narrativa

EL MONITOR CORRUPTO

El pequeño ser humano se encuentra,
al momento de entrar en la vida, en
oposición con lo que le rodea.

Otto Ruhle

Quinto grado. El profesor, que es un hombre muy enfermo, falta. Se le sustituye con un muchacho del curso superior, un pupilo. Es casi un hombre. Muchachote moreno, redondo, flácido. Padece de fiebre palúdica. Se llama Crisóstomo Luna. Tiene las pupilas adormiladas y la sonrisa estúpida y cruel. Goza amenazando a los chicos de los que, por un día, se siente tirano. Y se hace pagar por no imponerles penitencias.
- Vos has tenido cinco faltas en el dictado
- dice a uno, pesadamente, como si le costase hablar y lo hiciera a empujones
-. Por cada falta te pongo diez líneas de penitencia. ¿Qué me das para que no te ponga las cincuenta líneas?
- ¿Un cuaderno?
- Sí. Y con absoluta impudicia, inconsciente de su acción, recibe el cuaderno que el chiquillo amenazado le ofrece.
- ¿Y vos, qué me das para que te saque la penitencia del jueves?
- ¿Y por qué me has puesto penitencia el jueves?
- protesta el chico.
- ¡Ah! ¿Protestás? Si protestás va a ser peor... ¿No me das nada?
- Otro cuaderno.
- No. Dame un libro.

El chico acepta. La visión de tener que venir a garabatear renglones el jueves por la tarde, día de asueto, espanta al más curtido a penitencias. Ninguno se salva de esta especie de diezmo. Unos protestando, y otros sin protestar. Unos: libros, cuadernos y lapiceras. Otros, dinero: diez o veinte centavos. Otros aun: sonrisas y adulaciones. Pero el tirano era astuto. No se dejaba comprar con éstas solamente. Recibía las adulaciones como una yapa, sin que satisficieran su codicia. La buena suerte lo había colocado en aquel puesto fugaz, y lo usufructuaba. La adulación y la sonrisa le eran casi indiferentes. Con él, se gastaban en vano. ¡Las conocía, Crisóstomo Luna! Las había usado mucho para no conocerlas. A ellas debía la confianza del director y esta suplencia que le brindaba cuadernos, lápices, lapiceras, libros, centavos. Y sonrisas y rencor, adulaciones e insultos (dichos en voz baja). Él lo recogía todo, apático. Y se iba satisfecho de su jornal. Los niños, barro de pueblo, soportaban su tirano de un día, pacientes, como una carga más de las muchas que una pedagogía absurda les obligaba a soportar.

Pero la falta del profesor, en vez de constituir una alegría en su triste existencia de escolares, pincelada de domingo sobre la monótona lápida gris de la semana, constituía un motivo de temor. Algunos le recomendaban al salir:
- No falte mañana, señor.
- No, no faltaré
- aseguraba, alegre, el pobre hombre, creyendo que la recomendación surgía del cariño que inspiraba a sus alumnos, o de la excelencia de su método.

***

Cierta vez, un chico propuso poner diez centavos cada uno, eran quince chicos, y dárselos al monitor, para que éste no penitenciara a nadie. Se le ofreció la propuesta. Reflexionó el muchachote y sonrió. Aceptaba. Entre los niños hubo trueques, deudas, operaciones de compra y venta... Al fin, el autor de la idea puso en la mano de Crisóstomo Luna, un peso y cincuenta centavos: el precio de su tiranía. Pero el monitor no cumplió su palabra. Los chicos, creyéndose seguros, conversaban y escribían mal. El comenzó a darles penitencias. Y al fin del día, hubo que redimirlas a cambio de cuadernos, lápices o centavos. Con él no valían ruegos: era implacable. Ni amenazas: era inmutable.

***

Julián, creyendo haber descubierto el recurso infalible de resistencia al tirano omnipotente y corrupto, propuso a los compañeros: No darle nada. Creyendo descubrir algo, Julián acababa de descubrir
- ¡Otra vez!
- la huelga. ¡Cuántas veces la habrán descubierto los oprimidos!

