narrativa

LOS RECUERDOS DE UN PAQUETE DE BOMBONES

Es preciso que los niños sean razonables,
pero jamás razonadores

Joubert

El año se inició con desgracias. Primero, un maestro joven que parecía alegre, sólo estuvo quince días. Después, el viejo Cristóbal Ferrier, a los dos meses de clase enfermó gravemente. Hoy supieron la noticia los muchachos: El maestro, por este año, ya no volvería.

No se entristecieron, como cuando se fue el otro, el maestro joven y alegre. Ferrier, un viejo flacucho, cetrino, abusaba de las penitencias, de los gritos, de las amenazas. También los aburría con su voz de asmático, repetía y tornaba a repetir las cosas, siempre las mismas cosas, y se las obligaba a repetir a ellos, uno por uno, a los quince muchachos:
- La provincia de Buenos Aires tiene por límites: Al norte, la República del Uruguay, separada por el Río de la Plata... Esto quince veces. Un tormento.

La idea se le ocurrió a Justino Zarategui, el más estudioso de la clase, el de mejor conducta.
- ¿Vamos a visitarlo? Hicieron una comisión: Zarategui; Gervasio Lafico, mal estudiante, juguetón; Saúl Cañas, un chico de pelo casi blanco, pecoso, frío y Joaquín Landi. La madre de éste, al saber que iban en comisión a visitar al maestro convaleciente, compró un paquete de bombones para que lo obsequiaran. Se reunieron en el colegio. La mujer del director les dio las instrucciones:
- Aunque lo encuentren muy flaco no se lo vayan a decir. Por el contrario, díganle que lo hallan muy bien, que está muy repuesto. Anímenlo. Y díganle que lo extrañan mucho. Zarategui, usted que es el más serio, háblele. Porque si lo dejan hablar a Lafico, embarra todo. Salieron. No bien doblaron la esquina, Saúl preguntó a Joaquín:
- ¿De qué son los bombones?
- Surtidos.
- ¡Qué paquete grande!
- ¿A ver cuánto pesa?
- dijo Gervasio, y lo tomó
-, ¡qué pesado!
- Medio kilo.

