narrativa

LOS AMIGOS

...La expresión de "edad feliz "con
que designamos a la infancia es,
con frecuencia, una cruel ironía.

Baudouin

Desde el primer día de clase, un cuarto grado Carlos Balza y Juan Martí se sentaron juntos, en el mismo pupitre. Y se hicieron amigos.

Entre sus libros, Carlos Balza tenía "Veinte años después", y Juan Martí, "La novia del hereje". Esto les dio motivo para conversar y salir al recreo, íntimos. Por dos semanas lo fueron. No se apartaban un momento; jugaban a la pelota, salían juntos y como Martí vivía más cerca, Carlos lo acompañaba. En clase se ayudaban mutuamente.

Esa amistad molestaba a algunos. Los hubieran querido ver enojados, aunque fuera por unos días.
- ¿Por qué le enseñás los problemas a Balza?
- decía uno a Martí
-. El no te enseña a vos geografía.
- La geografía no se puede enseñar como la aritmética. La geografía hay que aprenderla solo.
- ¿Por qué jugás siempre a la pelota con Martí?
- decía otro a Balza
-. Vos jugás mejor que él. A veces perdés por tenerlo de compañero.
- ¡No importa!
- respondía Balza.

Pero al fin consiguieron enemistarlos. Durante un recreo, alguien le colgó una cola a Balza. Comenzaron a gritarle, a burlarlo. El se arrancó el papel y quedó molesto. Era un muchacho impulsivo. Bastó que otro al oído, casi misteriosamente, le soplara:
- Fue Martí. Corrió a él, gritó:
- ¿Por qué me pusiste esa cola? ¿Crees que te vas a reír de mí? ¡Ni vos, ni nadie! ¡Soy capaz de romperte el alma a vos, como a cualquiera! Poco le hubiera costado a Martí demostrarle que no había sido él. Pero el tono amenazador, la actitud, delante de todos, lo lastimaron. Se creyó humillado si no gritaba también, y gritó meas fuerte, y amenazó más violento. Intervino el celador para separarlos, porque ya se pegaban... Y no se hablaron por dos días.

Un compañero:
- ¿Por qué no se hablan? ¡Háblense! ¿Saben lo que deben hacer? Ahora, en la cancha, agárrense a trompadas. Después se hacen amigos otra vez como antes. ¿Quieren? Balza hizo un movimiento vago de cabeza. Martí dijo:
-¡No!
- ¡Tiene miedo!
- gritó otro.
-¡No tengo miedo!
- protestó Martí.
-¡Si no tenés miedo, pelealo!
- Cuando quiera...

Y ya no costó mucho para que se desafiaran. Pero lo supo el celador, y, cuando seguidos de un numeroso grupo se dirigían a la cancha, éste los atajó. Ellos, entonces, se empeñaron en trompearse. Dos maestros corrieron para ayudar al celador. Gritos. Esfuerzos. Amenazas. Por fin, apareció el director:
- ¡Ah!, ¿quieren pelearse? ¡Ahora se van a pelear tranquilos! Metió a los dos en un cuarto. Cerró la puerta con llave y los dejó solos. Muchos se acercaron a tratar de oír el tumulto de la pelea. Silencio. Balza, sentado sobre un cajón, y Martí, sobre una pila de libros viejos, descansaban. No se les ocurría pelearse. Por el contrario, una palabra buena que hubiese dicho uno, hubiera bastado para reconciliarlos. Pero ninguno la dijo. Los dos, soberbios, callaban. Otros dos días sin hablarse. Al salir, uno por una vereda y otro por la otra, hacían el mismo camino. En una ocasión, Martí llegó muy temprano al colegio. En la cancha solo estaba Balza, sentado en un rincón, al sol, esperando a alguno que tuviese pelota para jugar. Estaban solos. No se les ocurría que podían pelearse, Martí, por un momento, pensó invitarlo a jugar. Y lo miró; el otro estaba tan ajeno a él que, sacando la pelota, se puso a jugar solo. Pero los demás se habían empeñado en verlos trompearse. Parecía que iba a ser una extraordinaria fiesta ver pelear a los que fueran inseparables amigos. Uno hacía chistes, el otro alusiones, el de más allá llevaba y traía chismes. Mentiras, porque ni Balsa ni Martí hablaban uno del otro. Y consiguieron que se desafiaran. El sábado sería el duelo. Uno de los chicos señaló un terreno baldío. Todo lo hicieron los demás. Martí y Balsa, por no aparecer como cobardes, aceptaron el desafío. Y se resolvieron a pelear. Ambos lamentaban tener que pelearse; pero ¿cómo aparecer cobardes frente a los demás?... El destino dispuso que Balsa y Martí no peleasen, que continuasen siendo amigos.

