narrativa

DOS TERRIBLES PISTOLEROS

Son siempre sentimientos mal dirigidos quienes
llevan a los niños a dar el primer paso hacia el mal.

ROUSSEAU

Suena el teléfono. Vuelve a sonar una y otra vez. Galileo acude, semidormido:
- Hola, ¿quién es?
- Yo, Yanquetruz, ¿qué te pasa, no me conocés la voz?
- Estoy casi dormido todavía.
- ¿Anduviste de farra?
- Sí, con un libro de física.
- Siempre el mismo, vos. Necesito hablarte. Vení enseguida.
- Me baño…
- ¡No, no, no! ¡Enseguida! Estoy hablando desde el café de la esquina de tu casa. Apurate.
- Pero ¿qué pasa? Me alarmás.
- Tengo un asunto formidable. Nos vamos a llenar de oro.
- Voy para allá – y corta.
- Galileo se viste apresuradamente. Yanquetruz, su amigo, le ha llenado de puntas el cerebro. La curiosidad le corre por las venas. En la esquina lo encuentra esperándolo.
- Vení – le dice Yanquetruz con aire misterioso , y mira hacia los lados, recelosamente
- , no quiero que nadie oiga. Es un asunto grave. Vamos allá, a aquel banco de la plaza.

Se sientan. Galileo, ansioso por preguntar. Yanquetruz, misterioso. Singular relación la de estos dos amigos. Galileo es un muchacho robusto, buen estudiante, quince años llenos de alegría y ansiosos de vivir. Yanquetruz, su antiguo compañero de la escuela primaria, es su antítesis: pequeño, esmirriado, con los pelos oscuros cayéndole sobre la frente, ojos vivísimos, dos puntas de fuego. Yanquetruz siempre trae algo que contar, aventuras o noticias policiales, porque es un lector afanoso de libros o de revistas en los que se habla de robos y crímenes. Lleva memoria de todos los asaltos ocurridos en Buenos Aires y Montevideo desde que tenía diez años. Sus héroes son ladrones y pistoleros. Con tal erudición, asombra a su amigo, lo enardece, le sacude su ingenuidad, lo arrastra a mundos que el estudiante desconoce. Galileo admira a Yanquetruz, el alto y robusto al enclenque y pequeño.

- ¡Si tuviese esta mano! – es una lamentación que Yanquetruz repite siempre
- . ¡Las cosas que haría yo! Todos los diarios hablarían de mí, ¡te lo aseguro! Yanquetruz es manco de la mano izquierda.

