narrativa

EL DICCIONARIO

Los padres que nada aprenden de sus hijos,
no son tampoco capaces de enseñarles nada.

BAER

- ¡Papá! El padre no lo oyó. Metida la cabeza en el periódico, continuó leyendo febrilmente la sección de avisos comerciales. Estaban en el negocio: Un corralón atiborrado con fardos de pasto seco, montones de fresca alfalfa y bolsas de maíz, avena y trigo. Sobre unas estanterías se alineaban latas y más latas. Y encima un gran letrero: “Aceite di Genova. Importador T. Variengo. Cómprelo. No es barato. Lo barato sale caro, $1.50 el litro”.
- ¡Papá! Volvió a decir el niño, pero tan tímidamente, con voz tan baja que el padre tampoco lo oyó. Tulio, el niño, era un muchacho ya de catorce años, alto, vigoroso. Su cabeza rubia, de boca enérgica, se levantaba altivamente. La mirada de sus ojos azules hasta ser acerados, era decidida. Sin embargo, cuando debía pedir dinero a su padre para comprar libros, se transformaba en otro muchacho: tímido, balbuceante. ¡Estaba tan acostumbrado a oírle rezongar por ello, acusándolo de querer arruinarlo! Todos los años, al comenzar las clases, la misma escena. Tulio ya estaba un poco cansado. Lo mortificaba profundamente. Y más lo mortificaba ahora, cuando él era más grande. Estaba en primer año del colegio nacional, los libros costaban caros, cada vez más caros. Por su gusto, ya hubiese dejado de estudiar, sólo por no oír a su padre rezongando en su lengua dura, con palabras parte en español y parte en su dialecto. Convertido en un energúmeno.

- ¿E qué va a ser con tanto libro? ¿Dotor, eh? Andate al negocio, dónde hacés falta, andá a cargá fardo de pasto. Lo que sos es un vago que te gusta hacer lo niño bien. ¡Sos hico de un genovés pastero, no sos hico de Anchorena ni de Alvear…! La madre intervenía. Lo defendía obstinadamente, sin gritos. Pero con tesón, invencible.

- El es inteligente, debe estudiar, no cargar fardos… ¿Querés hacer un peón de tu único hijo? Tulio ya hubiese dejado de estudiar. No lo hacía por no disgustar a la madre. Esta, sacrificando gastos personales, se daba maña y contribuía con dinero para los libros. Ahora a mitad de curso, al profesor de gramática se le había ocurrido pedir un diccionario a cada uno. Y les había advertido que no comprasen el “Campano”, porque era muy deficiente. ¡Y el más barato! Los demás, ¿qué costarían? Tulio volvió a su casa preocupado. ¿Cómo conseguir los cuatro o cinco pesos para un diccionario? Pedirle a la madre le disgustaba. Sabía él sus sacrificios. Decidió hablar con el padre. Lleno de coraje entró al negocio; pero frente a aquel hombre gigantesco y sanguíneo, disminuyó su coraje. Y balbuceó, en voz tan baja que no fue oído:
- ¡Papá!... Y otra vez aún:
- ¡Papá!...

El hombre levantó la cabeza, interrogante, sin hablar. Y esperó, pero como el niño no le decía nada, volvió a hundir sus pupilas en el periódico. Tulio aguardó. De pronto, dándose vuelta, salió sin decir nada. Se le había ocurrido una idea, y fue a comunicarla a la madre:
- Oí, mamá, lo que te voy a decir. Se me ha ocurrido una gran idea. El profesor de gramática nos ha pedido un diccionario, debe costar cuatro, o cinco, o seis o siete pesos; no se. Yo no quería decirte nada, porque se que no los tenés. Fui a hablar con papá, pero una vez que estuve frente a él, no me atreví ¡Imaginate! ¡Ir a pedirle para un libro en el mes de mayo! ¡Se iba a poner como una fiera! ¡Con lo que rezonga a principio de año, que sería ahora! ¿Te acordás cómo se puso con el libro de álgebra, que valía seis pesos? ¡Sei peso! ¡E io tengo que vendé cuatro litro d’aceite per cuntá sei peso! – remedó el niño, medio en genovés.