Se resolvió no dar nada al monitor. Ese día, éste comenzó a acumular penitencias, asombrado de que quien la recibía no intentase, inmediatamente, rescatarla.

Pero fracasó la huelga. Como todas las huelgas que fracasan: por debilidad de los huelguistas. Ineptitud para el sacrificio. Rompió el propósito uno, amedrentado por la amenaza de doscientos renglones. Lo siguió otro, condenado a un día sin recreo... Y todos los demás, por último, se entregaron. Todos, excepto Julián.

Estoicamente, ejecutó éste los cien renglones a que lo había condenado el verdugo de todos, con el pretexto de que se manchaba con tinta los dedos. Una hora y cinco minutos, después de la clase, quedó escribiendo, con su mejor letra caligráfica: "No debo mancharme los dedos al escribir". Y los presentó al monitor.
- Podés irte
- le dijo éste
-¿Has visto?
-¿Qué?
- preguntó el niño, hosco.
- Si hubieras pagado, te hubiera convenido más. Y reía con su estúpida risa cruel.

Julián iba a responderle con el insulto en que ya reventaba su odio; pero calló. No fue por miedo que no lo dijo. Calló, porque además de odio hacia él, experimentaba, vivo, un doloroso sentimiento hacia sí, por la injusticia. Temió sollozar también. Decir su insulto con la voz temblorosa. Sentía el sollozo infantil aleteándole en la garganta, dispuesto a volar en pos del insulto varonil que le quemaba la boca. ¡La tragedia de su espíritu ya hombre, encerrado en un débil cuerpo de niño! Sentía que el sollozo no nacía de él, de su voluntad, sino fuera de él, de su cuerpo de niño, de sus frágiles once años. No abrió la boca, y salió corriendo a la calle, ahogado. Allí, siempre corriendo, se libró de su sollozo a solas.

***

Y el monitor siguió oprimiéndolos. Dos veces más, por causas fútiles, Julián quedó penitenciado. Pero ya no quedó solo. La primera vez fueron cuatro los que se negaron a comprar su libertad. La segunda vez, siete. El ejemplo, eficaz como siempre, demostraba el teorema tantas veces demostrado ya: El poder del mártir. La tiranía no era inatacable.

Pero uno de los oprimidos, y también el más grande, más impaciente, propuso la violencia. El plan era éste: No bien entrara el monitor, él cerraría la puerta y todos, armados de sus reglas, lo atacarían. Como antes aprobaran la huelga, ahora aprobaron la revolución: por unanimidad. La resistencia de Julián y los que le seguían, había aumentado las injusticias del monitor. El exceso del monitor debilita al mismo poder. Hace posible la violencia.

Los conjurados no sentían respeto ninguno por el monitor. Cuando un poder sólo llega a sostenerse por su fuerza física, está condenado a caer, porque nunca es más fuerte que sus oprimidos. A los chicos, el monitor, sólo les imponía por su estatura y sus puños de hombre. Pero ellos eran quince...Decidieron la lucha. Ahora ansiaban que faltase el profesor. Y llegó el día.

No bien Crisóstomo Luna dejó caer en la silla su pesado cuerpo, esgrimiendo la regla saltó el chico más grande de la clase y, constituyéndose en jefe y alma del ataque, cerró la puerta estrepitosamente y le echó pasador. Volviose a sus compañeros, gritando:
- ¡Ahora! ¡Vamos!

No esperó ser apoyado. Resueltamente, cargó sobre el otro y le tiró un reglazo. Se defendió el agredido y de un tirón lo desarmó. El chico lo atacó a puñetazos y patadas. El otro respondió brutalmente, empleando su fuerza de hombre. De un empujón lo tiró al suelo. Y ya iba a patearlo, cuando una piedra, golpeándole en la cara, lo contrajo. El chico tuvo tiempo de levantarse. Pidió apoyo a os demás:
- ¿Y qué hacen ustedes? ¿Me dejan solo?

