narrativa

NO HAY VACACIONES

Isaac se presentó a comer a las 9 de la noche. Sus padres no lo recibieron como lo esperaba: ¡a gritos! Habían pasado una magnífica tarde en los lagos de Palermo y, como se quedaran sin un centavo, los cinco muchachos hubieron de regresar a pie. Más de una legua caminando, después de haber corrido y remado toda la tarde. Isaac llegaba postrado. Tímidamente, dijo:
- Buenas noches. Sólo le respondió su tío:
- Buenas noches.

Se sentó a comer, hambriento. Su padre no gritó como habitualmente lo hacía cuando el chico llegaba tarde. Se limitó a mirarlo por encima de los anteojos, y a decir, irónicamente:
- ¿Venís a comer o a tomar el desayuno de mañana? Isaac no respondió: Ya tenía la boca llena. La madre se lamentó:
- ¡Este chico! ¡Este chico! No sabemos qué hacer con él. ¡Es insoportable! ¡Miren qué horas de venir! Se dirigía al cuñado, el hermano menor de su marido que esa noche comía con ellos. Este era un joven literato, a quien no todos los de la famita recibían en su casa. La reconciliación con el padre de Isaac era reciente. León Abramovsky había cometido una acción delictuosa para su familia: se había casado con una cristiana.

La madre proseguía:
- ¡Este chico va a terminar mal! El tío lo defendió, medio en broma:
- No exagere, Sara, no exagere: ¿Por qué el chico se va por ahí a jugar con sus amigos y regresa una hora más tarde, ya cree usted que va a ser un criminal? ¡No! Aquí me tiene a mí, ¡he sido un atorrante yo de chico! Y sin embargo, no he hecho ninguna muerte, que yo sepa… El padre rezongó. Protestaba sin que se le comprendiera.

El tío prosiguió:
- Isaac es un chico bueno, inteligente. ¿Qué le gusta pasear? ¿Pero a que chico de once años no le gusta pasear? El padre golpeó la mesa, violentamente:
- ¡Pues el mío no va a pasear! – gritó.
- Está en vacaciones – arguyó el tío.
- ¡El mío no tendrá vacaciones! Casualmente hoy, pasando por un colegio particular, vi un letrero que decía: “No hay vacaciones”. Entré y anoté a Isaac. Me cobraron quince pesos mensuales. ¡No importa! Me gastaré treinta pesos por los dos meses de enero y febrero, me dije; pero mi hijo no andará por la calle. ¡Mi hijo será un hombre de provecho! ¡Será!...
- ¡Tu hijo será un idiota! – gritó el tío, también violentamente
-. ¡Criminal! ¿Encerrar a un chico los meses de verano en un colegio? ¡Privarlo de las vacaciones! ¡Yo pondría presos a los directores de esos colegios que no dan vacaciones a sus alumnos! Trafican con la ignorancia de los padres.
- Mi hijo es mi hijo y yo tengo derecho a educarlo como mejor me parezca.
- ¡Desgraciadamente tenés ese derecho! Los dos hermanos se habían puesto de pie, iracundos.
- ¡Mañana mismo va al colegio!
- ¡Y yo no piso más tu casa, padre criminal! El tío salió gritando. El padre gritaba también,. La madre lloraba. Isaac, tranquilamente, como si él no fuera el origen de la disputa, comía. Acababa de ocurrir lo que en Buenos Aires se llamó “la semana de enero”. Una semana de angustia. Se cazó a la gente por las calles, como si se tratara de fieras. El barrio judío fue azotado. En todo judío se veía un “ruso” y un “ácrata”, “enemigo del orden”. Fue “la semana trágica”. El miedo se apoderó de los hombres y los hizo crueles…

En estas circunstancias, Isaac entró al colegio. El director, bromeando, dijo a algunos pupilos:
- ¡Ahora sí van a andar derechos todos ustedes! Acabo de tomar un alumno ruso. Se llama Isaac Abramovsky. ¡Ahora sí van a andar derechos! Los niños se irritaron.
- ¡Ya va a ver ese “ruso”!
- ¡Si él es ruso nosotros somos argentinos!
- ¡Lo vamos a mandar a su tierra a patadas!

