narrativa

POR QUÉ QUIERO A MI CIUDAD

El castigo corporal, aun el más leve,
implica un principio servil de obediencia por miedo...
Una orden es una humillación...
Yo no hubiera podido ser soldado. Me hubiera suicidado o hubiera sido desertor.

ERNEST RENAN

- ¡Te traigo un notición! - exclama alegremente Nemesio Señozo, entrando en la casa de su amigo y compañero de clase Jacobo Vinsky. Y da el notición: El profesor de literatura dijo que un filántropo entregó diez mil pesos para el ganador de un concurso literario entre los alumnos de 4o. y 5o. año.

Enseguida pensé: Esos diez mil se los gana Jacobo, ¡estoy seguro!
- ¿Y por qué? … ¿Quizás otro?...
- ¡Qué otro ni otro! Nadie escribe mejor que vos en el colegio. El filántropo dio el tema: ¿"Por qué quiero a mi ciudad?" ¿Te gusta el tema?
- ¡Mucho!
- ¡Sabía que te iba a gustar!. Siempre te he oído proclamar tu cariño a Buenos Aires. Ahora tenés la oportunidad de escribir por qué la querés y ganarte diez mil pesos... ¿Eh? ¿Qué vas a hacer con esos diez mil pesos?
- ¡ Todos los libros que se pueden comprar con diez mil pesos! – reflexiona Jacobo Vinsky, gran lector.
- Bueno - prosigue el entusiasta Nemesio Señozo - ¡A meterle a escribir y a ganarte los diez mil!
- ¿Y vos no vas a intervenir?
- Todos los alumnos de cuarto y quinto año, las cuatro divisiones, deben tomar parte. Es obligatorio. ¿Te das cuenta? ¿Ser el mejor entre tantos? ¿Te das cuenta?
- Hablás como si yo ya hubiese ganado el concurso.
- ¿Y quién duda que lo vas a ganar?
- Yo.
- Vamos, che. ¡Siempre humilde! La humildad es una enemiga en este mundo de sinvergüenzas.
- Quizás tengas razón, pero...
- ¡Pero, pero! Siempre estás con ese pero. ¡A escribir y ganarte los diez mil pesos, vamos! Hay una semana de tiempo. Andá pensando.
- ¿Y quienes integrarán el jurado?
- Los tres profesores de literatura, entre ellos el nuestro, José Mastrone.
- No es gran cosa como novelista - juzga Jacobo Vinsky - . Leí su novela: "Aventura en las Pampas", me gusta poco. ¿Y quién más?
- Eufrasio Mendiberry.
- El poeta. ¡Sí!, Ése me gusta. ¿A que también es jurado el doctor Dalmiro de Pereyra y Granada?
- Sí, por supuesto.
- Ese me gusta menos que Mastrone. Quise leer uno de sus libros y me aburrí terriblemente. Y Mastrone lo elogia. ¿Sabés lo que es Mastrone? ¡Un adulón!
- Como el otro es hermano del Ministro de Educación... No me gustan esos dos jurados.
- Queda el otro, Mendiberry.
- Además he oído decir que Pereyra...
- de Pereyra - corrige Señozo, burlonamente.
- Tenés razón. Olvidaba el "de" que le da jerarquía al Pereyra. Al fin y al cabo, el cadete de la oficina de mi papá también se llama Pereyra.
- ¿Y qué has oído decir de él?
- Que es antisemita. En cuanto vea el Jacobo Vinsky al pie de mi redacción, la manda al tacho!
- Quién sabe... No seas tan pesimista. Tres días después, Jacobo y Nemesio se reúnen de nuevo. Ya tienen hechas las redacciones. Jacobo lee la suya.
- ¡Admirable! ¡Magnífica!... - califica Nemesio. Jacobo interrumpe:
- ¡Basta, che!
- Pero eso no lo hubiera escrito ni... Jacobo lo interrumpe nuevamente:
- ¿Ni Cervantes ni el Doctor Dalmiro de Pereyra y Granada?
- ¡Estoy seguro!, Ese no hubiese sido capaz de escribirla.
- A ver, leamos la tuya.
- Después de oír la tuya, me dan ganas de romperla. Leela vos, me da vergüenza oírla.
- Leamos. Lee Jacobo.
- ¿Qué te parece?
- No está mal, pero...
- ¿Pero?
- Este párrafo no me gusta mucho. Abusás de los adjetivos.
- Porque no sé qué decir. Cuando no sé qué decir, pongo adjetivos. Se me ocurre...
- ¿Qué?
- Es demasiado lo que te voy a pedir...
- ¡Sos mi amigo! Pedí lo que quieras.
- Que me corrijas la composición. ¿No es demasiado?
