narrativa

LA CARTERA

El hombre más modesto del mundo siempre
cree que sabe lo bastante para enseñar a su hijo.

LUCIANO GUITRY (1860-1925)

Luchón, atado a un poste de la parra, medita. Recuerda... Ha sido golpeado delante de todos los vecinos. Humillado delante de todos. Y ahora está allí, atado a un poste de la parra. expuesto a la curiosidad torpe, estúpida, irritante de todos. Oyendo a los vecinos de la casa comentar el hecho, condenarlo sin misericordia. Burlarse de él, golpeado y humillado. El dolor de los golpes ya pasó, su cuerpo no los siente, pero sí siente su huella en el alma, la humillación, viscosa mancha como de barro podrido que ha quedado allí, repugnante, sobre la escalinata de mármol blanco que es su alma de niño inocente. Porque Luchón ha sido golpeado, humillado, ¡y es inocente!. Su propio padre, ese hombre alto y hermoso que él admira tanto, su propio padre, ese hombre honrado y noble de quien está orgulloso, ha cometido esta injusticia horrible: ¡Castigarlo, humillarlo exponiéndolo a la estúpida curiosidad de los vecinos, siendo él inocente! En quién creer ahora, si su padre es injusto, si es como los demás? Y un rencor ácido, una materia viscosa, emponzoñadora, le llena la vida, se la quema y se la ensucia. Luchón medita y recuerda...

Medita: Por qué le pasa esto a él?¿ Por qué ya muchas veces ha sido víctima de la injusticia de los grandes?.
-¿ Será porque no tengo madre desde chico?
- piensa Luchón
- ¿ Será porque no he tenido quién me defienda?¿ O será porque soy gordo, y los grandes no reparan en dejar caer sobre mí sus golpes?

Esos golpes ciegos, brutales; golpes que irritan hasta la locura, que enceguecen de rabia, que lo transforman al que los recibe en un bruto también. Golpes injustos siempre, derivados de una sentencia apresurada.Luchón recuerda: Una vez él estaba sentado en el extremo de un banco, tomando el sol. Volvía de un mandado de su padre: llevar una mesa al hombro, treinta cuadras. Había ido a pie, para guardarse los veinte centavos y comprar un trompo y piola. Fatigado, descansaba en un banco. En el otro extremo se sentó un viejo muy gordo. Al rato, él se levantó para irse y el anciano, faltándole el contrapeso, cayó al suelo. Decía que lo había hecho caer a propósito. No era así. Luchón quería explicarse. Hasta se acercó al viejo para ayudarlo a que se levantara. El viejo, furioso, le tiró un bastonazo. De pronto, Luchón se sintió cogido por las orejas por detrás y una voz de hombre le decía:
- ¡Lo he visto todo, todo!

Y acompañaba cada grito de un doble tirón de orejas y de un puntapié. El niño consiguió deshacerse de él. Y huyó sin mirarle la cara. Ya un denso grupo de curiosos los rodeaba. Tuvo que topar el círculo formado alrededor de ellos, y abrirse cancha. Le costó trabajo. Todos lo injuriaban: ¡Pillo! ¡Sinvergüenza! ¡Burlarse de un anciano! Una mujer le pegó un sombrillazo en la cabeza.

Sólo atinó a huir. No hubiera podido defenderse, dar razones que le sobraban. Huyó golpeado y humillado. Envenenado de rencor. ¡Y era inocente! Otra vez, él estaba sentado en un umbral: miraba como sus amigos del barrio jugaban al fútbol con una pelota de papel. Quiso la mala suerte que la pelota fuera a pegar en la cara de un transeúnte. Le tiró los anteojos al suelo, se rompieron los cristales. El hombre, furioso, abandonando la montura en el suelo, corrió a los jugadores; a uno, a otro, en vano. La pandilla se desbandó. El hombre, cárdeno de ira, regresó a buscar la montura de sus anteojos. Allí encontró a Luchón que la había recogido y se la presentaba. Se la arrebató el hombre y le pegó enseguida dos fuertes bofetadas que lo aturdieron por lo imprevistas. Intentó protestar, pero el hombre, satisfecho de hallar en quién satisfacer su cólera, lo tomó a golpes. Tuvo que huir. El hombre lo acusaba de haber sido él quién le tirara la pelota y le rompiera los cristales. Luchón se vio golpeado y humillado, víctima de la injusticia de los grandes, siempre tan dispuestos a condenar, tan prestos siempre a cerrar el puño, y golpear, creyendo hacer justicia, corregir, cuando sólo se vengan.