El director:
- Lo dicen ahora, pero ya verán, ya verán mañana, se van a morir de miedo en cuanto lo vean… Y se alejó riendo. Los muchachos quedaron confabulándose. Al día siguiente, al aparecer Isaac en el patio, vio cincuenta caras hostiles que lo observaban. No tenía Isaac una figura como para infundir miedo. Bajo, regordete, mofletudo; la cara redonda se coronaba con una cabellera de rulos.

Los ojos, perdidos tras dos gruesos cristales de miope, parecían los ojos inexpresivos de un viejo.
- ¿Che, vos sos ruso? – lo interrogó un chico.
- No, argentino. Pero al hablar, Isaac, acostumbrado a oír y a usar el idish, arrastraba las erres. Dijo: agguentino.
- ¡Ag
-guentino! – lo remedó el otro
-. ¡Si se te conoce al hablar que sos ruso! Isaac protestó:
- ¡Si nací en Buenos Aires! Nací en la calle Río Bamba…
- Volvió a arrastrar las erres. Lo interrumpieron, lo burlaron:
- ¡Ja! ¡Qué vas a ser argentino!
- Mirá como hablás: Guío Bamba.
- ¿A que no decís: Río, río…?
- ¡Ruso renegado! ¡Estás renegando tu patria!
- Mi papá es el ruso – protestó aún Isaac.
- ¿Y cómo se llama tu papá?
- Salomón Abramovsky.
- ¿Salomón?... ¡Ja, ja!

Los otros rieron. Isaac comenzó a acobardarse. Y se replegó en sí mismo, sombrado de aquel recibimiento hostil. Se adelantó uno de los más grandes:
- ¿Tu papá es comunista, eh? – le dijo, y no le dio tiempo a responder. Le tiró una amenaza:
-¡Y vos también! Pero oí bien, rusito: Si crees que aquí vas a tirar bombas, está equivocado. Te vamos a reventar a patadas. ¿Oís, rusito? ¿Tirar bombas? Isaac, asombrado, los oía, sin explicarse sus palabras. Sin comprender su insólita agresividad. ¿Pero qué les había hecho él a aquellos cincuenta muchachos que lo rodeaban feroces? Era la primera vez que lo veían. Se acobardó totalmente. Ya sin atreverse a hablar, los oía amenazarlo. Los demás, intuyendo que el chiquillo estaba amedrentado. Victoriosos, hablaban todos a la vez, acosándole:
- ¡Aquí vas a andar derecho!
- ¡O te mandamos a tu tierra!
- ¡Renegado!
- ¡No vamos a dejar un ruso vivo!
- ¡Maximalista!

Isaac, cada vez más acobardado, comenzó a sentir que el llanto le apretaba la garganta, que la angustia le estrujaba el corazón apresurado. Y el círculo amenazante se estrechaba. Lo salvó el toque de campana. Se alinearon para entrar a clase. Ya en ella, un andaluz cetrino y chistoso, quiso brindar un espectáculo a sus alumnos: la humillación intelectual del nuevo. Sin hacerlo sentar, lo interrogó:
- ¿Usted es Isaac Abramovsky? – y pronunció de tal modo el nombre que la clase rió estruendosamente. El chico realizó un esfuerzo, tragó saliva, y pudo responder:
- Sí, señor.
- ¿En que grado estaba?
- En tercero.
- ¿De una escuela del Estado? ¡Ah! Es distinto. Mi tercer grado corresponde al cuarto de una escuela del Estado. A ver, haga esta división. Le dictó una división por 99. Isaac la ejecutó rápidamente.
- Está bien – reconoció el maestro. Y siguió preguntando: gramática, geografía, geometría, historia… Isaac respondía siempre con rapidez y facilidad. El maestro debió reconocer que tenía por delante un niño inteligentísimo, excepcional, más adelantado que el mejor de su clase. Está bien. Siéntese allí. – Y habló a la clase
-: No, estos rusos serán anarquistas, maximalistas o lo que se quiera; pero son inteligentes. ¡Qué lástima! Lastima que…
- dudó un instante, pero el chiste lo dominó. Y lo dijo:
- Lástima que son tan feos. – E hinchó la boca, imitando la cara mofletuda del recién llegado. La clase se desternilló.

