narrativa

NUESTROS MUCHACHOS

Los primeros pasos en la vida
dan la norma de la muerte total.

BENITO PEREZ GALDOS

Tito Zerro, las manos en los bolsillos y silbando, aparece en la puerta de su casa. Se siente dueño del mundo. Sus grandes ojos miran al cielo donde brilla el más radiante de los soles. Los dedos de su mano derecha, dentro del bolsillo, palpan un billete de diez pesos que su madre le acaba de dar, a la vez que le decía:
- Andá a la plaza, Tito. Comprate chocolatines. Dejame de fastidiar en la cocina. Tengo que hacer una torta. Esta noche tenemos visitas. Me estás molestando con tu silbido y tus preguntas.
- Bien, mamá. Hasta luego, me voy a la plaza. Y ya se va camino a la plaza, las manos en los bolsillos y silbando. Al doblar la esquina se encuentra con Sandro Pérez, su compañero.
- ¡Hola, Sandro!
- ¿Qué tal, Tito? Parece que estás contento.
- ¿Por qué lo sabés?
- Porque vas silbando.
- Sí, estoy contento. Porque hoy es domingo, porque hay sol y por esto, además... Y muestra el billete de diez pesos. Sandro, sin hablar, saca tres billetes de diez pesos, y los muestra. A Tito los ojos le brillan. Pregunta:
- ¿De dónde los sacaste?
- Te voy a contar un secreto
- y baja la voz misteriosamente
- me los dio mi tío Jorge. Ese alto con cara de calavera que usa anteojos negros.
- ¡Ah!, Sí. Una vez lo vi en tu casa. Tiene cara de pistolero.
- No es pistolero, es algo mejor. Gana más que de pistolero y no se expone a que la policía lo deje frío de un balazo.
- ¿Qué es? Sandro baja más la voz y en el oído del otro dice esta palabra misteriosa:
- Falsificador.
- ¿Falsifica dinero?
- ¡Chist! No se lo digas a nadie.
- Y esos tres billetes que tenés, ¿entonces?
- Son falsos. Tito piensa. El otro lo observa. Tito habla:
- Si yo fuera falsificador, en lugar de falsificar papeles de diez pesos, falsificaría de mil.
- Te pescarían. A los papeles de diez pesos no se les da importancia. Se los recibe y se los guarda sin mirarlos. A los de mil, antes de recibirlos, se los revisa. ¿Querés una prueba? Vení. Sandro se acerca a un quiosco donde se venden cigarrillos y golosinas. Pide:
- Dos chocolatines de esos
- los señala y paga con un billete de diez pesos. El vendedor apenas mira el dinero. Da los chocolatines y guarda en el cajón los diez pesos.
- ¿Viste? Si le hubiera dado un billete de cien o de cincuenta lo hubiera mirado tal vez. Los de diez pesos pasan fácilmente. Mi tío hace diez, o veinte o treinta por día, y vive tranquilamente, saca una renta sin trabajar.
- ¿Y no te enseña cómo se falsifica?
- No, por ahora, cuando él sea más viejo y yo sea mayor de edad, me va a enseñar
- y le da uno de los chocolatines.
- ¿Te falta mucho para ser mayor de edad?
- Tengo doce años. No falta mucho. Además, si él muere antes, ha dejado escrito el secreto.
- ¿Y tu papá sabe lo de tu tío?
- Nada. ¡El y yo! Ahora vos también. Te lo digo por amistad.
- Sos un suertudo. Yo tengo un tío, hermano de mi madre, millonario, según dicen. ¡Es un amarrete! Una vez se desmayó en la calle y lo llevaron creyéndolo un mendigo que se había desmayado de hambre. Anda con los zapatos rotos y un traje que da asco. ¡Quién tuviera un tío como tu tío! ¿Te regala mucho?
