narrativa

UBERTO, EL SUICIDA PRECOZ

La niñez, la primera parte de la vida a la cual
los hombres prestan atención como a la primera parte de un drama.

DEMOFILO

“Señor Comisario de la Sección 7ª. De la Policía – comienza Uberto la carta - . Me llamo Uberto Sonio, tengo trece años y soy estudiante de primer año del secundario. Mejor sería decirle: Era estudiante, porque cuando usted reciba esta carta que hoy echo al buzón, ya seré un cadáver. Tengo enfrente mío un frasco con treinta pastillas de veneno. No bien termine esta carta pienso tomármelas todas. Cuando me descubran, no estaré en el mundo de los vivos.

Le explicaré: Me mato porque Nidia me rechazó. Estoy enamorado; ¡pero enamorado hasta la muerte de Nidia! Nidia es mi prima, hija de una hermana de mi madre. Tiene quince años y porque tiene quince años y yo sólo trece, ella anoche me rechazó cuando le dije: "Nidia, te quiero. ¿Querés casarte conmigo?" Se puso a reír a carcajadas y me dijo: ¡Miren al chiquilín pretencioso! Me dio la espalda y me dijo: ¡Miren el chiquilín pretencioso! Me dio la espalda y se fue riendo. Yo quedé parado, me tuve que arrimar a la pared para no caer. Quedé parado y frío. Más. ¡Helado! ¡Heladísimo! Todo daba vueltas a mi alrededor. Nidia no solamente me rechazaba, también se burlaba de mí. Esto es horrible. No sé qué es. Sólo sé que no puedo vivir más después de esto. Me tomaré todas las pastillas que tengo en el frasco. Usted dirá, señor comisario, que yo a los trece años no debo suicidarme. Le contaré:

Soy huérfano de madre desde los dos años. No la recuerdo. No tengo ni un retrato de mi madre. ¿Se da cuenta, señor comisario lo que es ni siquiera saber como fue la madre de uno? Usted dirá: Pero Uberto, usted tiene padre. Es como si no lo tuviera. Mi padre, según dicen los amigos y parientes, es un bohemio, un “loco lindo”. Así lo llaman todos, “loco lindo”. Es periodista, pasa las noches fuera de casa. A veces lo veo dos o tres días en todo un mes. En casa no veo más que a Martiniana, la empleada que limpia y hace la comida. Estudie o no estudie, repita o no repita, mi padre no sabe nada. Ni le importa. ¿Qué le parece? Si Nidia me hubiese dicho sí, otra hubiera sido mi vida, pero Nidia me ha dicho ¡no! ¡Y burlándose! Esto es lo que más me duele. Que se rió de mí. Que me llamó chiquilín. Está bien, ella me lleva dos años, pero cuando ella cumpla treinta, yo cumpliré veintiocho y la diferencia no será mucha. Ahora ella se cree una señorita y a mi me considera un chiquilín. Me desprecia.

Estoy seguro que usted, al leer esta carta, dirá: Tuvo razón, hizo bien. Se portó como un hombre valiente. Ser burlado por la mujer amada es la más espantosa de las humillaciones. ¿No le parece? Me despido de usted y de todos. En el bolsillo de mi pantalón hay cien pesos, son para Martiniana. Se los robé a mi padre; pero no se los dé a mi padre. Déselos a Martiniana que se ha portado conmigo mucho mejor que mi padre.

Uberto Sonio

Uberto lee la carta, coloca los acentos donde se olvidó de colocarlos, corrige algunas faltas de ortografía, la ensobra, pone la dirección en el sobre y se queda mirando el frasco de pastillas en donde está esperándolo el sueño del que no piensa despertarse.

¿Pero quién es Uberto Sonio? Nada mejor para conocerlo que citar algunas de sus anécdotas. Uberto es un muchacho pequeño, insignificante a primera vista. Hay que mirarle los ojos vivos, febriles, para pensar: En este chico hay algo especial, este chico podrá ser algo, esos ojos no sólo miran, escrutan. Mal estudiante, pero incansable lector de novelas y poesías, sus profesores no reparan mucho en él. Callado, sus compañeros no lo tienen mucho en cuenta. No sabe jugar al fútbol. No sabe boxear. Ni lee las revistas deportivas. Es cierto que ya escribe versos; por timidez no los muestra. Y nadie puede imaginar que en este muchacho pequeño y paliducho, movedizo, con un sistema nervioso que le llena de tics la cara, ya se ha despertado un poeta. Sus madrigales a Nidia abultan un cuaderno. Nidia nunca los ha leído.

