narrativa

LILA

¡Ah, padres, padres!
¡Dejad por lo menos que os den vuestros
hijos lo que a vosotros os falta! Vivamos en nuestros hijos.

FROEBEL

Lila estaba en 5º. Grado cuando murió el padre. Al principio no se dio cuenta de lo que significaba esta muerte; y no comprendía la desesperación de la madre.. Lila no amaba a ese hombre gruñón, malhumorado siempre, de mejillas mal afeitadas y verdosas que salía de mañana al trabajo y regresaba por la noche; pero que en las pocas horas pasadas junto a su mujer y sus tres hijos, Lila y dos chiquillos menores. Reñía con todos, gritaba y amenazaba, desde la madre hasta el más pequeño. Una tarde regresó más temprano y se metió en la cama. Dos días después moría. La madre lo lloró desesperadamente. Lila también lloró, más por la impresión que le causaba la llegada de la muerte con su pompa de trapos negros, cirios y cortejo de coches enlutados.

Pronto se dio cuenta porqué la muerte de aquel hombre que hacía desgraciados a todos, angustiaba tanto a la madre. Se tuvieron que mudar, y se arreglaron todos en una piezucha de una casa de inquilinos. Antes vivían en una casa pequeña, pero solos. Y Lila tenía su cuarto con su cama, su mesa de noche, su ropero… Ahora se apiñaron todos en aquella piezucha, con dos camas nada más: una para la madre y los dos chiquillos, la otra para ella. Lila no preguntaba nada. ¿Acaso no intuía ella lo que estos cambios significaban? En su casa había entrado la miseria. Al morir su padre, tenedor de libros en un comercio, había entrado la miseria.

¡La miseria! Muchas veces había oído la palabra y le había sonado lúgubremente, sin saber porqué, como le sonaron otras palabras: tuberculosis, por ejemplo. ¡La miseria! Acurrucada entre las sábanas, tres días después de la muerte del padre, haciéndose la que dormía, escuchó la conversación de la madre con un tío.
- Te buscaré trabajo – había dicho éste
-, es todo lo que puedo hacer. Sabés que tengo cinco lobos en casa y con mi sueldo apenas puedo darles de comer. Si tu marido hubiese sido más previsor, no hubieses quedado así… La madre intentó disculparlo:
- Tampoco ganaba mucho el pobre… El tío se encolerizó:
- Ganaba lo suficiente para haberlos dejado en otra situación, pero ¡las carreras, las carreras! Todo se lo llevaban las carreras. ¿Te acordás cómo nos oponíamos a que te casaras con él? ¡Por eso, porque presentíamos eso! ¡Todavía querés disculparlo! Sabíamos que era enfermo y jugador, te lo dijimos; pero te empecinaste… ¡Aguantá, ahora! Tengo un amigo, gerente en una tienda, le pintaré tu caso, y te dará costura. Es todo lo que puedo hacer.

Siguió hablando, la madre sollozaba ya sin responder a las acusaciones. El hombre, duro, no dejaba de tirar palabras contra el muerto. Al fin se fue, y quedó la madre sola, pensando. Luego apagó la luz para acostarse y Lila la oyó sollozar por largo tiempo, hasta que se durmió. Ella no durmió esa noche. Afiebrada, dolorida, con los ojos hundidos en las sombras, pensaba… Se oían en el cuarto las respiraciones tranquilas de sus hermanitos, interrumpidas por las de la madre, irregular, quejosa a veces. ¡La miseria! Lila pensaba…

Comenzaron a dorarse las rendijas de los postigos, cuando ella se sintió dormir. Al despertar, era ya muy tarde. Sus hermanitos comían. Estaban tomando leche y pan. La madre cosía, junto a ella había un enorme montón de ropa blanca. Lila recordó la conversación de la noche pasada entre ella y el tío. La madre, ahora, era costurera. Sus hermanitos solo almorzaban leche con pan. Lila comprendió: en su casa ahora se estaba peleando contra la miseria.

- ¿Te despertaste? No te quise llamar, me pareció que habías pasado mala noche. Te oí dar vueltas en la cama. Son más de las doce. ¿Querés almorzar?... Antes de responder, Lila pensó: ¿Almorzar? ¿Por qué había de almorzar ella y no sus hermanitos? Iba a decir que no; pero su madre no le dio tiempo de contestar:
- Sólo tenemos leche con pan, ¿querés?
- Sí – dijo ella.