Siguieron andando, silenciosamente, raramente silenciosos. No necesitaban decirse nada. Habían sentido el pensamiento de Saúl, y los inquietaba. Por fin, éste, deteniéndose, dijo:
- Muchachos: cuatro bombones menos en medio kilo no se nota. ¿Qué les parece si nos comemos uno cada uno?
- ¡Ya está! ¡Bien!
- aprobó Gervasio, y palmoteó. Joaquín miró a Justino. Lo vio impasible y le preguntó:
- ¿Y vos, qué decís?
- ¿Yo? ¡Nada! Los bombones son tuyos... hacé lo que quieras. Era una insinuación. El niño modelo de la clase aprobaba la idea de Saúl. Joaquín intentó defenderse:
- Sí, pero mamá me los compró para el maestro...
- No se notará nada. Yo te voy a desatar el paquete
- dijo Saúl. Joaquín se lo dejó sacar de la mano blanda. Saúl lo desató con habilidad.
- ¡A mí dame ese con la nuez arriba!
- eligió Gervasio.
- ¿Y vos, cuál querés?
- preguntó Saúl a Justino.
- Ese.
- ¿Y vos? Joaquín, casi disgustado, respondió:
- ¡Cualquiera!
- A mí me gustan los de turrón. Y mientras todos masticaban, Saúl, cuidadosamente, volvió a atar la cinta y a hacerle el moño. Dijo, entregando el paquete a Joaquín:
- Mirá, no se nota nada.
- ¡Qué ricos!
- exclamó Gervasio.
- Todavía
- habló Saúl calmosamente
- podríamos comernos otro cada uno y no se notaría...
- ¡Bueno!
- gritó Gervasio. Joaquín siguió andando, sin responder. Saúl habló a Justino:
- Eh, Zarategui, ¿qué te parece?
- Los bombones son de él
- respondió éste, eludiendo la responsabilidad
-, si fueran míos... Gervasio lo interrumpió:
- ¡Si fueran míos no le llevábamos nada al maestro! ¡Los comíamos nosotros! ¡Qué ricos son! Saúl rió. Joaquín, callado, iba adelante, como si no oyera.
- ¿Y?...
- preguntó Saúl.
- ¿Qué?
- respondió Joaquín, desentendido.
- ¿Qué opinás? ¿Nos comemos otro cada uno?
- Se va a notar.
- Ya verás como no se da cuenta. ¿Verdad, Zarategui, que no se va a dar cuenta?
- Si sabés atarlo bien...
- Ya verás.
- Y Saúl tomó el paquete de la mano de Joaquín, que volvió a abandonárselo. Lo desató. Repartió un bombón para cada uno. (Esta vez sin elegirlos). Lo metió a la boca... y se disponía a atar, cuando Gervasio gritó, enfurecido:
- ¡Vos agarraste dos! ¡Yo te he visto! ¡Abrí la boca! ¡A ver! ¡Mostrá! Saúl masticaba apresuradamente.
- ¡Entonces dame otro a mí también!
- exigió el acusador. Saúl se lo dio. Y dio otro a Justino y a Joaquín. Aquel lo metió en la boca. Este protestó: Se va a conocer.
- ¡No! ya verás como lo ato que no se conoce. Sentado en un umbral, lentamente, comenzó a hacer el moño. Pero el paquete había disminuido. Cuando se lo devolvió a Joaquín, éste protestó:
- ¡Uh! ¡Se conoce que hemos sacado! Verdad, Zarategui?
- Sí.
- ¿Verdad, Lafico?
- Sí.
- ¿No ves que se nota?
- ¡También, nos hemos comido doce bombones! Tres cada uno. Somos cuatro. Tres por cuatro, doce. Y sonrió malignamente. Joaquín se encolerizó. Le hubiera pegado.
- ¡Cochino!
- lo insultó.
- ¿Por qué cochino? ¿Y no comiste vos también? El argumento era irrefutable. Joaquín metió el paquete en el bolsillo del saco y siguió andando, muy serio. Ninguno hablaba. Sólo Gervasio, de vez en vez, atolondradamente, quería reír, buscaba pretexto para charlar. No le respondían. Saúl se dirigió a Joaquín:
- ¿Por qué te has puesto de ese modo? ¿Crees que hicimos mal en comernos los bombones?
- Sí.
- ¡No hicimos mal! Lo afirmó tan seguro que Joaquín, deteniéndose, le interrogó:
- ¿Por qué?
- Porque a ese maestro yo le llevaría veneno, no bombones.
- ¡Ya lo creo!
- afirmó Gervasio.
- ¡Si todos estamos alegres porque no va más a la escuela!
- ¡Yo, sí!
- apoyó Gervasio.
- ¿Y vos?
- preguntó Saúl a Justino. Este hizo un gesto indeciso.
- ¿Y vos?
- preguntó a Joaquín.
- Yo también me alegro de que no vaya más a clase; pero mamá me había dado esos bombones para él y nosotros los hemos comido.
- Todos, no. Te quedan bastantes.
- Pero no le puedo llevar el paquete así, por la mitad.
- Entonces comámoslos nosotros. Joaquín siguió andando.
- ¿Te acordás
- insistió Saúl
- esa vez que te tuvo en penitencia hasta las siete de la noche?
- Sí.
- ¿Y aquella vez que te hizo copiar diez veces el verbo "tener" en forma negativa? Yo no tengo, tu no tienes, el no tiene, nosotros... No siguió recitando. Joaquín había sacado el paquete y roto la cinta. Le estiraba un bombón. Comieron. Tornaron a repartir y a comer. Repitieron la operación otra vez, y otra. Ya sólo quedaban tres bombones.
- ¿Qué hacemos? Ya no quedan más que tres. Uno se tiene que quedar sin bombón.
- Tiremos a la suerte
- dijo Saúl, y sacó un cobre
- ¿Cara o ceca?
- preguntó Joaquín. Este protestó:
- ¡No! ¡Yo no entro! Los bombones son míos. Echen ustedes a la suerte. Y, para probarlo, se metió a la boca el que le correspondía. Saúl se volvió a Zarategui:
- ¿Cara o ceca?
- Cara. Revolearon el cobre.
- ¡Ceca!
- gritó jubiloso Saúl. Y metió la mano en el paquete
-. Ahora tiren ustedes a la suerte el último bombón.
- ¿Cara o ceca?
- preguntó Gervasio.
- Ceca. Revolearon el cobre, lo siguieron con la vista, expectantes, y se precipitaron sobre él, a mirar.
- ¡Cara!
- gritó Gervasio, bullicioso, y corrió hacia el paquete
- ¡De turrón! De los que a mí me gustan. Y lo mordió goloso. Justino lo miraba con ojos de carnero al que van a degollar.
- Comete el cartucho. Pero Gervasio lo invitó, generoso:
- Tomá, mordé una punta de mi bombón. El cartucho, arrugado, quedó en el suelo. Joaquín, antes de emprender la marcha, lo miró con tristeza.
- ¡Qué lástima, no hay más! ¿Eh?
- dijo Saúl, queriendo interpretar su mirada. Joaquín no le respondió. No era eso lo que él estaba pensando. Siguieron. Los otros alegres, bullidores; Joaquín callado. Saúl lo burló:
- ¿Qué tenés, che? Vos sos como el cocodrilo, después que se come los huevos, llora. Vos después que te has comido los bombones...
- ¡Si no te callás te pego dos trompadas! ¿Eh? Amenazante, trémulo de ira, con los puños cerrados, Joaquín se plantó frente a él. Saúl lo esquivó.
- Bueno, no te pongas así. No es para tanto... Y emprendieron la marcha otra vez; pero mustios, incómodos por la presencia de Joaquín.