No bien instalados, Galileo, impaciente, lo insta:
- ¡Hablá! ¡Hablá! ¿Qué pasa?
- Nada por ahora; ¡pero va a pasar! Vos y yo nos vamos a llenar de pesotes. ¡Te lo aseguro por el nombre que tengo!¿O crees que mis padres me pusieron Yanquetruz porque sí nomás. Ellos sabían que yo iba a ser si no un gran cacique como el Yanquetruz de la pampa, un grande y terrible pistolero. ¿A que no se les iba a ocurrir a tus padres ponerte el nombre de Yanquetruz?
- No, papá me puso Galileo porque es el nombre de un gran sabio de Italia que él admira.
- ¿Gringo? ¡Bah!…
- y enciende un cigarrillo.
- ¿Fumás ahora? – pregunta Galileo.
- Sí, desde ayer. He pensado que todos los pistoleros fuman y se emborrachan. Ayer me mamé con ginebra.
- Te va a hacer mal.
- ¿A mí? ¡A mí no me hace mal nada! – y hecha el humo por la nariz.
- Galileo lo mira. Vuelve a la carga:
- ¿Y el asunto que decías?
- Un momento. ¿Has oído hablar de “El pibe Puma”?
- ¿Ese que mataron hace unos días?
- ¡El mismo! El Pibe Puma va a quedar hecho una tachuela al lado mío. Acordate lo que te digo ahora, este 15 de julio. No olvidés la fecha. Dejá que demos este golpe, nos hagamos de dinero y ya verás en todos los diarios con letras así de grandes: “Apareció un nuevo Pibe Puma más terrible. Se llama Yanquetruz Moresco”.
- Pero parece que vos me querés hacer pistolero a mí también y yo…yo…
- Vos serás mi segundo.
- Pero mi mamá…mi papá…
- ¡Imbécil! – lo injuria y, burlón, lo remeda
- : Papá, mamá, parecés un bebé de juguetería, mamá, papá… ¿No te da vergüenza? ¡Si yo tuviese esta mano! Si yo tuviese tu estatura, tu cuerpo, tu cara. Porque vos tenés cara de hombre, una cara seria, cara de hombre importante. ¡Y sos un caído del catre! Escuchá. ¿Ves esto?
- ¡¿Un revolver?! ¿Tiene balas?
- No, tiene caramelos de chocolate. Esto lo traje para vos.
- Pero…
- ¿Pero, qué?
- ¿Vos querés que mate a alguno, acaso?
- No hay necesidad. Con asustarlo, basta. Hombre asustado, larga la guita, el money, la mosca, larga lo más querido por los hombres. Oí bien. Abrí bien las orejas, porque vos, a veces, como si no oyeras, como si no vieras lo que ocurre a tu lado. Los libros te idiotizan. Aprendé de mí. Al terminar el séptimo grado le dije a mi vieja: ¡No estudio más! Ya sé demasiado. ¡Y no abrí nunca más uno de esos aburridos libros de estudio!
- Sí, pero mamá…
- Mamá, papá, papá, mamá – lo remeda Yanquetruz
- . Escuchá esto, muchacho. Allí, ¿ves?, en aquella esquina, está el negocio de un viejo. Vende cigarrillos. Pero tiene el negocio sólo para despistar. Es un usurero, un prestamista. A ése lo vamos a asaltar esta noche.
- ¿Y cómo sabés que es usurero?
- ¡Por la nariz! ¿No ves que tiene la nariz como el pico de un loro? Los que tienen la nariz de loro son usureros.
- ¿Todos?
- Sí.
- Mi tío Adriano…
- ¿Tiene nariz de loro?
- Sí.
- Es usurero, presta al cien por cien, estoy seguro.
- Nunca oí que cobrara interés. A papá le presta y hasta no le quiere recibir lo prestado.
- Dejemos a tu tío. Vamos a nuestro negocio. ¿Leíste alguna vez el libro de un ruso llamado Dostoyesqui?
- No.
- ¿Pero qué lees vos?
- Historia, geografía…
- Gramática, aritmética… - prosigue Yanquetruz - . Te llenás el mate de esas cosas y un día te va a explotar como una bomba… Ese ruso tiene un libro que se llama “Crimen y castigo”. ¡Eso sí, vale! Allí, un muchacho mata a una usurera para robarla. Después, el muy cretino se arrepiente. ¡Pero nosotros no nos vamos a arrepentir! Escuchá mi plan: Esta noche, a eso de las diez, daremos el golpe. Yo vengo estudiando el asunto. A esa hora, en invierno, casi no hay gente en la calle. Entrás vos: ¡La plata o la vida! El viejo se desmaya. Entro yo entonces, voy al cajón, saco lo que hay, ¡y vía! Es cosa de pocos minutos.
- ¿Y si el viejo no se desmaya?
- Se va a desmayar.
- ¿Cómo sabés?
- Por la cara del viejo. Estoy seguro que es cobarde. Todos los usureros son cobardes. Tienen miedo de morir porque tienen mucha plata. Los que tienen mucha plata tienen miedo de morir.
- Mi tío Adriano tiene mucha plata y no tiene miedo de morir
- En la última revolución fue a la Plaza de Mayo con dos revólveres…
- ¿El te lo contó?
- Sí.
- ¡Macanas!
- ¿Cómo sabés que son macanas?
- Porque lo sé. Yo adivino muchas cosas. ¡Soy brujo! Galileo lo observa. Yanquetruz le clava los ojos negros, fulgurantes, inquietos en los tranquilos, mansos del otro. Este dice, sugestionado por el pequeño:
- Seguí con tu asunto.
- Con nuestro asunto. De lo que ganemos la tercera parte es para vos y las dos terceras partes para mí; yo soy el de la idea. Vos te metés de golpe en el negocio… ¿Qué te pasa? ¿Por qué decís que no con la cabeza?
- Sería mejor que yo hiciera de campana y vos…
- ¡No, che! ¡Si yo tuviera esta mano! Además vos tenés altura y cara seria, cara de hombre. Yo soy chico, flaco, cara de ratón. No sirvo. Yo soy la cabeza y vos el brazo, el puño. Tomá el revólver.
- Tomalo vos, esta noche me lo das, es peligroso…
- Me parece que andás achuchado. ¿Tenés miedo? ¡Que no se diga!
- ¿Miedo? ¡No!
- ¡Bravo, muchacho! Hasta esta noche. A las diez te espero en la esquina de tu casa.
- Bueno. Si tardo es porque mis padres no se han acostado todavía. Saldré cuando ellos se acuesten.
- Minutos más o menos no importa. El viejo cierra tarde. Está solo, sin empleados. Como es usurero se traga la guita sin pagar nada a nadie. ¡Caro le va a costar el amarretismo! Hasta luego papá mamá – y ríe.
- Hasta luego – responde Galileo y se va pensativo. A las diez menos cuarto ya está Galileo, nervioso, paseándose por la esquina, a la espera de Yanquetruz. Llega ése, apresurado, sigiloso.
- Tomá – le da el revólver.
- ¿Tiene muchas balas?
- Te diré la verdad. No tiene balas.
- ¿Entonces?
- Es un revólver viejo que era de mi padre. No necesitás balas. El susto es suficiente.
- Pero…
- Dejame hacer a mí. ¡Yo sé! ¡Vamos!

