narrativa

LA MUÑECA

El juguete del niño,
en lenguaje psicológico,
se llama ilusión

VARONA

Se llevaban cinco años. Dora tenía nueve y Alicia cuatro. ¿Cómo nació en Dora ese sentimiento de antipatía hacia su pequeña hermana? Fue una infiltración lenta, un veneno que, cayendo gota a gota en su alma, terminó por envenenar su savia generosa. Pero fue un veneno que los grandes dejaron caer sobre ella, que no nació en ella. Dora recibió a su hermanita con alegría. Ya era grande cuando cayó en su hogar aquella linda muñeca rubia y blanca. Le dio su cariño, acrecentado por la novedad de la posesión. Después se lo fue retirando. Lentamente, en una lucha que no podían ver los padres, que quizás no pudieran comprender tampoco; pero lucha tenaz, enconada, roedora.

Al año ya, la hermana mayor odiaba a la menor. Esta, por supuesto era ajena a todo e inocente. La torpeza de los padres había creado esta situación.

Para Alicia eran los halagos, las palabras lindas, los besos, los mimos. Dora oía, miraba y observaba. Primero, sin comprender por qué su madre, sobre todo, se había alejado de ella. Después, intuyéndolo. Y descubriéndolo al fin. Descubrimiento doloroso hecho a los nueve años y que llenó de veneno su corazón, antes predispuesto al cariño: su madre quería más a Alicia porque era más linda. A los nueve años, Dora descubrió que ella no era linda. No se lo dijo el espejo, al cual no dejaba de mirarse. Se lo murmuró su pena. Flaca, anémica, con los pelos lacios cayendo sin gracia sobre la frente; no había ropa que consiguiera darle gracia. En cambio, Alicia, todo lo contrario; gorda, rebosando salud, cabellera rizada. Sonreía y todo sonreía a su alrededor: irradiaba.

Para ella tenían que ser los besos, los mimos, las palabras enternecedoras. La madre la agobiaba a caricias, en todo instante. El padre, al volver del empleo, la buscaba con las pupilas anhelosas. Y el regocijo no brillaba en ellas hasta que la pequeña no le salía al encuentro. En vano Dora se ponía delante de él. La acariciaba; pero casi como si fuese un cumplimiento, con frialdad. Y mientras ella, sentada en una silla, se quedaba quieta y silenciosa como una persona mayor, su hermana, revoloteando, centro de la reunión, era agasajada por las visitas, interrogada, festejada en sus tontas respuestas, en sus balbuceos sin sentido. Porque Dora lo comprendía bien: todo el mérito de Alicia estaba en su belleza. Sin sus mofletes sonrosados, sin su rizada cabellera, la chica hubiese sido una pelota de carne rodando entre los muebles de la casa, comiendo y durmiendo.

Cuando comenzó a ir a la escuela, Dora experimentó un gran alivio. Así no estaba en continuo contacto y cotejo con su bella hermana. Allí había chicas más feas aún que ella. Porque ella, al fin, tenía dos enormes ojos negros, llenos de luz, que las ojeras hacían más grandes. Otras chicas no esto poseían. Una, rubia, de cabello colorado, gangosa, salpimentada de pecas; hasta usaba anteojos. La madre de Dora y Alicia, ajena por completo al drama que en el espíritu de la mayor crecía como un rosal sin flor, todo erizado de espinos el escueto tallo, continuaba dándose, cada día más, al amor de su hija pequeña y olvidando más cada día, a la otra, inteligencia aguda que observaba y elaboraba en silencio, para sí sola, el veneno de sus observaciones. Dora se alejaba cada vez más de la madre, pero ésta no parecía advertirlo, como si no le importara. Todo su amor era para su hija pequeña y linda. Porque gozaba mirándola, y la besaba. Porque su sonrisa, su gracia natural le causaban placer, la mimaba, le decía frases tiernas, apasionadas.

El padre ya había empezado a comprender a su hija fea. Sorprendido por sus preguntas, por su adelanto súbito, enorgullecido por los éxitos en la escuela, dedicaba a ella más tiempo que antes. Comprendía que en estos nueve años precoces de su hija fea se estaba gestando la interrogación de una vida.