La madre lo corrigió:
- ¡No, eso no! No me gusta que te burles de tu padre.
- ¡No me burlo, mamá! ¿Vos crees que me burlo? ¡No! ¡Si estoy rabiando, mamá! ¿Por qué se te ocurrió a vos casarte con un genovés?
- Todavía no me has dicho tu idea.
- ¡Es verdad! Mi idea es esta. Oí: Pero escuchá bien y no me digas que no hasta haberla oído bien: Vos me prestás un peso, yo voy a una editorial que conozco y compro cinco libros de veinte centavos que a mí me los van a dar baratísimos. Son libros de grandes autores. Los vendo…
- ¡No, no! – interrumpió la madre.
- ¡No me digas que no hasta oír hasta el final! – gritó el muchacho, impaciente.
- ¿Y vas a andar vendiendo por la calle, subiéndote a los tranvías y gritando?
- ¡No, mamá!
- Si te ve algún conocido, algún pariente: ¡Es una vergüenza!
- ¡No, mamá! No voy a hacer como vos decís. Voy con los libros bajo el brazo como si paseara, sin gritar. Me acerco a los que están charlando en una mesa de café, y les ofrezco. ¡Sí, mamá! Decí que sí, y prestame el peso. Con lo que gane compro más libros, mañana y pasado; así hasta que junte para comprar el diccionario…
- Pero es una vergüenza…
- intentó aún protestar la madre…
- Más vergüenza es dejarme gritar por papá. ¿Crees que a mí no me da vergüenza? ¡Sí me da! Me callo, no digo nada; pero…Antes, cuando era chico, no pensaba en eso, pero ahora… ¡Ahora es otra cosa! A veces, cuando me grita: ¡Vago! ¡Me vas a arruinar con tus libros!, me dan ganas de decirle: ¡Basta! ¡No estudio más!
- ¡No, no, eso no, eso no!
- Bien. Entonces prestame un peso y ya verás como saco para el diccionario en menos de una semana.

* * *

Ahora, con sus cinco cuadernillos debajo del brazo, Tulio sale de la editorial. Lleva: “Cuentos Populares” de León Tolstoy, “Crainqueville” de Anatole France, “La Vida de Beethoven” de Romain Rolland, “Moralidades Actuales” de Rafael Barret y “Los Simples” de Guerra Junqueiro.

A todos los ha leído. Todos le han proporcionado lindos momentos. Es mercadería buena y Tulio marcha seguro. Es un extraño comerciante en libros. Aunque inexperto para vender, siente que no tendrá ningún recelo en acercarse a las mesas y ofrecer sus libros. Esta seguridad la saca de la excelencia de los autores que va a ofrecer. Para eso estuvo tres cuartos de hora eligiéndolos cuidadosamente. Por ser conocido, según dijo el dueño de la editorial, y también porque los cuadernillos están un poco desteñidos de tanto exhibirse al sol en los quioscos, el pequeño comerciante los ha obtenido muy baratos: Los cinco por veinte centavos. Es decir, a cuatro centavos cada uno; piensa venderlos a veinte centavos cada uno, ganará al fin de la tarde ochenta centavos. Podrá devolver cincuenta a la madre y con el resto volver a comprar cuadernillos…Tulio va caminando y pensando, haciendo cuentas, jugando con números. Según él, en tres días tendrá lo suficiente para comprar el diccionario. La ilusión de valerse por sus propios medios, de no necesitar del padre, lo enciende de alegría. Su optimismo chisporrotea como una luz de bengala.

Ha hecho su itinerario: Saldrá de las calles Victoria y Entre ríos, seguirá por Victoria, Avenida de Mayo, hasta la Casa de Gobierno. Volverá por Rivadavia, Avenida de Mayo, Rivadavia hasta el Congreso. Son calles llenas de cafés con mesitas en las veredas donde a la tarde se amontonan los hombres, a charlar y a fumar. El trayecto es largo; pero Tulio ya se ha puesto en camino. Y, andando, proyecta. Y piensa: ¡Si papá supiese! ¡Cómo rezongaría lamentándose por las suelas de los zapatos que voy a gastar! Y recuerda: Cuando tenía once años, concurría a un colegio apartado de la casa al que debía que ir en ómnibus. Pasando por un negocio, vio en la vidriera un juego de damas. Entró y preguntó el precio: ¡dos pesos! Tulio no se desalentó. Se dijo: vengo y voy a pie de casa al colegio diez días, economizo veinte centavos por día y lo compro. Así lo hizo y compró el juego de damas. Le contó a la madre cómo lo había comprado y ésta, encantada y creyendo que agradaría al padre, se lo contó a su vez. Pero éste gritó:
- ¡Qué lindo, no! ¿Y las suelas de los zapatos que me has gastado en esos diez días, caminando treinta cuadras por día?