Los demás no se atrevían. En el momento bravo, sus almas de niños, conscientes de la debilidad de sus cuerpos, dudaban. Sólo Julián y otro se habían acercado al muchachote, aunque prudentemente. Los demás se movían en sus bancos, o de pie sobre ellos, con las reglas en alto; pero indecisos, nerviosos, pálidos de emoción. El más grande, valiente y decidido, volvió a atacar:
- ¡Vamos, métanle! Y se le fue encima. El otro no hizo más que estirar su puño y recibirlo con él en plena cara. Aturdido y acobardado, el chico dio un paso atrás. Y volvió a pedir apoyo, pero ahora con voz ya quebrada por el llanto:
-¿Qué hacen? ¿Tienen miedo? ¡Vamos! Todos juntos, ¡Vamos!...

Se movieron. Y no atacaron. El monitor parecía un jabalí acosado por una jauría, una jauría de cachorros asustados.

Y quizás hubiese quedado todo allí, pero el monitor tuvo un gesto que lo perdió, que reveló que él también tenía miedo. Quiso huir. Corrió hacia la puerta. Ya iba a quitar el pasador, cuando Julián, saltando sobre su mano, le hundió entera su blanca, filosa dentadura de muchacho. El monitor dio un ¡ay!, que puso en evidencia su debilidad y su cobardía. Gimiendo, intentaba en vano desprenderse de aquel chico que mordía con tesón, poniendo toda su vida en aquel mordisco implacable. Con la mano libre, comenzó a golpearlo en la cabeza. Julián mordía siempre...

El muchacho más grande, el jefe de la rebelión, que tenía instinto para la pelea, comprendió que el tirano estaba vencido. Y lo atacó. Siguiéronle otros. Los reglazos caían sobre la cabeza del monitor. Tres chicos tiraban de sus piernas. Al fin consiguieron hacerle perder el equilibrio. Cayó. Sobre él se echaron todos. Ahora no faltaba ninguno. ¡Todos sobre él! Tan afanados estaban, que muchos se pegaban entre ellos. Unos le aferraban los pies; otros las manos. Uno se habían obstinado en arrancarle los pelos. Los demás, con reglas o a puño limpio, descargaban golpes al caído, que, ya casi inerme, sólo atinaba a gritar. Nadie vio al director y a los otros maestros y alumnos, que, atraídos por el tumulto, empujaban la puerta. Fue preciso romper el vidrio para correr el pasador y entrar. Costó trabajo sacar al golpeado de aquella pelota movediza, erizada de puños y de pies: especie de monstruo informe al que el odio daba vida.

El director lo sacó de allí: ensangrentado, tembloroso, con las ropas hechas jirones, un ojo negro, una oreja desgarrada... Hubo que ayudarlo a caminar, conducirlo, gimiente y lloroso, a su cama de pupilo, donde pasó tres días. La mano mordida se le infectó: la tuvo dos semanas colgando del cuello, vendada, sin poder usarla.

El director quiso castigar a toda la clase y expulsar al promotor. Los niños se defendieron ardientemente. La culpa del golpeado era excesiva, y aminoró la de ellos. Tuvieron penitencia un jueves por la tarde, nada más. Lo soportaron con alegría. No sólo se habían librado para siempre del tirano. Ante el colegio, la clase quedó como heroica. ¿Qué sabían los otros de sus dudas y sus miedos? ¿Qué saben los que juzgan un acto heroico por los resultados, de los miedos o de las posibles dudas del héroe?

Los quince héroes, además, se constituyeron en cronistas. Quince narraciones pavorosas volaban de boca en oído. De ella resultaba que Crisóstomo Luna estaba construido de hierro y piedra por la previsora naturaleza. Tanto había golpeado cada uno de los quince héroes que si él hubiese sido amasado con blanda carne y frágil hueso, no hubiera quedado nada.

Para dicha de todos, por lo común, los héroes no sobreviven a su hazaña. No la cuentan. O mejor: no saben escribir, porque si la escribiesen, la historia no sería lo que es: Un aburrido embuste con sayal de ciencia. Sería un divertido embuste con magnífico plumaje de fantasía.