narrativa

EL PECOSO

La criminalidad juvenil se halla en razón
inversa de la asistencia a la escuela.

GABRIEL TARDE (1843-1904)

Dio un paso atrás y miró de nuevo. Le había parecido ver el bulto de un niño apelotonado en el umbral de una puerta. Sí, era un niño. ¡Allí, a las tres de la mañana! Don Rogelio decidió despertarlo:
- Eh, amiguito, ¿qué hacés aquí? El muchacho abrió los ojos; soñoliento, contempló a aquel hombre alto, canoso, de voz dulce. Respondió:
- Estoy durmiendo. Su respuesta hizo gracia al hombre.
- Tenés razón. Estás durmiendo. Pero, ¿por qué estás durmiendo aquí, en el umbral, a esta hora?
- Porque no tengo cama.
- Otra vez tenés razón. ¿Querés venirte conmigo? Yo te puedo prestar una cama.
- Bueno
- respondió el chico; y ya estuvo de pie, dispuesto a irse con el hombre.
- Vamos
- dijo éste.
- ¿No tenés frío?
- No.
- ¿Sos de este pueblo?
- No.
- ¿Cómo llegaste aquí?
- No sé. Anoche me corría un vigilante porque... ¡Bueno! Después le diré por qué me corría. Me corría un vigilante y yo, para disparar, me colé en un tren que salía. En la primera estación me bajé. Como no había más trenes para Buenos Aires, me quedé aquí, en ese umbral.
- ¿Y tenías plata para el boleto?
- No. Yo no necesito boleto. Me subo al tren, cuando viene el guarda me hace bajar en la primera estación y me subo a otro hasta que vuelven a hacerme bajar. Hay guardas tan perros que me portan en cufa.
- ¿Te portan en cufa? ¿Qué quiere decir eso?
- ¿No sabe? Me hacen llevar preso.
- ¡Ah!
- continuaron silenciosos. El hombre pensaba. Después volvió a preguntar:
- ¿Y qué edad tenés?
- ¿Yo? Doce o trece años. Según la cuenta de mi mamá, tengo doce y según la de mi papá, trece.
- ¿Dónde está tu mamá?
- Murió. Murió hace dos años, de tuberculosis en el Hospital Ramos Mejía, que está en la calle...
- Ya sé dónde está. ¿Y tu papá?
- En la penitenciaría, hace tres años. Es chorro. ¿Se acuerda de aquel robo de la calle Pringles?
- No.
- Mi papá fue uno de los ladrones. ¿No ha oído hablar del "Rubio Manchao"?
- No.
- Es mi papá. Le dicen así. ¡Era un ladrón famoso! Ahora tiene para 17 años.
- ¿Y vos como te llamás?
- ¿Yo? El Pecoso.
- Ese no es tu nombre. Es un apodo. Tendrás nombre y apellido.
- Sí. Teobaldo Martínez, pero puede llamarme El Pecoso nomás. Todos me llaman así.
- Yo te llamaré por tu nombre: Teobaldo.
- ¡Es lo mismo!
- No es lo mismo.
- ¿Por qué no es lo mismo?
- Te lo explicaré más adelante
- respondió el hombre, y siguió andando en silencio. El niño, que ya había hecho una pregunta, inició una serie:
- ¿Y usted cómo se llama?
- ¿Yo?
- interrogó el hombre sorprendido
- ¿Yo?
- y decidió responder
-: Rogelio Pujol, pero todos me llaman Don Rogelio. Podés llamarme Don Rogelio.
- Don Rogelio... Rogelio Pujol. Yo a usted lo conozco.
- ¿Sí? ¡Tanto gusto!
- ¿Usted es autor de teatro?
- Sí. ¿Has visto algo mío? El muchachito no respondió. Se puso a reír descaradamente.
- ¿Por qué te reís?
- Me da risa ver como me trata.
- ¿Cómo te trato?
- Así como me habla, como si yo fuese una persona...
- ¿Y no sos una persona?...
- Una persona de respeto.
- ¿Y por qué no has de merecer respeto?
- ¿Yo?
- Y el niño se detuvo, con los ojos bien abiertos y la mano en el pecho
-: ¿Yo?
- volvió a preguntar y rió
-... No sé, me da risa pensar que yo puedo merecer respeto. A mí siempre me han tratado a gritos y cachetadas... Y ahora usted, que es un hombre de edad, que es un hombre del que hablan los diarios, me trata así, de igual a igual... ¿Qué quiere?¡ Me da risa! Don Rogelio lo miró a la cara, iluminada por la luz de un farol. Era un niño pelirrojo, feo, pecoso y desgarbado. Sus ojillos azules parpadeaban continuamente con un tic nervioso. La nariz respingada dábale una expresión entre jocosa y picaresca. El hombre leyó ingenuidad y desfachatez en aquella carita de niño sucio, pálido, feo, enfermizo. Díjole:
- Entra. Hemos llegado a mi casa. Hoy dormirás en cualquier parte. Mañana veremos.

