría, le dijo la verdad:
- Tené cuidado; hacelo curar, porque me parece que tiene un poco de sarna en la cabeza. Ponele azufre. Los patrones me dijeron que lo tirara. Pero es un perro muy fino... ¡Chau! Hizo andar el auto, grande, casi más grande que la pieza donde vivía Poncho, y el niño quedó con el animalito entre los brazos que le temblaban. Lo miró bien. De tan feo era lindo. Nato, rechoncho, con las patas como arco de barril, los ojos saltones, rabón, cara de malo... Le habló por primera vez para definirlo, darle nombre y diferenciarlo así de la multitud anónima de los demás perros:
- Oí, perrito: a mí me dicen Poncho. Vos te vas a llamar Poncho también, ¿querés?

El animalucho ni lo miraba. Somnolente, vagaban lejos sus ojos saltones. Poncho siguió hablándole:
- Yo te voy a curar la sarna. Ahora mismo te llevo a casa de Juan; su padre es veterinario. ¿Quedes, Poncho? El me va a dar algo para curarte. ¡Vamos, eh! Y como en la cabeza tenía sarna, lo besó en la trompa negra. Desde aquel día fueron hermanos. Pertenecer a un niño rico es, para un perro, una suerte codiciable, pero no es menor la de ser el hermano, compañero, único juguete de un niño pobre. Compartir con él su libertad callejera, peligrosa, pintada de riñas y de aventuras.

Poncho, el perro, y Poncho, el niño, confundieron sus vidas como sus nombres. Por el perro, parar satisfacer su gula de cachorro insaciable, el niño robó azúcar a la madre, o un trozo de carne a una vecina, o un chorizo en el mercado, o galletitas al almacenero.

Todo desaparecía en la bocaza del cachorro, que crecía y robustecíase. A los pocos meses constituyó el orgullo del niño. Se agenció un collar con pus que le quitó a otro perro, un bozal, una cadena; y así lo paseó por el barrio, ante la codiciosa mirada de sus compañeros. Y fue respetado, temido. El perro pagó con largueza sus cuidados y sus sacrificios, porque no pocas veces, cuando el puchero escaseaba, el niño se conformó con chupar el hueso que al perro se destinara y servirle la carne que a él le sirvieran. El podía quedar con hambre, el cachorro no.

Este- mejor, su estómago voraz, tumba de todo lo comestible- era para el niño una cosa sagrada, un ídolo al cual se debía sacrificar. El perro pagó sus desvelos: hizo que todos lo respetaran. Bastábale pararse, mirar con sus ojos saltones y sanguinolentos, gruñir cuando mucho y el rival de su amo comenzaba una prudente y temerosa retirada, a la que Poncho, el niño, convertía en vergonzante con sólo aflojar un poco la cadena del perro y susurrarle: "¡Chúmbale!"

La fama de Poncho, el perro, se asentó sólidamente con su primera pelea: derrotó a un perro de policía mucho más grande que él, le lastimó una pata, le arrancó un trozo de oreja, lo sangró de la boca... Desde aquel día Poncho, el perro, comenzó a recibir el homenaje de todos los niños del barrio: masitas, bizcochos, caramelos, azúcar, chocolate...Se constituyó en el orgullo del barrio:
- ¿Vos decís que tu perro es bravo? ¡Si vieras el que tiene un chico que vive al lado de mi casa!

El renombre de Poncho, el perro, se difundió por las escuelas, por distintos barrios. A veces venían chicos sólo para ver la fiera. Llegaban en pandilla, traídos por uno de los del barrio. Entonces se largaban al conventillo donde vivía Poncho, y aguardaban en la puerta. El niño no se hacía rogar. Pronto salía con su perro abozalado y encadenado, lo cual aumentaba su prestigio. Y oía, satisfecho, el murmullo de admiración que su presencia provocaba.
-¡Qué cabezota!
-¡Mirá que pescuezote!
-¡Y las patazas! Llovían las preguntas:
- ¿Por qué no tiene cola? Poncho, erudito de su perro, contestaba con exceso de detalles:
- Para que los otros perros no puedan agarrarlo de allí. Miren la boca; es así ancha para que pueda morder con las muelas y todos los dientes. ¡Y donde cacha, no suelta más! Una vez... Y comenzaba a narrar hazaña tras hazaña, victoria sobre victoria. La hipérbole hinchada por su imaginación se hacía redonda como un globo, subía, se remontaba lejos, a las nubes, seguida por los ojos y las bocas abiertas de los otros niños extasiados.
- ¡Este es un perro de pelea! Si quiero, lo vendo por... (dudaba, ¿le creerían? Y decidíase al fin): ¡Lo vendo por ochenta pesos! (Le creían, nadie protestaba, y él, entonces, rectificábase, casi arrepentido): ¡Qué por ochenta pesos, por cien, por ciento veinte! Es capaz de pelear contra diez perros juntos, contra un tigre...
- ¡Eh!
- hacía alguno. Y él agregaba, impertérrito:
- Si, contra un tigre cachorro.
- ¡Ah!
- se conformaba el interruptor.
- ¿Recién nacido?
- preguntaba otro, menos crédulo.
- ¡Qué recién nacido! ¡Contra un tigre de varios meses! ¿Y te crees que mi perro tiene mucha edad? ¡Si no tiene un año!
-¡Oh!

