narrativa

CHOCLO

El niño es un amor que ha llegado a ser visible.
NOVALIS

-¡Fuera de aquí!
- y el hombre, colérico, le pegó un puntapié. Era un perro color rubio clarísimo, flaco, tan flaco que las costillas amenazaban romperle el cuero y salírsele. Había sido un animal hermoso. Valiente, hasta ser feroz. Fuerte, hasta ser el orgullo de su amo por sus hazañas. Ahora estaba feo. La vejez hacía estragos en él: Le faltaban algunos dientes, se fatigaba, sus ladridos dejaban de ser temibles. Comenzó a caérsele el pelo.
- ¡Fuera de aquí!
- de este modo rompía el amo sus relaciones con él después de quince años.

Ese día, el hombre, colérico, brutal, había tomado más copas de las habituales, en el almacén, jugando a las cartas, y había perdido dinero. Regresaba casi inconsciente. Hacía tiempo que el perro lo molestaba. Olvidando todos los favores que le hiciera el animal, su hazaña máxima: Una vez que entraron ladrones el perro los corrió. El hombre, ingrato y egoísta, se quejaba de él continuamente:
- Ya no sirve para nada este Sultán. El día menos pensado le pego un tiro, ¡y chau! Que se deje de comer comida que ya no gana...

Esa tarde, más borracho, más bruto que de costumbre, al regresar, despechado y rencoroso por el dinero perdido, halló al perro tirado en la puerta de su casucha, tomando el último sol. Se irritó el hombre. Y resolvió el asunto: Un puntapié.
-¡Fuera de aquí! El perro dio un gemido y saltó para librarse de otro puntapié. Miró al amo. Lo comprendió todo. Hacía tiempo que venía soportando su cólera. Gritos, puntapiés, comida escasa. El perro se detuvo un instante. Esperaba. No podía creer aún.

El hombre, amenazante, gritando como un loco, se adelantó a él. Gritaba así, porque necesitaba apagar el último vislumbre de conciencia que había en él y que, sin hablar, le decía: "Estás cometiendo una mala acción. No eches a ese perro, tu servidor y camarada de quince años". El hombre gritó más. Necesitando no oírse para poder hacer lo que hacía, gritó mucho, injurió, maldijo. Se transformó en un bruto con dos puños y dos pies. Y avanzó hacia el perro...

Éste comenzó a andar apresuradamente. ¿Para qué exponerse a ser estropeado? Su aguda inteligencia de perro que ya había sufrido, no necesitaba tal clase de comprobaciones. Al ir perdiendo su vigor, iba perdiendo la simpatía de su amo. Máquina de ladrar y de morder que él tenía junto a sí para que lo sirviera aún, al ir cayéndosele los dientes y enronqueciéndosele la voz, se transformaba en una cosa inservible. Cuando una escoba pierde la paja, se tira. Esto hacía el hombre egoísta e ingrato con su perro: lo tiraba porque ya no le servía. La comparación no era del perro, aunque podría haber sido de él. Sultán era muy inteligente. Comenzó a caminar. ¿Adónde? El comprendía que ya no debía volver allí, al rincón de su juventud briosa, teatro de sus proezas de guardián bravo y fiel. Hacía tiempo también que su amor hacia el amo, disminuyendo a fuerza de puntapiés y gritos, casi había desaparecido.

Siguió caminando. ¿Adónde? Salió del arrabal, hacia el campo. Caminó lentamente, sin rumbo. Buscaba un sitio para pasar la noche fría. Un olor a carne asada lo atrajo. Asomó el hocico. El boliche estaba lleno de hombres que bebían y hablaban fuerte. Miró con hambre una gran parrilla donde se asaban chorizos y achuras. Pero el hombre que los cocinaba le gritó, imperioso:
- ¡Fuera! El no se movió. Su hambre era demasiado fuerte para obedecer tan pronto. Esperaba que le tirasen un trozo y se iría. El cocinero se volvió a un grupo de bebedores:
-¡Fíjense en este perro. Le digo ¡Fuera! y no se mueve. Fíjense con qué ojos me mira. ¿No estará rabioso?
- No
- dijo otro
- lo que tiene es hambre.
-¡Ah!
- intervino otro
-. Es el perro de Nicolás.
- ¿ A que se lo mato?
- y sacó el revolver.
- ¡Pegale un tiro, sí!