- ¡No! ¡Ya mismo! Jacobo Vinsky toma la lapicera y comienza... Nemesio Señozo mira. De vez en cuando exclama:
- Tenés razón. Eso está de más. Borralo. ¡Soy un bruto! No nací para escritor.
- En cambio naciste para matemático. Sigamos...
- Si no se me ocurre pedirte que me la corrijas, el célebre doctor Dalmito de Pereyra y Granada cuando la lee, me fusila.
- El también comete errores. En su libro, alguien encontró más de un error de sintaxis.
- ¿Y cómo tiene tanto renombre?
- Propaganda, toda propaganda! No me acuerdo que escritor ha dicho: "El público compra y lee propaganda". Eso está pasando con el doctor Dalmiro de Pereyra y Granada. Una sola línea escrita por Eufrasio Mendiberry vale más que todos los ensayos de su grueso libro, con más de mil páginas... Sigamos leyendo lo tuyo. Los tres profesores de literatura que constituyen el jurado están reunidos en la biblioteca del colegio. Habla Eufrasio Mendiberry.
- Aquí traigo las ciento siete composiciones.
- ¿Y las leyó todas? - pregunta el doctor Dalmiro de Pereyra y Granada.
- ¡Todas!
- ¡Qué paciencia! - exclama José Mastrone - ¿Encontró algunas buenas?
- Separé cinco que me parecen las mejores. Sobretodo estas dos. José Mastrone lee las firmas:
- Casualmente los dos son alumnos míos. ¿Y cuál le parece la mejor?
- Esta.
- ¡Ah, Vinsky! Es mi mejor alumno. Asombra lo que ha leído ese muchacho a su edad.
- ¿Vinsky dijo? – pregunta el doctor de Pereyra y Granada; hace una mueca.
- Sí, doctor.
- ¡Hum! ¿Judío, no?
- Nieto de rusos o de polacos. Los padres son argentinos.
- ¿Y usted, Mendiberry defiende la composición de un judío?
- A mÍ, simplemente, me parece la mejor de las ciento siete que he leído.
- ¿Qué dice usted, Mastrone?
- Yo confieso, no he leído todas; pero las de mis alumnos las he leído. En verdad, como dice aquÍ el poeta, la de Jacobo Vinsky es la mejor, muy superior a todas. El doctor Dalmiro de Pereyra y Granada se incorpora. Es un hombre alto, buen mozo, elegante. Enciende un cigarrillo parsimoniosamente, y habla:
- Yo, amigo Mastrone, yo nunca daré el premio a un judío.
- ¿Por qué? - pregunta Mendiberry un poco asombrado.
- ¿Por qué? - pregunta usted; yo expulsaría a todos los judíos de América, por eso nada más.
- ¿Antisemita?
- Sí.
- ¿Nazi?
- Como le parezca. ¡No votaré por ese Vinsky!
- Usted se va del tema, doctor. El autor de esa composición no debe ser juzgado ni por su raza ni por sus posibles creencias religiosas, sino por sus méritos literarios.
- ¡Pues no lo votaré!
- En la literatura argentina, puedo citarle nombres... ha habido escritores judíos de valor que obtuvieron premios nacionales...
- ¿Qué dice usted, Mastrone? - lo interrumpe el doctor de Pereyra y Granada dirigiéndose al otro jurado.
- Yo - duda éste - bueno... Podríamos premiar al otro candidato de Mendiberry. Se llama Nemesio Señozo. Es un muchacho con bastante de indio, según su color de piel. ¿Qué dice, Mendiberry?
- Digo que premiando a Señozo cometeríamos una injusticia.
- Yo la cometo conscientemente.
- Admiro su conciencia.
- No me ofendo.
- No lo digo para ofenderlo.
- Hable usted, Mastrone - se dirige el doctor de Pereyra Y Granada al otro jurado - . De usted depende el premio. Yo voto por Nemesio Señozo. José Mastrone empalidece. ¿Qué hacer?... Está sobre una balanza: de un lado el mérito, la superioridad de Jacobo Vinsky; en el otro platillo de la balanza, sus intereses, el deseo de no contradecir a quien le ha dado la cátedra, a quien le ha prometido votar por su novela en el próximo concurso municipal de literatura, a quien es hermano de un ministro... Dice:
- Yo, sin desconocer que la composición de mi alumno Jacobo Vinsky es excelente... - calla, aún duda.
- ¿Va a votar por el otro, el no judío? Muy débilmente, sonriendo, Mastrone responde: Sí.
- ¡Inaudito! - grita Mendiberry, se pone de pie, pasea nervioso - ¡Inaudito! - repite y agrega: Quiero dejar constancia de mi voto a favor de Jacobo Vinsky. Labremos un acta.
