narrativa

EL GORDO SE VENGA

…La niñez no perdona. No en vano la imaginería
religiosa pinta a los serafines armados de espadas…

PIERRE GASCAR

La calle “Alegría”, a pesar de su nombre, es una de las más tristes, desoladas y sucias, un arrabal en el oeste de Buenos Aires. A los dos pasos de su última casa, más rancho que casa, más tapera que rancho, se estira la gran llanura verde, la llanura sólo limitada por el horizonte. La calle “Alegría” no está asfaltada ni tiene luz ni árboles. Sus veredas, rotas a trechos. Las casuchas, las más de latas y maderas, las lujosas de ladrillos sin blanquear, apenas se levantan del suelo. En la calle “Alegría” número 555 hay un almacén. Se llama. “Almacén el Indio Manso”. Su dueño es Zoilo Pérez, un indio por su aspecto. Es un indio ancho, inmutable, como hecho de piedra. Nadie lo ha visto sonreír. Toda su expresión está en los ojos, negros, brillantes, sanguinolentos. El almacén “El Indio Manso” es una piezucha atiborrada de mercaderías en desorden. La imprescindible balanza corona ese desorden y en ella un letrero que dice: “Para evitar los clavos, no fío”. La palabra “clavos” no está escrita. En su lugar los dibujos de unos clavos en punta la sustituyen elocuentemente.

Llega una mujer:
- Don Zoilo, ¿me da un kilo de azúcar?
- No hay.
- ¿No hay azúcar?
- ¡Se acabó!
- ¿Pero cómo puede ser eso, Don Zoilo?
- Pregúnteselo a Don Gobierno, no a Don Zoilo. Y se da vuelta. Zoilo Pérez no está para dar explicaciones a nadie. Es indio. Es parco. No malgaste frases inútiles. Otra parroquiana:
- Don Zoilo, ¿a cuánto está el paquete de fideos marplatenses?
- Han subido – responde el almacenero, y mide la traza pobre de la mujer como diciéndole: “ese lujo no es para vos”.
- ¿Mucho han subido?
- Sí.
- ¿Cuánto?
- No sé todavía, porque no tengo.

El almacén “El Indio Manso” no está muy surtido. Su dueño no es muy cortés tampoco. La gente del lugar compra en él porque es el único almacén a diez cuadras a la redonda.

Pero una mañana, en un local frente a su negocio, comienzan a llegar albañiles y carpinteros. La noticia corre: allí se establecerá un nuevo almacén. El gordo Perico, que todo lo sabe, inquieto, charlatán, correveidile, es quien le trae la mala noticia a Don ZOLO.

- ¿Sabe una cosa? Allí van a abrir otro almacén.
- ¿Quién te dijo?
- Mi papá que trabaja de carpintero. Venga, ¿ve aquel que está arreglando la ventana? Ese es mi papá. Mi papá es amigo del dueño. Son de Pontevedra los dos. El almacén se va a llamar “La Flor de Galicia”. El dueño se llama Isidoro Faliño. La mujer se llama Rosario. El va a atender el almacén y la mujer el despacho de bebidas, porque va a poner despacho de bebidas. Dice mi papá que el despacho de bebidas da mucha ganancia.

Zoilo Pérez al fin explota:
- Podés irte, muchacho. ¿Alguien te preguntó algo? La noticia seguramente lo quema; pero el indio sigue inmutable como si no le interesara.

Y una mañana el almacén “La Flor de Galicia” abre sus puertas. Y se atiborra de compradoras. Un gran letrero anuncia: “Precios únicos. Mercadería buena y barata”. Isidoro Faliño, el dueño, y su mujer, Rosario, la que atiende el despacho de bebidas son gordos, sonrientes, simpáticos, conversadores. El almacén está bien surtido. Allí no se le dice a la parroquiana: “no hay” o “se acabó”. En “La Flor de Galicia” hay todo. Y hay saludos, sonrisas, chistes y hasta piropos para las jóvenes compradores. Allí parece que se vendiera alegría.

La clientela del almacén “El Indio Manso” disminuye. El gordo Perico desde hace tiempo no quiere a Don Zoilo. Se venga de algo que éste le hizo trayéndole malas noticias. Una tontería, sí pero el gordo Perico no olvida:
- ¿Me da la yapa, Don Zoilo?
- Aquí no hay yapa.
- En otros almacenes dan la yapa. Déme un caramelo.
- Andate o te tiro algo por la cabeza – y Don Zoilo aprieta un pan. Ahora el gordo Perico le trae las nuevas del rival de enfrente:
- ¿Sabe lo que le dijo Don Isidoro a mi papá? ¿Lo que le dijo de usted? El indio no pregunta, pero el gordo Perico continúa
- Le dijo que usted va a morir como Tupac
-Amarú.
- ¿Tupac
-Amarú? ¿Quién es Tupac
-Amarú?
- Es un indio al que los españoles descuartizaron. Dijo que usted va a morir descuartizado comercialmente, que lo va a arruinar. ¿Qué dice a eso?
- ¡Que te vayas!

La rivalidad es imposible. “La Flor de Galicia” se llena de compradoras. Su despacho d bebidas, donde la sonriente, sonrosada, obesa Rosario, fresca aún, despacha copas y ocurrencias, se ve concurridísimo y animadísimo. “El Indio Manso” cierra a las 20. “La Flor de Galicia” queda abierto hasta las 22, rebosante de bebedores su despacho de bebidas. “El Indio Manso” cierra los domingos. Los domingos a la mañana, “La Flor de Galicia” sigue atendiendo a sus compradores.
- Don Zoilo, ¿sabe lo que dice el gallego? – es el gordo Perico quien habla
- . Dice que él quiere trabajar, que él no es indio, que los indios son unos haraganes. ¿Qué dice, Don Zoilo?
- ¡Que te vayas!

