narrativa

YUYO ES SECUESTRADO

La juventud es una embriaguez sin vino.
PROVERBIO ALEMAN

- ¿Todavía no te fuiste? – protesta la madre -. ¡Pero Yuyo! Otra vez llegarás tarde al colegio. Ayer me llamó el director por tus llegadas tarde.
- Llego tarde porque no me interesa lo que dice el profesor de gramática.
- A vos sólo te interesan tus librotes de mentiras.
- No son mentiras, mamá. Son aventuras.
- Aventuras que nunca ocurrieron y que nunca ocurrirán.
- Todo puede ocurrir, mamá. ¿Pensaste alguna vez que los hombres iban a llegar a la luna? ¡No! ¡Y llegaron!
- Donde no vas a llegar es a ser ingeniero, como desea tu padre.
- ¿Y para qué quiero ser ingeniero? ¿Para ganar plata? Ya ves, papá sólo cursó hasta quinto grado y está lleno de millones.
- Ya tenés catorce años y estás repitiendo primer año. A este paso llegarás a bachiller a los cuarenta. Tu primo Julián tiene tu misma edad y ya está en tercero.
- Él hace bien en estudiar. El padre es pobre. Yo soy hijo de un millonario. ¿Para qué voy a reventarme? Ya se reventó papá para tener dinero. ¿Y qué? Ahí está: apenas tiene cincuenta años y está lleno de dolores, pelado, sin dientes, todo para hacer fortuna. Ahora que la hizo, ni comer puede… ¿Para qué la hizo si no puede disfrutar de la vida?
- Siempre tenés argumentos. ¡Basta! ¡Tomá el desayuno, tirá ese librote, y al colegio! Yuyo, lentamente, guarda la novela policial que está leyendo y recoge sus libros de estudio.
- Andá pensando qué le vas a decir al profesor cuando te pregunte porqué llegás tarde.
- Le diré que no averigüe la vida ajena. Hasta luego, mamá. Hasta luego, mamá. Y no te hagas mala sangre. La mala sangre envejece. La besa. Sale, pero vuelve para decir:
- Ya verás cuando la fábrica de papá en vez de llamarse “La Industrial Porteña” se llame “La Nueva Industrial Porteña”, y en vez de Jorge Blano, tenga un cartel que diga: “Jorge Blano e hijo”. En lugar de media manzana va a ocupar una manzana entera. Quinientos obreros a mis órdenes.
- Seguí soñando, ¡loco! ¡Ya te caerás de tus sueños!
- Los sueños son vida, dice un poeta.
- ¡Mejor sería que te dejaras de poetas y estudiaras más!
- Tenés razón, mamá. ¿Pero por qué me hiciste así como soy y no como quisieras que fuese? Hasta luego.

Son las ocho y media. A las ocho ya debería estar en el colegio. Yuyo no se apura. Piensa: Ya le veo la cara al profe, ya lo oigo decir: “Los verbos irregulares…” ¿Qué afán de hacerle aprender a uno los verbos irregulares? ¿No es cosa de locos decir “yo quepo” en lugar de “yo cabo? … Si el verbo es “caber”, ¿por qué en algunos tiempos lo transforman en “queper”?… No comprendo. Es el gusto de complicar las cosas.

