narrativa

SALVAJE

Los niños -dicen muchos- son como los animales,
y como éstos deben ser educados.
Quienes tal afirmación hacen no conocen
a los niños ni a los animales.

ELLEN KEY (1849-1926)

- ¿Qué edad tenés?
- Trece años.
- Yo tengo doce y soy más alta que vos
- dijo ella, midiéndose.
- Yo salgo a mi papá. Soy petizo; pero tengo una fuerza. ¡Tenés que ver!
- ¿Qué hace tu papá?
- Es bañero. ¿Y el tuyo?
- Es médico.
- Mi mamá es lavandera. ¿Y la tuya?
- La mía no trabaja. Mi mamá es una señora.

Siguieron caminando y conversando:
- ¿Cómo te llamás?
- preguntó ella.
- Gervasio
- respondió él
-, Gervasio Botto. Mi papá es italiano.
- Yo me llamo Miriam. ¿ Te gusta?
- Sí. ¡Qué raro! ¿ Miriam, qué?
- Miriam Rokovsky.
-¡Oh!
- Mi papá es hijo de rusos, de judíos. Mi mamá también; pero los dos son argentinos. Los dos nacieron en Buenos Aires.
- Mi mamá es uruguaya, de Montevideo. Siguieron charlando. Eran amigos desde hacía cinco minutos. Él
- un muchacho fuerte, en mangas de camisa, tostado por el sol
- acababa de poner su arrojo y su energía al servicio de aquella criatura frágil, linda, rubia, de ojos verdes a la que un perro había detenido, amenazador. Miriam ya iba a llorar. Apareció Gervasio: Unos gritos y el perro en fuga. Y se halló frente a su salvada: esa chica de ensueño, bella, bien vestida, que lo miraba como acariciándolo con su agradecimiento desde unos hondos y extraños ojos verdes. Él, después de la hazaña, iba a seguir su camino. Ella lo habló:
- ¿Me querés acompañar hasta mi casa? Queda a dos cuadras de aquí. En ese chalet que se ve detrás de aquellos árboles.
- Bueno
- dijo él.

Y comenzaron a andar juntos.
-¡Qué valiente sos vos!
- ¿Yo? Yo no le tengo miedo a los perros. ¡Ni al mar! ¡Tenés que ver cómo nado!
- ¿Por qué no me enseñás? ¿No me querés enseñar?
- Sí.
-¡Qué lindo!

Siguieron caminando y conversando. Ya sabían los años que tenían, cómo se llamaban los padres, de qué trabajaban, de qué nacionalidad eran. Esto los hacía conocerse tanto como si hiciese años que se conocieran. En la puerta del chalet había un chico. Se lo señaló.
- Es mi hermano. Es mayor que yo. El tiene catorce años. Se llama Aarón. ¿Vos no tenés hermanos?
- No
- Y miró torvamente, por debajo de las cejas, al hermano de Miriam. Lo midió. Hizo un imperceptible gesto despreciativo. Aquel muchacho muy alto y delgado, pecoso, de cabellos rubios clarísimos, con ojos ocultos por dos enormes cristales convexos que se los desfiguraban, no le inspiró temor. Revelaba debilidad, apocamiento.
- Aarón
- explicó ella
-. Mirá éste que viene conmigo. Es Gervasio. ¡Más valiente! Un perro me quiso morder y él me defendió. Me va a enseñar a nadar y a vos también. Y te va a defender cuando los chicos de Gómez te quieran pegar...