Cada recreo fue un martirio para Isaac. Los otros niños, rodeándole, lo acosaban a preguntas. Y se burlaban. Le hacían decir palabras con erres.
-Che, rusito: decí farra.
- Faga.
- Decí Corrientes.
- Coguientes. El respondía de miedo. Optó por callar. La diversión cambió: De entre el círculo salió una mano que golpeó la rizada y rojiza cabeza de Isaac. Se dio vuelta. Otra lo golpeó del otro lado. Repitiese varias veces. Finalmente Isaac corrió a ampararse con el maestro. Este oyó su queja y, siempre chistoso, se dirigió a los demás que habían seguido tras la víctima:
- ¡No le…pegue…le! Aquello significaba la impunidad para los acosadores del niño extraño, del débil acorralado y aturdido. Cada recreo fue acrecentándose la diversión. En uno le pusieron una cola en la que decía: “Soy un ruso judío”. En otro, a uno de los muchachos se le ocurrió decir:
- Ese pelo es pintado. ¿A ver? – y le arrancó unos cuantos. Otros lo imitaron. Isaac comenzó a defenderse a gritos. Y el maestro hubo de intervenir. Tan acobardado se hallaba el niño que en el último recreo se negó a salir al patio. Los demás, desde la puerta, lo amenazaban:
- ¿Y vos eras el que nos iba a hacer andar derechos?
- ¡Salí, ruso!
- ¡Pelo zanahoria!

Isaac volvió a su casa aturdido, casi con fiebre, dolorida la cabeza, dispuesto a contar a los padres lo que le ocurría. No se atrevió. Estaban más duros y secos que de costumbre. Comió sin ganas y se acostó. Al otro día, vestido para salir, hizo un gran esfuerzo y habló a la madre:
- Mamá, no quiero ir más al colegio porque… No le dejó terminar. Comenzó a dar alaridos, llamaba al padre, indignada… Isaac echó a andar camino del colegio, del martirio. Caminaba lentamente, a propósito, para llegar cuando ya estuvieran en clase. El maestro lo recibió con una penitencia, gozoso de tener un pretexto para aplicársela.
- ¿Por qué llega tarde? Después de clase copiará cincuenta veces: Tengo que llegar a las ocho en punto. ¿Se cree que está en un colegio del estado? ¡Aquí hay penitencias! Isaac ocupó su sitio, silencioso, resignado a sufrir. A su lado estaba un alumno que no viera el día anterior. Era un muchacho recio, de faz india: ancha, pómulos salientes, nariz corva, ojos negros y brillantes. Casi un hombre. Tendría quince años. Al sentarse Isaac, el muchacho lo miró sonriente, con simpatía. Sin saber porqué, Isaac se sintió amigo de su compañero de banco, tan amigo como si lo conociera desde mucho tiempo antes, como si siempre lo hubiese visto.

El maestro dictó un problema. Isaac lo ejecutó rápidamente. Vio que el compañero escribía y borraba, debatiéndose y, antes de entregarlo, copió la solución en un papel y lo alargó al otro que, al recibirlo, lo miró con gratitud.

El muchachote indio se llamaba Segundo Barrio. Era el más grande y el más torpe de los dieciséis niños que allí había. Isaac, en esa hora, tuvo ocasión de socorrerlo otra vez, poniendo su cuaderno de manera que el otro pudiese copiar el dictado.

Al salir para el recreo, el grupo de perseguidores rodeó a Isaac. Lo seguían gritándole: ¡Una, dos, tres! Ruso es. ¡Ruso es!... Ya colmada su capacidad de resignación, Isaac, ciego, inconsciente, tiró un puntapié al que se hallaba más cerca. El otro le respondió con una bofetada. Y siguió pegándole. La lucha era imposible por la diferencia de edades. Isaac no le alcanzaba al hombro. Intentó defenderse, pero recibió un golpe en un oído que lo aturdió. Y doblose. La cara entre las manos. El otro, impunemente, acuciado por la algarabía de los demás, siguió pegándole en la espalda… De pronto, Isaac no sintió más los puñetazos. Y se irguió para ver. Vio a Segundo Barrio, el recio muchachote indio, que se golpeaba con el otro. Ahora los papeles habían cambiado. Y el otro concluyó por huir: tenía un labio partido y un ojo negro. Barrio se acercó a Isaac. Le puso una mano en el hombro. Le habló fraternalmente:
- ¡Vení! Al primero que te diga algo, le voy a hinchar la jeta. ¡Vení! Y se alejaron, seguidos por las miradas de temor y respeto del grupo, ahora silencioso, cohibido. Isaac comprendió que no se había equivocado. El muchachote aquel era su amigo. Ya no se sintió solo, abandonado a la turba. Rompió a llorar. Las palabras duras, las amenazas, los insultos, las risas burlonas, los golpes, nada habían podido hacerlo llorar. Pero al sentir sobre su espalda dolorida la mano fuerte de su amigo, una ola de llanto le había deshecho el corazón helado por el odio, encogido por el temor. Apretándose contra el amigo, lloraba. Era la primera vez que lloraba.