***

Don Rogelio, periodista nocturno, se levantaba muy tarde, después de las doce. Al hacerlo, ese día, halló un serio conflicto en la casa. Su madre había querido expulsar al chico y éste, negándose a salir, se había refugiado en una higuera, donde, tranquilamente, se estaba desayunando, impasible a los gritos de la anciana.

No bien vio a Don Rogelio levantado, ella le expuso sus quejas:
- ¡Ahí tenés por traerme pillos a la casa! Mirá lo que está haciendo ése. Se va a acabar los higos. ¿Dónde lo hiciste dormir?
- En el sofá de mi cuarto.
- ¿Y pensás hacerlo vivir acá?
- No. Pienso ponerlo en la Escuela de Artes y Oficios. No tiene madre ni padre. ¡Eso te habrá contado él! ¡Tiene una cara de bandido! Ya verás, gastá plata con él, ya verás. Te pasará como te ha pasado siempre. Te dará una patada ¡Es un insolente! Y la anciana se alejó rezongando. Don Rogelio llamó al chico:
- Eh, Teobaldo, ¡vení! Pronto el niño estuvo frente a él, masticando un higo.
- ¿Qué quiere?
- ¿Qué te ha pasado con mi madre?
- ¡Ah, es su madre! Yo creí que era una sirvienta. Tiene cara de sirvienta. Don Rogelio sonrió:
- No sé por qué las sirvientas han de tener una cara particular.
- Me pareció la cocinera. ¿ Qué iba a pensar que usted tuviese madre todavía? ¡Ha de tener más de cien años! Hoy, en cuanto me vio, quiso echarme. Le quería explicar: Me trajo Don Rogelio. Don Rogelio me encontró anoche durmiendo en un umbral y me trajo. ¡Nada! No quería oírme. A la fuerza quería que me fuese a la calle, que lo esperase a usted en la calle. Por fin le dije: ¡Bueno! Me ha traído su patrón, y si su patrón me ha traído, usted no va a echarme!... Se puso furiosa. Ahora me doy cuenta por qué. Me quiso agarrar a escobazos. Entonces me subí a la higuera...
- ¿Y te pusiste a comer higos sin permiso?
- ¡Hay tantos! Aunque estuviese todo el día comiendo, no se acaban. ¡Ahí viene! La anciana traía yerbera, pava y mate, que dejó a los pies de Don Rogelio, furiosa siempre.
- Tomá. Cebate vos el mate. O hacételo cebar con ése. ¡Que sirva para algo!
- ¿Quiere que lo cebe, Don Rogelio? ¡Yo cebo macanudo!
- Sí, a ver... El chico comenzó a preparar todo, solícitamente. La anciana lo miraba recelosa. Al fin habló:
- ¡Supongo que no me traerás aquí a este muchacho!
- ¿No le he dicho, madre, que lo voy a poner en la escuela de artes y oficios? Hoy hablaré con el director, es mi amigo. Ya van dos muchachos que me recibe y me recibirá éste también. Vivirá con nosotros dos o tres días hasta hacer los trámites. Después vendrá de visita los domingos, ¿eh?
- ¿Qué escuela es esa?
- preguntó el muchacho, una vez que la anciana se alejó.
-¡Ya verás, ya verás!
- Tome el primer mate. ¿Está rico?
- Sí, muy bueno. Sos un gran cebador.
- ¿Usted fuma, Don Rogelio?
- No.
-¡Qué lástima!
- ¿Por qué?
- Porque yo fumo y le iba a pechar un cigarrillo.
- Hacés mal en fumar. La mayor cantidad de tuberculosos está entre los niños fumadores.
- Mi mamá no fumaba y murió tuberculosa.
- No sólo por fumar viene la tuberculosis, pero podría ser que fuese hija de fumadores.
- Ah, eso sí. Mi abuelito se levantaba fumando y se acostaba fumando. Y borracho siempre. ¡Y ya ve! Murió de más de ochenta años...
- Pero tu mamá pagó las culpas. Habrá muerto muy joven.
- Iba a cumplir treinta años.
- Ya lo ves. Muchas veces los disparates que hacemos los grandes, los pagan nuestros hijos.
- ¿Usted no tiene hijos, Don Rogelio?
- No, soy solo. Vivo con mi madre, nada más. No tengo a nadie más.