Le traían perros con fama de bravos para que los peleara. Poncho derrotó a uno, a otro. Hubo que separarlo de un tercero, porque se mataban. Una noche estranguló un gato allí, en la calle, en presencia de veinte chicos. En vano el felino bufó, arqueó el lomo erizado, ensayó todas sus instintivas artimañas para amedrentar al enemigo. Poncho se le tiró encima, lo atrapó del pescuezo y comenzó a zamarrearlo como a un trapo. Cuando se le desprendió de los dientes, el gato no se movió más. Entre sus dientes y en un instante, había dejado las siete vidas. La hazaña lo consagró. Poncho
- ¿quién lo podía dudar?
- era el perro más bravo de Buenos Aires. Esto no se discutía. ¿De la República?: tampoco. ¿De América?: quizá. ¿Del mundo?: ¡quién sabe!... Poncho, el niño, comprendió que el temor que su perro inspiraba, de reflejo, lo inspiraba él también.

Nadie se hubiera atrevido a tocarlo. Como si la intimidad de su perro le trasmitiese a él ferocidad, los otros chicos, sin explicarse porqué, sin pretender explicárselo, le temían. El niño pagaba a su perro con golosinas, con besos y abrazos, con amantísimas palabras. Frente a su cabezota de ojos somnolentes, se pasaba las horas conversando. Iba al colegio por la mañana, la tarde consagrábala a su perro: le daba de comer, lo bañaba, salía con él encadenado y embozalado a recibir la admiración de sus adoradores. ¡Si ésto no era ser feliz, absolutamente feliz!... ¿Que él era un niño pobre y enfermucho, hijo de una lavandera viuda que vivía tosiendo, condenado a marchitarse en un conventillo, dentro de una pieza maloliente? ¿Que vestía andrajos? ¿Que comía sólo un mal puchero, que no podía ir al cinematógrafo ni al circo, que nunca había tenido otra pelota de fútbol que la hecha por él mismo con papeles de diarios?... Pero un niño que posee un perro bravo como el suyo, ¿necesitaba de eso para ser feliz, absolutamente feliz? ¡Si él no necesitaba nada! Y se sentía feliz y gozaba su felicidad plena, alegre y orgullosa, su felicidad sin deseos...

II

Pero la vida acecha a los felices, aun a los que poseen la más modesta de las felicidades. La vida acechaba a Poncho, niño pobre y enfermucho, andrajoso y mal alimentado, sin juguetes ni diversiones, hijo de una lavandera tísica. Lo acechaba. Por fin, le dio su zarpazo y le robó su insignificante felicidad Una mañana, Poncho llegó del colegio apresurado como siempre, anheloso de ver cuanto antes a su perro. Entró en el cuartucho y sorprendió a su madre llorando.

- ¿Qué tenés? ¿Por qué llorás, mamita? Motivos tenía. Se los dijo: la acababan de expulsar del taller donde trabajaba. Una señora había averiguado que ella estaba tísica y retiró sus ropas; la dueña del taller, temerosa de que esto se repitiese, la expulsó.