El muchachote indio lo consolaba:
- ¡No llorés! Vas a ver que ahora nadie te va a decir nada. ¡Son unos cobardes! Ya ninguno se va a atrever a pegarte.
- Si yo lloro porque… lloro porque… Y no hallando palabras para explicar porqué lloraba, continuó llorando… Desde aquel momento fueron inseparables amigos. Bajo su protección, nadie se atrevió a molestar a Isaac. Hasta hubo quien, para congraciarse con Segundo Barrio, se hizo amigo del pequeño. Isaac pagó su protección al muchachón. Se constituyó en su monitor voluntario. Pasó muchas horas con él, en su casa, tratando de introducir en el cerebro duro de aquel descendiente de salvajes, los hallazgos matemáticos de la ingeniosa civilización. Costaba, pero Isaac era un maestro paciente y ansioso de que su discípulo aprendiese. Triunfó. En dos semanas, Segundo Barrio adelantó visiblemente. Rota la cáscara de su primitiva incomprensión, el muchachote aprendía, ahora, alegre de aprender. Cuando resolvía un problema, fácilmente, más fácilmente que otros, miraba a Isaac con ojos agradecidos de perro que mira a quien le da de comer; y le decía:
- Gracias a vos, pibe. Si vos no hubieses venido, yo hubiera seguido siendo el más burro de la clase. Enseñás mejor que el maestro.

Isaac también le estaba agradecido. No sabía cómo decírselo, y callaba; pero tuvo ocasión de probárselo: Habían pasado dieciocho días desde cuando entró al colegio. Una tarde, al comenzar la última hora, un alumno, llorando, pidió ver al director. Fue y volvió con éste. Hablaron director y maestro, por lo bajo; y el maestro ordenó:
- ¡Todos de pie! ¡Salgan afuera! Isaac sintió la mano temblorosa de Segundo que le alargaba unos papeles. Miró. Era dinero, lo vio demudado. Le decía, angustiosamente:
- Escondé, escondé en el banco. Nos van a revisar, escondé.

Isaac, sin comprender casi, instintivamente, sólo por ayudar al amigo, tomó los billetes, los metió en un libro, y salió con los demás. En el patio, en fila, el director revisaba los bolsillos, minuciosamente. El maestro, en la clase, revisaba los pupitres. Y de pronto, partió un grito de triunfo:
- ¡Aquí está el ladrón! – el maestro salió con el libro de Isaac en alto
-: ¡En el libro de Isaac Abramovsky he hallado los quince pesos! ¡El es el ladrón! Todos lo miraron. Isaac enrojeció. La sangre martillaba sus sienes, silbaba en sus oídos. Miró a Segundo. Lo vio muy pálido. Temblaba. Fugazmente sus miradas se cruzaron. La de Segundo suplicaba… Isaac, de pronto, se vio poseído de un extraño valor. Se sintió capaz del sacrificio que el amigo le imploraba. El director se había acercado a Isaac.

- ¿Así que usted es el ladrón? ¿No le da vergüenza robar? – y se volvió a los otros, a explicarles
-: Este niño – y señaló al robado – traía el importe de su mensualidad; este otro niño – y señaló a Isaac – le robó el dinero del banco. ¡Isaac Abramovsky es un ladrón! – concluyó solemnemente, como si acabara de echar la piedra de la tumba sobre el niño culpado. Isaac sonrió.