Su madre le llamaba almuerzo a lo que antes llamara merendar… ¡La miseria! En su casa se peleaba contra la miseria. Dejaría que fuese su madre sola quién peleara? La ocasión no lo quiso así y se le presentó dos días después para ofrecerse. Fue en el almacén de la esquina, mientras aguardaba que la despachasen, oyó una conversación entre el dueño y una sirvienta de la vecindad.
- Sí, la madre de la señora necesita una chica, ya sabe, si usted halla alguna, la manda. Son diez pesos mensuales, y la visten. Lila salió tras de ella, pensaba… Por fin se decidió:
- Yo puedo servir… Tengo doce años, he cursado el 5º. grado… Se historia, geografía, geometría, instrucción cívica… La otra interrumpió:
- Para hacer los mandados, barrer y fregar no se necesita saber tanto. Vamos, y que la señora te vea… Entraron. Lila temblaba de emoción y de alegría: ¡Ella también iba a pelear contra la miseria! ¡Ella también iba a tratar de echar a la miseria que se había entrado en su casa, quizás para estrangular a sus dos hermanitos!

Con los ojos bajos, confusa, dando vueltas a la punta de su delantal, escuchaba a la muchacha que explicaba a la señora:
- La encontré en el almacén, me oyó que le decía al almacenero que su madre necesitaba una chica, y se ofreció. Tiene doce años. La señora hizo una mueca:
- ¡Doce años! ¡Y qué flaca, qué chica, qué débil! ¿No ha de tener fuerzas ni para barrer, eh?... Lila protestó:
- No crea, señora. En casa hago todo; a veces, hasta cocino…
- Bueno – respondió la señora, y llamó a la madre
-. Mamá, ¿a ver si te sirve esta mocosa?... Con el rabillo del ojo, Lila vio llegar a la señora más vieja. Se sintió observada, medida de arriba abajo. Le parecía que esa mirada de la señora vieja pesaba sobre ella terriblemente, y se agachó, aún más temerosa, más confusa.
- Es muy chica para ganar diez pesos – habló al fin la señora vieja, después de un rato de observación implacable. Lila alzó los ojos suplicadotes, y la miró por primera vez. Al encontrarse con la mirada dulce de la niña, la señora vieja sintió como si algo se le ablandase en el pecho, y la interrogó:
- ¿Y tu mamá sabe que te vas a conchabar?
- No, señora, pero no dirá nada. Estamos muy necesitados. Papá murió hace quince días…
- Bien – la interrumpió la señora. Avisale que encontraste trabajo. Te daré ocho pesos por mes, te vestiré y calzaré. Te irás conmigo a Lanas, donde vivo con otra hija casada. ¿Eh? ¿Estás conforme? ¡Irse a Lanús! ¿Dónde quedaría eso? ¡Lanús! ¡Ocho pesos por mes!... La niña no se explicaba porqué le habían de dar dos pesos menos. Balbuceó:
- ¡Lanús! Lo dijo con tal miedo que las otras echaron a reír:
- Sí, Lanús. ¿Creés que está en el fin del mundo? – dijo una. Y la otra:
- Está allí no más, a unos minutos de Buenos Aires. Tu mamá podrá ir a visitarte todos los domingos. Avisale y volvé con la contestación. ¡Pronto!
- ¡Bueno! – dijo Lila, y ya iba a salir, pero la señora vieja la detuvo:
- ¿No tendrá bichos esta chica?
- ¡Oh, no sería raro! – dijo la otra. Y ambas se pusieron a hurgarle la cabeza. Lila creyó morir de humillación. Con la garganta que le dolía porque se le había atravesado un sollozo, las dejó hacer, temblando, roja… Al fin, la señora vieja dijo:
- No, está muy limpia. ¡Así me gusta! ¡Pronto!, hablá con tu mamá y volvé con tu ropa. Mañana salimos para Lanús.

* * *

Lila entró en el cuarto hecha una pelota de colores, saltando: Tal era su alegría. Atropelladamente, comunicó a la madre lo sucedido. La mujer se desplomó sobre un montón de ropa a sollozar. Lila, en suspenso, la contemplaba absorta. ¿Qué? ¿Ella creyó dar una alegría a la madre y ésta lloraba?
- ¡Mamá! – le gritó
- ¿Por qué llorás, mamá? ¡Y yo creí que no hacía mal, yo creí!... La madre la atrajo hacia sí y la consoló besándola repetidas veces. Al fin, ya serenada, habló:
- ¡No quiero que te emplees, yo trabajaré día y noche, yo!...
- ¡Pero mamá!...
-¡No quiero, no!
-¡Pero mamá!...
-¡No, no!

