narrativa

HILACHA

Los niños no deben ir a la cárcel.
Concepción Arenal

- ¿Usted es el director?
- Sí.
- Yo vengo para que me dé un trabajo. Soy Hilacha. Tengo trece años. ¿Usted se llama Aníbal Cruz?
- Sí.
- Usted es el que busco, entonces. Aquí traigo una recomendación de su amigo Alvaro Yunque. Léala. El hombre tomó el papel que le alargaba el muchacho. Leyó: "Amigo Cruz: El portador de ésta es Hilacha. Un muchacho macanudo, a pesar de todo... Este a pesar de todo que le subrayo es su vida
- que él le contará
-, una vida delincuente y desgraciada, no por culpa de él, que es bueno y ansía ser feliz.

Hilacha quiere ser actor. Tiene condiciones. En sus manos podrá convertirse en un Caravaglia. Tómelo. Y lléveselo de aquí, lejos, lejos de sus amistades, lejos de la madre, sobretodo, que es quien lo ha corrompido. En Buenos Aires terminará por hacerse un célebre ladrón. Así acaban los niños pobres inteligentes si se los abandona a su destino, o sea, el destino que les marca la sociedad. Lléveselo usted con su compañía. Sé que va a viajar por América y España. Si me saca una excusa para no tomarlo, no lo saludo más a usted. Y supongo que no querrá perder un amigo. La mano. Yunque

Aníbal Cruz sonrió al terminar de leer, y miró al muchacho detenidamente: era un chico alto, flaco, de ojos azules. Los ojos le convencieron. En ellos había bondad e inteligencia. El muchacho sonrió.
- Tenés sonrisa de sinvergüenza
- sentenció el hombre.
- Soy sinvergüenza
- afirmó el muchacho
-. Pero mi amigo Alvaro Yunque dice que la culpa no la tengo yo.
- ¿Y quién la tiene?
- Dice que todos menos yo.
- ¿Hace mucho que lo conocés?
- Desde anoche. Le quise robar la cartera en la plataforma de un tranvía. Me pescó cuando se la sacaba...
- ¿Y por eso se hicieron amigos?
- Sí, en lugar de hacerme llevar preso, me llevó a una lechería. Conversamos. Es decir, yo le conté mi vida y nos hicimos amigos. Me ofreció emplearme. Por eso estoy aquí. ¿Qué me contesta?
- Te empleo, sí.
- ¿Voy a ser actor?
- Sí.
-¡Oh, qué lindo, qué lindo, qué lindo! Y voy a viajar por muchos países?
- Sí.
-¡Esto sí que es ganarse la lotería!
- Vamos a tomar un café. ¿Y por qué sos ladrón?
- ¡Canejo! ¿Sabe que es difícil contestar? ¿Por qué usted es director de compañía? ¿Por qué usted nació en España, de padres honrados, y yo en Buenos Aires, de chorros? ¿Será por eso?
- En España también hay ladrones.
- No me lleve a España, entonces, en cuanto me ven se me acercan. Los ladrones me conocen por el olor. Una vez fui a Tandil... El mismo día que llegué yo ya era amigo de tres ladrones. ¿En todas partes hay ladrones?
- Sí.
- ¿Por qué?
- Porque en todas partes hay injusticias. Mientras haya gentes que posean lo que les sobra, habrá ladrones. ¿No te lo ha dicho tu amigo Alvaro Yunque?
- Sí, me dijo algo parecido. Me dijo muchas cosas raras. Algunas las entendí, otras, no. Pero sí entendí bien que yo soy bueno, y que si soy ladrón, no es por culpa mía.
- ¿Te gusta que así sea?
- ¡Ya lo creo! Antes, cuando me creía malo, cuando me creía ladrón por mi culpa, me tenía... no sé qué me tenía... No encuentro la palabra.
-¿Desprecio?
- No sé.
- ¿Repugnancia?
- ¡Sí, eso! Ahora, no. Ahora me parece que me hubiera bañado, cambiado de traje y echado agua colonia.
- Todo eso lo vamos a hacer.
- Me parece que ahora yo no soy yo. ¿Y qué nombre me va a poner en los programas, porque yo voy a figurar en los programas, verdad?
- Sí, ya lo creo. Elegí vos el nombre.
- Póngame Alvaro... Alvaro...¿Estaría mal si me pusiese Alvaro Cruz?
- No está mal; pero ¿por qué no usás tu apellido?
-¡No!
- Por qué?
-¡ Porque no! Ni mi apellido ni Hilacha quiero llamarme. ¿No le dije que yo no era yo ahora?
- Muy bien, joven Alvaro Cruz, pero contame algo de cuando vos no eras vos. Hablame de Hilacha.
- ¿Quiere que empiece por mi madre?