- ¿Qué es la vida y qué es la muerte? – pregunta una mañana cuando él acaba de levantarse, los ojos aún con sueño, al padre que acaba de entrar dispuesto a acostarse, rendido de cansancio.
- ¡Las preguntas que se te ocurren! – responde el padre un poco molesto, y dice:- La vida no es la muerte y la muerte no es la vida.
- Tu contestación – replica Uberto –me dice que vos no sabés lo que es la vida y vivís, no sabés lo que es la muerte y vas a morir.
- ¿Sabés lo que sos? – sigue el padre - . Un muchacho impertinente. Alguno ya te lo ha dicho.
- Sí. Soy impertinente; pero también, un teólogo.
- ¿Qué es un teólogo?
- Es un ser que, cuando uno está rendido de sueño, le hace preguntas para no dejarlo irse a dormir, o para quitarle el sueño. Un teólogo, y esta definición no recuerdo dónde la leí, un teólogo es un hombre que, en un cuarto oscuro, busca un gato negro que no está y que lo encuentra. ¿Sabés ahora lo que es un teólogo?
- Sí. Un hombre que, como él tiene sueño, quiere contagiarle su sueño a los otros. Me está pareciendo, hijo, que sos inteligente - concluye el padre, y entra a su cuarto. - ¡Buenas noches! Uberto reflexiona:
- Mi padre debería tener otra clase de hijo. ¿O yo debería tener otro padre?… Cuando Uberto se levanta un poco temprano, sean las siete u ocho de la mañana, se encuentra con su padre que llega del trabajo, según dice, o de un café dónde lo sorprendió la alborada jugando a los naipes. En ese momento es cuando hablan:
- Papá - lo ataja Uberto - , leí un libro de cuentos para niños.
- ¿Todavía leés cuentos para niños?
- Sí, cuando no tengo ganas de dormir, los leo para dormirme.
- Yo leo el diccionario o la Biblia.
- El cuento se llamaba “La bella durmiente del bosque”. ¿Lo has leído?
- Sí, un cuento fantástico y, como son todos los cuentos fantásticos, inverosímil. ¿Es el de la princesa que se duerme cien años y al fin despierta joven y linda como cuando se durmió?
- Exacto. Pero yo, a raíz de su lectura, pensé en otro: Un hombre a quien su esposa se le duerme diez años. El sigue viviendo. De pronto, una noche la mujer despierta. ¿Qué ocurre? En los diez años él ha envejecido, ha encontrado otra mujer, ¿no te parece que con ese argumento se puede escribir algo interesante?
- Escribilo.
- Te lo regalo.
- No hago cuentos. Demasiados cuentos me traen las noticias callejeras que yo debo convertir en crónicas policiales. Me voy a dormir, me caigo de sueño. Hasta mañana.
- O hasta pasado. Te deseo que tengas una pesadilla.
- Gracias. Soñaré que tengo un hijo loco. Uberto, físicamente, no tiene ningún parecido con el padre; sí lo tiene por su modo de enfrentar la vida, los inconvenientes de la vida: Padre e hijo no se afligen mucho por ellos. Son humoristas.
- Papá – ataja Uberto al padre que se dispone a salir - . Traigo una buena noticia. El año que viene no necesitarás comprarme libros. Siempre es un ahorro.
- ¿Y por qué? ¿Pensás abandonar los estudios tan joven?
- No, porque me han aplazado en el examen y repito el año. Siempre es un ahorro – vuelve a decirle. El padre queda mirándolo un rato. No sabe si debe reír o si debe arrojarle algunos adjetivos contundentes. Humorista él también, dice:
- Gracias por tu buena intención de ahorrarme dinero. Y se va a la calle. Al hijo del vecino, alguien malintencionado, le regaló un tambor. El chico lo pasa haciéndolo sonar estruendosamente. El padre de Uberto se queja. ¡El tambor de ese chico! Es un tormento. Ya van dos días que no me deja dormir. De buena gana se lo compraría para romperlo. Con la plata que le des, a lo mejor, quien le regaló un tambor, le regala un bombo. – Yo te libraré de él.
- Si lo hacés te regalo mil pesos. Al día siguiente, Uberto, triunfante:
- Vengo a reclamar lo prometido.
- ¿Qué?
- Los mil pesos. ¿Te despertó el tambor ayer?
- No.
- Ya no te despertará.
- ¿Qué hiciste? ¿Se lo robaste?
- No. Le dije: ¡Qué lindo tu tambor! ¡Qué sonido hace! Seguro que tiene algo adentro. ¿Querés que veamos lo que tiene? Bueno - dijo él - . Traé un cuchillo, le dije yo. El se encargó de abrirlo. Ya no suena. ¿Los mil prometidos?
- Aquí están.
- ¡Macanudo! Cumplís lo que prometés. A vos no se te puede llamar Prometeo como le llaman al presidente de la República que siempre está prometiendo bienestar y trabajo para todos y eso nunca llega.
- ¿Qué me traés aquí? – le pregunta el maestro - . Esta es una página en blanco.
- Usted me dio por tema “Qué haría yo si ganara diez millones de pesos”. Bien, yo haría eso. No hacer nada.
- ¿Menos de lo que hace ahora? Escriba cien veces: “Si yo fuese rico, trabajaría”.
- Para terminar de conocer a Uberto, he aquí la redacción que presentó al maestro, hombre ya fatigado de tratar con niños y, por lo tanto, nada dispuesto a aceptar humoristas. Uberto le es antipático. La redacción pedida por el maestro se titula “El reloj”. Uberto le cambió el título. La suya, la que presenta al maestro se llama “El reloj parado”: “El reloj dejó de hacer tic-tac”. Le digo:
- Reloj, ¿por qué te paraste?
- Yo no me he parado – responde.
- No hacés tic-tac como cuando caminabas.
- ¿Yo hacía tic-tac?
- Sí. Y movías los minuteros que ahora no mueves.
- ¿Yo movía los minuteros? – sigue él preguntando.
- Sí. Hace una hora señalás que son las 12 menos 5 y si se movieran tus minuteros, como los de otros relojes, señalarías las 13 menos 5. El reloj no responde inmediatamente. Medita. Al fin dice:
- Cuando sean las 12 menos 5 volveré a señalar la hora igual que todos los relojes. Entre tanto, yo descanso y ellos trabajan y trabajan. El maestro leyó la composición y dijo:
- Vos acabarás loco o suicidándote.

