narrativa

LA BOLSA DE SAN LUIS GONZAGA

El lugar donde el pasado se defiende más largo
tiempo es justamente aquel donde se dice que se
prepara el porvenir: el colegio.

Lavisse

Desaliñado, casi sucio, muy alto, cara larga y macilenta, los anteojos de gruesos cristales, de miope, siempre cayéndosele sobre la nariz, el cabello escaso, seco, descolorido; el señor Tristán, maestro de cuarto grado, presentaba un aspecto deficiente y opaco. Al principio, los chicos se propusieron burlarlo: Inauguró su segunda hora de clase con una bola de papel mascado que se le aplastó en el pecho. El señor Tristán no intentó imponerse. Suplicó, con voz lenta, quebrada por la fatiga, tropezando en las erres:
- Queridos jóvenes: ¿Por qué hacen esto con su profesor? ¿No temen el castigo Divino? No es a mí a quien deben temer. ¡Es a Dios! ¡Dios!... Pero aquí gritó con tal ímpetu la palabra Dios, que la chiquillada se estremeció.

El maestro seguía:
- Dios, ahora allá en el cielo, está mirando. ¡Él me vengará! ¡Él lo ve todo! ¡Cuidado, eh! ¡No digo más! ¡Pero cuidado!... Un silencio absoluto reinaba en la clase. La sorpresa y el terror se habían apoderado de todos. Sorpresa de aquel maestro que no amenazaba con penitencias, sino con Dios, omnipotente y terrible, a quién habían aprendido a respetar y a querer en sus hogares católicos. ¡Dios, el vencedor de Satán! ¡Dios!... ¿Y Dios vengaría a aquel raro maestro? El recurso surtió un efecto fulmineo. Desde ese instante ninguno pensó en burlarlo.

Se limitaron a ponerle un apodo: "El Monaguillo". Este respondía mejor que su apellido al pobre aspecto, a la triste cara, a los ademanes cortos y al místico lenguaje del maestro. Si contaba una anécdota, era de algún santo. Si hablaba de un amigo, éste había sido sacerdote. Si leía algún libro, era religioso. Incitó a que los chicos comulgaran. Les habló de las torturas del infierno y los deleites del paraíso. Hizo de los treinta alumnos, treinta pájaros enjaulados entre los barrotes dorados de sus palabras, brillantes de cuentos milagrosos y duras de amenazas místicas. "El Monaguillo" era obedecido y respetado. Se le rodeó de santidad. Nunca impuso una penitencia, no lo hubiera necesitado tampoco.

Una mañana, al comenzar la clase, el maestro, con tono solemne, habló a sus alumnos:
- Hijos: Ya saben ustedes que yo soy devoto de San Luis Gonzaga. He puesto a todos ustedes bajo su protección. A él ruego por ustedes. Él me ayuda a hacerlos buenos y temerosos de Dios. Ustedes serán felices porque él, San Luis Gonzaga, los protege... Los treinta alumnos, quietos, escuchaban inmóviles, predispuestos a emocionarse. El maestro parecía un clérigo predicando. Su modesto escritorio se había transformado en su empinado púlpito:
- Hijos, hijos amados, hijos buenos, hijos temerosos de Dios; ¿No es justo que ustedes también hagan algún sacrificio por su santo protector? Esperaba la respuesta. Nadie habló. Los muchachos se hallaban como entontecidos. Insistió:
- Respondan. ¿Es justo? ¿Están dispuestos a hacer un sacrificio por San Luis Gonzaga, el santo que vela constantemente por vuestras jóvenes vidas? ¿Eh? Uno, más suelto, dijo:
-¡Sí, señor! Y la clase entera, atropellándose en catarata generosa, se fue detrás. La afirmación, unánime:
- ¡Sí, señor! El maestro cayó sobre su asiento y quedó allí un buen rato con la cabeza entre los puños. Parecía como que llorara. Los niños, emocionados, lo observaban sin atreverse a pestañear. Al fin, sacó él su pañuelo y se lo pasó por los ojos. Habló:
- ¡Lloro de alegría, queridos niños de mi alma! ¡Son ustedes unos santos! ¡El protector de todos nosotros, allá en el cielo, ha de tener hoy el más dichoso de sus días! ¡Muchas gracias! ¡En nombre de él, muchas gracias!

