narrativa

1 + 1 SON 3

El niño es el intérprete del pueblo
Michelet

Iba yo lentamente por el camino que une Fortín Roca a Las Angustias. El sol patagónico, lo que quiere decir un sol bravo, como es todo lo de esta tierra, se hundía detrás de unos cerrillos pero se reflejaba sobre el camino salitroso. Frío. Soledad. Y viento. Que sin viento no hay Patagonia. El viento llega a ser un camarada entre tanto silencio y, sacudiendo piquillines y molles, hace creer que nuestra soledad, en medio del ancho camino salitroso, no es absoluta. Y no lo era. Oí un chistido. Miré, indagante... Tal vez una lechuza. Volví a andar, pero otro chistido, esta vez acompañado por una voz humana.
- Oiga, don...

Me detuve. De la barranca del canal de riego paralela al camino, surgió una cabeza. Y se irguió una figura humana. Nos separaban diez metros y, en tanto se dirigía hacia mí, la observé: bajo y ancho de hombros, con una boina de la que le brotaban mechones de pelo, caída sobre los ojos; botines gruesos, traje cualquiera, por lo menos tenía tres sacos, uno encima del otro. Seguramente todo ello era regalado, porque le sobraba. En el puño diestro apretaba un alarmante garrote. Disimuladamente, llevé la mano a la culata del revólver imprescindible. Sólo cuando lo tuve a dos metros, reparé por su cara imberbe, que quien se acercaba era un muchacho.

- Buenas tardes, don...
- dijo, y su voz aflautada de doncella desdecía notablemente con su catadura, y al decir esto, levantó la boina de los ojos.
- Disculpe que lo haya detenido. ¿No podría darme una limosna?
- ¡No!
- le respondí, secamente agresivo. Y quedé mirándole a los ojos, unos ojos azules, grandes pero inexpresivos, que daban a su rostro blanco una perpetua expresión de azoramiento. El muchacho quedó serio, inmutable. No sonrió, siquiera, para suavizar un poco la situación. Yo esperé a que él hablara. Muy calmoso y grave, con un dejo burlón, dijo:
- Estoy acostumbrado a estas contestaciones poco... poco. (Buscaba el adjetivo y lo halló al fin, acentuando al decirlo el dejo burlón de su tono). A estas contestaciones poco corteses. No sé por qué yo experimentaba, ante aquel muchacho a quién calculé catorce o quince años, a lo sumo, una extraña, insólita necesidad de mostrármele hostil y duro. Le pregunté:
- ¿Sos mendigo profesional? No respondió a mi pregunta. Grave y calmoso, narró:
- Anteayer ocurrió un caso lindo en la calle Nahuel Huapí, en Buenos Aires. Puede leerlo en los diarios del 10 de agosto. ¿Usted no lee las noticias de policía? Yo, sí. Yo siempre las leo. Es lo más interesante que tienen los diarios. Allí se aprende a conocer a los hombres. El caso que le iba a contar es éste: Iba por la calle Nahuel Huapí un viejo de ochenta años, rentista, cundo un mendigo le pidió limosna, un mendigo joven aun, en condiciones de trabajar, cuarenta y cinco años. El viejo rentista pensaría lo que piensa siempre un rentista: Por qué no trabaja en vez de pedir limosna. Y respondió al mendigo, seguramente: ¡No!, Como usted me acaba de contestar a mí. El mendigo, entonces, le dio un palo en la cabeza y escapó, ¡El rentista al hospital! ¿Lindo el caso, eh? Comprendí. Rápidamente di un salto, le arrebaté el garrote y lo boté lejos, al canal. Y quedé mirándolo. El muchacho no se inmutó esta vez tampoco. Se asomó al canal, escrutó, y dijo:
-¡Suerte! Allí está. No ha caído al agua. Después lo voy a recoger. Necesito mucho ese garrote. Para pedir limosna por estos lugares tan solos y donde todo el mundo anda armado, es útil tener un garrote así. No porque yo vaya a darle un palo a quien me niegue limosna. No soy tan estúpido. Pero la gente da con más gusto limosna a quien teme que a quien compadece. Compadecer es una manera de despreciar. El personaje ya me había interesado. Decidí hablar largamente con él.
- Ni por miedo ni por desprecio
- le dije, y le alargué un puñado de monedas. Las tomó con la misma indiferencia que a mis palabras y actos anteriores. Musitó:
- Gracias. Y que Dios se lo pague, eso si usted todavía sigue creyendo en Dios... Sonreí.
- ¿Y vos?
- le pregunté.
- Yo creo en mí. Es más seguro. Los que creen en Dios confían en los otros hombres. Yo sólo espero algo de mí.
- Sin embargo, yo te acabo... No me dejó concluir:
- Usted me ha dado esas monedas porque yo soy quien soy. Otro, al recibir su ¡no! Se va. Yo me quedé. Y usted tuvo que darme la limosna que antes me negó. Subrayó el tuvo con fuerza. Le di la razón:
- Es verdad, muchacho. Vos no sos como los demás muchachos de tu edad. ¿Tenés quince años?
- Trece solamente; pero todos me echan más edad de la que tengo. Porque he vivido mucho, mucho en pocos años.
- Si no tenés apuro, vamos andando. Se hiela uno aquí parado al viento. Yo vivo en la chacra que está al doblar este camino. ¿Querés comer y dormir allá esta noche?...
- No. Conozco al dueño, un andaluz que compone versos. Y no me suena. No es malo, el hombre; pero me da consejos y me quiere dar trabajo. Y yo no quiero trabajo, ni necesito consejos. Yo, con mis trece años, sé más de la vida que él con sus cuarenta. ¿Para qué voy a trabajar? Tener esa chacra que casi no es de él y estar obligado a trabajar todos los días como un esclavo. ¿Para qué? El flete del ferrocarril y los acaparadores, le llevan todo. Lo he visto vender manzanas grandes como cabezas de chicos, a dos centavos el kilo. Ahora tiene que sacar las vides para plantar alfalfa, porque el vino se le agria y no tiene a quien vendérselo. ¡Y todavía le aconseja a uno que trabaje! Lo acompaño hasta la tranquera de la chacra y me vuelvo a buscar mi garrote. Ese andaluz trabajador es de los que creen que 1+1 son 2. Yo soy de los que saben hacer la cuenta de su vida así: 1+1 son 3. Mire, don, en la vida hay tres caminos: trabajar, robar o pedir limosna. Trabajen los que creen que 1+1 son 2. Los que saben que 1+1 son 3, roban o piden limosna. ¿Robar? Así, robar vestido de pobre, es peligroso. Prefiero pedir limosna. Cuando pueda hacerlo vestido de ministro con mi gran galera de siete pisos sobre el mate, robaré. Entretanto, pido limosna. Es más seguro, y da más ganancia.

