narrativa

EL VIVO Y EL ZONZO

Hay en el niño algo de hombre desde la cuna;
como en el hombre, algo de niño hasta la muerte.

VALTEUR


- ¿Te miraste al espejo? - pregunta, de pronto, Hernando. Alsino se sorprende.
- ¿Y por qué me voy a mirar al espejo? - responde.
- ¿Pero te miraste o no te miraste?
- Sí, me miro cuando me peino.
- ¿Y no te diste cuenta la cara que tenés?
- ¿La cara que tengo? La cara de todos: nariz, boca, cejas, ojos, frente...
- No, la cara de todos, no. Vos tenés cara...

Hernando se detiene.
- ¿Cara de qué?
- Tenés cara de zonzo.
- Y vos, ¿qué cara tenés?
- ¿Yo? Cara de vivo.
- ¿Por qué me provocás?
- No te provoco. Te digo eso, porque con la cara que tenés podemos ganar dinero.
- ¿Querés que venda mi cara?
- No te darían ni diez centavos.
- Entonces, ¿qué?...
- No te pongas así, no te enojes... ¿Tenés guita?
- Ni medio.
- Yo, tampoco. Por eso se me ocurrió... Si vos aceptás, vos y yo vamos a tener los bolsillos llenos. Escuchá. Acercate. - Y Hernando baja la voz misteriosamente... - ¡Es una idea la mía! ¡Una gran idea!
- Decila, ¿a ver? - la curiosidad y la codicia de Alsino han despertado y brillan en sus ojos.

Hernando y Alsino tienen la misma edad; ese día, por ser fiesta, no fueron a la escuela. Los días de fiesta Alsino aparece en el barrio, viene a jugar a las figuritas. Después desaparece por toda la semana. Hoy, después de haberle ganado todas, Hernando le hizo esa pregunta que tanto sorprendió a Alsino: ¿Te miraste en el espejo?

Y ya está en práctica la "gran idea" de Hernando, la gran idea que les dará "guita", que ya les está dando guita.

Alsino oculta una mano, deja floja la manga del saco y extiende la otra. Mira con ojos de infeliz. Es un lisiado que pide limosna. Hernando, a poca distancia, lo observa. Su cara se ilumina cada vez que alguien alarga a Alsino una moneda, y a veces, hasta un billete de dos pesos. Están en la vereda del Hospital Ramos Mejía frecuentada por los familiares y amigos de los enfermos. Alsino, levantando sus apagados ojos, murmura, agradecido, cada vez que una moneda cae en sus manos.

- Rezaré para que su enfermo se cure.
- ¡Gracias!- responde más de uno y hay quien agrega: Gracias, muchacho. Dios te oirá. Dios escucha a la inocencia. Alsino sonríe. Hernando también sonríe. Sonríe y vigila. Pasa el tiempo. El bolsillo derecho del saco de Alsino está abultado. La cosecha fue abundante. Una mujer, después de darle un peso, le pregunta:
- ¿Cómo quedaste manco?
- Me agarró una máquina- responde Alsino, y pone los ojos más infelices que puede.
- ¡Pobre chico! Tomá otro peso.

Ya cuando se cumple la hora de la visita en el hospital, Hernando y Alsino se retiran satisfechos, a hacer el balance de lo ganado. Cuentan y recuentan:
- ¡Cuarenta y cinco pesos! - exclama alegremente Hernando- . Veintidós para cada uno. Y sobra un peso. ¿Cara o ceca?
- resuelve dispuesto a revolearlo.
- Cara - dice Alsino.
- Ceca - y Hernando se guarda el peso. Enseguida se dispone a proyectar la próxima jornada
- Pasado mañana es el día de visita en el Hospital Rawson... Alsino lo interrumpe muy serio:
- ¡Esperá un poco, che! ¿Vos dijiste que yo tengo cara de zonzo, verdad?
- Y la tenés. Por tu cara hemos ganado estos cuarenta y cinco pesos.
- Sí, Yo tengo cara de zonzo. Pero no soy zonzo.
- ¿Y qué me decís con eso?
- Con eso te digo: ¿Por qué yo debo darte la mitad de mi ganancia? – Hernando lo observa. Alsino continúa
- . Vos no hacés nada, vos sentado en ese umbral, mirás como yo hago de caradura. ¿Yo soy el que trabajo y vos ganás la mitad? ¡¡Lindo negocio el tuyo! ¡Te pasaste de vivo!
- ¿Entonces?...
- Entonces yo no tengo que darte nada.
- Y la idea, ¿de quién fue la idea?
- Bueno, yo ya te pagué la idea con eso que te guardaste hoy. Pasado mañana voy solo al Rawson, no te necesito.
- ¡Sos un roñoso! - se sulfura Hernando- . ¡Sos un mal amigo!
- Soy un cara de zonzo que no es zonzo - responde Alsino, y se aleja.

Al llegar Hernando a la esquina del Hospital Rawson, ya ve en la puerta a Alsino haciendo de manco y recogiendo limosnas. Su primer impulso es increparlo delante de la gente, sacarle el brazo que oculta, demostrar que es un impostor, pero reflexiona y se dice: ¡Lo voy a embromar, ya lo creo que lo voy a embromar!

Se acerca a un vigilante:
- Buenas tardes, agente.
- Buenas.
- ¿Ve aquel muchacho que está pidiendo limosna en la puerta del hospital? No es manco, se hace el manco.
- ¡Veremos! - y ya está el vigilante frente a Alsino. Este pretende alejarse; pero el vigilante lo atrapa
- . ¡A ver, manco!
- y de un tirón le saca el brazo oculto
- . ¡Ahora, a la comisaría! Hernando, desde un zaguán, espía el resultado de su venganza. Se siente feliz. Pasan quince días. Alsino no aparece por el barrio.
- ¿Seguirá preso? - se pregunta Hernando- . No puede ser, es un menor. Si yo supiera dónde vive... no sé ni dónde queda su colegio. Por fin, un 25 de mayo, por ser día de fiesta, aparece Alsino. Saluda como si no hubiese pasado nada.
- Buenas, ¿Cómo te va, alcahuete?
- Bien. ¿Y a vos?
- ¿A mí? ¡Macanudo!
- y hace cascabelear las monedas en su bolsillo.

Hernando, colérico, va a levantarse, dispuesto a pegarle; pero ya Alsino, veloz, corre, desaparece. Hernando queda mustio. Se sienta en el cordón de la vereda y medita: Ese canalla está haciendo el negocio para él solo. Me vino a mostrar la guita para burlarse. El vigilante, seguro, le dijo que yo lo denuncié. Me ha llamado "alcahuete"... ¡Ah, pero yo lo perseguiré! En cuanto descubra el hospital donde pide, lo denuncio. Y se pone a recorrer hospitales, inútilmente. No lo encuentra.

Porque Alsino tiene cara de zonzo, él lo admite, pero también admite: "Tengo cara de zonzo, pero no soy zonzo". Ya no va a los hospitales a hacer de manco. Ahora está en la entrada del cementerio de la Recoleta, cementerio de gente rica, y allí las limosnas siguen cayendo en su mano extendida y siguen abultando el bolsillo de su saco. Hernando busca. ¿Se le ocurrirá al vivo lo que al zonzo se le ocurre, cambiar los hospitales por el cementerio? El vivo, ¿encontrará la picardía del zonzo?...