Al llegar a la puerta del maestro, éste dijo:
- ¡Yo no entro! ¡Entren ustedes! Yo los espero allí, en la esquina. Y se dio vuelta. Los otros lo miraron un instante. No le dijeron nada, y entraron. Al cuarto de hora, salieron.
-¡Vieras, pobre Ferrier!
- comentó Gervasio
- ¡Da una lástima! ¡Parece un cadáver! Y Saúl:
- Ya casi no se le oye la voz.
- Nos besó a los tres llorando...
- agregó Justino.
- ¡Vamos!
- ordenó Joaquín, y comenzó a andar. Los otros lo seguían y comentaban. Saúl:
- ¡Y vieras el nietito que tiene! Gervasio: te aseguro, cuando lo vi sentí que nos hubiéramos comidos todos los bombones... Justino comentó:
- Si hubieran sido míos... Joaquín se detuvo a mirarlo, furioso. El otro se intimidó.
- ¿Si hubieran sido tuyos, qué?
- preguntó Joaquín. Y le dejó caer la mano, pesadamente, en medio de la cara. El otro se tambaleó, dio un grito, después comenzó a llorar. Gervasio quedó consolándolo:
- Vení. Entremos en aquel almacén. Te voy a echar agua en la cara. Joaquín, apresuradamente, siguió andando. Caminó solo, sin darse vuelta, una o dos cuadras. De pronto, oyó correr detrás de él. Y la voz de Saúl, chillona, maligna:
- ¡Pobre el nietito del maestro! ¡No probó los bombones! Lo provocaba. Joaquín dio vuelta, dispuesto a pelear; pero el otro se había armado de un palo y, levantándolo lo aguardó, también agresivo. Joaquín, viéndolo armado, no se animó a atacar. Le gritó:
- ¡No me hables más! ¡No me junto más con vos! Y echó a correr...