Andando, yo lo observaba de reojo. Él, con las claras pupilas opacas puestas lejos, lejos y alto, en la copa de las hileras de álamos que orillaba el camino, siguió hablando:
- No conocí a mis padres. Viví con mi abuela y mi tía hasta hace unos meses. Tranquilo, iba al colegio; llegué hasta 6o. grado. Ya entraba al colegio nacional cuando murió mi abuela. ¿Quedarme solo con mi tía? ¡No! Mi tía es de las que creen demasiado en Dios. Todo el día están con Dios, y no quieren más que a Dios. Los hombres, ¡que revienten! A los hombres los odia. Yo no rezo, no creo en Dios porque mi tía cree. Me pasa lo que a los indígenas de América con los conquistadores españoles. No querían ir al cielo pensando que allá podían encontrarlos otra vez. Si los que creen en Dios, son todos como mi tía... ¡Qué mala! ¡Canejo! Una noche junté unas cuantas cosas y desaparecí. Dejé una carta diciendo que me iba a Córdoba y me vine para el sur. ¿Cómo? Caminando. Caminar abre el apetito, y es lindo tener hambre sabiendo que uno tiene seguro qué comer.
- Pero vos...
- ¿Yo?
- me interrumpió de nuevo
- ¿Y como no voy a tener seguro de comer si soy pordiosero? Los que trabajan pueden estar inseguros; los que roban, a veces; pero los que pedimos limosna, siempre comemos.
- ¿Y no te da vergüenza pedir?
- ¿Vergüenza? Me parece que usted también es de los que creen que 1+1 son 2.
- ¿Le tenés fe a tu profesión?
- ¡Ya lo creo! Lea en "La Nación" del domingo 3 de enero de este año, 1037; Un mendigo llamado Hipólito Vitasse. Aquí tengo el recorte.
- Y del bolsillo de uno de sus sacos, sacó una libreta hinchada con recortes de diarios
- Escuche: "Hipólito Vitasse fue llevado preso por comprobársele que ejercía la mendicidad. Se le encontró una libreta de memorias. Allí se leen cosas tan interesantes como ésta: "Lunes, pasable. 37 francos con 25 céntimos" ¿Eh? ¿Qué obrero hace un jornal así? ¡Y después le aconsejan a uno que trabaje! Oiga: "Martes, bastante bueno: 47 francos con 50 céntimos". ¿Se da cuenta? ¡Y esto en plena crisis, cuando los obreros sin trabajo se mueren de hambre! Escuche todavía: "Miércoles: malo. Demasiados colegas: 21 francos con 70" ¿Qué me dice? ¡Ganar 21 francos con 70 le parecía malo! Hay más todavía: "Jueves: Excelente: 52 francos con 10 céntimos"... ¡Ja, ja! ¡Trabaje! ¡Que trabajen los que creen que 1+1 son 2! Yo sé con mi experiencia de la vida que hay dos aritméticas: la de los zonzos y la de los otros, los que son como yo, y como este Hipólito Vitasse que se daba el lujo de descansar un día por semana. ¿Eh? Las mujeres de obreros, ¿descansan? ¿No tiene que fregar y cocinar todos los días? Pero esto no ocurre en Europa, en la vieja Europa solamente, aquí en América, en la joven América, en la Argentina, en Buenos Aires mismo. ¡Vea!... Y volvió a sacar de su saco exterior otra libreta hinchada con recortes de diarios.
- Lea aquí, esta "Crítica" del lunes 25 de enero de 1937. Está el retrato del héroe. ¡Mire qué simpático con su barba blanca, su cara de sabio, sus ojos inteligentes! Se llama Julián Grand. Lo llevaron preso... Esta vez yo lo interrumpí:
- ¿Pero te has fijado en que todos los mendigos van a parar a la cárcel?
- ¿Y qué?... ¡Por un tiempo! Después, salen, y la plata que tienen, la tienen; nadie puede quitársela. ¡Si es propiedad privada!
- exclamó sentencioso, con énfasis que creí irónico
-. A Julián Grand, a Hipólito Vitasse, a La Chancha rusa, a tantos y tantos mendigos les ocurre lo que a tantos comerciantes que hacen quiebras fraudulentas. ¡A la cárcel! ¡Deshonra! ¿Y después? Toda la vida no van a quedar en la cárcel. Una vez libres se vuelven ricos, y con el capital vuelve la honra...