Se volvió a Gervasio y le explicó:
- Son dos chicos que viven allí, en aquella casa. ¡Malísimos! Se pelean con todos. A Aaron lo corren siempre. ¿ Sabés por qué? Porque el mayor, Raúl, me quería afilar a mí; pero yo no le llevé el apunte. Y para vengarse lo corren a Aarón, le quieren pegar a Aarón. ¡No faltaba más que yo iba a hacerle caso a esos indios! ¡Gervasio te va a defender! El muchacho alto, con aire bobo, lo miraba sonriente, aceptando sin ningún escrúpulo viril la defensa del otro chico, más pequeño que él.
-¡Allí está uno de los Gómez!
- señaló Miriam. Aarón corrió hacia la puerta de su casa. Gervasio miró al recién aparecido que venía haciendo saltar una pelota. Y se dirigió a él. No le dijo nada. Estiró el puño y se lo dejó caer rudamente en medio de la cara. El otro se llevó la mano a la nariz, roja de sangre. A dos pasos de él, Gervasio esperaba el resultado de su agresión, decidido a la lucha; pero el otro rehuyó y, asustado, aunque sin llorar, mirándose las manos ensangrentadas, tomó el camino de su casa. ¡Desapareció! Gervasio, triunfante, volvió con sus amigos. Aarón tenía los ojos muy abiertos, azorado. Miriam lo recibió jubilosa, le palmeó la espalda y le pasó la mano por la desgreñada cabeza.

- Has visto, Aarón, has visto qué buen amigo que tenemos?
- y siguió ponderándolo. Acariciándolo con la mirada honda de sus extraños ojos verdes. Gervasio se sentía feliz como nunca. Para que ella lo viese, hubiera peleado con un perro rabioso.
- ¿Quién le pegó a mi hermano?
- El otro de los Gómez, más alto, más fuerte, era el que hacía la pregunta. Aarón corrió a su casa y cerró la verja. Miriam se arrimó a Gervasio, trémula. El chico se adelantó:
- ¡Yo le pegué! ¿Qué hay? Se midieron. Bien juntos. Las narices casi pegadas. Los ojos en los ojos. Agresivos.
- ¿Qué hay?
- volvió a decir Gervasio. El otro dudó. La decisión de aquel chico pequeño, ancho de espaldas, quemado por el sol, lo hizo dudar. Gervasio volvió a gritar más fuerte, más seguro de sí mismo:
- ¡Yo le pegué! ¿Qué hay? El otro dio un paso atrás e intentó retirarse dignamente; pero como Gervasio avanzó moviendo los puños, echó a correr. En pos de él, apresurando su fuga con insultos y puntapiés al aire, corrió Gervasio. Después se volvió a sus estupefactos amigos, a recibir la admiración silenciosa de Aarón y los gritos jubilosos de Miriam. Pero en aquel momento los llamaban:
-¡Miriam! ¡Aarón!
- Es mamá
- dijo la chica, apresuradamente
- ¡Vení mañana¡ ¡Hasta mañana! Vas a venir mañana?
-¡Sí!
- respondió Gervasio. Y quedó mirando cómo desaparecía detrás de los árboles aquella figura ágil, voluble, bella, perfumada...

