narrativa

El ARBITRO

"El alma del niño no es un vaso que se llena,
sino una lámpara que se va a encender".
Plutarco

- ¡Ni una palabra más, Braulio! Llevate esos ochocientos pesos que te faltan. Me los pagarás mensualmente. Si se los pedís a un prestamista, no te librarás nunca de él. De todas maneras, yo los tenía en el banco. ¿Los necesitás vos? ¡Llevátelos, pues!
- Gracias, Alberto. Dame un papel, te firmaré...
- ¡No faltaba más, muchacho! Entre nosotros, amigos de treinta años, Andar con recibos y papeles? ¡Sólo faltaba que quisieras pagarme intereses! ¿Desde cuándo tan formalista, vos?
- No es formalismo, Alberto; sólo es precaución. Puedo morirme...
- Tu mujer me los pagará. Y si me muero yo, vos se los pagarás a mi mujer.
- ¿Estás seguro?
- ¡Segurísimo! No es de hoy que nos conocemos. Ya ves, pobres los dos. Por qué? ¡Porque somos decentes! Para comprar este terrenito donde edificarte un rancho por mensualidades, allá, por no sé qué suburbio, donde el diablo perdió el poncho; tenés que pedir prestado. ¡Y hace un cuarto de siglo que yugás! Yo empecé a juntar para lo mismo. Y esos ochocientos pesos es todo lo que tengo. Enfermedades, clavos... ¡Ahí tenés todo mi capital! Ochocientos pesos. Y hace también otro cuarto de siglo que ando de Herodes a Pilatos buscándome el puchero. Vos siquiera has podido juntar algo más.
- Gracias a que mi mujer también trabaja. Con las lecciones de piano, me ayuda. Aunque ahora... En fin, voy a ver si le doy este gusto a la pobre. Hace años que sueña con tener su casa. ¡Cosas de mujeres!
- Ya que decís esto, te haré una advertencia: que mi mujer no sepa absolutamente nada de este préstamo. Ya sabés que ellas no son como nosotros. Nosotros creemos en la amistad y en que hay amigos. Recomendale a tu mujer que no le vaya a decir.
- No puede decirle porque están enemistadas.
- No lo sabía. Mi mujer ha de tener la culpa, porque no me ha contado nada. Pero para nuestro asunto, mejor que no se hablen.
- Esta noche te mando el recibo.
- No te saludo más si hacés eso. Mi mujer es capaz de abrir la carta, y si se entera, me araña.
- Te lo mandaré a la oficina. A la mañana siguiente, Alberto Gómez recibía un papel con estampilla, perfectamente legalizado, por el cual Braulio Guillón constaba haber recibido de él ochocientos pesos en préstamo. Y esa misma noche, Braulio Guillón recibía de su amigo Alberto Gómez el recibo hecho menudos pedazos. Al abrir el sobre y constatar lo que era, Braulio ocultó la emoción en una sonrisa, y estiró a su mujer el despojo del documento. Comentó:
- ¡Qué loco este Alberto! Siempre ha sido así, desde la escuela. Generoso, gran amigo. No tuve más que insinuarle el deseo del préstamo, ¡y ya me ofreció todo lo que tenía! Hombres así se encuentran pocos...

Y como su mujer callara, pensativa, él preguntó:
- Eh, ¿qué te parece, Micaela?
- ¿Qué?
- ¡El rasgo de mi amigo, pues! ¿Qué opinarías si yo hiciese esto?
- ¿Qué?
- Esto de prestarle dinero a un amigo, sin aceptarle documentos... La mujer siguió callada. Estaban solos. Desde la otra pieza llegaban los tecleos del piano donde Olegario, hijo de ellos, estudiaba música.
- No me has respondido
- insistió el hombre.
- Y...
- balbuceó ella
-, me parece que no estaría del todo bien. Tenés mujer e hijo. Primero está la educación de tu hijo, su porvenir antes que cualquier amigo.
- Igual podría haber pensado Alberto. Él tiene una hija.
- Sí, es cierto...
- Y me presta todo lo que tiene, sin recibo, con absoluta confianza.
- ¿Y su mujer?
- La mujer no lo sabe.
- Ya me parecía. Ella es más... Se detuvo. Él insistió:
- ¿Más qué?
- No encuentro la palabra.
- ¿Más egoísta, quisiste decir?
- No, más prudente. Él rezongó algo, ininteligible.