Ahora, Uberto Sonio, terminada la epístola para el comisario de la sección 7ª, fijos los ardientes ojos en el frasco de veronal, alarga la mano, lo coge, lo mira. Queda un instante contemplándolo. Este instante de contemplación, lo salva.

Martiniana da fuertes golpes, lo llama angustiosamente:
- ¡Uberto!, ¡Uberto! ¡Abrí, Uberto!
- ¿Qué pasa? – pregunta él, y abre la puerta.
- ¡Una desgracia, una desgracia terrible! A Nidia…
- ¿Qué?
- Acaba de atropellarla un automóvil. La mató. Voy a avisar a tu padre. ¡Qué espanto! ¡Pobre Nidia!
- ¿Pero es verdad? ¿Es una broma?
- ¿Broma? La casa está llena de policías y de curiosos. Allá llega la ambulancia. ¡Qué horror! ¡Tan linda, tan linda! Martiniana corre, va a la calle. Uberto, tambaleante y confuso, queda solo. Da unos pasos, se deja caer en la silla frente a la carta que escribió para el comisario de la sección 7ª de la policía. Y se dice:
- Si Nidia ha muerto, ya no hay motivo para que yo me suicide.

Rompe la carta. Tira los pedazos a la calle. Queda contemplando cómo el viento los convierte en mariposas volantes.