***

A la mañana siguiente, Gervasio llamaba al timbre. Salió una mucama:
- ¿Qué querés?
- ¿Está Miriam?
-¿La niña Miriam?
- corrigió la mucama, casi indignada con aquel desarrapado
-. Sí está.¿ Qué querés?
- Dígale que Gervasio la busca. La mucama preguntó aún:
- ¿Vos sos Gervasio?
- Sí.
- ¿Y quién sos?
-¡ El amigo de ella, pues! El que la defendió del perro. El que lo va a defender a Aarón para que los Gómez no le peguen. La mucama se había retirado. Apareció Miriam, seguida de Aarón y de la madre. Fue un recibimiento magnífico. Lo llevaron a que el padre lo conociera. En la casa se había comentado largamente el hecho. Gervasio era un héroe. Le sirvieron chocolate, masas. El comía sin cortedad ninguna. Se sentía con derecho a todo. ¿ No había salvado a la chica de un perro? ¿Y a Aarón de los Gómez? No iba a defenderlo a éste? No iba a enseñarles a nadar?
- ¿Vienen a la playa?
- preguntó.
- Sí, enseguida
- contestó la madre
-. Tenemos que aprovechar porque pasado mañana nos vamos a Buenos Aires. Mi marido no puede quedarse más aquí y yo no me quiero quedar sola con los chicos.
- ¡Qué lástima!
- dijo Miriam
-. Ya lo ves, Gervasio. No voy a tener tiempo de aprender a nadar. ¡Pero me enseñarás el año que viene! Eh? Nosotros venimos todos los años a Mar del Plata. Antes íbamos a Tandil; pero como a mí me gusta más el mar... En la playa, Gervasio demostró bien lo que valía como nadador arrojado. Braceaba entre las olas enormes, traspasándolas con sus zambullidas. Incansable. Temerario.
- ¡Parecés un tiburón!
- lo elogió Miriam.
-¡Da miedo verte en el agua!
- exclamó Aarón.
- ¿Querés ver cómo me voy a donde no hago pie? No esperó la respuesta. Salió braceando hacia el horizonte. Llegó adonde nadie se animaba. Volvió triunfante a recibir los elogios entusiasmados de Miriam. La admiración silenciosa de Aarón, que no se aventuraba a salir de la ribera con el agua por las rodillas. Ella, valiente desde que Gervasio estaba allí, entró hasta tener el agua al cuello.
- ¡Te vas a ahogar!
- le gritaba Aarón.
-¡Si está Gervasio conmigo!
- respondía, segura. Esta seguridad hacía al chico el más feliz de los seres humanos. Comenzó su primera lección. En sus manos rudas sintió abandonarse el cuerpo elástico de aquella muñeca que reía. Torpe, turbado, no acertaba a desplegar sus cualidades de maestro. Allí, al tener entre sus manos el cuerpo de la chica, experimentó por primera vez la turbación que no lo abandonaría más en su presencia. Algo insólito, rarísimo, se acababa de apoderar de él. Ella, alegre como siempre, saltaba, hablaba y reía. Se le abrazaba para sostenerse. Bromeaba:
- ¡Tiburón! ¡Tiburón negro! ¡No me vas a comer, tiburón!

El chico, callado, se sentía alegre y triste a la vez. Regresaron juntos. Miriam, Aarón y la madre, ponderándole. Gervasio tosco, mudo. No pudieron hacer que se quedase a almorzar. Y cuando ellos, ante su obstinada negativa se despidieron y entraron en la casa, él quedó amargado, en guerra consigo mismo, furioso. Hubiese querido entrar, estarse con Miriam todo el día; pero no había podido. Por qué? Esa mañana no almorzó. Llevaba en sus oídos la risa de ella, la voz de ella:
- Vení mañana, Gervasio. No faltés. Mirá que es la última lección que me vas a dar. Mañana a la noche nos vamos a Buenos Aires. ¡Y al otro día no fue! Esto no hubiese podido explicárselo nunca. Se acostó deseando que amaneciese. Se levantó con estrellas aún. Y cuando llegó la hora de ir, no fue. No pudo ir. Sintió que una fuerza poderosa, más poderosa que su ansia, lo hacía cobarde. Se sintió desgraciado y triste. Y de lejos, oculto en un árbol, los vio salir como el día anterior. La madre, Aarón y Miriam. Esta vez iba el padre también. Los siguió de lejos. Oculto, los vio bañarse, los siguió al regresar... ¡Pero no pudo acercarse! Y a la noche lo mismo. Fue a la estación dispuesto a despedirse de ellos. Y no se acercó; acurrucado entre unos baúles, quedó contemplando a Miriam que desde una ventanilla del vagón charlaba, alegre como de costumbre, riendo... Ululó el tren, sonó la campana, gritó el pito. Gervasio, anonadado por una fuerza poderosa y extraña que lo volvía cobarde, no se movió de su sitio. Sólo cuando el tren comenzó a moverse, cuando la realidad le dijo que entre él y ella pronto habría leguas de distancia, meses de separación, hasta el otro verano, salió de entre los baúles y corrió hacia el tren, loco, moviendo la gorra, desesperado, y gritó, vehemente:
-¡Adiós, Miriam! ¡Adiós, adiós, adiós! Ella lo vio. Se lo señaló a la madre y le respondió con vehemencia también:
- ¡Gervasio! Adiós, hasta el verano que viene... Ya estaba lejos. En puntas de pie, estirando la cabeza, Gervasio vio como desaparecía la figura de la bella chica, saludándolo con el pañuelo hasta esfumarse. Pero lo saludaba a él, ¡a él sólo!, ¿ O a los demás también, a ese grupo de chicas y chicos que habían estado hablando con ella? Los miró rencoroso. Se hundió la gorra hasta las orejas y salió, doblado. ¡Lo doblaba una tristeza, una soledad!...