- Me parece natural. Antes de hablar del fruto, hablar del árbol. ¿Era ladrona tu madre?
- Mechera.
- ¿Mechera? ¿Qué es eso?
- Robaba en las tiendas. Entraba en una tienda con una amiga. Le hacían sacar géneros o lotes al tendero; mi madre se metía algo en una bolsa que llevaba siempre bajo la pollera. Entonces se acordaba que tenía que ir a ver a uno o a otro, y dejaba a la amiga esperándola. La amiga charlaba y charlaba con el tendero y al fin se iba sin comprarle. Cuando yo tuve seis años empezó a llevarme a mí, en lugar de una amiga. Después que cargaba la bolsa, me dejaba a mí esperando. El tendero acababa por olvidarse que yo estaba allí, y me iba. Al principio me iba sin nada, después, para no perder el tiempo, mientras hacía como que la esperaba, en un descuido del tendero, yo también me llevaba algo. Así me hice "descuidista". Mamá me comía a besos cuando yo llegaba con algo. Y me decía: "Salís a tu padre, Hilacha". También me daba lecciones. Cuando yo tenía diez años ya era un buen descuidista. Y como tengo cara de bueno, mi cara me ayudaba. Mamá me decía: "Tu cara de zonzo te va a ser útil en tu carrera. Cuando estés por pescar algo, poné los ojos más buenos que podás". Yo así lo hacía y no desconfiaban de mí. Entraba a un almacén, y pedía diez centavos de aceitunas. Mientras el almacenero me las servía, entraba otro amigo y levantaba algo, cualquier cosa. Nunca el hombre maliciaba que yo podría estar en combinación con el otro. Y por diez centavos tenía un salame, un queso, una lata de dulce o un bacalao. Elegíamos siempre boliches, esos almacenes sin dependiente, atendidos por el almacenero y su mujer, nada más. También nos fijábamos si el almacenero era gordo. Si era gordo, mejor. No podía corrernos. Una vez un almacenero desconfió de mí y me hizo llevar preso por cómplice. El comisario me soltó enseguida y cafeteó al vigilante que me llevó: ¿Cómo cree que este chico pueda ser ladrón? ¿No le ve la cara? Los chicos ladrones no tienen esa cara". Y como yo lo miraba triste, así, ve, con ojos de cordero, sacó unas monedas, me las dio y todavía me hizo una caricia. ¡Cómo se rió mamá cuando yo le conté esto! Decía: "¡Quién tuviese tu cara, Hilacha, quién tuviese tu cara de zonzo! Si yo tuviese tus ojos, me haría rica."
- ¿Y tu madre no se parece a vos?
- No, mamá tiene cara de sinvergüenza, y ojos de mala, negros y brillantes; yo los tengo azules y dormidos. Yo sólo saqué de ella la sonrisa. Por eso, cuando usted decía que mis ojos eran buenos e inteligentes, me sonreí. Para que usted viese que también era sinvergüenza.
- ¿Y por qué hiciste eso?
- Para no engañarlo.
- ¿Y por qué no me querés engañar a mí, vos que vivís del engaño?
- Porque yo soy pisólogo.
- Psicólogo, querrás decir.
- Sí, yo no tengo instrucción. Sólo fui hasta primer grado. Mamá me sacó del colegio para que la ayudase en su trabajo. ¡Lloré más ese día!
- ¿Te gustaba ir al colegio?
- Me gustaba aprender. Además, no me gustaba ayudar a mi madre. Quiere que le diga una cosa que sólo se la he dicho a mi amigo Yunque? Yo no la quiero a mi madre.
- ¿Por qué? ¿Ha sido mala con vos?
- No. Nunca me ha pegado. Ni cuando estaba borracha. Ella me quiere mucho. Me compraba masas, me daba dinero para el cine y los cigarrillos, pero yo no la quiero a ella.
- Seguí contando, Hilacha.
- No me llame Hilacha. Ya no soy Hilacha.
- Tenés razón. Hablá.
- Después ascendí, como decía mamá. Me hice "balconista". Usted no debe saber como trabajan los muchachos "balconistas". Le voy a explicar: El balconista labura en los pueblos donde hay chalets de ricos. Como nosotros vivíamos por el puente Saavedra, yo estaba cerca de Vicente López, de Olivos, de San Isidro, que están llenos de quintas. Se trabaja al anochecer. Generalmente, en las casas grandes, a esa hora, en la sala, no hay nadie. Entonces se tira una piedra a un vidrio que se rompe. Si oyen, alguien sale a la calle. No ven nada, porque uno se ha trepado a un árbol. Si no oyen, se mete la mano por el vidrio roto, y se pasa adentro. Allí siempre hay cosas buenas para cambiarlas por plata. "Los Marcados", dos hermanos que tienen agencia de lotería y son redobloneros y quinieleros, compran lo que uno les lleva. Y como le pasan una mensualidad al comisario, no hay peligro. Trabajé cerca de un año de "balconista". Para robar más es bueno llevar un amigo que haga de campana mientras uno está adentro. Pero yo prefería andar solo.