Y volvió a quedar petrificado, con la cabeza entre los puños, ante el silencio de los niños. Habló otra vez: El sacrificio que les voy a pedir no es mucho: son diez centavos semanales. ¿Diez miserables centavos, quién no los tiene? Diez miserables centavos, ¿quién de ustedes no los gasta todas las semanas en caramelos o galletitas? Con sólo diez centavos semanales vamos a hacer a nuestro santo protector la ofrenda que llamaremos "el desprecio del dinero". ¡Qué alegría para él! ¡Ver que treinta de sus más jóvenes devotos, treinta almas puras y blancas, treinta queridos niños, le demuestran su desprecio al inmundo, maldito, satánico dinero! ... ¡San Luis Gonzaga
- imprecó, cara y manos arriba, ahora dirigiéndose al santo
-: recibe esta ofrenda pura, ya que el impuro dinero se purifica al pasar por las manos purísimas de tus niños amantísimos! El maestro quedó un instante en éxtasis y, volviendo a la tierra, expuso a los niños su proyecto: Todos los lunes cada uno traería diez centavos. Eran treinta almas, se recogerían tres pesos. El cambiaría las monedas en billetes, metería a éstos en una bolsa y ésta se colgaría debajo de la estampa del santo. Allí quedaría toda la semana, y el sábado, antes de irse a sus casas, quemarían todo, bolsa de papel y dinero. Terminó:
- Que ese dinero maldito, transformado en humo, suba al cielo. Él será la ofrenda que ustedes, semanalmente, harán al santo que los liberará de todos los males de la tierra. En ese humo irá el más sublime de los desprecios: ¡El desprecio al dinero! Los niños aceptaron, naturalmente.

El lunes, los treinta niños llegaron cada cual con sus diez centavos. El maestro sacó tres pesos en papel, guardó las monedas y colocó los billetes dentro de una bolsa que colgó debajo de la estampa de San Luis Gonzaga. Allí quedó los seis días. El sábado, antes de salir, el maestro cerro la puerta, misteriosamente, descolgó la bolsa, la puso en el suelo, la pateó y después le echó un poco de alcohol... Sacó un fósforo: Los chicos se descogotaban por mirar, como si allí se quemara el cuerpo aborrecible del mismo demonio.
-¡Recen un padre nuestro!
- gritó el hombre. Automáticamente, dominados, los treinta chicos empezaron a recitar:
- Padre nuestro que estás en los cielos. Santificado sea tu nombre... El maestro acercó el fuego a la bolsa de papel y una alegre llama roja comenzó a bailar ante los ojos atónitos de las criaturas, que rezaban, acompañados por la voz del hombre, ahora caído de rodillas:
-¡Padre nuestro que estás en los cielos!... Algunos niños también se habían arrodillado.

De bolsa y dinero sólo quedaba un leve montoncito de ceniza. El maestro la recogió y, alzándola a modo de ofrenda, la alargó a la estampa del santo:
- San Luis Gonzaga
- rogó
-, recibe esta ofrenda de ceniza. ¡Aquí te presentan su desprecio al dinero, treinta almas puras, inmaculadas, santísimas almas de niño! Y tiró la ceniza al canasto de papeles.

Dos sábados más se repitió la escena. El cuarto, Martín, antes de que el maestro descolgara la bolsa, se puso de pie y, haciendo sonar los dedos, indicó su deseo de decir algo:
- ¿Qué desea?
- Yo había pensado
- comenzó el chico tímidamente, yo había pensado
- y se animó de súbito, como si su noble propósito, apoderándose de él, lo inspirara
-. yo había pensado que sería mejor, en ves de quemar ese dinero, dárselo a un pobre. Conozco una mujer que vive en la cuadra de mi casa, Es una vieja paralítica, el hijo es un borracho, que a veces falta a la casa varios días, y la viejita no tiene qué comer. Los vecinos la ayudan. Si nosotros le lleváramos todos los sábados esos tres pesos...