En ese momento siente que dos fuertes manos, dos garras, lo toman de las ropas. Delante de él tiene a dos hombres. Uno de ellos le ordena:
- Subí. Y lo empujan adentro de un automóvil. Yuyo está algo asustado... Presiente que le tocará vivir una de esas aventuras cuya lectura lo atrapan. El auto ya dispara velozmente. Un joven mal vestido hace de chofer.
- ¿Dónde me llevan? – pregunta. No le contestan. Yuyo sabe qué le pasa. Lo presiente.
- ¿Es un secuestro?
- Sí,
- responde el que tiene a su derecha.
- ¿Y por qué?
- ¡Porque sí! El que tiene a su izquierda, le aclara:
- Te secuestramos porque tu jovie tiene mucha guita. Si fueses hijo mío, a nadie se le ocurriría secuestrarte. ¿Entendés?
- Sí.
- ¿Miedo?
- No mucho.
- Así me gusta. Tenés cara de pistolero. De maleante.
- ¿Ustedes son pistoleros?
- ¡La pregunta! ¿No ves lo que hacemos? Yuyo los observa. El que tiene a su derecha es un hombre ya canoso. Tiene aspecto de indio. El otro, el que está a su izquierda, le resulta más simpático. Le habla a éste:
- ¿Por qué me secuestran?
- Para sacarle unos mangos a tu viejo. A él le sobran y a nosotros nos faltan. ¿No sabés que tu viejo es millonario?
- ¿Y cuánto le van a pedir por mi libertad?
- Diez millones – dice el mayor.
- ¿Diez millones? – grita con aflautada voz el chofer
- . ¡Es poco, muy poco, es poquísimo! Por la voz, Yuyo se da cuenta que es mujer la que ha hablado.
- ¿Esa es secuestradora?
- Sí.
- ¿Esa cree que yo valgo más de diez millones para mi viejo? Mi viejo es muy amarrete.
- Si no larga la guita lo vamos a secuestrar a él.
- ¿Y si no paga? – pregunta Yuyo.
- Si no paga…a vos…
- el hombre se pasa una mano por el cuello. Yuyo queda pensativo. El auto corre…
- ¿Se te heló la lengua? ¿No hablás? – pregunta el más joven
- . ¿Te entró chucho, parece? Yuyo habla:
- ¿Y por qué me van a degollar? ¿Por qué no me pegan un tiro?
- El tiro hace barullo. Este – y el morocho se levanta el saco y muestra un cuchillo
- , si gritás… ¡Violín, violón!, como en tiempos de Rosas. Yuyo observa. Siguen callados, la muchacha que hace de chofer, tararea una milonga.
- ¡Callate, Puchina! – ordena el morocho.
- ¿Puchina? – exclama Yuyo
- . Ahora sé quiénes son ustedes. En los diarios aparecieron sus fotografías. Tienen la captura recomendada. Ella es Puchina, usted es Tacho.
- Y yo soy Chiche – termina el rubio joven
- . Ya ves entre qué lobos has caído. Conque tu viejo puede ir aprontando los papeles de cien mil… ¿Qué leíste sobre nosotros?
- Que asaltaron una oficina de correo hace una semana.
- Y matamos a un sargento. ¿Leíste eso o no lo leíste?
- Sí.
- ¿Tu padre lo leyó?
- Yo soy el que siempre leo las noticias de policía y se las cuento a mi papá
- Mejor. Así sabe qué nenes son tus secuestradores y afloja el vento.
- Si no afloja – dice la mujer alegremente, cantando
- ,¡chis chás!, ¡chis chás! Sin asco – y se pasa la mano por la garganta
- . Ahora corren por la avenida General Paz, límite de la ciudad de Buenos Aires. El auto entra en un callejón y se detiene.
- ¡Llegamos! – exclama el rubio. Esto no es tan lujoso como la quinta de tu papi; pero no te vamos a matar de hambre. ¡Vamos! El callejón está desierto. Bajan del auto. YUYO OBESERVA. Han entrado en una pobre casucha.
- Aquí está tu dormitorio – señala el mayor.
- ¿Desayunaste? – pregunta el joven.
- Sí.
- A las doce te daremos un asado con ensalada.
- ¿Qué hora es? – pregunta Yuyo.
- Temprano todavía – respondió Tacho, y ordena
- . Si tenés sueño, dormí. Vos – le habla

A Puchina – llevá el auto y lo dejás por allá, por la Boca o Barracas, lejos. Y vos – ordena a Chiche – hablá a los padres de éste por teléfono. Hablá al padre, a la fábrica. ¡Vamos!

Cierran la puerta con un candado. Yuyo queda solo. Medita: “Tanto leer libros de aventuras y noticias policiales y ahora soy un personaje de aventura. No es tan lindo ser un personaje. Más lindo es leer que son otros. ¿Diez millones? Y si papá… Mamá estoy seguro que quiere darlos… - Observa el cuarto que le sirve de calabozo: la cama, mejor dicho, un catre con unas frazadas viejas, una silla. Nada más. ¡Qué diferencia con su cuarto, allá en la quinta de sus padres! Y ya siente que le sube un sollozo a la garganta. Lo contiene.