Ya Tulio está en Victoria y Entre Ríos, comienzo de su itinerario. Aliña sus cinco cuadernillos, mira a su alrededor… Allí, en la mesa de una lechería, dos choferes discuten y toman café. Se dirige a ellos:
- ¿Quieren comprar? A veinte centavos cada uno, los mejores escritores…
- ¡No! – dice uno de los choferes, bruscamente, y continúan discutiendo. Tulio no está acostumbrado a ese tono. Es un vendedor ambulante novicio y no sabe que la gente trata así a los vendedores ambulantes, despreciativamente. Ha quedado de pie, junto a la mesa, sorprendido. El otro chofer, con marcado acento gallego, le grita:
- ¿No has oído que no? ¿Qué esperás allí parado como un tonto? ¡Vete, hombre! El tuteo, el tono violento, el ademán de fastidio; todo es humillante. De buena gana Tulio diría cuatro palabras duras al mal educado; pero piensa que él ahora no es Tulio, estudiante secundario, sino un vendedor ambulante y sin permiso; más le conviene quedar tranquilo. Se da vuelta y sigue andando; pero ya sin la seguridad de unos minuto antes. Este primer choque con el público, le ha quitado la mitad de su audacia. Ahora, casi con timidez, se aproxima a las mesas, ofrece sus cuadernillos, a veces ni habla. Los muestra nada más, abiertos en abanico para que puedan leer bien el nombre ilustre de sus autores. Invariablemente oye decir:
- ¡No! Y a veces ni eso oye. Es sólo un rápido movimiento de cabeza, un hosco fruncimiento de cejas o un desdeñoso gesto de la boca. Tulio se aleja enseguida, sin insistir.
- ¿A 20 centavos cada uno!
- ¡No! La escena se repite mesa tras mesa, siempre igual. Todos aquellos hombres que fuman y charlan, tomando café, leen diarios. Nadie – Tulio observa – tiene un libro sobre la mesa. Los que están solos, leen diarios, los otros hablan animadamente.
- ¿A 20 centavos?... El gesto negativo interrumpe su oferta, El hombre a quien ofrece dice “no” sin mirar la tapa de los cuadernillos.
- ¿Qué vendés? – le pregunta un muchachón que, con otros cuatro, beben alrededor de una mesa.
- Son los mejores autores: Tolstoy, France, Rolland…
- ¿No tenés novelas picarescas?
- No.
- Entonces no quiero nada. Esos diálogos ponen color a su monótona tarea de ofrecer y oír siempre lo mismo: ¡No!
- ¿Qué autores vende, amigo? – le pregunta un anciano…
- Tolstoy…
- ¿Ruso?
- Sí, señor…
- Pero dígame, no hay escritores criollos que en todas partes se ven las librerías inundadas de rusos?
- Los rusos son los mejores…
- inicia Tulio una tímida defensa de sus favoritos. El anciano protesta airadamente, indignado:
- ¿Qué ha de ser! Lo que son los rusos son unos calienta cabezas. Les calientan la cabeza a ustedes, los jóvenes, los hacen tirabombas… ¡No quiero nada! Cuando me venga a vender autores criollos, le compraré. Tulio se aleja lentamente, sin contestar, a seguir ofreciendo su desdeñada mercadería, café por café, mesa por mesa. Ya ha llegado a la Casa de Gobierno y comienza el regreso. Ahora ofrece maquinalmente, sin ilusión de vender. Casi se sorprende que uno le diga:
- Están muy descoloridos. Si me lo das a diez centavos – y señala el cuadernillo de Rolland
-, te lo compro. Asiente. Al fin va ganando seis centavos en la venta. Guarda la moneda y sigue:
- ¿A veinte centavos cada uno?
- ¡No! Ha llegado al Congreso. No ha sido muy brillante su estreno. Un solo cuadernillo vendido y sólo por diez centavos… El desencanto lo fatiga más que el cansancio. Decide regresar, pero regresa para no volver más. De súbito, un quiosco atiborrado de revistas, le da la clase de su fracaso: Ha elegido equivocadamente el lugar para vender. Lo que él ofrecía a 20 centavos está en los quioscos a 10 ó a 5 centavos. El no debió elegir una calle céntrica sino irse por los suburbios. El descubrimiento lo vuelve a erguir, a encender de esperanza. Todo no está perdido, quizá mañana, si él se va por la Boca o por Boedo… Ya no regresa arrastrando los pies como hace unos segundos caminaba, agobiado de desesperanza.
- Mañana – proyecta – tomaré la calle Entre Ríos derecho, rumbo al sur… Pasa junto a una mujer joven parada en una puerta tomando mate. Sin saber porqué, por hablarla, le ofrece sus cuadernillos:
- ¿Quiere comprar? Se los vendo a diez centavos cada uno. Valen vente en todas partes… La mujer no le dice que no, según él lo esperaba. Toma los cuadernillos, los analiza. Pregunta:
- ¿Son lindos esos cuentos?
- ¡Cuentos populares! ¡La obra maestra de Tolstoy! – exclama Tulio, y prosigue:
- Aquí tiene “Crainqueville”, la historia de un verdulero, por Anatole France, nada menos. Estos son artículos de Rafael Barret, un gran pensador. Y estas son las mejores poesías de Guerra Junqueiro, el mejor poeta de Portugal. Ya ve: Todo por 40 centavos…
- ¿Se los cambio por un libro viejo que tengo aquí, quiere?
- A ver el libro.
- Es un diccionario…
-¿Un diccionario? – repite Tulio, asombradísimo. La mujer va a buscarlo. Es un ancho y pesado diccionario antiguo. A tulio le da un salto el corazón. ¡Ya lo creo que hacía un buen negocio cambiándolo! Pregunta, a pesar de que ya lo tenía resuelto:
- ¿No le faltan hojas?
- No. Es un diccionario que yo tenía en la escuela Normal cuando estudiaba. Nadie lo usa, por eso se lo cambio. Está allí en un rincón, ocupando sitio. Estoy segura que vale más de cuarenta centavos.
- ¡Bien! – dice Tulio y, cargando su diccionario, se aleja, alegremente, pensando que ya no tiene necesidad de salir a vender. Poco le falta para creerse un favorito de la suerte, y aquel encuentro con la mujer lo hace penar que un genio protector lo ha empujado por esa calle, a encontrar esa mujer… De alegre, se pone a silbar.