Fue así: El viernes a la tarde los dos salieron de la escuela, como siempre, para el mismo lado. Uno por una vereda y el otro por la otra. Sin mirarse. Sin reparar siquiera uno en el otro. Como dos desconocidos. Pero Martí oyó de pronto la voz de Balsa que lo llamaba:
-¡Martí, Martí! ¡Pronto! Dio media vuelta y vio: un muchacho más grande, un carnicero, había atrapado a Balza. Este pretendía soltarse, pero el otro lo dominaba con facilidad. Balza gritó otra vez, angustiado:
-¡Martí, vení! Y ya tuvo a Martí, que ni por un momento dudó, resuelto, dando puñetazos en las espaldas y la cabeza del enemigo. Balza cobró energías con su ayuda y entre los dos lo corrieron. El triunfo los alegró extraordinariamente y siguieron juntos, charlando, como si entre ellos no hubiera ocurrido nunca nada, olvidados de su desafío para la tarde siguiente. Al despedirse, frente a la puerta de Martí, Balza recordó el desafío:
-Yo no quiero pelearme con vos, Martí. Me peleo para que los otros no crean que te tengo miedo.
-¡Y yo igual! Yo tampoco quiero pelear con vos. ¡Y yo no fui el que te colgó la cola; dijeron que era yo para hacernos pelear!
-¡Ya lo sé! Pero yo estaba tan furioso que no sabía qué hacer.
- Y aquella vez que vos estabas solo en la cancha, te miré para invitarte a jugar a la pelota, pero como vos ni me mirabas...
- Y yo pensaba: si me invita, nos hacemos amigos otra vez. Porque yo quería volver a hacerme amigo tuyo.
- ¡Y yo también! Los demás tienen la culpa Ellos nos hicieron enojar. Ellos querían que nos peleáramos.
-¡No se van a dar el gusto! Oí lo que vamos a hacer... Y los dos, brillantes las pupilas, quedaron hablando, tramando, cómplices, felices.

***

A la mañana siguiente no se hablaron...Algunos chicos iban y venían de uno al otro, llevando y trayendo mentiras. Esta vez sí que eran verdaderos:
- Decile a Balza que del primer trompazo le voy a sacar la chicha. Un chasque salía corriendo:
- Dice Martí que...
- Decile que digo yo que lleve una camilla, porque lo voy a mandar al hospital. El chasque volvía a correr:
- Dice Balza que... A las doce, toda la clase, agregados algunos chicos de tercer grado, seguían a los rivales en dos grupos. Llegaron al terreno baldío, dejaron los útiles en el suelo, se arremangaron las camisas. Todo parsimoniosamente. Un círculo de caras ansiosas los observaba. Silencio emocionado.
- ¿Ahora?
- preguntó Martí.
- ¡Ahora!
- respondió Balza. Y ambos, vueltos hacia los curiosos, comenzaron a repartir golpes. El círculo se rompió. Sorprendidos, algunos huyeron. Otros comenzaron a devolver los golpes. Y pronto, Martí y Balza, cada cual acosado por seis o siete muchachos, peleaban desesperadamente.
- ¡El botón!
- gritó alguno de los que había huido hasta la entrada. Se vio el casco de un vigilante. Desbandada.

***

Martí tenía un ojo negro, un arañazo en la boca, el cuello de la camisa roto. Balza sangraba de la nariz, una manga de su camisa destrozada, un diente se le movía; pero los dos amigos iban alegres. Animadamente, comentando los detalles de la lucha.
- Yo, a Rodríguez, el que me dijo que vos me habías puesto la cola, lo atrapé de una mano y se la mordí hasta que me llené la boca de sangre.
- Y yo la primer trompada se la di a Silverri, el que hoy llevaba y traía lo que nos decíamos. Rieron a carcajadas.