Yanquetruz adelante, Galileo detrás con el revólver en el bolsillo, acariciándolo, pasan delante de la cigarrería. La calle solitaria. El viejo lee, inclinado sobre el mostrador, seguramente por su miopía, un diario de la noche. Pasan una vez, dos veces, tres, cuatro…Espían.

- ¡Ahora! – ordena Yanquetruz y empuja a Galleo.

Este entra al negocio. Yanquetruz corre hasta la otra esquina. Espera. Pasa el tiempo. Yanquetruz se pregunta, inquieto: ¿Qué habrá ocurrido? ¿Habrá fracasado Espera aún algunos instantes. Espía pasando por la vereda de enfrente. Ve entonces a Galileo charlando con el dueño de la cigarrería. Decide ir. Al pasar por la puerta, Galileo lo llama jubilosamente:
- Entrá. ¿Sabés quién es el señor? Es don Secundino Alcazar, antiguo maestro; fue mi maestro de tercer grado. ¿Has visto las casualidades de la vida? Me dijo: ¡Hola, Galileo!, tanto gusto de verte. Ya sabés que siempre te he distinguido mucho. ¿Quién me iba a decir que lo volvería a encontrar en mi barrio a don Secundino?
- Sí, siempre lo he recordado – explica el viejo
- . Ha sido uno de mis mejores alumnos. ¿Y este joven?
- Yanquetruz Moresco, mi compañero de séptimo grado. El es de quien le hablé, don Secundino – y volviéndose a Yanquetruz, le explica
- : Don Secundino necesita un joven empleado para su negocio. Le hablé de vos que no estudiás y no tenés trabajo. ¿Qué te parece, Yanquetruz? Aquí te va a tratar como a un hijo. Yanquetruz calla; pero su torvo mirar quema, desearía quemar a Galileo. Este, ajeno siempre a la cólera que bulle en el pecho de Yanquetruz, continúa charlando, alegre:
- ¡Qué bien vas a estar aquí! Mirá: No es mucho trabajo. Vende cigarrillos, fósforos, billetes de lotería. Don Secundino tuvo que poner este negocio porque su jubilación de maestro no le alcanza; pero está cansado, necesita quien lo ayude. Aquí con él vas a estar en el Paraíso. ¿Qué decís, Yanquetruz? Yanquetruz continúa callado.