narrativa

LA "G" Y LA "J"

Los pedagogos... no comprenden esa delicadeza,
ese verdadero descubrimiento de la vida,
esa repugnancia hacia toda falsedad,
esa burla que fluye siempre hacia todo lo que es falso...
y sólo por esto pueden ejercer su oficio con tanta osadía
(como lo he visto yo, personalmente) ante el fuego
de cuarenta pares de ojos infantiles que se burlan de ellos.

TOLSTOI (1828-1910)

El profesor de gramática es alto, seco, adusto, casi un indígena. David Herrera siente una invencible antipatía por él. No sabe si es por el profesor o por la gramática por quien primero sintió antipatía. La materia le parece estúpida. ¡Qué diferencia con la matemática! ¡Qué fuerza la de un axioma!¡Qué claridad la de un teorema! ¡Qué belleza la de un problema! La gramática, en cambio, carece de fuerza, belleza y claridad. Después de amontonar una inverosímil serie de reglas con el fin de enseñar el uso de la g y la j, comienza a enumerar excepciones, tan interminables, que inutilizan todas aquellas reglas monótonas, pesadas, inaprendibles...

Y el profesor es un pedante, él lo sabe. En el colegio goza fama de sabio. Se dice que es escritor. Que en un teatro se da una obra de él. Algunos chicos la han visto. Lo admiran; pero no recurren a él para aclarar discusiones. No se le pregunta. El profesor de gramática es burlón. No está dispuesto a ceder su sabiduría al primer chiquillo impertinente que le hunda los alfileres de sus interrogaciones. Y los niños, por miedo a ser burlados, no le preguntan.

Empero, a veces, hay quien se arriesga:
- Señor, Sesotris, ¿es Ramsés III? El profesor de gramática lo mira con sus brillantes ojillos negros de indígena, y sonríe. El alumno espera. Ya lamenta haber hecho la pregunta. Comprende que lo van a poner en ridículo.. El profesor de gramática, después de un silencio expectativo, se decide a hablar:
- ¿Usted está en primer año del Colegio Nacional, eh?
- Sí, señor. Responde el alumno, cohibido.
- ¿Usted ha de tener trece años, eh?
- No señor, catorce.
- ¿Catorce? ¡Oh!
- El profesor de gramática esta espantado. Levanta las manos al techo. Vuelve a hablar:
-¡Catorce años, en primer año del Colegio Nacional y no sabe eso! Se ríe tan socarronamente, con tantas ganas, que el niño siente quemarse de vergüenza. Algunos niños ríen también. David se para. Dirígese a éstos, a los que se ríen para hacer eco al profesor. Los desafía:
- Vamos a ver, ustedes que se ríen. Quién de ustedes saben quién es Sesostris o Ramses III? ¡Vamos a ver! Todos callan. Todos ignoran.

David prosigue:
- Entonces, si no saben, ¿por qué se ríen de él porque no sabe? David se dirige al profesor:
- ¿Ve? Ninguno sabe: yo tampoco sé. ¿Quiere decirnos si Sesostris fue Ramses III? ¿ Quiere enseñarnos? El profesor ha dejado de reír. Está muy serio. Una mueca de ira le tuerce la boca sobre la que caen algunas chuzas a modo de bigote. Al fin se indigna:
- ¿Yo estoy aquí para enseñar gramática o historia? ¿Qué se cree usted? Usted me va a enseñar mi obligación a mí, ¿eh? Grita. Se ha levantado del pupitre. Ha pegado un puñetazo en él. La clase, absorta, lo contempla en silencio: hay una pausa larguísima. El profesor se pasea nervioso, visiblemente ofendido por la impertinencia de David. Este, arrepentido y amedrentado, no osa levantar la vista del libro. El momento es dramático. Por último, el profesor se dirige a él. Le habla en tono colérico y sarcástico:
- A ver, usted, abogadillo. Sabe la lección de hoy? David la sabe. La noche anterior, después de comer, estuvo dos horas encerrado, introduciéndose en la memoria todas las reglas y las excepciones mediante las que se aprenden cuándo una palabra se escribe con g o con j. Por la noche tuvo pesadillas, quizás a causa de la mala digestión; pero el sabe, por ejemplo, que las voces latinas que tenían x, al pasar al castellano pasaron con j. El no cometería el delito de escribir ejemplo con g. David sabe la lección; pero no puede hablar. Tiene un nudo en la lengua; siente que le falta algo. Siente como si se le acabase de apagar algo dentro de él. Para qué demostrarle a aquel hombre que él ha estudiado? El profesor está delante de él, junto a él. Lo toca:
- ¡A usted le hablo!¿Sabe la lección de hoy? David mueve la cabeza negativamente.