***

Del veinte de marzo, el día que Miriam se fue, hasta principios de enero, en que debía volver, pasaron nueve meses y días. Desde fines de diciembre, Gervasio fue varias veces a preguntar al casero.
- No sé. Después del primero de año volverán... El chico contaba los días con impaciencia. Todas las noches pasaba frente al chalet a ver si había luces. Nada. A oscuras siempre. Y una mañana, cuando menos se lo esperaba, la vio. ¡Qué cambio¡ Pero cómo podía haber cambiado así en tan pocos meses? Ya no era la chiquilina retozona que él conoció. Ahora se pintaba los labios, llevaba tacos altos, era una señorita. El descubrimiento lo cohibió totalmente. Dio vuelta para que no lo viesen y en la primera esquina echó a correr. Al otro día vio a Aarón. También había cambiado. Tenía el mismo aspecto de antes pero había crecido mucho. Aarón ahora era un hombre. ¿Y él? El era siempre el mismo muchacho. Rotoso, greñudo, tostado de sol, fuerte y salvaje. Capaz de nadar una legua y correr tres. Pero se sintió pequeño. Y no se atrevió a acercarse a Miriam. Qué le iba a decir a aquella señorita? ¿ Se
-ño
-ri
-ta? ¡Sí!... ¡Y cómo había pensado en ella aquellos largos meses de invierno! ¡La espió! Oculto, la veía salir, la seguía. La miraba bañarse con amigas y amigos. ¡Qué grande era! ¡Y qué linda! Se acordaría de él, de Gervasio, del que la salvó del perro? Pasaron dos semanas. No pudo más. Su martirio se prolongaba demasiado. Ya no pudo resignarse a verla de lejos, a no hablarla. Se decidió. Se le presentaría. Le hablaría. Dónde? ¡En el mar! Instintivamente, comprendió que allí, en traje de baño los dos, aunque el de él estaba viejo y tenía algunos agujeros y el de ella era una reluciente malla de colores, allí la diferencia no era tanta. Aquella mañana se sentó a la orilla del mar. Temblando, aguardó. Una hora después apareció ella con dos amigos. Se metieron al agua. Él entró también, pero a veinte metros. Y vio algo que lo asombró y le desagradó. Miriam sabía nadar. Nadaba armoniosamente y se alejaba bastante del grupo de los demás. Gervasio nadó también. La alcanzó braceando desesperadamente, la pasó como para demostrarle su superioridad, se alejó más para seguir demostrando su mayor arrojo. Volvió. Ya ella estaba con el grupo de los amigos. El muchacho se zambulló y apareció muy cerca, mirándola con ojos azorados. Ella no reparó en él. Siguió conversando a gritos, como se acostumbra a conversar en el agua. El le dijo:
- ¡Buen día! Hizo ella un gesto desdeñoso, pero se corrigió, Lo miró bien.
-¡Ah!, ¿sos Gervasio?
- preguntó. No necesitó más el muchacho. Había sentido que un alto muro lo separaba de ella. Comprendió su actitud, interpretó su gesto... ¡No le respondió! Volvió a zambullirse y apareció a diez metros de ella. Se alejó nadando.

Pero ahora, sensación extrañísima, ya no se sentía triste. Como si le hubiesen quitado un enorme peso, estaba ágil, y alegre. Acababa de comprender bien que entre aquella muchacha rica, hija de un doctor y de una señora que no trabajaba, y él, muchacho pobre, hijo de un bañero y una lavandera, todo era imposible. El año pasado, sí. El año pasado ella no era una señorita orgullosa. ¡Muy bien! Todo había acabado. Pensaba: ¡Que se guarde su figura linda! Yo me olvidaré de ella. No me verá más; pero me vengaré.