Pero escuche lo que dice este macanudo tipo de Julián Grand: Se pelaba para mostrar una cicatriz en la cabeza, así hacía el cuento de que había estado en la guerra. Sus ganancias oscilaban entre 10 y 15 pesos diarios. ¡Trabaje usted a ver cuándo va a ganar 10 pesos diarios! En cierta oportunidad, en dos días, juntó ¡514 pesos!... ¡Este es un hombre que sabe hacer cuentas! Los periodistas que los reportearon se desmayaban de envidia al oír esto; y los oficiales de policía, también. ¿Y sabe lo que tenía guardado este mendigo? Escuche: En el Banco de la Nación Argentina, 11.422 pesos; en el Banco de Londres y América del Sur, 10.000 pesos; en otra sucursal de este banco, 5.326; en el Banco de Galicia y Buenos Aires, 7 pesos con veinticinco centavos, en el Banco Francés, 10.000 pesos... ¿Eh? ¿Ha ido sumando? Agregue los 514 pesos que le encontraron encima, producto de dos días de trabajo. Total: ¡37.289 pesos con veinticinco centavos! ¿Qué me dice? Y sin sudar mucho, ni aguantar patrones, ni estar sometido a horario. ¡Este sí sabía que 1+1 son 3, y no 2, como suponen los que trabajan, los que esperan en la justicia de Dios y hablan de vergüenza! ¡37.289 pesos con 25 centavos, sólo por exponerse a que, de vez en cuando, un hombre poco... poco cortés, le diga: No! ¿Y las declaraciones de este macanudo tipo? Oiga: "Soy rico, sólo pido limosnas para entretenerme..." Pedir limosna es un deporte muy entretenido. Uno hace gimnasia y ve muchas cosas, descubre muchos temperamentos, recibe desengaños - ¡más reciben los que trabajan!-; pero recibe no pocas satisfacciones cuando en vez de cinco centavos, le dan un peso... ¿Y el que trabaja, qué satisfacciones tiene? Las satisfacciones las da lo imprevisto. El que trabaja sabe que si gana 2 pesos por día, a los seis días el patrón le dará 12 pesos. Ni un centavo más, aunque haya puesto sus cinco sentidos en el trabajo. El patrón cuenta siempre: 1+1 son 2. Aquí tiene lo que usted ha ganado. El mendigo, en cambio, no sabe cuánto ganará ese día y al fin de semana, si fue hábil, si supo darle movimiento a la sin huesos, y poner los ojos en blanco, hará cuenta: 1+1 son 3... Yo ahora estoy juntando para irme a Buenos Aires. Creo que haré carrera. Mi cara pálida, mis ojos de hambre, mi voz débil y mi imaginación que sabe enredar macanas... En cuanto tenga para el viaje, me voy allá. Aquí - se golpeó los bolsillos- tengo acumulada mucha experiencia ajena; para algo me va a servir.