No continuó. El maestro, que al principio se turbara, recuperando su aspecto habitual, lo había interrumpido. Pero no hablaba al niño, hablaba a la estampa del santo:
- ¡Perdona, San Luis Gonzaga, perdona a este pequeño hereje! ¡No es él quien habla! ¡No! ¡Es la lengua del ateísmo la que habla por su lengua! ¡Es el demonio que se ha posesionado de él, quién piensa por su cerebro! ¡Perdónalo!
- Y se dirigió a Martín, ahora tembloroso
-: ¿No tiene miedo de que se le seque esa lengua de víbora? No tiene miedo de que el santo, ofendido contra usted, pida al Supremo Todopoderoso un castigo ejemplar, y que usted ahora, al llegar a su casa, la encuentre en ruinas, devorada por el incendio, o que encuentre a su madre... ? ¡Oh, no Dios mío, no me atrevo a decirlo tampoco! ¡Perdónalo, San Luis misericordioso!
- Y volvió a la carga sobre el niño
-: Ha pensado usted en lo que ha dicho? ¡No! ¿Ha pensado en su blasfemia? ¡Preferir un ser humano, aunque éste sea una pobre vieja paralítica, preferirlo a un santo! ¡Contésteme! ¿Ha pensado en lo horroroso, en lo inconcebible, en lo monstruoso de su herejía? ¡Contésteme! El niño no pudo contestar: lloraba con hondos y angustiantes sollozos.
- ¡Se arrepiente el hereje!
- himnó el maestro, dirigiéndose al santo
-. ¡Este es tu perdón, San Luis divino! ¡Gracias!
- y ahora, al chico, quebrado por el dolor, ahogado en sus sollozos
-: !Está perdonado! ¡Levante esa cabeza arrepentida! ¡Mire al santo con sus ojos culpables, pero inocentes! Se aproximó al chico, levantó su abatidísima cabeza, le dio un sonoro beso paternal en la afiebrada frente. Y gritó:
- ¡En nombre de San Luis Gonzaga, estás perdonado!

El chico volvió a llorar, pero ahora sin angustia, dulcemente, emocionado. También lloraban otros niños. Ese sábado se quemó la bolsa de dinero con todos los niños puestos de rodillas. Se cumplieron cinco sábados más. El acto de fe había perdido algo de su solemnidad. Como con todos los ritos, a fuerza de repetirlo, se había hecho costumbre. Una semana un chico, en vez de dar los diez centavos, se los gastó en un barrilete. El maestro los puso por él. Otra semana fueron tres los que claudicaron, aunque dando excusas. El maestro recurría a sus gestos, a sus gritos, a sus amenazas; pero éstas también iban perdiendo su primitiva eficacia. También se habían hecho habituales. No faltaba niño que al ver al "Monaguillo" con los puños frenéticos en alto, la cara violeta, la voz cavernosa augurando catástrofes, se reía para sí. La cólera divina es una piedra que afila la fe, le da brillo; pero a fuerza de abusar de ella, la gasta. Los chicos ya no temían como antes; pero continuaban trayendo sus diez centavos todos los lunes.

Un sábado en el recreo anterior a la última hora en que debería cumplirse en acostumbrado acto de fe, un chico dijo a otro, cuidadosamente:
- Tengo una idea.
- ¿Cuál?
- Ir de una disparada hasta la clase, sacar los tres pesos de la bolsa... ¡y guardarnos los tres pesos para nosotros!
- Tengo miedo.
- ¿De que nos vean?¡ No nos verán!
- Tengo miedo del santo...
- ¡Si es una figura en un papel!...
- Pero el verdadero está en el cielo...
- ¡A mí me parece que son todas macanas del "Monaguillo"! ¡Tres pesos! ¡Uno y medio para cada uno! ¿Has tenido alguna vez un peso cincuenta?
- ¡Nunca!
- Entonces, vení... Y lo tomó del brazo.
- Sí, pero...
- decía el otro, dejándose llevar
- Digámosle a éste… Cerca de ellos pasaba el niño que propusiera dar los tres pesos a la vieja paralítica. El temeroso necesitaba más cómplices. Le parecía así que, compartiéndolo, su delito no sería tan enorme.
- Si le decimos
- respondió el de la idea
-, le vamos a tener que dar un peso a él.
- No importa. Queda uno para cada uno.
- Vení, che. Oí una cosa: ¿Qué te parece? Se nos ha ocurrido irle a sacar los tres pesos de la bolsa y poner papeles de diario. ¿Eh?
- ¿Y le damos los tres pesos a la viejita?
- preguntó el otro
-. ¡Bueno, sí!
- terminó entusiasta.
-¡No!
- Son tres pesos, uno para cada uno.
- Si vos querés dale el tuyo a la viejita...
-¡Bueno!
- aceptó el filántropo
-. ¡Vamos!
- y por el camino pensaba: le daré cincuenta centavos a la viejita y me guardaré cincuenta para mí. Llegaron corriendo. Uno se paró en la puerta, para vigilar. Otro arrimó una silla. El tercero se subió. Abrió la bolsa y metió la mano.
-¡Oh!
- hizo, y casi cae de la silla. En la mano tenía papeles de diario.