El maestro gritó, escandalizado:
- ¡Mírelo, señor director, se ríe. ¡Es un cínico! Merece un castigo ejemplar. – Y un gozo canalla le brillaba en el rostro, como si acabara de barnizárselo.
- Sí, es necesario aplicarle un castigo ejemplar – apoyó el director y, aproximándose a Isaac, siempre silencioso y sereno, lo tomó de una muñeca, como quién lleva a un preso. Isaac miró a Segundo. Buscó su mirada; pero éste la hundía en el suelo.

Todos los alumnos se formaron frente a Isaac. Estaban alegres. No sólo por el espectáculo que eso les proporcionaba. La burla acumulada, desde que Segundo se había erigido en defensor del perseguido, se transformó en rencor. Un rencor con todas las tonalidades: el gris de la indiferencia, el carmesí del odio hacia el intruso, el amarillo de la envidia al más inteligente, el índigo del gozo que hacer mal produce al malo… También había quienes pudieran haber compadecido al pequeño culpado; pero la evidencia de su delito, le robaba simpatías. ¡Era un ladrón! La palabra ladrón es infamante para el niño. El criminal es misterioso para él. Lo respeta y teme. El ladrón le repugna. Isaac era un ladrón, y un ladrón de dinero. Es decir, un perfecto ladrón. Porque para el niño, robar algo de comer, no es robar.

Isaac era un ladrón de dinero. Se había conquistado el desprecio instintivo de sus camaradas, de los pocos que hubiesen sido capaces de compadecerle. En los demás, ese desprecio iba unido a indiferencia, odio, envidia, malignidad… Y aún la curiosidad cruel, la que busca impresionarse, y goza, aun cuando esa impresión la provoque el dolor o la muerte de un semejante. Los niños, nerviosos, anhelantes, aguardaban el espectáculo que resultaría de la humillación del compañero delincuente.

El maestro se sentía feliz. Experimentaba el placer de la venganza. Aquel niño inteligente, que llegaba de otra escuela con un caudal de conocimientos superiores al mejor de sus alumnos, había herido su soberbia y acumulaba rencor en su alma sucia. De la herida, como sangre con pus, brotaba este rencor que se exteriorizaba en la alegría con la que preparaba el espectáculo. Con grandes letras, tinta roja, había confeccionado el cartel que ahora colgaba en el pecho de Isaac: ¡Soy un ladrón! Así, con signos de admiración, para que fuese más impresionante.

Comenzaban a desfilar los chicos frente a Isaac. Le decían: ¡Ladrón!... Y seguían. El castigo adquiría una magnitud que el director, al imaginarlo, no había previsto. No sólo le robaba el honor a un niño. Así borroneaba una vida. Los alumnos continuaban desfilando: ¡Ladrón!, y seguían. Isaac serio, como insensible, recibía el epíteto infamante, sin mirar al que se lo tiraba. A veces, levantando la vista, buscaba algo… Buscaba la mirada de Segundo. No la halló nunca. El muchachote, tembloroso, gacha la cabeza, se obstinaba en mirar al suelo. Los alumnos continuaban desfilando: ¡Ladrón!, y seguían… Ahora, Isaac levanta la vista. Acaba de oír la voz de Segundo:
- ¡No, yo no voy!

Al tocarle el turno, se negaba. El maestro se encolerizó; fue inútil. El muchacho no se movió de su sitio. El director lo interrogó:
- ¿Por qué no quiere ir? No obtuvo respuesta, y se encolerizó también. Ambos hombres tomaron al muchacho y, arrastrándolo, lo pusieron frente al otro:
- Diga: ¡Ladrón! El callaba.
- ¡Yo lo voy a hacer que obedezca! – aseguró el maestro, y comenzó a torcerle el brazo. No lo consiguió tampoco.

Entonces, Isaac, le habló:
-¡Decí! Segundo ya no se debatió. Hizo un esfuerzo terrible. Quiso hablar. Sólo djo:
- ¡No…no…no! Y volvió a callar. Isaac comprendió lo que Segundo intentaba decir. Los hombres no comprendieron. Interpretaban que se negaba a decir lo que le ordenaban. Insistieron:
- Diga: ¡Ladrón! Segundo volvió a hablar:
- ¡El…él…no!... Y volvió a faltarle el valor para lo que intentaba, que era confesar: La inocencia del que sufría un castigo por él, estoicamente, un castigo que saólo él merecía. Hubo un instante en que Isaac creyó que lo diría todo. La cara de Segundo adquirió una rara expresión de firmeza. Pero vaciló otra vez y quedó callado. En vano los hombres lo sacudían y gritaban. Tuvieron que soltarle. Segundo no volvió a las filas. Echó a correr hacia la calle, sin los libros… Los alumnos continuaron desfilando frente a Isaac:
- ¡Ladrón!, y seguían…