Según Julián Grand, el negocio de la mendicidad es excelente. Una vez, la "Chancha Rusa", el célebre mendigo millonario, le hizo proposiciones para asociarse. Pero la "Chancha Rusa" era avaro, comía desperdicios y dormía en los umbrales; Julián Grand se trataba mejor; dormía en fonda y a veces se comía un churrasco. No se debe exagerar. Que si uno se enferma, pierde días de trabajo; y si se muere, no tiene tiempo de hacerse una fortuna. Y ha de ser lindo tener mucho dinero y seguir recibiendo de los que creen que 1+1 son 2, una moneda caritativa...
- ¿Cómo te llamás?
- Bonifacio.
- ¿Y el apellido?
- ¿Se cree que por las monedas que me ha dado tiene derecho a exigirme excesivas confidencias? El que hace caridad no tiene ningún derecho sobre el que la recibe... ¿Se cree acaso que yo le estoy agradecido? ¡No! Como si el peón de chacra, uno de estos pobres indios araucanos, tan fuertes como borrachines, que ganan 20 pesos por mes, casa y comida, mala casa y mala comida, le estuviesen agradecidos al chacarero porque les paga. Yo me gané lo que usted me ha dado. ¿Cómo me lo gané? ¡Averigüe usted! Pero a otro usted le hubiera dado diez centavos, a mí me dio, a ver: diez... veinte, ochenta centavos, y se le ha hecho noche oyéndome conversar... ¿Por qué? ¡Porque yo soy quién soy!

Se había hecho noche, sí. La luna, espejando sobre el salitre del camino, inundaba todo de una suave claridad. Lo invité a entrar de nuevo.
- ¡Qué esperanza! No me gusta estar mucho tiempo con la misma gente. Si he estado con usted, ha sido porque usted no da consejos y habla poco. Usted calla y oye. El andaluz dueño de esta chacra, al revés: el quiere hablar. La mujer es directora de un colegio, me trata como a alumno... ¡Claro! como ella es maestra y aprendió que 1+1 son 2. ¡Risa me da la gente que cree poder enseñar porque repite lo que aprendió! Bueno. ¡Basta! Deme otro puñado de monedas y me voy.
- ¿Te crees que yo tengo fábrica de monedas?
- Usted parece hombre de la ciudad. Sus manos no son de chacarero.
- Veo que sos observador.
- ¿Qué hace usted?
- Escribo.
- ¿Periodista?
- A veces. También escribo cuentos. Vos, por ejemplo, sos un tipo con el que se puede hacer un cuento bastante entretenido.
- ¿Y se gana con ese trabajo?
- Menos que de mendigo, seguramente.
- Entonces, no es difícil que yo tenga más capital que usted.
- No es difícil. A ver, ¿cuánto tenés vos?
- y saqué mi cartera. Contamos.
- Yo
- dije
- tengo 8 pesos.
- ¡Ja, ja! Yo
- agregó el muchacho, y fue la primera vez que lo vi sonreír
- tengo cincuenta y nueve pesos con ochenta centavos.
- Pero ya te sobra para el viaje.
- Sí, salgo en el tren de mañana para Buenos Aires. Y además, no iba a irme con lo justo. No se sabe lo que puede suceder. La vida tiene imprevistos.
- Y vas de 1a. o de 2a?
- ¡De 2a. pues! Recién he empezado mis negocios, no puedo darme lujos.
- ¿Y por qué no viajás como los linyeras, gratis, escondiéndote en los vagones de carga?
- Porque yo no soy linyera. Yo quiero hacerme un porvenir. Yo no soy un desengañado de la vida. Yo no soy un derrotado...
- ¿Dónde vas a comer y dormir, hoy?
- Allá, en un agujero, tengo mi bolsa con media gallina, pan y manzanas. Más de un trabajador quisiera la comida que yo he conseguido gratis. Dormir, se duerme muy abrigado en el agujero, entre los yuyos. El viento esta noche viene del oeste, y mi agujero da al norte. ¿No me da un peso antes de irme?
- ¿Y te vas así, sin darme la mano siquiera? ¿No te he sido simpático, ya que te escuché sin darte consejos?
- ¡Bah! Ni simpático ni antipático. La gente pasa al lado mío; si me da, bien; si no me da, mal; pero pasa. Todos pasan, y ¡adiós!
- Yo voy a estar quince días más aquí, y me vuelvo también a Buenos Aires. ¿Por qué no me vas a ver? ¿Querés mi dirección y mi nombre?
- Si usted quiere dármelos... Saqué papel y lápiz, anoté. Guardó el papel sin leerlo, con indiferencia absoluta. Le estire la diestra:
- Bueno muchacho, hasta la vista.