¿Dónde ir? ¿Y si hallaba acomodo, en cuanto descubrieran su enfermedad, no la echarian también? Continuó llorando. Poncho
- ya que ella no dejaba que la abrazase y la besase por temor al contagio
- se abrazó a su perro, lo besó muchas veces en la bocaza negra y no respondió nada. Después llegaron días espantosos: la madre buscaba trabajo, inútilmente. Otra vez la sorprendió llorando, y ella, ya demasiado golpeada, careciendo de fuerzas suficientes para luchar sola, no pudo ocultarle al niño lo que la angustiaba. Se lo dijo otra vez: se habían terminado los ahorros; los comerciantes ya no fiaban; al carnicero le debían dos pesos, uno con veinte al almacenero, noventa centavos al panadero; ya no había a quién pedir, de dónde sacar fiado, y ella no hallaba acomodo. ¿Qué comerían?

- Esperate. Yo sé
- dijo Poncho, y salió con su perro. Regresó cargado de pan, bizcochos, caramelos, chocolate, hasta un trozo de carne. Y se explicó:
- Me lo dieron los chicos del barrio. Lo comeremos nosotros. El perro tiene dónde comer. Se lo presté a Perico y él, por tenerlo en su casa, le va a dar de comer. El padre es rico y tira mucha comida. Así pasaron cuatro días más. La madre halló quien le diese algún lavado suelto. Para comer había. ¿Y el alquiler? Como una amenaza, empezó a llegar el día de pago. Faltaban cinco días, después faltaron cuatro, tres., dos. La madre volvió a confidenciarse con el niño, a apoyarse en él.

- El encargado ya me habló. Vos sabés como es don Jerónimo. Es capaz de ponerme todo en medio del patio. No quiere oír razones. ¡El que no paga, a la calle! No quiere que se atrasen un solo día... ¿Qué hacemos, Poncho? Pensá vos, porque yo no tengo fuerzas ya. ¡Me siento tan débil como si me fuera a morir ahora mismo! Poncho, el niño, pensó...

Y dijo a su perro:
- ¡Vamos!
- ¿Dónde vas? ¿Qué vas a hacer?
- Yo sé, mamita. Dentro de un rato te traigo para el alquiler. Salió.

Había resuelto algo heroico: vender su perro, su felicidad. Recordó que un hombre, cierta vez que él paseaba con su perro, se lo quiso comprar para hacer cría con una perra de igual raza. Poncho no le respondió siquiera. ¿Vender su perro? ¿Pero había en el mundo dinero suficiente para pagarlo? Entonces creía que no, ahora sí. Ahora
- pensaba Poncho
- si me dan cien pesos, se lo doy; pero siempre con la condición que me deje ir a visitarlo..." Ya estaba ante el hombre:
- ¿Qué querés?
- Le vengo a vender mi perro. El hombre hizo una mueca despectiva, y se aproximó a examinarlo.
- ¡Guardia!
- ¡Mire que es bravísimo!
- ¡Oh! Conmigo no hay animales bravos. Yo sé como se doman. Y seguro, tranquilo, le abrió la bocaza, le miró el paladar, le revisó los dientes. Poncho, el perro, lo dejaba hacer. El niño, asombrado de esta pasividad, miraba al hombre, hercúleo, cara bestial, cabeza chata, gesto despreciativo. Su puñetazo sería anonadador y su puño, armado de un garrote, mataría a un toro. Pareciera que el perro intuyese esto, porque se dejaba mirar y manosear, sin gruñir siquiera.

Al fin, el hombre se incorporó:
- Bueno. ¿Y cuánto querés por él?
-Y, no sé...diga usted...
- balbuceó Poncho
- ¿Y qué te puedo dar? ¿Querés dos pesos? El niño sintió como si se fuese a desmayar. ¿Dos pesos? ¡Y él que pensaba pedir cien, y poner condiciones todavía!
- ¿Dos... dos pesos... dos, dice?
- preguntó.
- Si, dos. ¿Qué más?
- ¡Mire que es bravísimo!
- ¡Puf!
- hizo el hombrote
- ¿A ésto le llamás bravo? Y le pegó una cachetada en la jeta del perro que, en vez de saltarle encima, como siempre hubiera hecho, se acoquinó, vencido sin pelear, sugestionado por el extraño poder que de aquel hombre fluía.

El niño, humillado, aún se atrevió a defender su perro:
- ¡Con usted! ¡Pero con otros, viera lo malo que es!
- Bueno, basta de charlas. ¡Te doy cinco pesos! ¿Querés?
- No
- Andate, entonces. ¡Llevate ese cuzco!