El niño seguía cebando mate.
- ¿Y qué edad tiene usted?
- Cincuenta años.
-Yo creía que tuviera más. Demuestra sesenta.
- Muchas gracias.
- ¿Por qué me da las gracias? ¿Sabés que sos un preguntón terrible? ¡Bueno! Ahora te voy a preguntar yo. Contame tu vida.
- ¿Mi vida? Y... ¡Cómo todas! Antes de morir mamá vivíamos en un conventillo de Barracas. Papá venía muy poco, y mejor que no viniese porque siempre estaba borracho y peleaba con medio mundo. ¡Le pegaba cada paliza a mi mamá! Mi mamá era planchadora y lavandera. Una vez estuvo colocada, pero la vieron escupir sangre y se dieron cuenta de que era tuberculosa. La echaron, nos fuimos a otro conventillo, por Palermo. ¿Qué más quiere que le cuente? ¡Ah, sí! Una vez mi papá le dio un tajo a un negro en el almacén. Mi papá era muy valiente. ¡Era flaco, pero tenía una fuerza! Otra vez peleó contra tres vigilantes. Entre los tres no lo podían llevar preso. Tuvieron que venir un sargento y un oficial...
- Pero me estás contando la vida de tu papá y yo quiero saber la tuya. ¿Fuiste al colegio alguna vez?
- Dos meses al colegio del estado, pero una vez fui en alpargatas, porque no tenía zapatos; la maestra me hizo volver a casa, y como mi mamá no tenía para zapatos, no fui más.
- ¿Y qué hacías todo el día?
- Jugaba. Una vez vendí diarios, pero mi mamá no quería que yo fuese canillita. Yo siempre ganaba algo. ¿Sabe lo que hacía? Me iba a las estaciones o a los teatros a llamar automóviles. Siempre me sacaba algún peso de propinas.
- ¿Y se los dabas a tu mamá?
- ¡No! Se hubiera enojado al saber que yo hacía eso. ¡Era más rara mi mamá! A veces se quedaba mirándome, mirándome, y después se ponía a llorar como una loca. Mi papá también era raro. Yo le dije que era un gran chorro: El Rubio Manchao. ¡Y no quería que yo robase! Una vez chorrié...
- No digas chorriar. Se dice robar.
- ¿Por qué?¿ Es mala palabra?
- No, pero es una palabra lunfarda. Es feo hablar así.
- Bueno, una vez chorrié... quiero decir, robé una lata de dulce de membrillo, y él me llevó a devolverla. Después me ensangrentó a cachetadas. ¡Ya ve usted si era raro! El era chorro... quiero decir: él era ladrón y un ladrón famoso: El Rubio Manchao, y no quería que yo robase... ¿Pero es verdad que no ha oído hablar del Rubio Manchao? ¡Si en todas partes lo conocen!
- Ya me volvés a hablar de tu padre. Yo quiero que me hables de vos. ¿ De mí? ¿Y qué más? Después murió mi mamá. A mi papá lo encanaron... ¿Se puede decir lo encanaron?
- No; se dice lo encarcelaron.
- ¡Qué largo! Y yo me quedé solo. Un amigo me llevó a su casa. Vivo allí hace seis meses. Cuando llego tarde duermo en el umbral... ¿Qué más quiere que le cuente?
- Nada más, es bastante, mi amigo. ¡Ya lo creo que es bastante!... Dame el último mate y me voy. Voy a hablar al director de esa escuela. ¿Ves aquellos techos de tejas? Allí es. Allí te vas a hacer un hombre útil. ¿Qué te parece?
- ¿A mí? ¡Como usted quiera, Don Rogelio! A mí todo me parece bien. ¡Es lo mismo!... ¿Por qué me lo pregunta a mí? ¿Quiere que le diga una cosa que estoy pensando?
- ¿Qué estás pensando?
- Que usted es un hombre raro.
- Sí, pues yo pienso que vos sos un chico raro. Qué casualidad, ¿eh? Bueno, me voy a vestir. Y no hagas enojar a mi madre.
- Mejor mientras usted no está me voy a dar una vuelta por el río.
- ¿Y no almorzás?
- No tengo ganas. ¡Si me comí media higuera! Me voy al río.
- Está bien, pero cuidado con bañarte, ¡no te vayas a ahogar!
- ¿Yo? ¡Si sé nadar! Una vez salvé a un rusito que se estaba ahogando, en la isla Maciel. Me había olvidado de contarle. Hasta luego.