Otra vez, él y unos camaradas jugaban al tiro al blanco. Habían dibujado círculos en un cajón y le tiraban piedras. Una de ellas fue a dar en el vidrio de un negocio de cigarrería. Se partió. Salió el dueño. Al primero que vio fue a Luchón, gordo y grande, con una piedra en cada mano; y se tiró a él, dispuesto a patearlo, a estrangularlo, ¡quién sabe a qué! Luchón nunca lo supo. Huyó desesperadamente. Ya no intentó siquiera protestar, decir que él no podía haber roto el vidrio puesto que aún tenía las piedras en la mano, aún él no había tirado. Recordó los golpes sufridos en las dos ocasiones en qué, como ésta, era inocente. A qué verse golpeado y humillado otra vez? Acaso los grandes, los dueños del puñetazo y del puntapié, oyen? ¡No! Se encolerizan y pegan. No les importa a quién pegan. Lo que ellos quieren es pegar, sentir bajo su pie o bajo sus puños un cuerpo que se dobla fácil, que sin poderse defender recibe su cólera de bruto ciego, sordo y prepotente. Luchón recuerda y medita: Será porque soy gordo que me ocurre esto? Será porque no tengo madre desde chico?

Ahora, allí, atado a la vista de todos, después de haber sido golpeado delante de todos, ¡golpeado por su propio padre, ese hombre que él quiere tanto!. Luchón piensa: ¡Otra vez fue golpeado y humillado siendo inocente! ¡Pero cómo sufre esta vez! Antes, lo fue por desconocidos, ahora sufrió la injusticia por su propio padre.

El hecho es tan simple que a Luchón le parece mentira que pudiese haber ocurrido: se levantó muy temprano, como todas las mañanas, dispuesto a preparar el café con leche para él y su padre que lo tomaba en la cama. Al ir a entrar en la cocina vio una cartera. La recogió.
- Es la cartera de Petrucho
- la reconoció
-. Se la voy a devolver
- y miró adentro: no tenía nada. Petrucho era un zapatero remendón que ocupaba el comedor de la casa.
- Eh, Petrucho: ¿Esta cartera es suya, verdad? El zapatero levantó la vista y miró, desconfiado:
- Sí, la perdí ayer a la noche. ¿ Dónde la has encontrado?
- En la puerta de la cocina. Tome.

Y se la dio, alegre. El zapatero miró adentro.
- Sí
- dijo
- me traés la cartera, pero vacía. Adentro había cuatro pesos.
- Yo la encontré vacía.
- ¡Mentís!
- Le aseguro que...
- ¡Ahora verás con tu padre, ladrón!

Y el zapatero fue a ver al padre, seguido por algunas mujeres, atraídas por sus gritos, y que ya le daban la razón. O comentaban el hecho a su modo:
- Qué ocurre?
- Luchón le ha robado la cartera, le sacó la plata de adentro y ahora, ¡el muy fresco!, le viene a decir que encontró la cartera vacía...

El padre de Luchón, un hombre altísimo, corpulento, de mirada noble, oyó al zapatero y se puso muy pálido. Parecía que una vena de la frente le fuera a estallar, de tal modo se le había saltado, muy azul, casi negra, en medio del rostro... Intentó hablar y no pudo.

Si le hubieran traído a su muchacho muerto por un automóvil, no le hubiese causado impresión más terrible. El zapatero juraba por una hija, muerta hacía poco, que en la cartera había cuatro pesos. Otros vecinos lo apoyaban:
-¡Este hombre no va a mentir así!
- ¡Ese chico es un ladrón!
-¡El hijo de don Adriano, ladrón, parece increíble!
- ¡El hijo del hombre más honrado del mundo!

El hombre oía todo, pero parecía no oírlo. Parecía como si le fuera a dar un síncope. Temblaba como si tuviera fiebre. Pudo hablar al fin. Su voz era ronca, lejana:
- ¿Cuánto dice que había en la cartera, don Petrucho?
- Cuatro pesos.