Dora no economizaba leves disgustos a la mimada Alicia. Ella no la mimaba. Podía gritar, exigir. En vano. Ella sonreía, desdeñosa, casi gozando con sus llantos y pataletas. La madre, a veces, intervenía para dar siempre la razón a su mimada. Pero Dora, rebelándose abiertamente, no cedía. La madre gritaba o pegaba. Era inútil. Dora defendía sus derechos valientemente, más contra una madre que no tenía sobre ella la autoridad que da el amor. La niña, alejada de aquella mujer que desde muy pequeña la había casi abandonado, para sustituirla por otra, sólo la obedecía. Ningún lazo interior la unía a ella. Por eso, cuando creía que la madre intentaba lesionarla en sus derechos, se rebelaba. Dora, por ejemplo, no admitía que la pequeña jugase con sus amigas. La pequeña se quejaba a la madre. Llegaba ésta, la imponía. Sólo un momento. No bien se alejaba, Alicia era empujada a un rincón, expulsada nuevamente.

- Sos demasiado pequeña para jugar con nosotras. ¡Andate! Una noche, al volver del trabajo, el padre llegó con dos juguetes, una muñeca para Dora y un payaso para Alicia. Quince minutos de regocijo. Al cabo de ellos, la pequeña quiso jugar con la muñeca de la otra. Esta se defendió. No quiso prestarla. Intervino la madre. Dora se resistió desesperadamente. Tanto que el padre hubo de intervenir, hacerle ver a la madre que esto era lo justo: que cada cual jugase con su juguete, que no pretendiera el de la otra. Esta vez Alicia tuvo que resignarse a no poseer la muñeca de Dora. Pero el hecho, demasiado insólito en su existencia de niña mimada, le dejó grabado un deseo: desde aquel instante anheló poseer la muñeca de su hermana, jugar con ella. Desdeñado su payaso, sus otras muñecas, su oso, su mono con cuerda, sus muchos juguetes, miraba ansiosa a la mayor que, adornando con sus imaginaciones de niña inteligente la insignificancia de su muñeca, jugaba entretenida, olvidada del mundo, feliz.

Comenzó un combate, concreto ahora, por la posesión de la muñeca. La madre creyó resolverlo. Compró a Alicia otra muñeca más grande; más hermosa, mejor vestida, que cerraba y abría los ojos. La pequeña caprichosa deseaba la muñeca de su hermana, esa muñeca sin nada que la hiciese tan codiciable, una muñeca barata.

Dora tenía dos muñecas. Quizás no le hubiese dado importancia a ésta; pero el deseo de su hermana hizo que ella le adjudicase un inusitado valor. Y a su vez la quiso, la cuidó como nunca había querido y cuidado a sus muñecas. Al jugar, sorprendía la mirada codiciosa de su hermanita que, aún rodeada de bellos, raros, costosos juguetes, deseaba su muñeca. Y eso la hacía feliz, entrañablemente feliz. Era su venganza. Demasiadas penas había soportado en silencio, para no gozar esa felicidad impura, pero felicidad al fin. Su hermana era linda. ¿No le bastaba su belleza a la glotona, lo quería todo para ella, hasta su muñeca? Su hermana atraía los halagos, las frases tiernas, los mimos, los obsequios. La había dejado sin madre, esto por culpa de la misma madre, no por la de ella; pero Dora sólo era capaz de sentir el efecto, el desvío de su madre hacia ella, su alejamiento, para consagrarse por entero a la pequeña, a la linda. ¿La había dejado sin madre y ahora pretendía dejarla sin muñeca también? ¡No la dejaría sin muñeca! Luchó, luchó denodadamente:
- Dora, prestale un poquito la muñeca a tu hermanita – insinuaba la madre.
- ¡No! – respondía ella y se abrazaba al codiciado juguete.

Alicia lloraba. A veces, la madre pretendía imponer su autoridad; pero la firmeza de Dora, chillando con desesperado valor, la vencía. En esto, la mujer se mostraba débil, como si intuyese que ella, con su arbitrariedad, era la culpable, no la niña rebelada.

Una, dos semanas de lucha. Tenaz la pequeña, inmisericorde la mayor. Lucha sin tregua, como es siempre la lucha por las pequeñeces. Dora iba y venía del colegio con su muñeca. Se acostaba con ella bajo la almohada… Y Alicia la deseaba siempre, cada vez con mayor vehemencia. La madre, cansada, indiferente, había concluido por no intervenir más. Tal vez creía que ya todo estaba terminado. Los grandes nunca pueden ver el mundo de los niños tal como es, con todas sus maravillas y sus horrores. La madre no oía ya a su pequeña pedir a gritos y llorar por la muñeca codiciada. Pero la deseaba siempre. Dora lo sabía, y lo sabía tan bien que, como nunca, la custodiaba. Desde que su hermana menor la deseaba así, su muñeca había dejado de ser una muñeca común. Ahora era un tesoro. ¡El más rico de los tesoros, ya que era lo único que su halagada, mimada y odiada hermana linda no podía poseer!