Y lo empujó. Poncho, a punto de llorar, sin saber por qué, quizás por la humillación que su perro sufría, imploró:
- ¡Déme veinte pesos!
- ¡Andate!
- Yo lo vendo porque mi madre necesita para el alquiler, porque si mañana no pagamos, nos echan; si no, no lo vendía...
- ¿Y cuánto pagan de alquiler?

Tan turbado se hallaba Poncho que no se le ocurrió mentir. Respondió:
- Pagamos doce pesos.
- Bien. Tomalos. Dame el perro. Le alargó la plata y cogió la cadena. Poncho, el niño, volvió a implorar:
- ¿Me va a dejar que venga a verlo? ¿Que lo visite?
- Si.
- ¡Bueno, adiós Poncho, adiós Ponchito querido! Mañana vengo a verte. ¡No llores, eh!... ¡No me extrañes!

Y se puso a besarlo en la jeta, abrazado a él y sin dejar de hablarle, de recomendarle al perro lo que a él debían haberle recomendado: "¡No llorés! El hombre dio un tirón a la cadena y entró con el perro. El niño quedó arrodillado, mirándolo. Antes que desapareciera, le gritó:
- ¡Mañana vengo, Poncho, mañana vengo...!

Y no dijo más, lloraba. Entró en su cuartucho con los ojos enrojecidos, pero alegre. Allí estaba su madre, remendando unas ropas.
- Tomá. Aquí tenés para el alquiler. Contalos. Son doce pesos.
- ¿De dónde los sacaste?
- preguntó la madre; pero no necesitó que él se lo dijera: las pupilas llorosas, el gesto desolado del niño, se lo explicaron:
- ¿El perro? Vendiste el perro
- ¡Sí, mamita!
- gritó el niño, y se abrazó a ella, llorando desesperadamente
- ¡Sí, mamita!
- y la besaba.

Ella lo intentó apartar.
- ¡Retirate, Poncho! ¡El contagio! ¡Estoy tísica! ¡Te podés contagiar! ¡Retirate! No consiguió apartarlo. El niño sollozaba, fuertemente apretado a ella. ¡Qué le importaba el contagio! ¿Acaso le importaba morir a él? Ahora que no tenía al perro para poder besar, tenía que besarla a ella. A alguien necesitaba abrazar y besar. Se pagó el alquiler.

A la mañana siguiente, Poncho, no bien salió del colegio, fue a visitar al perro.
- ¿Dónde vas? ¿Por qué no comés?
- le preguntó la madre.
- Primero voy a visitar a mi perro
- dijo, y salió a la disparada. Decía "mi" perro como si no lo hubiese vendido. En realidad era de él, sólo de él. ¿Acaso por haber recibido unos papeles a cambio del perro, él había dejado de amarle? Y el perro, ¿podría olvidarlo a él, acaso?
- ¿Qué querés?
- Vengo a visitar al perro.
- ¿Qué perro?
- El que le vendí ayer.

El hombre dudó, hizo una mueca de fastidio, pero accedió:
- Pasá. Y Poncho, el niño, corrió hacia su perro, encadenado en el fondo de la casa; se abrazó a él, besándolo. El perro, como no tenía cola que mover, contorsionaba su corpachón, gruñía de gozo, le lamía la cabeza. El niño lo hablaba. Todo lo que le había ocurrido a él, se lo adjudicaba al perro:
- ¿Lloraste mucho?... ¿A que no pudiste comer pensando en mí?... ¿Después soñaste conmigo?... Transcurrió un buen rato de efusiones. El hombre intervino:
- Bueno, che, basta ya. Dejá algo para otro día. Podés irte... Estoy perdiendo tiempo. Poncho lo besó, tres, cuatro, cinco veces, en la jetaza, y comenzó a alejarse. Todavía, antes de trasponer la puerta, se volvió para gritarle
- ¡Adiós, Poncho, queridísimo! Y le tiró un beso. Al otro día se presentó de nuevo:
- ¿Qué querés?
- Vengo a visitar... El hombre no lo dejó concluir: le cerró la puerta. Poncho quedó un instante sin querer pensar. El hombre le daba miedo. Pero el ansia de ver a su amor lo retenía. Golpeó otra vez. Apareció la cabeza brutal del hombre. Lo amenazó:
- Mirá, si volvés por aquí, te voy a sacudir un par de cachetadas que te vas a acordar para siempre... ¡Eh! El niño temblaba, pero se atrevió a protestar:
- Usted me prometió que me dejaría visitar al perro...
- ¿Yo te prometí? ¡Bueno! ¡Ahora no se me da la gana de que no lo veas más! ¡Y basta! Se adelantó, amenazante, colérico, congestionado. El niño huyó. En la esquina se dio vuelta. Allí estaba el hombre todavía, y lo amenazó con el puño. Poncho dobló la esquina, pero sólo anduvo unos pasos y se sintió caer, aflojársele las piernas. Se tiró en un umbral y comenzó a sollozar infinitamente, con el alma fría de pena. Aquel bárbaro le acababa de arrancar para siempre su insignificante felicidad de niño pobre... Sollozaba. Algunos transeúntes se detuvieron a interrogarle. El no respondía. Lloraba. Una señora le dio unas monedas, otra un peso. ¿Para qué quería plata él, ahora? ¿Aunque le dieran mucha, para qué la quería? Si se la hubiesen dado unos días antes, él no hubiera vendido su perro, pero ahora... Lloraba. Al fin lo dejaron solo, y el dejó de llorar. Silenciosamente, a pasos cortas, doblado como un viejo, comenzó a andar, contando lo que le habían dado: cerca de dos pesos.
-Se los llevaré a mamá
- pensó.