Lentamente sacó cuatro pesos y se los dio. El chico, hasta entonces, parado frente al padre, no había dicho nada. Quiso intervenir:
- No papá, no se los des... Pero un terrible puñetazo de su padre lo tiró al suelo, atontado. Después se sintió tomado por él, atado a un poste de la parra y golpeado con el cinturón. Los primeros azotes lo hicieron volver en sí. Chilló:
- ¡ No, papá, yo no robé nada!... Pero ya no pudo más. El gigante descargaba en cada azote toda su fuerza terrible. Uno le dio en la cabeza, y volvió a quedar atontado. Al principio, los vecinos, hombres y mujeres, aprobaban:
-¡Muy bien hecho!
-¡Ese es un padre que sabe educar a su hijo!

Pero tanto pegaba el hombrazo que al fin hubieron de intervenir. El espectáculo era demasiado repugnante. Una mujer lo tomó por la mano que blandía el cinturón. Otros se interpusieron entre él y el chico castigado. Los hombres lo empujaron para apartarlo de allí. Lo sacaron como a un ebrio.
-¡No lo desaten!
- gritó el hombre
- ¡déjenlo allí que todos lo vean!¡Eh, chicos! Hagan ronda alrededor de él, canten, griten: ¡El ladrón, el ladrón! ¡Bailen! Los chicos no se movieron, el hombre continuó hablando:
- ¡Mi hijo ladrón! ¡El hijo de Adriano Bidolfi!...

Y rompió a sollozar, con los dos puños en la boca, como si se los royese, con los ojos muy abiertos, clavados en su pena... Adriano Bidolfi, el carpintero, tenía fama de honrado. Se narraban de él anécdotas edificantes. Bastaba mirarlo a los ojos azules claros, tranquilos como agua de lago. Bastaba oírle la voz sonora, entintada aún con el recio ritmo de su dialecto lombardo que, a pesar de sus cuarenta años de América, no había desaparecido.
- Cuánto me cobra por arreglar este ropero, don Adriano?

Él respondía:
- Tres pesos y cincuenta. Y nadie le pedía rebaja. Sabían que él cobraba lo justo. Pedirle rebaja hubiera sido ofenderle.
-¡Pobre don Adriano! Pero podía ocurrirle una desgracia mayor? ¡Salirle ladrón el hijo!
- ¿Y si no fuera?
- ¡Qué no va a ser!

Luchón, atado al poste de la parra, dolorido, humillado, con el rencor que le quemaba la sangre, que le ponía un sabor amargo en la boca sedienta, meditaba. Así pasó una hora. Oyendo siempre a los vecinos explicar a los que llegaban por qué estaba él allí atado. Y oyendo deformar lo ocurrido, contarlo como si él hubiese entrado al cuarto del zapatero a sacarle la cartera. Los que oían lo injuriaban:
- ¡Hipócrita!
- No sabés el padre que tenés; si lo supieras, antes de ser ladrón te tirarías al río...
- ¡No hay un hombre más honrado que tu padre! ¿Oís?
- ¡No merecés el padre que te ha tocado!

Luchón callaba. ¡Si veía la cólera que él tan bien conocía, brillando en los ojos febriles, haciéndose puño en las manos nerviosas de todos los grandes, hombres y mujeres! Los chicos lo comprendieron. Estos no habían hecho causa común con los grandes. Desde otro ángulo miraban el feo espectáculo, desde otro mundo, y como a ellos no los enceguecía la cólera, el afán tonto de hacer justicia inmediata, una justicia que no se siente satisfecha hasta que no halla culpables y los castiga, los niños absolvieron a Luchón.

Se le acercó Mingo:
- ¿Es verdad que robaste los cuatro pesos?
- No robé nada. Yo encontré la cartera vacía. Y Mingo no oyó con sus sentidos corporales las palabras del culpable. Su alma las oyó, y comprendió así que Luchón era inocente. Lo proclamó con voz fuerte:
-¡Luchón no ha robado nada!
- Quién te lo dijo?
- saltó la madre de Mingo, indignada y temerosa de que su hijo pudiese ser considerado cómplice del ladrón
- ¿ Cómo podés decirlo así con esa seguridad?
- ¡Yo sé!
- afirmó Mingo.