- Bien. Se hará como usted lo desea.
- No quiero ser cómplice de una injusticia tan evidente. La composición de Señozo tiene buenos párrafos, está bien adjetivada, pero la otra es muy superior, llena de emoción, de ternura. Quien la lee entra en ganas de vivir en Buenos Aires... ¡ Hagan lo que quieran! Nunca supuse que dos personas cultas, dos profesores, llevados por sus odios políticos, religiosos o raciales, llegaran a esto. ¡No! Digo mal, es usted, doctor Pereyra y Granada, el culpable de este juicio. En cuanto a Mastrone, otras son las causas que lo obligan...¡Mejor me callo! Nunca supuse...
- Y yo nunca supuse que usted fuese tan judaizante - tira la estocada el doctor. Mendiberry, ya serenado, se sienta y responde:
- No soy judaizante ni antijudaizante. Ir contra una raza o una nacionalidad es un prejuicio. Y los prejuicios manchan. Es discriminar. No ponga ese gesto burlón, Mastrone. Usted sabe que estoy en la verdad. Hay quienes rechazan a los negros o a los indios. Todos somos seres humanos. Así lo entendía Jesucristo, ese joven judío revolucionario que asesinó la policía de los ricos fariseos. Recuerdan ustedes la parábola de la samaritana?
- ¿Usted es interracista internacional, entonces?
- Por supuesto. El doctor acusa:
- ¡Usted es comunista!
- ¿De modo que estar con Jesucristo es ser comunista? Curiosa conclusión la de usted, doctor Pereyra... ¿Pereyra? ¿Sabe acaso que su apellido es de origen judío?
- ¿¡Judío!? ¡Soy criollo, argentino de varias generaciones! Mi bisabuelo peleó en Cepeda.
- Descendiente de españoles. Quién desciende de españoles, salvo nosotros, los descendientes de vascos, quizás los de gallegos, nunca están seguros de no tener algo de semita, o judío, o árabe. Y eso, quien sabe, porque los árabes pelearon, junto a asturianos e ibéricos, en el norte contra los galos. Le recordaré que el pontífice Paulo IV, en mitad del siglo XVI, aliado de Francia y enemigo de España escribió: "Esta polilla de españoles, sangre de judíos y de moros"... Vuelvo a su apellido, doctor: Pereyra es apellido portugués, sefardita. ¿Y Granada? Apellido español que recuerda una ciudad, es judío. ¿Está usted seguro de no ser judío? Ya lo ve, querido doctor, por las dos ramas es usted... su propio enemigo.
- Conozco a mi árbol genealógico desde muchas generaciones antes que la mía.
- Sin embargo... Su semitismo, para mí, es evidente.
- ¡Pero muy remoto, muy remoto! - interviene, intentando ser conciliador, Mastrone - . El mío, también es remoto. Yo desciendo de italianos del sur de Italia. Allí moros y otros hicieron de las suyas cuando las invasiones.
- Buscar la pureza de una raza - termina Mendiberry - es como buscar la pureza de las aguas de un río. ¿Cuántos afluentes no toman parte de ese embrollo que es un gran río? ¿Insisten aún en no votar a Jacobo Vinsky porque es judío?
- ¡Sí! - responde rotundamente el doctor de Pereyra y Granada. Mastrone asiente moviendo la cabeza y la agacha. Mendiberry se incorpora, alterado. Por fin puede serenarse y, lentamente, habla:
- Es curioso lo que ocurre: Antes, en el siglo XIX, los criollos de Buenos Aires, mestizos de españoles e indios y de españoles y negros, despreciaban a los extranjeros rubios, los gringos. Ahora, los descendientes de los gringos rubios, desprecian a los criollos de tez oscura que han bajado de sus provincias pobres para trabajar en Buenos Aires. ¡Curioso, muy curioso! Ahora, los despreciados son los mulatos o los mestizos. Los descendientes de gringos ya olvidaron que son gringos, extranjeros. Se creen más criollos que la yerba mate o las boleadoras. ¡Cuánto separan a los pueblos los prejuicios de nacionalidad y raza!
- termina Mendiberry en tono de lamento.
- A usted, si se lo deja hablar - interviene el doctor Pereyra – puede mostrarnos que la noche es día.
- En este caso - replica Mendiberry - estoy demostrando que el día es día.
- No le falta elocuencia. Presente su candidatura para diputado. Le ofrezco mi voto
- dice el doctor Pereyra, burlonamente. Y prosigue
- : Dos contra uno en este debate: somos demócratas. La composición de Nemesio Señozo será la premiada, y elevaremos una nota en la cual conste su disidencia con nosotros. Salvará sus escrúpulos.
- Bien, me despido. Hasta la vista. Mendiberry y Pereyra se dan la mano.