- ¿Para ganar más?
- No. Para que otro no supiese que yo robaba. Yo he sido ladrón, pero sin querer serlo. Pensando en dejar de ser ladrón. Además, siempre me ha ido mal de ladrón. Eso quiere decir que no debo ser ladrón.
- ¿Has estado preso alguna vez?
- Bastantes. Por suerte, he caído en la Provincia de Buenos Aires. Allí, "Los Marcados", con sus cuñas, me sacaban... Una mañana acompañé a mi mamá a una tienda. Ese día la pescaron. Negó, pero inútilmente. Había un pesquisa que la vio meter unas batas de seda en su bolsa. Mamá se hizo la desmayada. Yo escapé. Y como tenía miedo de ir a casa, quedé en la calle. Un diariero me consiguió diarios para que vendiera; pero el jefe de revendedores me quiso robar, y le partí la cabeza con un vaso. Fui preso. Como esto ocurrió en la capital, los "Marcados" no pudieron sacarme. En el calabozo conocí a Vallejo, un muchacho de dieciséis años, y ya ladrón famoso. Nos llevaron a un reformatorio de menores. Allí nos pegaban tanto y nos hacían pasar hambre, que nos escapamos. Vallejo quería que lo acompañase. Lo abandoné. Quería que robara con él, pero yo no quería ser ladrón. Me conchavé en un depósito de vino. No me pagaron los siete pesos que me habían prometido y me echaron a la calle para tomar a otro muchacho. El patrón hacía eso todos los meses para tener empleados gratis. Cada vez que he querido dejar de ser ladrón, me ha pasado lo mismo: he encontrado a alguna persona honrada que me robaba a mí. Y he tenido que volver a robar. En una casa me tomaron para cebar mate, nada más. No me ofrecieron sueldo, pero me hacían lavar patios, lustrar pisos y casi no me daban de comer. Estuve una semana. Me fui. Recuerdo que la señora, desde la puerta de calle, me gritaba: "¡Desagradecido"! No se que debía agradecerle. Que me hiciese rebajar cuatro kilos en la semana que le trabajé por la casa y la comida?... Después me topé con el Tano Pupo, y me hice cuentero. El Tano Pupo sí era un buen tipo. Vivía en una pieza de conventillo, dormía en un catre sin colchón; pero a la calle salía siempre muy bien vestido, con yaqué, bastón y galera. La "pinta" le servía para su trabajo. Además, tenía facha de decente, lindo tipo, canoso, con grandes bigotes para arriba y anteojos de carey. Quién iba a desconfiar de un hombre tan paquete? Era napolitano, por eso le llamaban el "Tano Pupo". El se llamaba Pascual Pupollino. pero en algunas partes le decían Doctor Pupollino. Le voy a contar como "cuenteaba" el Tano Pupo. Operaba en las estaciones de ferrocarril. Allí siempre se encuentra un pajuerano, tipo atontado por el barullo de la ciudad, y con sus buenos pesotes en el bolsillo. Cuando el Tano Pupo "manyaba" un pajuerano, me lo señalaba. Entonces yo, acercándome a él. Con la cara más inocente de mi repertorio, le decía:
- "Señor, qué es esto? Y le mostraba una moneda de oro, un argentino. El pajuerano se detenía a mirar, y el Tano Pupo intervenía: "Eso es un argentino, vale según el cambio". Le decía al otro, despacio, como para que yo no oyera. Y a mí"

"¿Dónde la encontraste, chico?". Yo, sacando la moneda de manos del otro, me apartaba, receloso. El Tano se quedaba "chamuyando" a la víctima. ¡Tenía una labia el Tano Pupo! Se me acercaban los dos. El Tano tomaba la palabra. Si no hubiese sido "cuentero" hubiera servido para diputado. "Te compramos esa medalla" me decía. "Bueno", aceptaba yo," pero si me compran todas, aquí tengo más". Y sacaba otras nueve monedas de oro. El Tano hacía aspavientos y muecas, le hablaba por lo bajo a la "víctima". Al fin éste quedaba convencido. ¡Si el Tano era capaz de convencer a una estatua! El pajuerano sacaba dinero y el Tano también. "¿Cuánto querés por tus diez medallas?" "Cincuenta pesos". Ellos siempre ganarían, pero antes de aceptar me proponían ir a una casa de cambio, a ver a cuánto estaban los argentinos oro. Y encargaba al pajuerano que fuese y los cambiase. Yo aceptaba entregarlos siempre que uno de ellos se quedase conmigo y se hiciese un paquete con su dinero y mis monedas. El Tano hacía el paquete y se lo daba a la "víctima". Cuando éste iba a alejarse, sin recelar nada, ya que él llevaba todo, el oro y los pesos, el Tano lo volvía a llamar: "No meta el paquete en ese bolsillo, se lo pueden robar; métalo en éste." Le sacaba el paquete de donde lo había guardado y le hacía el cambiazo, metiéndole en el bolsillo interior del saco otro que sólo contenía papeles. No bien el pajuerano doblaba la esquina, nosotros subíamos a un auto. ¡Y que nos buscase!