Y de pronto, como una lumbrarada de fuego artificial, multicolor y chisporroteante, una idea le iluminó y le coloreó la vida. Había pensado: le compraré caramelos a Poncho, y se los daré por la empalizada. ¡Oh! Más todavía: el hombre no me deja visitarlo, ¡no importa!, sin que él me vea, al anochecer, lo visitaré por el fondo. Y esa idea mágica lo enderezó, lo volvió a la niñez, le inundó de luz el alma en tinieblas y de calor el corazón triste. ¡Con ansias esperó a que anocheciera!...

III

En cuanto oscureció, fue a verlo. Sigilosamente, como si fuera a cometer un robo, se acercó a la empalizada que hacía el lugar de pared en aquella casa del suburbio. Hundió la mirada en la sombra, escrutando. Por fin distinguió el sitio donde el día anterior viera a su perro. Se acercó:
- ¡Poncho!
- llamó, primero muy despacio, más fuerte enseguida
- ¡Poncho! ¡Poncho! El perro lo había oído desde la primera vez, así se lo dijo el ruido de la cadena. El niño se pegó a la empalizada y sintió la respiración fatigosa, característica del can, pegándole en la cara. Comenzó a hablarle:
- Ponchito, has visto cómo no te olvido, eh? Tu patrón de ahora no quiere que te visite, pero yo te visito igual. Acercate, así te doy un beso. El animal, como si comprendiese, hacía esfuerzos tirando de la cadena para aproximarse, pero era muy corta. Poncho metió la mano y le alcanzó la cabeza. El perro se la lamía.
- Tomá caramelos. Mirá: son de chocolate, como a vos te gustan. Y bizcochos. También te traigo un merengue... Desde aquella vez, todas las noches, durante una semana, el niño visitó al perro furtivamente, como si cometiera un delito. A veces fue con otros chicos del barrio, que deseaban verlo. Cada uno le llevaba su regalo: parecía que fueran a visitar a un amigo preso.
- Poncho: aquí están El Chino y Gaitán. ¿Te acordás de ellos? ¿Te acordás de El Chino, aquel que vos mordiste una vez? Pero él no te guarda rencor, te viene a traer una torta. Te acordás de Gaitán, el calabresito lustrabotines? Aquí está también. Acercate, así te tocan la cabeza. Y los chicos estiraban las manos, que el perro lamía.

- Mañana vengo con Peco y con Mariano. Hasta mañana, Poncho. Mañana te voy a traer empanadas de dulce y un pedazo de fainá. ¡Hasta mañana, Poncho!... La idea fue de Gaitán, el calabresito lustrabotines. Este niño no sólo amaba al perro; le estaba agradecido también. A él le debía sus mejores ganancias. Gaitán, cargado con su cajón de cepillos, cera y pomada, apareció una mañana en la esquina de la casa de Poncho. Casi no hablaba español. Poncho con su perro paseábase orgulloso por allí. Gaitán lo habló. Elogió al perro estrepitosamente, con todo su fervor meridional. No necesitaba más para que Poncho sintiese hacia él una estrepitosa simpatía. Se la quiso demostrar haciéndose lustrar los botines por él. Estaban en ésto cuando apareció otro lustrabotas, un muchacho grande, casi un hombre.