***

Cuando el chico regresó, Don Rogelio no había vuelto. La anciana zurcía medias. El niño, con esa doble intuición de picardía y sociabilidad que da la calle, quiso bienquistarse con ella; le habló:
- Buenas tardes, señora. Ella no le respondió. Limitose a mirarlo por encima de las gafas, nada amablemente. A él no le preocupó esa falta de cortesía. Prosiguió:
- Si quiere que le haga algo, un mandadito, o que le barra los patios...
- Sí
- respondió ella
-. Allí tenés la escoba; andá, barré el fondo.
- Enseguidita
- dijo él, sonriéndole, aunque para ésto había ido a buscar la más falsa de sus sonrisas en su archivo de sonrisas falsas. Y fue a barrer. Había dado una docena de escobadas, cuando un olor a humo de cigarrillo le cosquilleó en la nariz. Olfateó. Aquello venía del otro lado del cerco de hiedra que separaba las casas por el fondo. Ya el deseo de fumar era tanto que lo martirizaba. Arrimó una piedra al cerco y se asomó. En la otra casa, un hombre, regando el jardín, fumaba. El niño, mirándole codiciosamente aspiró algunas bocanadas de humo que la brisa le acercaba. ¡No pudo más! Y habló al hombre:
- ¡Eh, diga, don!... El otro miró.

- ¿Qué querés?
- ¿Me da un cigarrillo? Por toda respuesta el hombre desvió la manguera con que estaba regando y le tiró un chorro de agua. El muchacho se agachó para librarse del agua y escuchó todavía una risotada del hombre, burlándose. Esto lo exasperó. Cogió una piedra, volvió a asomarse cautelosamente, y se la tiró a la cabeza. Consiguió pegarle en la espalda. Oyó el grito del hombre y que éste se asomaba al cerco, a llamar en son de queja, y que la anciana acudía, y hablaban. El se ocultó entre las plantas y corrió a la calle. Pero decidió otra cosa: se metió al escritorio, a refugiarse detrás de un mueble. Esperó unos minutos. Pronto entró la anciana buscándolo, rezongaba:
- ¡Bandido! Esto pasa por atraer atorrantes. Voy a cerrar la puerta con llave, así no entra más. ¡No lo quiero más en casa! Se fue. El niño esperó aún. Todo estaba en silencio. Salió a espiar. La anciana zurcía medias otra vez. ¡Y las ganas de fumar lo perseguían! ¿Qué hacer? Sin reflexionar, cogió un libro de los muchos que había allí, un libro grueso y empolvado, porque, supuso, no lo usaría Don Rogelio, y salió cautelosamente para no ser oído. Unos muchachos indicáronle dónde estaba la librería. Fue allá, y vendió el libro por un peso. Después, en el almacén, compró cuatro atados de cigarrillos y fósforos. Con los quince centavos de vuelto, compró caramelos largos. Encendió un cigarrillo y, tranquilamente, gozándolo, fue a sentarse en un umbral, a la espera de Don Rogelio.

¿Pero entraría o se iría a Buenos Aires? ¡Algo había en ese hombre, algo raro sí, pero que lo atraía! ¿Cómo abandonarlo? No dudó más. Él era un chico de resoluciones definitivas. No se iría. Además, algo también decíale desde adentro de él mismo que nada malo, y sí todo lo bueno, podía esperar de aquel hombre raro que lo hablaba con seriedad, como si él no fuese un muchacho de la calle. Decidió esperarlo. Encendió otro cigarrillo y se puso a chupar un caramelo.

No tardó en aparecer la alta y singular figura de Don Rogelio por la otra esquina. El muchacho dejó que entrara y después de un rato, calmosamente, dando las últimas chupadas al cigarrillo, se encaminó a la casa. En cuanto entró, la voz de la anciana le hirió los oídos. Contaba a Don Rogelio su pelea con el vecino. Al verlo, gritó:
- ¡Ahí está el bandido! ¡No lo quiero más aquí!