Y la madre, exasperada por su afirmación, le pegó una sonora cachetada, para limpiarlo de toda presunción de complicidad. Los otros chicos callaban; sus padres pegaban también. ¿Para qué exponerse a un golpe por expresar su sentimiento íntimo? Y lo escondieron, atemorizados, en sus almas. Allí su verdad dormiría muchos años, hasta que ellos fuesen hombres a su vez y pudieran hablar sin temor, porque entonces tendrían pies y puños para defender sus palabras. ¡Ah!; pero entonces, los puñetazos y puntapiés habrían modificado sus almas, y éstas ya no tendrían, como ahora, bien abiertos los ojos para ver la verdad, bien abiertos los oídos para escuchar la palabra del condenado, y comprender la inocencia, sentir la congoja del que padece injusticia...

- ¿Y éste, por qué está allí atado? Pedrín preguntaba. Pedrín era un tipo curioso. Mezcla de vendedor ambulante y de busca
-vida; él se prestaba a todo. Hoy estaba empapelando una casa o haciendo una instalación eléctrica y mañana salía a vender globos de gas o lapiceras. Conversador y alegre, ponía en el conventillo tétrico, en la vida gris de aquellos hombres de trabajo, el hervor rubio, como de vino espumante, de su palabra y de su risa. Por esto era querido. Las gentes son tristes porque la vida cotidiana pesa demasiado; pero desean ser alegres. Y cuando hallan un ser alegre, lo buscan para poner sus almas ateridas por el tedio al reflejo de la luz; lo buscan como al sol en invierno.
- Y éste, ¿ por qué está allí atado?
- pregunta Pedrín.

Le explicaron a su manera, contradiciéndose, las dos mujeres que intentaron narrar lo sucedido. Pedrín se interesó:
-¿ Una cartera dicen? ¿No será una cartera que yo encontré esta madrugada a tres pasos de la puerta? Eh, Luchón: ¿Dónde encontraste esa cartera?
- En el patio, allí...
-¡Si es la misma, pues! Yo la tiré allí, junto a la puerta de la cocina, eh?
-¡Sí!
- respondió el chico, alarmado. Y Pedrín se explicó: él había hallado la cartera en la calle. Miró adentro. Vio cuatro pesos; como no sabía de quien era, se guardó la plata y tiró la cartera demasiado vieja y sucia para guardarla.
- Así que a ese pobre chico le han pegado injustamente?

Todos se miraron desconfiados.
- ¿Qué me miran así?¿ No me conocen? Les digo la verdad, ¡la pura verdad! Hagan desatar al chico, llamen al padre... No había necesidad. Ya una bandada de muchachos con Mingo a la cabeza, habían ido a contar al padre la buena nueva. Y éste, rodeado por la bulliciosa, feliz pandilla, llegaba, ansioso...
-¿ Qué, qué dice, Pedrín? Pedrín contó minuciosamente, detallándole todo lo ocurrido.
-¡Llamen a Petrucho!
- ordenó el padre de Luchón, y comenzó a desatar a éste. Llegó el zapatero y a su alrededor cincuenta mujeres, cincuenta hombres, cien chicos: todo el conventillo y los dos o tres conventillos de la cuadra. En el centro el zapatero, la cabeza ruda del carpintero, muy pálido y con los ojos azules dardeándole.

Pedrín terminó entregándole al padre de Luchón los cuatro pesos. Entonces habló el carpintero, con torpeza, emocionadísimo:
- ¡Muy bien! Resulta de esto que mi hijo no es ladrón, eh? Respondieron algunos:
-No, no es ladrón.
- Puede quedar tranquilo, don Adriano.
-¡ Muy bien! Resulta de esto que le he pegado a mi hijo siendo inocente. ¿Eh?
- Sí, es inocente.
- Es inocente.