- Che, tano
- increpó al calabresito
- ¿quién te dio permiso para que lustrases en esta esquina? Y sin aguardar respuesta, le pegó una cachetada. Gaitán, lloroso, intentó explicarse en su media lengua. El grandote, prepotente, lo alzó del cuello del saco, y lo conminó:
- ¡Piantá de aquí! ¡Esta esquina es mía! Yo hace más de un año que lustro aquí. Si no, te saco los chinchulines. ¿Ves?
- y le enseñó un cuchillo. Aterrorizado Gaitán recogía ya sus bártulos, dispuesto a obedecer, cuando intervino Poncho; mejor, intervino Poncho, el perro.
- Bastó que el niño le dijese:
- ¡Chúmbale!

Saltó el can y atrapó al grandote del pantalón; éste intentó defenderse con el arma.
- ¡Chúmbale!
- volvió a ordenar el niño, y el perro, a saltar; pero esta vez mordió carne, en la mano donde brillaba el cuchillo, que cayó al suelo. Viéndose desarmado, el muchacho grande huyó, perseguido por el perro, a quien sólo con gran esfuerzo podía contener el niño, tirándole de la cadena. La tarde siguiente Gaitán volvió a pararse en la esquina; pero a su lado estaban Poncho y su perro. Apareció el grande y no se acercó siquiera. Así adquirió el calabresito su derecho de trabajar tranquilamente. Quedó agradecido al perro. Todas las tardes gastaba algo de sus propinas y regalaba a su defensor. Ahora, la ausencia del perro amenazaba su privilegio de lustrar en aquella codiciada esquina. Seguramente el muchacho grande se enteraría pronto de la venta del perro; el hecho había sido demasiado trascendental en el barrio para que no cundiese. El perro era allí un personaje popular. Si se enteraba, volvería para vengarse. Regresando una noche de visitar al perro, a Gaitán se le ocurrió la idea todo salvadora:
- Oí, Poncho
- le chapurreo en su jerga
- oí lo que vamos a hacer... Y le expuso su idea magnífica: él, todos los días estaba obligado a entregar dos pesos al padre y tres pesos los domingos; si no, lo dejaban sin comer; pero siempre con las propinas sacaba más. A veces, sacaba dos cincuenta. El los gastaba en tortas o los jugaba a "cara y cruz". En adelante los guardaría. Una vez que tuviesen los doce pesos, volverían a comprarle el perro al hombre...
- ¿Qué te parece?

A Poncho se le ocurrió decir: ¡Oh!
- y nada más. La idea de Gaitán lo había admirado hasta enmudecerlo. El primer día, Gaitán entregó cuarenta centavos a Poncho, y el segundo veinte, pero a éste se le ocurrió pedirle prestado el cajón y los cepillos a una vecina cuyo hijo lustrabotas había matado un automóvil; Gaitán le facilitó pomadas, trapos, tintas, ceras, y le enseñó a lustrar. Ese día, entre los dos, guardaron setenta centavos. Otros chicos se asociaban, desinteresadamente, por el solo placer de libertar al perro, orgullo del barrio: El Chino, vendedor de diarios, dio; y dio Mariano, hijo del almacenero, para lo cual se puso a servir en el despacho, a fin de recibir propinas. Dieron "El Pecoso", "Firulete", "Perico" y "El Pibe", sacrificando sus golosinas o poniendo a contribución sus padres. El tesoro aumentaba prodigiosamente. Ya tenían ocho pesos. Todas las noches, al visitarlo, Poncho anunciaba a su can:
- Pronto te voy a sacar, querido. Ya tenemos nueve pesos con veinte centavos.
- Aguantá un poco más, no vayas a enfermarte, Ponchito. Ya tenemos diez pesos con cuarenta.
- Ya llegamos a los once pesos, Poncho. La semana que viene te vuelvo a comprar. Por eso no te traemos más caramelos ni tortas
- se disculpaba
-. Todo lo guardamos para comprarte otra vez a vos, Ponchito.

