narrativa

EL VIGILANTE Y LA PATOTA

Con los palos el niño se hace malo y
el que es malo se hace peor todavía.

PROVERBIO ESPAÑOL

En la esquina de Guise y Güemes hay una churrasquería que es también, vinería, cervecería y empanadería. Se llama “El Ceibal”. De ella irrumpe un grupo de muchachos, de adolescentes, exóticamente vestidos y poseedores de largas melenas, ya que, por su edad, aún no pueden ostentar agresivas barbas. Acaban de comer empanadas muy picantes, al estilo tucumano y sobretodo, de beber cerveza y vino en abundancia. Son estudiantes secundarios. Lo dicen sus libros y carpetas. Salen tumultuosamente. Ríen, gritan, se empujan los unos a otros, bromean. Están alegres porque sí, que es la mejor forma de estar alegre. Alegres y excitados. Las empanadas picantes, el exceso de cerveza o vino, los empuja a ser bulliciosos, agresivos. Y así, en patota, se sienten más fuertes, más agresivos. Son cinco: Tulio Corvalano, Manfredo Seijas, Samuel Paifer, Juan Okato y Rosalía Seijas. Esta, la única chica de la barra, hermana de Manfredo es una bella joven rubia de larga cabellera y luminosas pupilas. Afea su femineidad vestida con pantalones manchados a propósito y un largo sacón descolorido sobre el suéter también descolorido; quizá sucio.

Los cinco, así, ruidosamente, como cabe a los chicos de su edad, acaban de festejar los quince años del mayor de entre ellos, “el japonés”, como le dicen a Juan Okato, argentino, porteño como todos los demás, como Rosalía y Manfredo Seijas, hijos de gallegos, como Samuel Paifer, hijo de judíos polacos, como Tulio Corvalano, hijo de calabreses. Juan Okato es hijo de un japonés y de una criolla; pero conserva, evidentes, sus rasgos nipones. Juan Okato, por su edad y su decisión, es el jefe de la patota. Es feo sin atenuantes. Se distingue de los otros por su cabeza rapada. Todos se dejan crecer melenas al descuido; él, en cambio, se pela al rape, desafiante. Además, lleva anteojos de gruesos cristales para corregir su miopía. Además, Juan Okato, pequeño, feúcho, amarillento, insignificante; está enamorado de Rosalía, alta, linda, sonrosada, representante de la hermosa tierra de Galicia, pródiga en mujeres de ojos azules promisorios de todas las delicias. Por supuesto, Juan Okato, pese a su natural osadía, hoy aumentada por la cerveza y el vino, no ha revelado su amor - ¡amor imposible! - , lo llama él, para sí, románticamente, hacia la sonriente, alegre y decidida “machona” – según las viejas – que los acompaña como si fuera uno más de los muchachos.

Los cinco irrumpen del “Ceibal” gritando y cantando. Adelante “el japonés”, con un tango a voz en cuello: “Sola, fané y descangayada, la vi esta madrugada, salir del cabaré”…
- ¡Oh, muchachos! – deja de cantar y, volviéndose al grupo que lo sigue, grita - . Miren quién está allí. ¡Un chafe! ¿Quieren ver como lo farreo?? – pregunta, y mira a la bella Rosalía.

Ella le sonríe, sabe que el pequeño y esmirriado japonés – en rigor argentino, porteño, tanguero como cualquier descendiente de criollos – es capaz de todo, más hallándose ella delante.

No espera la aprobación de los demás compañeros de juerga. El japonés se adelanta. Los otros lo siguen, ansiosos de ver qué hará, pues lo saben capaz de todo. Ya ha dado muestras repetidas veces de su temeridad y su desparpajo. Hará otra de las suyas, seguramente.

En la puerta de la embajada de Bulgaria, en la calle Guise, hay un vigilante de custodia. No es n vigilante profesional. Se le ve en el fresco rostro de casi niño, a pesar de sus veinte años, es un estudiante que hace el servicio militar como vigilante. Se llama Adolfo Cruzo, he hablado repetidas veces con él sobre historia y literatura. Adolfo Cruzo es un muchachón corpulento, de un metro noventa de estatura, hermoso, de ojos mansos, estudiante de medicina.

“El japonés” se planta a unos metros del vigilante. En la vereda de enfrente, los demás aguardan, curiosos, a ver qué hace el osado jefe de su patota.

“El japonés” se quita el buzo, los pantalones, luego el calzoncillo. Queda en traje adánico frente al vigilante. Este lo mira. Desnudo, espera. Y como no le dice nada, “el japonés” dice algo:
- Estoy desnudo – grita - ¿Qué te parece?

Los demás ríen.

El vigilante responde:
- Desnudo, no; faltan las zapatillas. - Y ahora, ¿no estoy desnudo?
- Todavía, no – dice el vigilante - , faltan los anteojos.

Hay una pausa. ¿Qué hacer? El guardián del orden, no se inmuta. Sigue mirando al desnudo. Indiferente al posible escándalo, o fingiendo indiferencia. Esto derrota al muchacho. Recoge su calzoncillo, su pantalón, su buzo, sus zapatillas, se los pone y se incorpora al grupo de amigos. Todos, silenciosamente, comienzan a caminar. Se van defraudados. Esperaron quién sabe qué reacción violenta del guardián del orden y éste ha visto desnudarse al muchacho con absoluta naturalidad, como si aquello fuese cosa de todos los días.

Yo, que he presenciado el hecho, me aproximo.
- ¿Y? ¿Qué me decís de éste?
- ¡Bah! – responde él - . Se hacía el loco. Quizá tenía una copa de más.
- ¿Por qué no lo llevaste preso?
- ¿Para qué? Allí, en la comisaría, capaz que le pegaban y le tiraban unos baldes de agua fría. Capaz que pescaba una pulmonía. ¡Hoy hace tanto frío! Ya lo ve. Se fue avergonzado. Ese no se desnuda más en la calle delante de sus amigotes para hacerse el gracioso. ¿Para qué tomar a la tremenda lo que se puede tomar a risa?

Le estrecho la mano y le digo:
- Sos filósofo de nacimiento. Si todos fueran como vos, muchacho, otro sería este mundo.