Y volvió a tirarse sobre su costura, a sollozar. Lila habló. No sabía de donde le manaba, como un manantial de agua caliente, el tumulto de palabras con que pretendía convencer a la madre: ¿Por qué sollozar? ¿Por qué no emplearse? Si la miseria había entrado en la casa y era preciso echarla de allí para que no estrangulase a los dos chiquillos, ¿por qué ella no se uniría a la madre y, juntas las dos, sacarla afuera a empujones, a escobazos? ¡Fuera, la miseria, lejos, a la calle, a la casa de los haraganes, fuera! Y con un ademán enérgico parecía que ya le estuviese empujando, arrojándola del cuartucho desmantelado, sin más muebles que las dos camas, una mesa y tres sillas. La madre la contemplaba, absorta ahora, absorta de comprobar cuánta energía y decisión encerraba el cuerpecillo, débil al parecer, de su hija más querida. Y la chicuela no dejaba de hablar, de amontonar argumentos, entusiastamente: Era preciso pagar la pieza, comer y vestirse. ¿Acaso los chiquillos no debían ir al colegio? Y cuando les faltasen zapatos y no los recibieran en la escuela por faltarle los zapatos, ¿quedarían analfabetos? ¿El trabajo de la madre bastaría para todo? ¡No! Ella, entonces saldría a trabajar; y no sólo no habría que pensar en vestirla ni en darle de comer, sino que con esos ocho pesos mensuales habría para costear útiles y gastos de colegio para sus hermanitos. Por ahora, sólo ganaría ocho pesos mensuales, después quizás, le aumentarían…

La madre, sin fuezas para hablar, cedió, convencida. A la mañana siguiente, la niña acompañada de la señora, tomó el tren para Lanas. Se despidió de la madre y de sus hermanos como si partiese para el fin del mundo; pero era preciso partir. La esperaba el trabajo, unas extrañas palabras duras, quizás gritos… ¿Y qué hacer? ¿No era preciso echar a empujones y escobazos, a la miseria, fantasma que se había metido en su cuartucho para estrangular a los hermanitos y a la madre? Desde el primer momento, Lila se dio cuenta que debería trabajar duro. No eran muchos de familia, pero era la única sirvienta. La señora cocinaba: Lavar platos, cargar a la chiquilla de la hija, una chiquilla de dos meses, gorda y que la agobiaba con su peso, hacer mandados, acomodar, barrer… Todo lo hacía ella, Lila, criatura de doce años. La primera noche se acostó enseguida de comer, postrada. No la trataban mal; pero trabajaba como una mujer, demasiado. Una cosa la lastimó:
- ¿Cómo es tu nombre? – le preguntó la señora joven.
- Lila – respondió la chica, orgullosa de su nombre tan lindo.
- ¿Lila? ¡Qué casualidad! Igual que mi nena. Bueno, aquí te llamarás Juana – Y explicó a la madre por lo bajo
-: No está bien que la sirvienta y la niña se llamen lo mismo. ¡Juana! ¡Qué mal le sonó a Lila el nombre! ¡Juana! ¡Y ella que se sentía tan orgullosa de su lindo nombre!. No protestó, resignada por temperamento; pero qué mal le supo llamarse así… No la trataban mal, pero trabajaba como una mujer, demasiado. Por la noche se largaba sobre el catre, postrada, dolorida las piernas y los brazos, a veces hasta la espalda y el pecho. ¡Se barría y se fregaba allí! La señora vieja parecía como que buscaba algo para limpiar, y no bien halaba una hoja en el patio, una mancha en los muebles, gritaba:
- ¡Juana, la escoba! ¡Juana, el trapo! ¡Juana!

¡Cómo para no caer rendida por las noches! Las tres primeras noches durmió hasta el otro día; pero la cuarta, una noche de mucho viento que llenaba de ruidos raros el cuartucho de latas, Lila comenzó a sentir un miedo terrible. Hasta pensó en levantarse, huir… Pero las demás habitaciones se halaban lejos, había que atravesar un patio lleno de árboles… La chica se acurrucó en su lecho, arrebujada en la colcha, conteniendo la respiración.