Ahora Isaac, acompañado por el portero, se dirigía a su casa. El portero tenía la orden de informar al padre que su hijo acababa de ser expulsado del colegio, expulsado por ladrón. Así lo había proclamado a gritos el director, en medio del patio, frente a todos los alumnos. El castigo debía ser ejemplar, debía quedar imborrable en el alma de todos. El director se sentía justiciero. Isaac, caminando tras el hombre, iba pensando en sus padres. ¿Podría él decirles la verdad? ¿Se la creerían? ¡No! El padre quedaba descartado. Lo trataba como a un enemigo, como a un animalejo a quien hay que educar a gritos y a golpes. Además, ¿podría comprender su acción de sufrir el castigo infamante del cual era inocente? Su madre tampoco lo comprendería. Recordaba su interrupción, a gritos, cuando él intentó contarle por qué se negaba a ir al colegio.

Isaac se sintió solo, abandonado, vacío. De súbito, una ola de llanto incontrolable lo ahogó. El, que sin derramar una lágrima, sereno, había soportado el castigo injusto, que había oído llamarse ¡ladrón!, casi sonriente; ahora se sintió solo con su dolor, con la injusticia que acababan de echar como un bulto muy pesado sobre su débil espalda de niño. Comenzó a llorar… El portero se volvió para decirle, también justiciero, sin misericordia:
- ¡Llora, eh? ¡No hubiese robado! ¿Tiene miedo, eh? Isaac no le respondió. El no lloraba porque tuviese miedo. Lloraba porque no tenía a quién confidenciarse. Necesitaba que alguien lo comprendiera. Lloraba por el vacío que sentía alrededor de sí. ¿Qué podría saber el portero de esas cosas? Inerte, porque sí, como si lo empujaran, siguió tras del hombre, llorando siempre.

De improviso, al doblar una esquina, se dio vuelta y echó a correr. Rápidamente, acababa de pasar por su mente, la idea del tío León. ¿Cómo no había pensado antes en él? Oyó al portero que le gritaba. El siguió corriendo. Buscaría a su tío León. Le contaría todo. Dejó de llorar. Al solo pensamiento de haber encontrado quién lo pudiera oír y comprender, Isaac se sintió consolado. Casi no conocía a su tío León, pero Isaac intuía, con poderoso instinto de niño, que su tío León era muy diferente a sus padres. Lo vio alto, joven, alegre… Oyó su voz rotunda, varonil, subrayada con sonoros puñetazos sobre la mesa. Y creyó en él y corrió en su busca…

Pero al dar vuelta así, tan de súbito, sorprendió a Segundo Barrio que, por la vereda de enfrente, con furtivo paso y recelosa mirada, lo venía siguiendo. Isaac se dirigió a él, naturalmente, dichoso de hallarle. Segundo lo miró un momento, sorprendido, la expresión de su rostro extrañamente demudada. Isaac, ya junto a él, se detuvo, atemorizado por esa expresión, queriéndola dilucidar, interrogante. El otro, con voz cortada, comenzó a decir:
- Yo… yo…quería… quería decirte… Y volvió a faltarle el valor supremo de la confesión. Repentinamente se dio vuelta, y echó a correr. Isaac lo siguió unos pasos, llamándolo:
- ¡Segundo, vení, vení!... El otro se alejaba a todo correr. Era imposible alcanzarlo. Lo dejó ir. Ya lo buscaría. Isaac se dirigió a casa de su tío León, en busca de un espíritu que, comprendiéndolo, le ayudase a llevar el pesado bulto de la injusticia que acababa de caer sobre sus débiles espaldas de niño…

* * *

Segundo Barrio corría desesperadamente. Descompuesto, loco, esquivando a la gente, saltando por entre los vehículos, corría. Ya era de noche. La fatiga se apoderaba de él, hizo un esfuerzo, siguió corriendo siempre, ahora por las callejas solitarias del puerto. No se detuvo para reflexionar sobre lo que iba a hacer.