Mas el perro, que conocía bien lo que era un revólver, ya corría. El ebrio saltó a la acera y apuntó al perro que huía desesperadamente. Una detonación partió el silencio. Y después, una serie de aullidos largos, hondos, impresionantes. El perro había sentido que una cosa dura lo golpeaba. Y comprendió. El tiro lo había alcanzado. El terror lo hizo aullar así, pero continuó corriendo. Corrió en tres patas, porque una de las de atrás no podía apoyarla. Corría despavorido, desesperado.

Se detuvo cuando la fatiga le impidió dar un paso más. Ya estaba en el campo y era de noche. Se tiró al pie de un árbol y comenzó a lamerse la pata herida que sangraba. Allí pasó la noche, dolorido y sediento. Comenzó a amanecer. Intentó levantarse, seguir, ¿adónde? Pero el dolor y el cansancio se lo impidieron. Se dejó estar allí, quebrantado pellejo con dos ojos grandes, lacrimosos, casi humanos, contemplando a la gente que pasaba sin mirarle, ajena a su dolor...

* * *

- ¿Qué te pasa, perrito?
El can volvió la cabeza. Era un niño quien le hablaba. Pasándole una mano acariciante por el lomo, le hablaba:
- ¿Qué te pasa, perrito? ¿Quién te lastimó? Estás sangrando. ¡Pobre!... El perro le lamió la mano.

¿Necesitaban más para hacerse amigos? El perro despreciado sintió que un amo nuevo retoñaba en su vida. Y que ese amo le quitaba años y achaques. Se llamó Choclo. Con lógica de niño, su nuevo amo lo bautizó con un nombre adecuado a su figura. Era un perro alto y flaco, color rubio clarísimo; el niño lo halló semejante a un choclo. Así lo llamó. Ahora, después de haberle dado un nombre inventado por él y al que el perro respondió desde el primer día, el niño se sintió amo del can herido y hambriento. Lo curó, le dio de comer, lo llevó a la quinta del padre. Había otros perros allí, hermosos, fuertes, jóvenes; pero el niño no sentía por ellos lo que sintió por este can feo, herido y anciano. Aquellos eran de la quinta, del padre. Este era de él, suyo. Y a éste amó. Lo hizo su predilecto. El amor del niño parecía haber detenido la vejez del perro. Ya corría con más agilidad, ladraba más fuerte, nuevas chispas brillaron en sus ojos que se apagaban. Tranquilo y amado, se quedó a vivir en la quinta. El niño y él eran inseparables. Realizaban grandes caminatas juntos. Al terminar las vacaciones, Choclo acompañaba al niño hasta la puerta del colegio y allí se tiraba a esperar, hasta que salía, para volver juntos, saltando y corriendo alegremente los dos, niño y perro, hermanados por una simpatía que les naciera hondo, en la fuente fresca y clara del instinto.

* * *

“! Qué lindo es ver una cabra
cuándo pare tres cabritos!
mientras dos están mamando
el otro se pela a gritos."

En el silencio del crepúsculo, la voz del borracho, voz estropajosa, cantando, parecía como si lo manchara. Volvió a empezar, obstinado:
-¡Qué lindo es ver una cabra!...

Pero se le cortó la voz. Un perro había saltado sobre él, casi sin ladrar, y se le prendió al saco. El hombre cayó al suelo. El animal mordía. La lucha era silenciosa y terrible. El hombre, ensangrentadas las manos, pudo alcanzar el cuello del can y apretarlo. El animal, debatiéndose, consiguió librarse de él y tornó a morder, furioso.