Una tarde apareció el muchacho grande, el lustrador corrido por el perro. Poncho y Gaitán, con sus cajones al hombro, aguardaban parroquianos. El muchacho había sabido la venta del perro. Impune, se fue a ellos con los puños apretados. Los chicos no intentaron defenderse; huyeron, y el grandote quedó amo de la esquina. Pero El Chino, El Pecoso, Mariano, Perico, El Pibe y Firulete, los demás socios, supieron lo ocurrido. Se confabularon. ¿Para qué había garrotes y piedras? Así, armados, cayeron sobre el grande, cayeron sin parlamentar, y éste se vio atacado por ocho chicos furiosos, que no sólo defendían el derecho de dos de ellos a lustrar en aquella esquina, peleaban también por una causa común, sagrada: la libertad del perro del barrio. El grandote no se defendió. Una piedra le sangró la frente. Un palo se le quebró en la cabeza. Huyó, a su vez, perseguido implacablemente por la pandilla vencedora. En su huída, dejó un cepillo; Poncho lo guardó como trofeo de victoria.

- La primera lustrada que hago, la hago con este cepillo
- anunció. Y todos rieron alegres, satisfechos de verse unidos y sintiéndose más unidos aún, después de la aventura. Se esforzaron para concluir de juntar los doce pesos. Poncho faltó dos días al colegio, a fin de lustrar también por la mañana. Gaitán, una noche, en vez de dar al padre los dos pesos reglamentarios, le dio uno y cincuenta, y se quedó sin comer. ¡No importa!: Mariano, el hijo del almacenero, había robado para él un pan y un trozo de salame. Pero Gaitán no podía hacer más eso. El padre lo había anunciado:
- Si mañana no traes los dos pesos, a más de no comer te vas a llevar una paliza. El Chino vendía más diarios que nunca. No sólo los voceaba, sino que los ofrecía, rogaba que se los comprasen. Mariano hizo una suscripción entre los borrachines, parroquianos del almacén. Juntó quince centavos. Firulete y Perico consiguieron de sus madres cinco centavos cada uno. El Pibe casi pagó caro su celo por demás excesivo. Pretendió robar un reloj en el tranvía. Fue visto. Faltó poco para que lo atrapasen.

Una noche, Poncho anunció a sus camaradas:
- ¡Muchachos! ¡Ya hay más de doce pesos!
- y contó, a la vista de todos. Había doce pesos con cuarenta centavos. Decidieron que con el sobrante se conpraría masas, "pero masas de confitería", para llevárselas al perro. Y esa noche fueron todos, sin faltar uno, a visitarlo. Fue una noche de expansión y felicidad. Poncho, el perro, recibió las más evidentes demostraciones de cariño, los epítetos más resbuscados y melosos: Una chica, la hermana de Firulete, que los acompañaba, se despidió de él tirándole besos, y como no hallara que decirle, porque todo le había sido dicho ya por los demás, le gritó:
- ¡Adiós, hijito mío! A nadie se le ocurrió reír de esto. Les parecía completamente natural. La emoción los quemaba, los ponía temblorosos y blandos. Y la emoción nada halla risible.

IV

A la mañana siguiente, todos también, siguiendo a Poncho que llevaba los doce pesos, la mayor parte en monedas, se presentaron a comprar el perro. Poncho, seguro de sí, dio tres rotundos golpes con el llamador.
- ¿Qué querés?
- Vengo a comprarle mi perro otra vez; aquí traigo los doce pesos
- respondió Poncho, y, sacudiéndose el bolsillo hizo cantar las monedas. El hombre se adelantó, asombrado:
- ¿Qué decís?
- Que vengo a comprarle mi perro. Aquí traigo la plata
- y volvió a hacer cantar las monedas.
- ¿Y cuánto traés?
-¡Doce pesos!
- ¿Y vos te crees que te voy a dar el perro por doce pesos?
- Yo se lo di a usted...
- ¡Porque fuiste un otario!
- confesó cínico
-. Si no traes ochenta, por lo menos... Poncho palideció. Sus pupilas se nublaron y miró a sus socios buscando protección. Intervino Gaitán, el calabresito, indignado:
- ¡Ma! ¡E un ladro leí!
- ¿Qué decís vos? ¿Que soy un ladrón? Eh? Los chicos, en grupo, retrocedieron hasta el cordón de la acera. El hombre, fruncido el hosco ceño, apretados los puños, amenazaba:
- ¡Te voy a dar llamarme ladrón! ¿Qué querés? ¿Te crees que porque él fue un zonzo vendiéndome ese perro por doce pesos, yo también lo voy a ser? Ya sabés vos: si me traés ochenta pesos, te lo vendo; si no, ¡chau!, despedite del perro, porque ya tengo comprador. Mañana o pasado se lo llevan a Tandil. Me lo compra un estanciero. Y entró en la casa después de dar un portazo. Poncho se sintió caer. Sus amigos tuvieron que sostenerlo. No sólo lo amargaba la perversidad del hombre; la noticia de que le llevaban su perro a una estancia lejanísima, donde ya no lo vería más, le heló el alma. El llanto salvador, saltando de su corazón acongojado, le brotó en sollozos convulsivos. Los demás socios estaban mudos, helados también, helados de pavor por haber comprobado la dureza de la fatalidad, contra la que su propósito común se acababa de romper como una linterna de vidrios de colores... Firulete lloró. Luego, El Chino... Los demás, anonadados, se arracimaban mustios alrededor de Poncho, que gemía a gritos:
- ¡Mi perro, mi querido perro!