* * *

Pero el drama se había desplazado. Del pecho de Tulio al de la mujer que le había cambiado el diccionario. Allí, en ese momento, todo era desesperación, gritos y maldiciones. Al entrar el marido, notó la falta del diccionario. Preguntó:
- ¿Y el diccionario?
- Como estaba ocupando lugar inútilmente, se lo cambié a un muchacho vendedor de revistas… El hombre se llevó las manos a la cabeza y comenzó a gritar:
- ¡Infeliz! ¡Desgraciada! ¿Sabés lo que has hecho? Dentro del diccionario había 150 pesos. ¡El alquiler que yo guardaba allí para llevárselo hoy al dueño de la casa! Y continuó gritando, maldiciendo. La mujer lloraba, intentó explicar, disculparse. El marido no la oía. Se paseaba furioso, sin cesar de maldecir. Blasfemando. Sonó el timbre.

La mujer se asomó y dijo, estupefacta:
- ¡Allí está! ¡Allí está el muchacho al que le cambié el diccionario! Los dos corrieron a él. Tulio, sonriente, alargando a la mujer los 150 pesos, le decía:
- Fíjese, señora, que sorpresa la mía: por el camino abro el diccionario y me encuentro con esto. Supongo que usted no me ha querido cambiar también este dinero por mis revistas… La mujer comenzó a gritar su agradecimiento:
- ¡Gracias, muchas gracias! ¡Pero muchas gracias! Es el dinero del alquiler. Mi marido lo había guardado allí, yo no sabía… El hombre, recién salido de su estupefacción, al cabo de un buen tiempo, pudo hablar. Tulio ya se despedía.
- No se vaya, joven. Díganos cómo se llama.
- Tulio Variengo.
- ¿Dónde vive?
- ¿Para qué?
- Porque quiero ir a su casa, quiero ver a su padre, quiero decirle el hijo que tiene. Quiero felicitarlo porque es el más honrado…

El hombre se entusiasmaba. Tulio lo interrumpió:
- ¿Qué va a ir a contarle a mi padre? ¡No! ¡Muchas gracias! Si mi padre llega a saber que yo les he devuelto 150 pesos, ¡me pega una paliza! Y desapareció.