Escucharon varias voces.
-¡Muy bien! Y resulta de esto que usted, Petrucho, acusó a mi hijo siendo inocente, y lo hizo castigar siendo inocente. Eh? ¡Muy bien! ¡Ahora usted tiene que pelear conmigo! Y lo atrapó de una muñeca. El zapatero balbucía, se excusaba. El miedo le ponía blancos los ojos, y los revolvía buscando apoyo, suplicando a los demás que interviniesen.
- No vamos a pelear mano a mano
- dijo el gigante
-. ¡No! Usted va a pelear con un bastón y yo sin nada... El zapatero protestó: él no quería pelear en ninguna forma.

-¡Canalla! ¡Usted ha acusado a mi hijo de ladrón! Sabe usted lo que es eso? ¡Mi hijo, ladrón! ¡El hijo de Adriano Bidolfi, ladrón!
- No, don Adriano
- suplicaba el zapatero
- ahora estoy convencido de su inocencia... El gigante lo soltó:
-¿Oyen?
- se dirigió a todos
-. Confiesa que está convencido de que mi hijo es inocente. ¿ Hay alguno aquí que crea ladrón a mi hijo? Le respondió un silencio raro; pero una mujer dijo:
- No, don Adriano, puede estar tranquilo. Y otra:
- Todos sabemos que es inocente. Y otra:
- ¡Pobrecito! El hombre miró a su muchacho. Parecía que iba a llorar. Quiso decirle algo, allí, delante de todos; pero no pudo decirle nada. Sólo le puso una manaza sobre la cabeza y se la acarició. Luchón sonreía, feliz de haber regresado a la cariñosa estimación de su padre, ¡tan alto, tan fuerte, tan respetado!...
-¡Vamos!
- dijo el gigante. Y comenzó a andar llevándolo de la cabeza. Caminó unos pasos y se volvió al grupo azorado que ya comenzaba a desgranarse:
- Ya lo saben todos. Eh? ¡Mi hijo es inocente! ¡El hijo de Adriano Bidolfi no es un ladrón! Eh?
- Y enrojeció de pronto. Gritó:
-¡Y el que lo crea un ladrón que lo diga! ¡Que lo diga para arrancarle la lengua! Eh? Todos callaban. Luchón reía, feliz. Pensaba: ¡Da gusto tener un padre así como éste! Caminaron otros pasos, y el gigante se volvió al grupo de nuevo:
- ¡Eh, Pedrín! ¡Muchas gracias! No sabe usted lo que me ha devuelto al devolverme este hijo! ¡Porque si este hijo, lo único que tengo en la vida, hubiese sido ladrón, se lo juro, Pedrín: Hubiera concluido por estrangularlo! Mañana que es domingo, venga a comer los tallarines con nosotros. Eh?
- ¡Sí como no, don Adriano!
- respondió Pedrín. Ya el gigante, siempre llevando a su hijo de la cabeza, y acariciándosela, había entrado en el taller. Cerró la puerta.
- Sentate allí
- le dijo
-, quiero hablarte como a un hombre. Porque vos sos un hombre, un hombre honrado. Luchón, asombradísimo, se sentó.
-¡Quiero pedirte que me perdones!
-¡Papá!
- protestó el chico.
- He sido injusto. ¡He sido un bárbaro! ¡Perdoname!¿ Me perdonás? ¡Decime que me perdonás! El niño se le abrazó llorando:
-¡Papito, papito!... Y el hombre comenzó a besar enloquecido la cabeza de su muchacho. Lo besaba llorando él también. Era un llanto silencioso; pero las lágrimas grandotas caían en sus rodillas como si fuese una criatura.
- Bueno, hijo
- habló el hombre
- oí lo que te voy a decir ahora. Se levantó parsimoniosamente, fue al otro cuarto y regresó con un retrato de su mujer, la madre de Luchón, muerta hacía muchos años. Puso el retrato sobre el banco de carpintero.
- Oí, Luchón, hijo mío, hijito mío
-. La emoción había vuelto a apoderarse de él y hablaba torpemente - oí lo que te voy a decir ahora. ¡te juro, oí bien, te juro por la memoria de tu madre que si otra vez te vuelvo a tocar me corto la mano! Y extendió su diestra musculosa, nervuda, ciclópea, ante la mujer joven que les sonreía desde el retrato. Luchón se la tomó. Y comenzó a besársela, tan fuerte como si la mordiera.