Don Rogelio se volvió al chico severamente:
- ¿Por qué hizo eso, amigo?
- Yo le diré la verdad, Don Rogelio. Me asomé porque sentí olor a cigarrillo y yo estaba reventando por fumar. Le pedí un cigarrillo y él me tiró un chorro de agua en la cara...
- ¿Ha visto, madre? Ya le decía yo que algo le habría hecho el hombre también
- ¡Ah, sí, dale alas vos, ahora! Gritó la anciana, y se fue iracunda. Don Rogelio se volvió al niño:
- Has hecho mal amigo, en hacer lo que has hecho.
- Después de mojarme, se rió a carcajadas, farreándome.
- Bueno. Ya hablé con el Director. Mañana a la tarde te llevo a la escuela. Así que tratá de no hacer diabluras. Vení a mi escritorio... Aquí tenés este libro. ¿No sabés leer?
- Algo, muy poco
- Mirá las figuras. Entre tanto, yo escribiré. El chico se sentó a mirar las láminas. El hombre escribía. De pronto, comenzó a revolver sus papeles y libros. Buscaba algo, El chico presintió qué, y se armó de impasibilidad.
- Qué busca, Don Rogelio
- Un diccionario que yo tenía aquí. Voy a ver, quizás mi madre lo haya puesto en otro sitio. Y se levantó. Volvió a entrar con la anciana, ésta protestando:
- Yo no he tocado nada. Ya sabés que yo no toco nada aquí. ¡ Ha de haber sido ése, tu protegido! Estoy segura que ha sido ése. Don Rogelio se encaró con el niño
- Decime la verdad, Teobaldo. ¿Vos sacaste ese libro?
- ¿Cual?
- Un libro grueso que yo tenía aquí.
- No, Don Rogelio.
-¿Me decís la verdad?
- Mire, Don Rogelio ¡Yo no he sacado nada! ¡Se lo juro por mi madre muerta! ¿Ve? Y se besó los dedos en cruz.
- ¡Te creo!
- dijo el hombre
- yo lo he de haber puesto en otra parte, y no me acuerdo ahora.
- Sí, creéle no más. Si sos más niño que él...
- protestó la anciana
-. ¡Estoy segura que él te lo ha sacado! Salió. Don Rogelio había vuelto a escribir. Y el niño a mirar las láminas. ¡Pero no podía estar más allí! Fenómeno raro en él, sentía unas ganas estrangulantes de hablar. La presencia de Don Rogelio lo lastimaba. Necesitaba salir, correr, aturdirse, hacer cualquier cosa, no sabía qué, pero no quedarse allí, frente a aquel hombre raro... Tan raro que le creía.