Y otra vez Gaitán, el calabresito lustrabotines, tuvo una idea:
- ¡No lloren más! ¡Oigan lo que vamos a hacer! Nadie lloró más. Había tal ímpetu en su voz que todos sintieron enseguida que ya no debían llorar. Seguro Gaitán había encontrado la salvación. Así era. Les explicó lo que se le había ocurrido y todos comenzaron a saltar de júbilo. Muy sencillo: robar el perro. Esa tarde, no bien oscureciese, irían todos. Firulete, que era el más alto, saltaría el cerco de maderas, desataría el perro y se lo alcanzaría por encima del... Y que el bruto hombre lo buscara...

- ¡Buscariola!
- dijo El Pibe, y todos rieron. La esperanza volvió a encender la sangre de los confabulados. Ese día hubieran dado años de sus vidas para que los minutos volaran. La noche no llegaba nunca para ellos. Imprudentemente, sin aguardar a que oscureciese bien, empujados por el ansia, llegaron al sitio. Temblando, acercáronse. ¿Y si el hombre hubiese retirado el perro? ¡No! Allí estaba. Observaron, escucharon. Nada se oía. De un brinco, Firulete, ágil, decidido, heroico, saltó el cerco de maderas. El rapto se realizó con toda suerte. Aquello fue más sencillo de lo que suponían. Y ya con el perro del otro lado, en el terreno baldío que lindaba con los fondos, los chicos se asombraron de que aquello tan sencillo no se les hubiese ocurrido antes. La pandilla rodeó a su ídolo libertado. Todos querían besarlo y abrazarlo. Todos querían hablarle, efusivos, buscando las palabras más cariñosas.
- ¡Bueno muchachos, vamos!
- dijo Poncho, al fin
- no sea que nos oigan y salga el bruto ese y nos quite el perro... Comenzaron a andar los chicos andrajosos, pero alegres como los flecos de un trapo rojo que brillara al sol, que bailara a los vientos... Todos hablaban a la vez, reían, acariciaban al perro, que no sabía cuál mano de las que lo acariciaban a la vez, debía lamer, a cuál voz de las que lo hablaban, debía contestar contorsionando su corpachón.

Se detuvo Poncho y dijo:
- Vos, Firulete, llevá el perro a casa. Ustedes síganme. ¡Van a ver lo que hago! Nadie le preguntó qué iba a hacer. Su voz y su gesto eran los de un iluminado, y lo siguieron. Nervioso, pero audaz, Poncho iba adelante. Los otros lo seguían, dispuestos a todo. Poncho golpeó cinco veces el llamador. Y hubiese seguido golpeando, pero apareció la cabeza bestial del hombre.
- ¿Otra vez aquí?
- preguntó con su voz ronca, lleno de fastidio
- vos andás buscando que yo te rompa una costilla. Se adelantó, amenazante. Pero se detuvo para cubrirse.
- ¡Tome, tome!
- le había gritado Poncho, arrojándole dos puñados de monedas y de papeles. El hombre primero creyó que fuesen piedras lo que le tiraba; se cubrió para protegerse la cara. Y ya iba a correr, pero el ruido de los níqueles lo asombró, y se detuvo.
- ¡Allí tiene sus doce pesos, ladrón!
- le gritó Poncho.
- ¡Brigante
- subrayó Gaitán. Y los siete chicos salieron escapando.