El profesor se exalta:
- Ha visto, ¿eh, abogadillo? En vez de andar averiguando lo que no le importa, hubiese estudiado la lección. (David ya ha leído a Herodoto y le gusta y le importa, ¡y muchísimo! Le importa más que averiguar por qué si fingía se escribe con g, tejía se ha de escribir con j.) David aguarda la penitencia, que no tarda en llegar. El profesor dice:
- Para que no tenga tiempo de averiguar si Sesostris fue Ramsés III o no lo fue, mañana me va a traer copiada la lección, eh? ¡Y lo clasifico con cero! David se enfurece. Rezonga algo incomprensible.
- Qué murmura?
- el niño calla
-. ¡Hable, pues! Qué está murmurando? Tiene que protestar todavía? David sigue callado, ceñudo. La cabeza gacha sobre el libro. Por fin, desafiando, grita:
- ¡Digo que usted tampoco sabe si Sesostris fue Ramsés III! El profesor empalidece. Sus puños se cierran. Los labios le tiemblan. Quiere hablar, pero tanta es su cólera que no puede hablar. Pronuncia monosílabos entrecortados. David ya no lo mira. Arrepentido de su ímpetu, ha vuelto a bajar la cabeza. Tiene miedo. Siente la cólera del hombre sobre él, polarizándose en sus puños cerrados. Espera el golpe. Los demás niños están silenciosos, expectantes.

El hombre se aquieta al fin. La debilidad física de su adversario lo calma. Comprende que sería ridículo agredirlo a puñetazos, y sonríe, burlón, despreciativamente:
- ¿Conque yo tampoco sé si Sesostris es Ramsés III? ¡Yo! Muy bien. Ahora, en vez de una, me va a traer cinco veces copiada la lección de hoy. ¿ Oye? ¡Cinco veces! David dice algo. No se le oye. Su actitud, más que sus palabras, indica que protesta. El hombre pierde su calma burlona. La sonrisa se transforma en rugido:
- Pero, ¿ todavía tiene que rezongar? ¡Eh! ¡Todavía! Ahora, en vez de cinco veces, me va a traer seis veces copiada la lección de hoy. ¿ Oye? ¡Seis veces! ¡Y si dice una palabra más, siete veces!... David no mueve los labios. Le atemoriza, no la amenaza de la penitencia que crece, sino el gesto, la voz del hombre que está parado allí, junto a él, iracundo. El niño siente su inferioridad material, por eso calla.

El profesor espera. El silencio se prolonga unos minutos.
- ¡Muy bien! Parece que ahora ha callado.¿Eh?... Otro silencio. El hombre va hacia su pupitre, y se sienta. Exclama entonces:
- ¡Chiquilín insolente! David lo mira. Ahora que lo siente lejos de él, ahora que se ve fuera del alcance de su puño de hombre, ha vuelto a perder el miedo. Sabe que ese hombre, Cuya ignorancia él presiente oculta en una doble coraza de burla y severidad, no es un espíritu frente a su espíritu. Y su espíritu no teme. Quién tiene miedo es su cuerpecillo débil de niño. Ahora, si él intentara acercársele, de un salto podría impedir los temidos puños del hombre. Y el niño, desafiante, comienza a recitar la lección:
- La g tiene dos sonidos, uno suave, como en gloria, magno, y otro fuerte, igual al de la j, como en general, giro... El hombre calla. Está sorprendido. No sabe qué decir, qué hacer. Se muerde las chuzas del bigote y lo mira fijo, como queriendo escrutarle el alma, ver qué esconde en ella aquel enigmático chiquillo que vuelve a erguirse ante él, desafiador, nunca vencido, cuando lo acaba de ver un momento antes, callado, doblado, ante la fuerza de su autoridad prepotente. El niño sigue recitando la lección, palabra por palabra, ejemplo por ejemplo, exactamente, sin equivocarse una letra. Los demás alumnos aprueban, gozosos. Asombrados, felices de presenciar este espectáculo imprevisto que significa la derrota del profesor.

El hombre no atina a reaccionar contra él; pero ya estaba por terminarla, cuando comienza a sonreír malignamente. David termina de hablar. No se ha equivocado en nada absolutamente. El profesor habla:
- ¡Muy bien! Tiene diez puntos. ¿Ve? Le borro el cero y le pongo diez. Pero por haber dicho que no sabía la lección cuando la sabía, en lugar de seis veces, me la va a traer diez veces copiada. Eh? ¡Diez veces!

David se encoge de hombros. ¿Qué le importa a él copiar diez veces la lección ni aun veinte? ¡Si posee neta, imborrable, clara, la sensación del triunfo! Se lo dicen los ojos de admiración de sus compañeros. Y David, por lograr esta admiración unánime, ¡tan difícil!. Hubiese copiado no diez, sino quinientas veces la lección! El profesor vuelve a decirle, más fuerte:
- ¿Ya lo sabe, eh? ¡Diez veces! Y con buena letra.

David responde:
- Está bien, señor, diez veces. Su voz timbrada, su ademán resuelto, su mirada franca, chocan al hombre. Lo molestan. Se queda mirándolo. Quiere descubrir qué significan. Busca sarcasmo en ellos. No lo halla. El niño no se burla de él. Está alegre, nada más. Tan alegre como cejijunto el hombre. El niño tiene la sensación de su triunfo. El otro la de su derrota. Deja de mirarle. Desiste de intentar comprenderle. Dirígese al primero que le había hecho la pregunta sobre Sesostris y Ramses III:
- Usted, Juan Mercado, diga la lección. Está ansioso de venganza...

Pero el otro niño, resuelto, con segura palabra, comienza a recitar:
- La g tiene dos sonidos...