Y callaron. Desde la pieza contigua llegaban los acordes de una sonata.
- ¡Qué prodigioso pianista va a ser nuestro Olegario!
- exclamó la madre, y sus ojos cobraron vida extraordinaria al lanzar la exclamación
-. ¿Oís eso? ¡Qué estupendamente interpretado está! ¡Y un niño de catorce años, una criatura! Vos no podés valorarlo, pero yo sí, yo he tenido sueños artísticos, yo he deseado ser... ¡Y no soy nada! Cuando los padres tienen un hijo como él, con el porvenir de él por delante... No siguió hablando. El hombre la miraba, serio, sin comprender del todo, quizás con miedo de comprender. Desde la otra pieza, la música del piano ponía entre ellos una atmósfera de paz que los obligó a no seguir hablando. Sus pensamientos hostiles se iban adormeciendo en esa música que el idolatrado niño arrancaba del teclado. En silencio, recogidos, subyugados por su dulzura, se dejaban estar, ajenos a sí mismos, a su propia mezquina existencia, a sus preocupaciones diarias, insignificantes y terribles a la vez. De pronto, llamaron a la puerta.
- ¡Adelante! Entró un hombre, un desconocido.
- ¿Usted es el señor Braulio Guillón? Traigo una mala noticia. Algo que nadie esperaba, algo espantoso...
-¡Hable... hable!
- Su amigo Alberto...
- ¿Alberto Gómez? ¿Qué?
- ¡Se ha ahogado! Esta tarde, en el río. Fue a pasar el sábado con unos colegas de trabajo, entró al río a bañarse. Se alejó demasiado, resbaló en el canal... Braulio había caído sobre una silla. El estupor no lo dejaba hablar, tembloroso. El hombre se despidió:
-¡Me voy! Tengo que avisar a otros amigos...
-¿Pero está muerto, muerto?
- Sí, señor. De paso voy a avisar a las pompas fúnebres. El cuerpo ya está en la casa. ¡Me voy! Salió el hombre. De la pieza de al lado seguía llegando el raudal lento y magnífico de la música. El niño, ajeno al mundo de los adultos, tocaba. Seguía tocando, sin haber oído nada. La mujer comentó:
- Siempre imprudente, tu amigo. Estalló el hombre. De pie, con los puños frenéticos, como si la fuese a golpear, gritó:
- Es todo lo que tenés que decir, ¿eh? Avanzó. Ella, asustada, dio un paso atrás. Con el índice sobre la nariz, hizo ella una alarmada señal de silencio, y corrió a cerrar la puerta que comunicaba con la pieza donde el niño, entregado a su mundo, el sobrehumano mundo de los sonidos, vivía feliz. La mujer quería preservar al hijo de los dolores y de las tragedias que a ellos angustiaban. La música se apaciguó. Y ella se volvió al marido, suplicante:
- ¡Perdoname! Su palabra y su gesto, desarmaron al hombre que abrió los puños y se dejó caer nuevamente en la silla. Ella se puso a su lado y comenzó a acariciarle la cabeza, igual que hacía con el hijo. El hombre comenzó a restregarse los ojos, violentamente, como si deseara quitar de ellos una visión. Y murmuraba:
- ¡Qué horrible! ¡Qué horrible! ¡Si parece mentira! Ella lo seguía acariciando.

Él se puso de pie.
- ¡Voy para allá!
- dijo. Y comenzó a ponerse el saco, apresuradamente. Ya iba a tomar el sombrero, cuando ella se interpuso:
- ¿Y qué vas a hacer allá?
- ¡A verlo, pues!... Y además a devolverle a la viuda esos ochocientos pesos. Los va a necesitar, ahora...
- De eso quería hablarte...
-¡Micaela!
- gritó él, y los dedos se le crisparon como si quisiera estrangularla. Ella no se amedrentó. Muy serena, singularmente serena, con voz fría, dijo:
- La mujer no sabe nada.
- ¡Micaela!
- volvió a rugir él; la tomó de un brazo, y apretó, tembloroso de cólera. Ella, más calmosa aún, se deshizo de la mano que la asía tan brutalmente, y habló:
- Nos quedaremos sin el terreno. Ya has dado la seña... No podremos hacer la casa. No es por mí que pienso estas cosas. El... él... con la cabeza señaló la puerta al través de la que, algo opaco, seguía llegando un raudal de música maravillosa). El es un artista... no sabrá luchar en esta vida. Siquiera que tenga un techo seguro...
- ¡El hará de árbitro!
- decidió el hombre. Y antes de que ella pudiera impedírselo, abrió la puerta.
- ¡Olegario! ¡Vení! Y se dejó caer sobre una silla, exhausto. La música cesó de sonar y en la puerta apareció el niño: Alto, delgado, los cabellos en desorden y algo crecidos, cayéndole sobre la abombada frente. Los ojos claros, brillantes, limpios, bellos, que miraban sin ver bien aun, como si volvieran de un mundo luminoso y estuviesen obnubilados.
- Qué, papá?
- preguntó
- ¿Me llamaste? La madre se había acurrucado en un rincón, hosca.
- Sí, hijo. Vas a contestarme una pregunta. Meditá antes de responderme. Un poco asombrado, el niño se puso muy serio. Miró al padre, que hacía esfuerzos para aquietar sus nervios, miró a la madre, ceñuda, hundida en sí misma; y se aproximó a ella.
- ¿Qué pasa, mamá? ¿Por qué estás así, mamá? Aquí ocurre algo raro, mamá... Ella iba a hablar. El hombre la interrumpió:
- No es nada grave, hijo. No te alarmes. A nosotros no nos ocurre nada. Escuchá esto: Un amigo, pongamos que se llama Equis, le presta a otro amigo, Zeta, una cantidad de dinero. Nadie sabe que se los prestó. No ha quedado constancia alguna. De pronto, Equis muere. Deja la viuda y una hija.¿ Qué debe hacer Zeta? El niño sonrió. Abriendo las palmas, hizo un gesto vago, como si quisiera decir: ¡Pero esto que me preguntan es una tontería! Miró a la madre, que ahora hundía la vista en el suelo, y habló. Naturalmente, dijo:
- ¡Si no devuelve lo que le prestaron, es un ladrón! Braulio dio un salto, tomó su sombrero, se lo hundió bruscamente, abrió un cajón, sacó un puñado de billetes y salió, dando un fuertísimo portazo.