narrativa

EL PASTELERO

"Nunca fui candoroso, nunca fui niño,
nunca viví la aurora de los pañales."

Almafuerte

Algunos
- la mayoría de los hombres
- cargan con sus malas acciones que ellos solos saben. Las llevan dentro de sí como si levasen un puñado de piedras. A la inversa de la mayoría de los hombres, que llevan dentro de sí una molesta carga de íntimas y por nadie sabidas malas acciones, Leandro Curva lleva dentro de sí un caudal de acciones buenas por nadie sabidas tampoco. A veces se da a pensar en las acciones buenas por él ejecutadas y de él sólo sabidas. El recuerdo lo enciende, le da fuerzas, para continuar aumentando ese caudal. Y tiene días de buen humor y optimismo, en que su afean por acrecentar su caudal de acciones buenas, alcanza el grado de manía. Una manía menos perjudicial que la manía de coleccionar casas para renta, por ejemplo. Como inocente, esta manía de acumular en sí, bien dentro de sí, en lo más hondo de sí, acciones buenas y no hacerlo saber por nadie, es la más inocente de las manías.
- ¿Por qué llorás, chico?
- Tengo hambre...
- ¿Hambre? ¡Pues, comete uno de esos pasteles!
-¡No!
- Pero...
-¡No!

Leandro Curva reflexionó un momento. Entre las irregularidades de su ser, estaba la de intentar comprender por sí mismo las cosas. No preguntar. Cada cosa, cada hombre, cada espectáculo es un problema. Hallarle la ecuación. Despejar la incógnita. ¿Qué mayor placer?

Reflexionó un momento. El chico continuaba llorando. ¿La ecuación de este problema? Leandro Curva veía, sentía, borroneada, garabateada de reflexiones, su inteligencia. ¿Y la equis? El chico continuaba llorando. Era imperioso que no llorase más. Se decidió a interrogarlo:
- Pero, ¿por qué no te comés uno de esos pasteles?
- ¡No puedo!
- ¿Por qué no podés?
- Son de mi papá.
- ¡Ah! ¿Y estarán contados?
- Sí.
- Bien. Veo que la historia se repite: Evidentemente, la humanidad avanza muy despacio. Hoy, en el siglo XX, se da la batalla del Marne, ayer se daba la de Salamina. La historia se repite... La historia del niño martirizado...

El chico había vuelto a llorar; y su llanto hizo comprender a Leandro Curva que sus reflexiones ocupaban un sitio más a propósito para la acción.
- Vamos a ver, chico. Te compro media docena de pasteles. ¿Cuánto es?
- A diez centavos cada pastel, son sesenta centavos, señor.
- Muy bien. Aquí están los sesenta centavos. Y Leandro Curva miró a su alrededor; nadie lo veía. Se hallaban en una de las calles cercanas al puerto. Bajó la voz:
- Muy bien. Ahora, yo te regalo los seis pasteles. Comételos. El chico apartó seis pasteles y mordió uno. Tragó... Leandro Curva lo contemplaba comer.

Cada bocado que el chico tragaba, caíale a él
- ¿dónde?
- como un bocado de gozo. El chico terminó los seis pasteles, apartó otros seis, y mordió uno.
- ¡Eh! Ya te has comido los seis; si comés otros seis, tu papá...
- No señor
- lo interrumpió el niño
-; no, señor, no me hará nada. Mordió y, con la boca llena, explicose:
- Los pasteles valen cinco centavos cada uno; usted me dio sesenta, puedo comerme doce en vez de seis.
- Pero vos me dijiste que...
- Yo le dije que valían diez centavos cada uno, porque cuando encuentro un señor generoso que me compra pasteles y me los regala, no se fija si valen diez o cinco... Volvió a morder.

Leandro Curva quedó pensando, con tristeza. Lo interrogó:
- ¿Y comés así todos los días?
- Sí, señor. Mi papá no me da de almorzar, porque siempre encuentro un señor generoso que, al conocer mi historia, me compra pasteles... Ah, pero yo a mi papá no le digo lo que hago, porque si no me descontaría el precio de los que he cobrado de más...
- ¡Pero engañás a los que te compran pasteles!
- ¿Y qué voy a hacer? Si no, me quedaría con hambre.
- ¿Y cómo hacés para que te pregunten tu historia?
- Cuando veo llegar a un señor, lloro.
- ¿Y podés llorar cuando se te antoja?
- Sí, estoy acostumbrado.
- A ver, llorá.
- Si me compra otros seis pasteles, lloro.
- Sí.
- ¿A cuánto me los compra, a cinco o a diez centavos?
- A diez. Llorá. Y comenzó a llorar.

***

Leandro Curva se alejó punzado de pena, meditando: ¿Dolor, miseria, cinismo? Pero, ¿cuándo el dolor se casa con la miseria en un alma joven, puede engendrar otra cosa que cinismo? Se dio vuelta. El chico había dejado de simular llanto; y comía. Alegremente devoraba sus pasteles.

Leandro Curva se sintió turbio de repugnancia y ácido de desprecio. No quiso guardar esta anécdota en su interior recóndito. Temió corroer su puñado de buenas acciones anónimas. Y me las narró:
- Se la cuento para que usted, garabateador de papeles, la haga pública. Es preciso que se sepa hasta dónde pueden, la miseria y el dolor, degradar a un ser humano. Cuéntela, amigo, cuéntela... Yo le prometí hacer un breve cuento humorístico. ¿Cómo hacer un cuento serio, un borrón de vida, con elementos tales: Dolor, miseria, cinismo, tristeza, desprecio, un niño que llora en falso, un hombre que tiene la manía de hacer bien a su prójimo y no pregonarlo? Me tacharían de romántico. Y yo amaso verdad, no ilusiones; barro de las calles, no nubes del cielo. Y en un cuentecillo humorístico pueden caber tales elementos sin que el lector, indignado contra quien lo apedreara con tanta cosa sucia, fea y mal oliente, ruja:
- ¡Mentira, falso! ¡Eso no es verdad! ¡No puede haber tanta miseria! ¡No pueden existir una criatura tan cínica ni un hombre tan perfecto que haga el bien y no lo grite a todos los vientos!...