Dejó caer en mi mano la suya, floja. Apretándola intenté mi simpatía humana. Se dejó sacudir la mano, sin responder, como apresurado para desprenderse de mi efusión. Ya me iba a dar la espalda cuando saqué mi cartera. Se reavivó.
- Te voy a dar un peso
- le dijo
- aunque me tenés que contar algo más de tu vida.
- ¿Qué?
- Las veces que has robado.
- Yo nunca he sido ladrón.
- No te creo. Antes de ser mendigo tendrás que haber trabajado, pero entre el trabajar y el mendigar, está el robar. Siempre se es ladrón antes de ser mendigo.
- ¿Siempre? Usted también aprendió una cartilla y la repite: 1+1 son 2. Yo nunca trabajé, porque mi abuela y mi tía son descendientes de militares y tenían pensión. No necesité trabajar. Yo iba al colegio. ¿Robar?...

Como se detuvo, dudando si confidenciarse, le alargué el peso. Lo atrapé, y dijo:
- Le contaré. Nunca he robado. Sólo una vez casi robo. ¿Sabe qué? ¿Usted creerá que pan, porque estaba muerto de hambre? ¡No! Ese es el cuento de los del 1+1 son 2. Mi cuento es más interesante: Yo quise robar un billete de lotería. Pensé: Si me saco 100.000 pesos... Hubiera tenido para comprarlo, pero sacar la lotería así, no vale; es 1+1 son 2. Ganarla con un billete robado, sí hubiera sido 1+1 son 3. ¿No le parece? Espié una agencia boliche. Me di cuenta del teje y maneje. Una tarde, ya anochecido, aprovechando uno de los momentos en que la dueña se iba a oír radio a la otra pieza, entré. Ya estaba detrás del mostrador, ya iba a dar el manotón a la vidriera, cuando entró un hombre al negocio. ¡Lo imprevisto! Resultó ser el hijo de la dueña que regresaba de Europa. ¿Qué me dice usted? Este hombre se venía de Europa nada menos que para echarme a perder el asunto. ¿Eh? Usted, o cualquiera de los que creen que 1+1 son 2, diría que Dios lo mandaba. Yo creo que eso no era casual. El que lee las noticias de policía como yo, sabe que la vida está llena de rarezas, de absurdos, de imprevistos... ¡Qué se yo! Hay cien hombres atropellados por automóviles, ómnibus y tranvías. Se salvan noventa. Hay uno que resbala en una cascara y se rompe la base del cráneo en el cordón de la vereda. Muere. ¿Qué me dice usted de esto?

- Que sigas tu cuento interrumpido. Serías un mal cuentista. Perdés el hilo de la acción para hacer divagaciones seudofilosóficas. Continuá tu cuento.
- Entró el hombre y no se sorprendió de verme allí. Salió la mujer, otras mujeres y hombres, abrazos y besos. Yo hubiese querido desaparecer, pero no pude. Al fin se dieron cuenta de que yo estaba allí. Me preguntaron quien era, qué deseaba. Puse los ojos más inocentes que pude, achiqué lo más posible la voz y como tengo ojos de pobre diablo y voz de infeliz, me creyeron: Yo iba a pedir algo de comer, tres días sin probar bocado... Poco faltó para que me indigestaran con todo lo que me dieron. La alegría de la vuelta del hijo los hacía más generosos. Me obligaron a que me quedase allí a dormir. No dije que no, pero en un descuido, escapé. Y escapé pensando: Si siendo un falso mendigo me tratan así, prefiero ser un mendigo verdadero. Desde entonces, nunca más me entraron ganas de robar. Yo he conocido a algunos de los bandoleros que andan por la Patagonia, ¡Qué vida! Le aseguro que me dan lástima. Para vivir como ellos viven, inquietos, asustados... ¡Casi es preferible trabajar! Y ahora sí me voy. Tengo bastante sueño. Se alejó sin saludar, sin darme la mano.

Desde unos diez metros, volviéndose a mí que había quedado contemplándole, pensativo, me gritó:
- Ya ve, Don, 1+1 son 3. ¡Chau! Y me dio la espalda.