- No me saludó a mí- se queja Mastrone - . ¿Por qué no me saludó a mí y lo saludó a usted?
- Es una ofensa - opina el doctor Pereyra - . Desafíelo. Me ofrezco para servirle de padrino. Mastrone se encoge de hombros:
- No es necesario llegar a tanto, doctor. En el patio del colegio, con la presencia del rector, otras autoridades y profesores, se va a entregar el premio. Allí también está el filántropo. Es un hombre voluminoso, dueño de una fábrica de cigarrillos. Sonriente, recibe felicitaciones y agradecido, promete:
- El próximo año daré veinte mil pesos. Se debe estimular la inteligencia y el amor a nuestra ciudad. El doctor Pereyra y Granada comienza a hablar. En un rincón, perdido entre el grupo de profesores, Mendiberry espera. Señor rector, señoras, señores... El doctor de Pereyra y Granada, voz serena, domina al auditorio. Agradece al filántropo, elogia su generosidad y su patriótica idea de estimular en los jóvenes el sentimiento de amor a la ciudad donde nacieron. Después, advirtiendo que el premio se ha dado por dos votos, el suyo y el de Mastrone, contra el de Mendiberry, levanta más la voz. Da el nombre del premiado:
- ¡Nemesio Señozo! - grita. Un gran aplauso, el propio rector lo inicia. El doctor Pereyra y Granada pide:
- Que se adelante el joven Nemesio Señozo a recibir su premio. Nemesio no se mueve. Varios compañeros lo empujan.
- ¡Andá! Tu composición es la premiada.
- ¡No, no puede ser! - Nemesio Señozo clava la vista en Jacobo Vinsky que está a su lado.
- ¡No puede ser! - repite - . ¡No puede ser!. ¡No!
- Jacobo Vinsky es quien habla ahora:
- Andá, a vos te han premiado.
- Pero… - duda Nemesio - ¿Y tu composición?
- Han premiado la tuya, no la mía.

Varios lo sacuden, lo empujan. Nemesio Señozo no se mueve, repite, estupefacto:
- ¡No puede ser, no puede ser! Empujado por muchos, Nemesio se adelanta, las piernas se le doblan. Ya está en el frente, junto a la mesa donde el rector, otras autoridades, el filántropo y los jurados se sientan. Retumban los aplausos estrepitosamente.
- El señor Pérez y López - anuncia el doctor Pereyra - de su propia mano, entregará el premio - y señala al filántropo. Aquél abraza a Nemesio y le alarga el sobre... Pero Nemesio Señozo no estira la mano para tomarlo. Mira a todos, mira a su alrededor como si quisiera huir. Abre los ojos espantado.
- ¿Qué le pasa? - interviene el rector - . Tome el premio que el señor le entrega. Por qué llora?
- La emoción, la emoción - repiten algunos - , la emoción, la emoción. Nemesio Señozo continúa llorando, Intenta hablar, no lo consigue. El rector le coloca el sobre en un bolsillo. Nemesio lo saca de su bolsillo y lo tira sobre la mesa.
- ¡No, no, no! - grita. Y la voz se le quiebra.
- ¿Qué dice? - prosigue el rector - ¿Se niega a recibir el premio?
- ¡Sí, me niego!
- ¿Por qué? Se hace un gran silencio expectante. Al fin y con esfuerzo, al principio balbuceando, después más seguro, Nemesio habla:
- Porque este premio no debe ser para mí. Es injusto. La composición me la corrigió Jacobo Vinsky. ¡Si casi puedo decir que la hizo él! La de él es mejor, mucho mejor que la mía. ¿ Por qué han premiado la mía? ¡No puede ser! Ese premio es de Jacobo Vinsky, dénselo a él.¡No lo quiero! ¡No es mío! Sollozando, con las manos en la cara, huye, atropella las filas de sus asombrados compañeros que se corren para dejarlo pasar. Y sale corriendo a la calle. Mendiberry se incorpora y, en el silencio de estupefacción que embarga a todos, habla. Dice:
- Todavía no está perdido el mundo. Todavía hay muchachos como éste. Y señala la puerta por donde ha desaparecido Nemesio Señozo. Hay un silencio largo. El rector dice:
- ¿Qué hacemos? Habla el profesor Mastrone:
- Ya que Nemesio Señozo rechaza el premio, puede llevarlo Jacobo Vinsky que tuvo un voto.
- Jacobo Vinsky - llama el rector - Pase a recoger su... Lo interrumpe la voz segura de Jacobo Vinsky:
- ¡No lo quiero! Otro gran silencio. Y se oye a Mendiberry:
- Me parece que hoy los chicos nos están dando lecciones de dignidad a los grandes.