Entre tanto Puchina va con el auto a toda carrera. Es un auto robado que debe abandonar en cualquier parte. Puchina es joven y linda. Tacho es su tío. Muertos los padres, su tío se hizo cargo de ella para envolverla en sus asuntos. La muchacha es viva y le sirve.

Pero Puchina va pensando: “Cualquier día de estos, caigo presa o me matan. Además, mi tío es un bruto. Se emborracha y me pega. Yo quiero dejar esta vida”. Una idea la perturba. Detiene el auto. “Sí – se decide – voy a ver a los padres del chico”. Y cambia de rumbo…

- Señor, se anuncia una joven que quiere hablar con usted. Dice que es por el secuestro de su hijo.
- ¡Qué pase, que pase! – grita la madre, afligidamente. El padre explica a los amigos y parientes que lo rodean:
- Me acaban de hablar por teléfono. Piden cincuenta millones, si dentro de tres días no los entrego… amenazan… La aparición de Puchina interrumpe las indignadas exclamaciones de todos:
- Buenos días.
- Malos días dirá usted – responde el padre de Yuyo
- . A ustedes, los secuestradores, se les va la lengua. ¿Creen que cincuenta millones se encuentran tirados en la calle?
- ¿Le han pedido cincuenta millones?
- Sí, cincuenta, y con la amenaza de que si en tres días no los entrego, me pedirán cien.
- ¡Fallutos! A mí me dijeron que iban a pedir diez millones. Por eso estoy aquí. Sospecho que otras veces también me engañaron. Sacan más y a mí me dan menos…
- ¿Usted viene a delatarlos?
- Si me da dos millones digo dónde tienen a su hijo.
- ¡Se los daremos! – interviene la madre. Siéntese. ¿Quiere un café?
- Sí. La madre sale enseguida, para servírselo. Uno de los presentes pregunta:
- ¿Cuántos años tenés?
- Dieciséis.
- ¿Y ya en estas cosas?
- ¡Qué quiere! Mis padres murieron cuando yo tenía doce años. Mi tío me recogió, él trabaja de esto…
- ¿Y a secuestrar le llaman trabajo?
- ¡Qué se le va a hacer!, Algún nombre hay que darle. Si él fuera doctor, estudiaría para doctora. Es lo que es y me ha metido en su baile. Yo no tengo la culpa. La culpa es de mi tío. O no sé de quién; pero no es mía.
- Vos no lo querés a tu tío, ya que venía a delatarlo.
- No lo quiero nada. Es un bruto. Además me roba. Ya ve, dijo que iba a pedir diez millones y ha pedido cincuenta… En ese momento entra la madre seguida de un oficial de policía y un vigilante.
- Allí está, es esa. Los policías esposan a Puchina que protesta:
- ¡Me vendió! ¡Fui zonza! Ya lo se para otra vez. Todo se aprende…
- ¡Silencio! – le ordena el oficial
- . ¡Y andando! Yuyo tirado en el catre, la vista en el techo, piensa. De pronto entran Chiche y Pucho apresuradamente.
- ¿Qué hacemos? – pregunta aquél, tembloroso.
- ¡Yo los peleo! – responde Tucho, y saca el revólver. Se oye una voz de afuera:
- Entréguense. Hemos rodeado la casa.
- Yo me entrego – anuncia Chiche, y con el pañuelo en alto, haciendo señas, se asoma por la ventana.

Un balazo le pega en la frente. Cae. Tucho se agazapa y comienza a tirar. Las balas de los policías se estrellan contra las paredes, rompen los vidrios. Yuyo, gateando, se acerca al cadáver de Chiche y le saca el revólver. Tucho hace fuego, de pronto, vacila y se derrumba. Los policías siguen tirando. Después de un silencio largo, aparecen tres, cuatro, cinco policías y un sargento. Yuyo los observa desde un rincón.


- ¿Y esos, viven? – pregunta el sargento.
- No, mi sargento – responde un vigilante. Interviene otro vigilante:
- A éste lo han herido de atrás. Tiene un balazo en la nuca. ¿Quién pudo balearlo de adentro? Yuyo dice:
- ¡Fui yo!