- ¿Y qué se hizo del Tano?
- Está preso. Yo lo hice meter preso. Le voy a contar. Una vez, en un banco, una vieja española acababa de sacar trescientos pesos de la caja de ahorros. Ya se iba, cuando el Tano, que estaba allí conmigo, dándome el bastón y el sombrero, se le acercó y le dijo: "Señora, un momento, soy empleado del banco, permítame su libreta y el dinero. Hay una equivocación." La vieja le entregó todo, sin desconfiar. El Tano se metió entre la gente y salió por otra puerta. La pobre vieja quedó esperando. Al fin, empezó a preguntar a los empleados, a los policías.. Y se dio cuenta que la habían robado. Se puso a llorar y a decir que ese dinero lo llevaba para hacer operar a su hija y que ésta se iba a morir, que me dio lástima. Me acerqué a un vigilante y le dije dónde vivía el Tano Pupo. Esa misma noche dormía en el calabozo. Me volví a quedar en la calle. Y pasaron más meses. Trabajando y robando. Hasta que pensé suicidarme. Una noche tenía ganas de tirarme sobre las vías del tren. No tendría muchas ganas, porque cuando pasó el tren, en lugar de tirarme, me aparté. Esa noche llevaba dos días sin comer. Estaba triste y rabioso. No sabiendo qué hacer, me acerqué a un vigilante y le dije: ¿"Sabe una cosa, agente? Acabo de matar a un hombre". El vigilante me miró, sorprendido. "Lléveme preso". Él volvió a mirarme y, sonriendo, me preguntó: ¿"Has comido hoy?" "Hace dos días que no como". "Bueno, tomá, andá y tomate un completo en aquella lechería. Si cuando terminás, deseas que te lleve preso, vení a buscarme". Me dio unas monedas.. No volví a buscarlo. Al sentir el café con leche caliente en el estómago, me pareció que los calabozos eran demasiado fríos, que las tarimas son muy duras y que por la comida de la comisaría, no vale la pena estar encerrado. Antes de tomar el café con leche, pan y manteca, toda mi felicidad hubiese sido comer el puchero de la comisaría, dormir sobre una tarima. Más de dos semanas llevaba durmiendo sobre los umbrales. Poco tiempo después volví a encontrar a mamá. No la hubiese conocido. Estaba disfrazada de vieja jorobada. Y pedía limosna. Me llevó a su casa. Vivía con un hombre, que también se disfrazaba para pedir; pero él era rengo de verdad. Me recibieron muy bien. Me agasajaron. Mamá y el otro me quisieron hacer limosnero. Yo no quise, preferí robar. El marido de mamá se enojó mucho: "¡No, no, robar, no! Yo no quiero líos con la justicia. Yo soy un hombre honrado." Quise mendigar, pero no pude. Y volví a robar. El otro me echó de su casa. Mamá se quería venir conmigo y dejarlo. Yo escapé. Allí, por lo menos, ella no corría peligro de caer presa. ¿Para qué iba a sacrificarse por mí? Si yo la hubiese querido, bien; ¡Pero no queriéndola!... Y quedé en la calle otra vez, robando. Era inútil querer trabajar. Los hombres son muy ladrones, se aprovechan de los chicos... Hasta anoche, que me encontré con su amigo. ¿Así que me toma de actor?
-¿ Me va a pagar o sin sueldo?
- Te voy a pagar.
- Yo no quiero que me pague.
- ¡Vamos, hombre!¿Me crees tan "honrado" como para hacerte trabajar gratis?
- Cuando un chico entra a una escuela, él es quien paga. Yo debería pagarle a usted, que me va a pagar de actor... Cuando representemos Juan Moreira, deme un papel de vigilante. Tantas veces me han llevado preso a mí, que alguna vez quiero darme el gusto de llevar preso a los otros, aunque no sea de verdad.
- Nosotros no representamos "Juan Moreira".
- ¡Qué lástima!... Pero representen lo que representen, si hay algún vigilante, démelo a mí. Nunca me dé de ladrones. Yo no sé hacer de ladrón... ¿Por qué se ríe?