El gordo Perico se venga. No importa que el inmutable indio no diga lo que él desearía que dijese. El indo calla; pero sus ojos sanguinolentos chispean y enrojecen. Una mañana el perro de Don Isidoro, un perrillo molesto y ladrador, aparece duro en la puerta de “La Flor de Galicia”.
- Alguien lo ha envenenado. ¿Quién pudo envenenarlo?
- Don Zoilo – siempre es el gordo Perico quien habla
- ¿Vio lo que le pasó al perro de “La Flor” ?
- el indio calla y espera: Amaneció envenenado. Y el gallego dice que usted…
- ¡Andate, muchacho! – lo interrumpe el hombre. Y esta vez un pan duro da contra la cabeza del gordo Perico.

En la puerta de “El Indio Manso” se bambolea un letrero: “No hay azúcar”. En la vidriera de “La Flor de Galicia” se exhibe otro letrero: “Hay azúcar”. La competencia se hace imposible. Zoilo Pérez se torna cada vez más inmutable, más duro, más antipático. Isidoro Faliño y su mujer, Rosario, más conversadores, chistosos, simpáticos. Aquí prosperidad, allá decadencia.

Pero Isidoro Faliño viene notando de hace tiempo que la fila de salamines disminuye. Es preciso descubrir al ladrón – se dice. Y él y su mujer quedan alertas. Esta lo descubre. El ladrón es el gordo Perico. Y un atardecer, cuando aún no se habían encendido los faroles de “La Flor de Galicia”, se lo atrapa. Doña Rosario lo sorprende cortando el salamín y da el grito:
- ¡Ya está!

Sale el avisado almacenero por el despacho de bebidas, corta la retirada al gordo Perico y, en la parte carnosa de su abundante cuerpo, allí donde las curvas mejor se adaptan a la palma de la mano, deja caer su manaza, una, dos…, diez veces. El gordo Perico sale a la disparada.
- Este no me roba más salamines – asegura el almacenero, triunfante.

Todo no ha terminado. El gordo ya se ha vengado del indio, ahora debe vengarse del otro. La ocasión se presenta. En su casa han aparecido pintores con tachos de cal y pinceles. “Esta es la mía” – piensa el gordo Perico. Una noche, ya tarde, en silencio y calma, toma un tacho de cal, un grueso pincel, y sale. Sobre la pared del almacén “El Indio Manso” escribe con cal: “Indio azezino”, después traza un reguero de cal que une el umbral de “El Indio Manso” con el umbral de “La Flor de Galicia”.

Hoy el gordo Perico ha madrugado. Espera los acontecimientos. Algo grave debe suceder, seguro… No bien el indio abre su puerta, el gordo Perico, descuidadamente, se acerca a leer en voz alta: “Indio azezino”. Don Zoilo también lee, por supuesto.

Y el gordo Perico habla:
- Yo sé quién ha escrito eso.
- ¿Quién?
- ¿Y quién va a ser? ¡El gallego!
- ¿Cómo sabés?
- Mire como está escrito con zetas. Los gallegos hablan con zetas. Los gallegos no dicen “asesino”, dicen “azezino”. Seguramente él supone que usted le envenenó el perro…¡Oh, mire!

Y le señala el reguero desde el umbral de “El Indio Manso” hasta el umbral de “La Flor de Galicia”. Don Zoilo calla, pero los ojos le fosforecen y se le llenan de sangre.

En ese momento aparece Don Isidoro, sonriente, tranquilo, feliz en la puerta de su almacén. El gordo Perico lo señala:
- ¡Mírelo!

Don Zoilo entra a su almacén, sale con un palo y, lentamente, se dirige hacia su enemigo, o su presunto enemigo. Una vez delante de él, levanta el palo y lo deja caer, vigorosamente, sobre el cráneo de Don Isidoro. El dueño de “La Flor de Galicia” se derrumba. Corre sangre. Doña Rosario grita. Acude gente. Un policía. El gordo Perico habla:
- Fue el indio, yo lo vi.

El indio se ha refugiado en su negocio. De allí lo sacan los policías y se lo llevan. El dueño de “La Flor de Galicia”, aún inconsciente, en conducido al hospital en una ambulancia. El gordo Perico se ha vengado.

Pasan meses. El almacén “El Indio Manso” no abre sus puertas. Las cruza un cartel que dice: “Por orden del Juez…” Una mañana aparece Isidoro Faliño detrás del mostrador de su almacén. No está tan gordo ni tan sonrosado. Una larga cicatriz le cruza la frente. Como si no hubiera ocurrido nada, el gordo Perico entra a “La Flor de Galicia”.

Isidoro Faliño lo mira muy serio.
- Buenos días, don Isidoro, ¿me da un paquete de yerba?
- Isidoro Faliño siente ganas de gritarle: ¡Vete, ladronzuelo, aquí no se vende a ladrones de salamines!
- Pero no lo grita. Se impone el comerciante. Saca el paquete de yerba, recibe el dinero, lo cuenta y lo recuenta antes de guardarlo en el cajón de la máquina registradora. El gordo Perico está aún frente a él.
- ¿Deseas algo más? – pregunta. El gordo Perico, señalándole la cicatriz que cruza la frente, dice:
- ¿Le duele todavía? Isidoro Faliño siente impulsos de estrangular al muchacho. Se contiene. No responde. Le da la espalda.