* * *

Una tarde, sorprendida, la madre se enteró de que el odio entre sus dos hijas estaba allí, latente, y no como ella lo suponía, ya apagado. Enfermó Alicia. Una fiebre alta. Hubo que purgarla inmediatamente. La chica impuso condiciones: se purgaría sin llorar si le daban la muñeca de Dora. Se le prometió así. En cuanto llegó ésta del colegio, la muñeca pasó de sus manos crispadas por la desesperación a las febriles de su hermanita enferma.

Inútilmente protestó la despojada, no quiso comer y se acostó llorando. Alicia, abrazada a la muñeca, dormía, feliz. En puntas de pie se le acercó Dora a medianoche, con sus enormes ojos negros devorando las sombras, sigilosamente. Se la quitó de entre los brazos sin despertarla y la escondió. Alicia despertó muy agravada. El médico diagnosticó viruela. Había que alejar a la otra para evitar el contagio. Dora salía ya, camino de la casa de una parienta; pero al pasar frente a la ventana de la enfermita oyó a ésta gritar; la vio extender las manos codiciosas. Comprendió. Pedía la muñeca que ella se llevaba. Corrió, pero la madre saltó sobre ella cuando ya estaba en el automóvil, le arrebató la disputada, insignificante muñeca y Dora, envenenada de rencor, sucia de pena el alma, partió sollozando, anonadada. Hubo que contenerla fuertemente para que no se tirase del automóvil en busca de su muñeca.

Pasaron los días. Aparentemente, Dora había olvidado todo. Comía, jugaba, iba y venía del colegio. Llegaban noticias de la enferma. Primero malas; después mejores. Por fin, que había curado. Dora se alegró ruidosamente y hallaron muy natural que esas noticias buenas la alegrasen. Pero nadie sabía por qué la alegraban. Ella pensaba en la reconquista de la muñeca. Nada más. Volvería a la casa, y su primer acto sería correr junto a la convaleciente y arrebatarle la muñeca con el mismo gesto brutal, imperioso de la madre al quitársela a ella. ¿Alicia sufriría? ¿Pero acaso ella, Dora, la verdadera dueña de la muñeca, no había sufrido? ¿Acaso el día que llegó a lo de la parienta, despojada, no pensó en morir, en tirarse de la azotea al patio? No lo hizo porque pensó que Alicia sanaría, que ella volvería a la casa y recuperaría la muñeca. Esto la salvó. Le dio fuerzas para seguir sufriendo, esperando.

Y ahora iba en un automóvil, junto al padre, como un mes antes iba, pero camino de la casa, camino de la reconquista de su muñeca. Entró ahogándose de ansia. Fríamente, cortésmente, se besó con la madre. La halló muy flaca y ojerosa. Traslucía sus malas noches, sus angustias… Se dirigió al cuarto de la pequeña. Sus grandes, inteligentes, luminosas pupilas negras, como si estuvieran más negras, como si una luz poderosa, una luz salvaje, las alimentara de pasión, se hundieron sorprendidas en la pequeña convaleciente. Le costó trabajo reconocerla.

¿Este muñeco flaco, pálido, rapado, era su hermana linda? ¿Las carnes rosadas, sedosas? ¿Y los bucles rubios? ¿Y la gracia, la alegría que de ella irradiaba? Además: no sólo su cara huesuda, pálida, le ponía la máscara de fealdad; estaba toda picoteada. Se acercó a observarla bien. La pequeña tradujo equivocadamente su gesto: creyó que se aproximaba a quitarle la muñeca. Dora vio entonces a su muñeca; antes, cegada por la estupefacción de hallar, más fea que ella misma, ¡ya lo creo!, a su envidiada hermana linda, no reparó en la muñeca, amontonada con otros juguetes sobre los almohadones que rodeaban a Alicia. Pero Alicia, apretando contra su pecho la muñeca antes tan disputada, la hizo que reparase en ella.

Dora la miró. La muñeca, como Alicia, desconocida también: la desinfección había hecho estragos en ella. Descascarada, casi sin pelos, descolorida… Dora quedó meditando un instante, mirando a la desfigurada Alicia. Y de pronto se sintió muy liviana. ¿Libre del peso de su odio! Dora meditaba. La pequeña seguía esperando el ataque de Dora. Agresiva, dispuesta a chillar pidiendo el seguro socorro de la madre, apretando la muñeca contra su pecho anhelante…

Pero Dora dijo:
- Te la regalo.