- Cuando necesito lo voy a ver y me da.
- ¡Qué suertudo! Yo, para conseguir algo empiezo a hacerle preguntas a mi mamá. Mamá, ¿quién hizo el mundo? Dios, dice ella. Y a Dios ¿quién lo hizo? Se queda muda. O sino, ¿cómo se hacen los recién nacidos? ¿Cómo me hiciste a mí? Ella se cree todavía que yo me trago lo de las cigüeñas que traen a los chicos. Y me lo cuenta. Yo, entonces, otra pregunta: Y a la cigüeña, ¿cómo se le avisa para que en vez de un rubio como yo, no traiga un negro? Por fin se cansa y me dice: Dejame tranquila. Tomá. Y me da unos pesos para que me vaya.
- Pero tu mamá es una inocente. ¿No te conoce todavía?
- ¡Todavía! No se da cuenta que soy un caradura. Demostrame que sos un caradura y te doy diez pesos.
- ¡Vengan!
- Tomá estos diez falsos. A ver si los colocás a un vendedor; pero diciéndole que son falsos.
- ¡Vengan! Sandro le alarga un billete. Tito, resuelto, entra a una panadería. Sandro lo acompaña.
- Vengo a comprar una empanada de dulce
- y muestra los diez pesos. Cuando el vendedor se la alcanza, él le dice:
- Sólo tengo este billete de diez pesos. La empanada cuesta noventa centavos.
- Sí, pero estos diez son falsos. El panadero se irrita:
- ¿Y me lo decís con ese descaro? ¿Querés robarme? ¡Fuera de aquí! Ya en la calle, Sandro comenta:
- Empezaste mal.
- No importa. ¿A ver ese frutero? Diga, don, ¿por diez pesos cuántas bananas me da?
- Un kilo.
- Péselas, pero le digo honradamente, estos diez, los únicos que tengo, son falsos.
- ¿A ver? Nunca había visto dinero falso. Tomá. Te regalo una banana. Quedate con tus diez pesos. Encajáselos a otro.
- ¿Qué te parece?
- pregunta, ya afuera del negocio, Tito.
- A ver, probá en el subterráneo. Bajan al subterráneo.
- ¿Me da una ficha? No tengo más que este papel de diez pesos y es falso.
- Entonces andá a engañar a otro.
- No lo engaño. Lo engañaría si no le hubiese advertido.
- Tomá. Quedate con tus diez pesos falsos
- y le da la ficha.
- ¿Qué te parece? Ya voy ganando seis pesos.
- Vamos a otro subterráneo.
- ¿Me da una ficha? Pero le advierto que sólo tengo diez pesos...
- Alcanza
- lo interrumpe el boletero.
- Diez pesos falsos.
- ¿Y venís a encajármelo a mí? ¡Te hago llevar preso! Tito dispara. Sandro detrás.
- Esta vez no te resultó.
- Vamos a otro subte.
- Ya estoy cansado de subir y bajar escaleras. Guardate los diez.
- Mirá ese pobre viejo allí tirado. Le falta una pierna. ¿Se los damos a él?
- Dáselos. Siguen caminando. Tito se detiene.
- Pienso que hice mal en darle los diez pesos falsos a ese viejo. Si va a comprar algo, pueden llevarlo preso por tener dinero falso. Se los voy a cambiar por mis diez pesos.
- No te molestes, los diez que le diste no son falsos.
- ¿Cómo? ¿No me dijiste que tu tío los falsificaba?
- Un cuento que se me ocurrió. No tengo ningún tío falsificador. Los treinta pesos me los dio mi tío Goyo porque hoy es mi cumpleaños. Ahora sólo te quedan diez.
- Diez míos y diez tuyos, vamos a comprar veinte pesos de chocolatines.
- ¿Y qué hago con la ficha del subte?
- Hacé un paseo en subte. Lo tomás en Palermo, te bajás en Diagonal, en la combinación, y te volvés a Palermo.
- ¿Sólo? Es aburrido.
- Te acompaño. Yo compro los chocolatines y vos me pagás el subte.