Ya no era el sentimiento confuso que lo turbaba, lo hacía cobarde, lo que le retenía allí, en la esquina del chalet, espiando. Ahora era un sentimiento claro, decidido. Estaba allí para vengarse. Para vengarse de qué? Pero ella le había hecho algún mal? ¿De qué? No lo sabía. Que si le había hecho un mal? ¡Sí! ¡Ah, esto sí! El había sido desgraciado desde que se fue hasta que volvió. Y para qué? Para que ella volviese hecha una señorita orgullosa? ¡Se vengaría! Por eso se pasaba las tardes allí, en la esquina del chalet, oculto tras de un árbol, espiando. Y llegó el momento de la venganza. Miriam, una amiga de ella y Aarón salieron de la casa.

Gervasio los siguió. Los siguió toda la tarde, pacientemente, ocultándose con un tesón de fiera que sigue una pista. Ahora estaban solos en la playa, entre unas rocas, casi al anochecer. Gervasio se acercó entonces. Plantado frente a Aarón, le dijo:
- ¿Me conocés? El otro, tan alto que le llevaba algunas cuartas, lo miró con aire estúpido, como si hiciera un esfuerzo de memoria. El no le dio tiempo a responder:
-¡Soy Gervasio!
- le dijo
-¡Y vengo a pelearte! Aarón lo miró espantado.
-¡No busqués quién te defienda!
- le gritó el chico
-. Estamos solos. Solos con éstas... Y señaló a las dos muchachas, marcadamente despreciativo. Aarón temblaba de miedo. Se excusaba:
- Pero Gervasio, por qué?... Recibió una bofetada que le hizo volar los lentes. Retrocedió, titubeante. Gervasio avanzó, dispuesto a seguir golpeándolo... Pero entre él y Aarón ya estaba Miriam. Amenazadora, erguida, imperante:
-¡Váyase de aquí! ¡Salvaje! Gervasio titubeó. Ella seguía gritándole, ordenándole:
- ¡Váyase! ¿Qué se ha creído usted? Ese "usted" la perdió. Si ella le hubiese ordenado que se fuera tuteándolo, él la hubiera obedecido: pero ese "usted" volvió a avivar su odio. Desparpajado, sonrió cínicamente.
-¡Me voy a ir; pero antes le voy a dar una paliza a éste! Separó con brusquedad a Miriam y saltó sobre el otro. Un golpe, otro, y Aarón cayó al suelo. No se defendía. Sólo se dejaba pegar, tembloroso.
- ¡Levantate!
- le ordenó Gervasio, dispuesto a continuar. La otra muchacha lloraba a gritos, pero el rumor del oceáno los devoraba.
-¡Levantate, flojo! Pero entre él y el caído estaba otra vez Miriam. Ya no imperiosa, ahora suplicante:
-¡Por favor, Gervasio!¡Te lo pido yo! Sé bueno. Ya te has olvidado que somos amigos? Te acordás cuando me salvaste del perro que me iba a morder? ¿Te acordás cuando le pegaste a los Gómez para defender a Aarón? ¿Y ahora vos le pegás a él? ¿Por qué, Gervasio? ¡Por favor!.

Sintió Gervasio que los brazos se le caían, sin fuerzas. Que los puños se le abrían. Porque ya el odio que se los cerraba había desaparecido. El fuego se había apagado súbitamente. Bastaron unas palabras... Se sentó sobre una piedra. Ya Miriam con la otra chica se alejaban con Aarón. Lo habían saludado, pero él sólo respondió con un movimiento de cabeza y un gruñido. Se alejaban. Se hacían pequeños en la lontananza y el crepúsculo. Doblaron. No los vio más. Y Gervasio sintió que toda la tristeza, la desventura de antes, volvían a apoderarse de él, amargarlo y doblarlo. Ahora sabía bien que debía renunciar a su venganza, porque unas palabras de aquella muñequita lo desarmarían siempre, como lo acababan de desarmar hacía unos minutos. ¡Ya no se podría vengar! Qué le quedaba hacer ahora?

Pensaba. Con los dos puños en la boca. Royéndolos. Pensaba...