Pensaba en ladrones y aparecidos. Desde esa noche pensaba con terror en la hora de irse a dormir, en el cuartucho de latas, más allá de la cocina, sola, lejos de todos… ¡Qué miedo pasaba allí! Todo lo hubiera soportado resignadamente: el trabajo excesivo, el que le cambiasen su lindo nombre por otro que no le gustaba, el que a veces la señora vieja le dijese una que otra palabra dura, que ya comenzaba a decírselas: “¡Vamos, pesada!” “¡Pronto la escoba, eh, dormida!” “¡Ligero, tonta”… Porque la señora vieja ordenaba a gritos… Todo lo hubiera soportado resignadamente. ¡Pero pensar en la noche, sola, en el fondo de aquel patio lleno de árboles, y ella sola allí, a oscuras! ¡La aterraba! Decidió decírselo a la madre, porque no vela le dejaron llevar.
- ¡Vela, no! – gritó la señora vieja
-. ¡No! ¡A ver si se prende fuego la casa, no!

Lila esperó a la madre, que llegase el domingo a visitarla, se lo confesaría: Allí no era posible seguir. Sufría mucho. No importaban el trabajo, los malos modos y los gritos. Ya sabía ella que las chicas, al emplearse deben soportar todo eso. ¡Ah, pero aquel miedo terrible que la tenía desvelada hasta más de la medianoche, y eso a pesar del cansancio con que se acostaba! Y sentir a su corazón, latiendo angustioso: toc, toc, toc, toc… Ya estaba decidida: que la madre la sacara de allí. Ese primer domingo se lo diría. Pero la madre no vino, sólo recibió una carta en la que le explicaba porqué no iba: le faltaban los sesenta y cinco centavos para el viaje de ida y vuelta en segunda clase. Y dentro de la carta venía una estampilla, papel y sobre, para que ella contestase a su carta. Lila escribió; y escribió mintiéndole: Se encontraba muy bien, el trabajo no era mucho, la trataban bien. Ni una palabra dijo de los miedos que la martirizaban. Cerró el sobre y lo echó al buzón. De vuelta se dijo porqué había mentido a la madre: Sufriría un mes, ganaría esos ocho pesos y entonces le pediría que la sacase. En su carta la madre le decía que la visitará una vez por mes; cuando ella viniese, se lo contaría todo. ¿Para qué angustiarla antes inútilmente?

Una mañana, al presentarse a sus patrones, la señora más joven le dijo:
- ¡Qué pálida estás! ¿Estás enferma?
- No he dormido – dijo ella.
- ¿Y por qué?
- Tenía miedo.
- ¿Miedo? ¡Ja, ja, ja! – todos rieron de tan buena gana que ella, aún cuando iba dispuesta a rogarles que la sacaran de aquel cuartucho donde tanto sufría, calló, avergonzada, no hallando ni ella misma, un motivo a sus miedos nocturnos, ahora que era de día y brillaba un sol tan hermoso.. Y esperó a que su madre viniese, dispuesta a decírselo. Esta esperanza le daba valor para callar y no poner en sus cartas una linea que denunciase sus sufrimientos. La mañana del domingo en que debía llegar su madre, la señora vieja le preguntó:
- ¿Hoy viene tu mamá?
- Sí, señora.
- Dale tu mes entonces. Aquí están los ocho pesos. Lila quedó contemplándolos, acariciándolos con la mirada. Y luego, en su cuartucho, antes de meterlos bajo en colchón, los contó y los recontó. Eran ocho papeles de un peso, nuevecitos, crujientes, que el marido de la señora joven, empleado de banco, había traído de allá, para ella, para Lila. Los dobló cuidadosamente por la mitad. Esa tarde llegó la madre, sola, sin los hermanitos como ella esperaba. La mujer explicó: No era cosa de gastar otros dos medios pasajes, y los había dejado con una vecina. El dinero escaseaba, el importe de sus costuras se les iba en comer y en el alquilar del cuarto. No pagaban mucho los señores de la tienda, y luego por cualquier cosa, rechazaban la costura y descontaban. Además, perdía mucho tiempo en tener que cocinar y acomodar la pieza…

- A Luisito, pienso mandarlo este mes… Lila la interrumpió alargándole los ocho pesos.
- ¡Ocho pesos! ¡Tu mensualidad! – dijo la madre
-. Mirá, por vos, Luisito podrá ir mañana mismo al colegio. No iba por no tener zapatos… El mes que viene, con tu otra mensualidad, le compraré a Julio y lo mandaré a él también… ¿Qué? ¿No vas a hablarme? ¿Qué me ibas a decir? ¿Por qué te callás?
- ¿Yo?
- Sí, me pareció que tenías algo que decirme. ¡Te noto rara, hija! Tus ojos están llenos de lágrimas… ¿Llorás?
- ¿Llorar yo? ¿Yo? ¿Por qué habría de llorar yo? ¡Si estoy tan bien, tan bien, mamá, tan bien estoy aquí, tan bien!...