Se levantó y dijo una excusa:
- Voy al baño. Ya vuelvo. Salió al patio y de allí echó a correr a la calle. Sin saber por qué corrió hasta la librería. No llevaba plan ninguno. A él no podía ocurrírsele darle los cigarrillos, los fósforos y los caramelos al comerciante y que éste le devolviese el libro. Esto podía ocurrírsele a un pobrecito niño bien; pero él no era un niño bien, era "El Pecoso" y sabía que los comerciantes no son blandos a las historias. Ellos lo que quieren es vender. ¡Y nada más! ¡Si los conocía! ¿Pero por qué iba allí entonces? No lo sabía bien. Sí sabía que el libro de Don Rogelio tenía que volver a Don Rogelio, fuese como fuese. ¡Y allí estaba! Bien cerquita de la puerta, en un escaparate sin vidrios y con un letrero: $2.00.
-¡Si será estafador!
- pensó el chico
- me lo acaba de comprar a uno y ya lo quiere vender a dos. Tenía dos soluciones el problema. Y el problema era éste: el libro tenía que volver a Don Rogelio. Las soluciones eran: o ir a lo de Don Rogelio, confesarlo todo y hacer que viniese a comprar el libro, o robarlo. Se decidió por esto. Le pareció lo más justo. Más: le pareció injusto que don Rogelio tuviese que pagar dos pesos por un libro que él había vendido a uno. Porque para el chico, el libro no era del comerciante; seguía siendo de don Rogelio. Decidió robarlo. Pasó una vez, dos veces, tres veces por la puerta. Se detuvo a mirar una revista. Subió el escalón. Con un ojo miraba al comerciante que leía el diario. Con el otro hacía como que contemplaba la revista. Estiró la mano y salió corriendo con el libro. Oyó un grito de mujer:
- ¡Ladrón! Seguramente estaba allí la mujer del librero que él no había visto. Siguió corriendo, ligerísimo. En la primera esquina dobló, luego en la otra y en la otra... Hipando, sudoroso, llegó al escritorio de Don Rogelio. Éste escribía aún.
-¡Aquí está su libro!
- exclamó triunfante, y lo plantó sonoramente contra la mesa. Don Rogelio se incorporó, asombrado:
- ¿Y esto?
- Su libro.
- Sí, mi libro, pero ¿dónde estaba?
- En la librería, Yo se lo había vendido, y ahora fui y lo traje.
- ¿Pero cómo? ¡Explicate, a ver!
- Ya le dije, yo reventaba de ganas de fumar. Vi ese libro allí, lleno de polvo; creí que usted no lo necesitaba y lo fui a vender. Me dieron un peso. Compré cigarrillos, fósforos y caramelos. ¡Aquí está todo! Después vi que usted necesitaba el libro... Usted me preguntó... Yo le mentí... Y después de mentirle me entraron ganas de llorar, ¡pero qué ganas de llorar! Entonces me fui a la librería otra vez. ¿Y sabe lo que vi? ¡Que el librero pedía dos pesos por el libro y a mí me había dado uno! ¡Se lo robé! ¡Aquí está! ¡Para que no sea chorro!... Quiero decir: ¡Para que no sea ladrón!
- ¡Mal, mal, mal, amigo!
- gritó Don Rogelio
-. ¡Has hecho mal! Y tenía una expresión tan severa que el niño se intimidó. No se atrevió a preguntar, como hubiese sido su deseo: ¿Por qué está mal?
- Vení, vamos a devolver el libro...
- ¡No! ¡Me va a encanar el librero!
- No, yo lo conozco. Vamos. Don Rogelio tomó el libro y salió. El chico detrás. Aquel, preocupado, disgustadísimo. No hablaba. Su silencio molestaba al niño más que si lo hubiese abofeteado. Se atrevió a hablar:
- Don Rogelio...
- Qué?
- Si el libro es suyo, ¿por qué lo va a devolver?
- Pero el librero te pagó un peso...
- Sí.
- Entonces el libro es de él ahora.
- Pero si yo se lo había robado a usted, don Rogelio. El compró una cosa robada.
- Pero el librero no sabía que era robada.
- ¡Ja!, ¿usted cree que él no sabía? ¡Sí, Don Rogelio! ¡Los comerciantes de compra y venta! ¡Si los conozco! Mi papá siempre decía que son más ladrones que los ladrones, porque les roban a los ladrones. ¡Estoy seguro que el librero sospechaba que yo había robado el libro, estoy seguro!
- No importa. Yo se lo compraré.
- Le va a pedir de más.
- Se lo pagaré.
- ¡Qué macana va a hacer, Don Rogelio! Y continuaron silenciosos. Ya habían llegado. El niño no se atrevió a entrar y quedó en la puerta, atisbando. Vio así como Don Rogelio, después de las explicaciones, pagaba los dos pesos que el comerciante pedía. No pudo contenerse, gritó:
- ¡Chorro! Cobra dos pesos lo que pagó uno. ¡No le pague más que uno, don Rogelio! ¡Es un chorro ese! El librero salió a la puerta, amenazante, seguido de su mujer:
- Da gracias a don Rogelio, sino te hacía llevar a la comisaría por ladrón.
- ¡Sí, me iba a cachar a mí usted! ¡Do, re, mi, fa, sol!
- le hizo una seña. El comerciante, rojo de ira, fue hacia el chico. Tuvo que intervenir don Rogelio, contenerle, satisfacerle. Y volvieron a hacer el camino, otra vez. Ahora el muchacho también preocupado y sin ganas de hablar. Así llegaron a la puerta de la casa. Don Rogelio entró. Tuvo que volverse, porque el chico se había quedado en la calle.
- ¿Qué hacés ahí? ¡Vamos, entrá!
- No me echa?
- ¡Dejate de pavadas! ¡Entrá, amigo! ¿Cómo crees que te voy a echar?
- En otra casa me echaron por lo mismo. Me había olvidado de contarle...
- Me parece que lo que te has olvidado de contarme sobre tu vida es más interesante que lo contado. Eh?
- Puede ser...
- ¡Bien! Desde mañana vas a comenzar otra vida en la escuela. ¡A ver si resultás un hombre útil! ¡Y lo serás!
- Yo?
- Sí, vos, Teobaldo Martínez.
- ¿Yo?
- Sí, porque sos un chico bueno.
- ¿Yo?
- ¡Sí, vos!
- ¿Yo, bueno?
- Sí, vos. ¿ Por qué ponés esa cara de asustado?
- ¡Es la primera vez que me lo dicen!