narrativa

ALCOHOL Y AGUA

Los padres sólo piensan en los deberes del hijo, rara vez se acuerdan de sus derechos.
KAETE BALLUE

Al verlos tan parecidos, todos dicen:
- Pablo y Pedro son dos gota de agua.
- Pedro, sí. Pedro es una gota de agua; Pablo no. Pablo es una gota de alcohol – afirma la abuela - . Para el que sólo los mira son iguales, para el que los prueba son diferentes.
- ¿Por qué dice esto, abuela? – interroga alguno.
- Fui maestra durante cuarenta y cinco años, tres meses y cuatro días – explica la anciana - .

¡Si conoceré a los niños! De primero a séptimo grado, de 6 a 12 años oyéndolos, viéndolos actuar… ¡Y no voy a conocer a mis nietos! Allí los ve: la misma nariz, la misma boca, la misma voz, la misma estatura, la misma delgadez, los mismos ojos negros; pero no la misma mirada. La de Pablo es más brillante, la de Pedro se pierde en la lejanía. Pablo ve el presente; Pedro no. Casi podría asegurar lo que van a ser estos mellizos. Pablo triunfará en la vida. ¿Pedro?... ¡Ah, no se qué será de Pedro en la vida! Quizás sea músico, quizás Pablo llegue a ser ministro… Ya le digo: Pablo es una gota de alcohol y Pedro una gota de agua, en apariencia son idénticos.

Al cumplir once años, la madre de Pablo y Pedro les dice:
- ¿Saben qué día es hoy?
- 2 de julio – responde Pedro.
- Hoy es mi cumpleaños – agrega Pablo alegremente.
- El tuyo y el de Pedro – corrige la madre.
- ¿Qué nos vas a regalar? – pregunta Pablo.
- Esto. La madre, abriendo un paquete, saca dos camisas. Las muestra: son dos camisas de vestir, de vivos colores.
- ¡Qué lindas! – exclama Pedro. Pablo no opina. Tuerce el gesto.
- ¿Te gustan? – lo interroga la madre. Pablo hace una mueca. Está decepcionado. Esperaba otro regalo.
- Vos siempre descontento – protesta la madre- . Aprendé de tu hermano. Pedro ya se ha puesto la camisa y mirándose al espejo exclama:
- ¡Parezco un general en 25 de mayo!
- Yo hubiese preferido una camiseta de fútbol o un tren eléctrico – murmura Pablo.
- Probate la camisa – le ordena la madre con fastidio. Pablo se la pone y se la saca enseguida.
- Me va bien.
- ¿Pero te gusta o no te gusta?
- ¡Bah! – y se encoge de hombros.
- ¡Qué descontento! – protesta la madre – si le hubiese traído una juguetería…
- También hubiese quedado descontento – interviene la abuela - . Pablo es ambicioso. Quiere el mundo para él. En cambio a Pedro todo lo conforma. Pablo ha nacido para gozar el mundo y Pedro para contemplarlo. A la mañana siguiente, Pablo y Pedro, luciendo sus vistosas camisas nuevas, entran a clase. Son recibidos tumultuosamente.
- ¡Oh! – grita un chico. ¡Parecen dos payasos!
- ¿De dónde sacaron ese disfraz? – pregunta otro. Risas, epítetos burlones. Las camisas vistosas, de colorinches, no pasan inadvertidas para disgusto de Pablo y Pedro. Aquel se irrita, Pedro se encoge. Pablo responde a los que se burlan. Pedro calla, herido. Al salir del colegio, de regreso a la casa, Pedro resuelve:
- No vengo más con esta camisa.
- ¿Y si mamá nos obliga? Pedro solloza. Pablo medita y resuelve:
- ¡Ya se lo que vamos a hacer!
- ¿Qué?
- ¡Esto! – grita Pablo. Se la quita, la rasga y la hunde en un charco barroso del camino.
- ¿Y qué le vas a decir a mamá cuando te vea?
- ¡Yo se! – sin consultarlo, le quita a Pedro la camisa, la rasga y la hunde en el charco barroso.
- ¿Y ahora? – pregunta Pedro compungido - , mamá se va a poner furiosa.
- Vos haceme caso a mí. Yo sé más. Yo soy el mayor. Yo nací a las siete y vos a las siete y cuarto. Sos menor que yo. Cuando entremos en casa, vos llorá. No tengas miedo. Entran a la casa. Pedro gimoteando. Pablo habla:
- ¿Saben lo que nos pasó? ¡Nos asaltaron! Fue en la otra esquina. Tres hombres salieron de un auto y nos sacaron las camisas. Volvieron al auto y se fueron a la disparada.
- ¡Qué barbaridad! – grita la madre. Grita el padre, grita la abuela. Aparece el abuelo, alarmado: ¡Hay que hacer la denuncia a la policía! Todos comentan. Pablo explica los detalles. Pedro solloza, tembloroso. Al fin, la madre, consolándolo:
- No llores, Pedro. Mañana les compramos dos camisas iguales.