El hombre comenzó a gritar, aterrorizado, comprendiendo que no podría luchar mucho tiempo contra la bestia iracunda. El perro, al que alejaba a patadas, volvía, implacable, saltaba sobre él, rodaban ambos por el suelo y allí mordía, mordía a locas, donde atrapaba. Mordía desgarrando ropas e hiriendo carne. El hombre gritaba, cada vez más desesperado, pero cada vez con menos esperanza de ser socorrido. Cuando menos lo esperaba, de una quinta salió otro perro. Parecía como que hubiese escuchado sus gritos y acudió a ellos. El hombre temió que fuese un enemigo más. Pero el perro no dudó. Saltando sobre el otro, se ovillaron en una lucha impresionante.

El hombre sólo atinó a huir. Gritando, se refugió en la quinta de donde saliera el perro, su salvador. Allí lo rodearon hombres y mujeres. Balbuceante, pudo explicar lo ocurrido y, mientras dos peones, armados de palos, salían a separar a los animales que continuaban luchando, el hombre fue curado en la cocina. Ya vendado y tranquilo, después de tomar una tasa de café y cuando se levantaba para irse, se le acercó un niño:
- ¿Sabe quién lo salvó? ¡Lo salvó mi perro! Se llama Choclo.

El hombre se acordó entonces del perro que lo salvara:
- Quisiera verlo
- y bromeo
-: Darle las gracias. Es cierto, me ha salvado la vida. Si no hubiese sido por él, aquel otro me mata. En cuanto me hubiese acertado en la garganta con un mordisco, me estrangula.
- ¡Aquí está!
- el niño había traído ante él un perro alto, color rubio clarísimo. El hombre abrió mucho los ojos. Se echó para atrás, muy asombrado:
- ¡Sultán!
- gritó.

El perro movía la cola.
- No se llama Sultán, se llama Choclo
- explicó el niño. Pero el hombre no lo escuchaba. A gritos, emocionado, con el sollozo ablandándole la voz, explicó al padre del niño, explicó a todos, quién era aquel perro, su antiguo perro, su camarada de quince años que él, ingrato y perverso, había expulsado.
- ¡Y ahora le debo la vida! ¡Le debo la vida al pobre animalito!
- gritaba el hombre, sollozando
- ¡Le debo la vida después de haberlo golpeado! ¡El me paga mi mala acción salvándome! Estoy seguro que me ha conocido la voz y por eso atacó al otro perro... Explicó uno de los peones:
- Estábamos aquí, tomando mate. De pronto, el perro que estaba allí, en aquel rincón, dormitando, paró las orejas y, ladrando, salió corriendo. Nos alarmó. Salimos tras de él. Fue cuando lo encontramos a usted dentro de la quinta, herido.
- ¡No les digo!
- Me reconoció la voz y salió a defenderme. Como antes, como cuando era joven. Porque ustedes lo ven ahora viejo; pero tenían que haberlo visto diez años atrás. Era un gran perro, hermoso y valiente
- y comenzó a hablar con el can
-: ¿Verdad mi Sultán querido? ¿Verdad que eras un hermoso y valiente perro? ¿Te acordás las peleas que hemos tenido juntos?... ¡No se las olvida! Ya ven ustedes lo que vale un perro... ¡Vale más que un hombre! ¡Perdoname, Sultán! Y el hombre, caído en la silla, con la cabeza convulsa entre los puños, rompió a llorar. Lo levantaron. Lo consolaron. Pero el alcohol que se le había disipado por el peligro, hizo presa de él nuevamente, aunque transformándolo. El hombre se sentía sentimental. Quiso llevarse al perro. Lo pidió como si pidiera la vida.

El niño protestó:
-¡No! ¡El perro es mío ahora! Pero el padre intervino. Hallaba justo que el dueño se lo llevase; más ahora que le había salvado la vida. Todos hallaron justo eso. La vieja cocinera, a modo de comentario, dijo el refrán al desconsoladísimo niño: "Quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro". El hombre, llevando al perro del collar, después de saludar y agradecer efusivamente a todos, salió de la cocina. El niño, como autómata, los seguía. El hombre, ya en la calle, soltó al perro y, sin dejar de hablarle, comenzó a andar. El perro iba detrás de él. El niño, callado y mustio, arrimado contra la pared, porque se sentía sin fuerzas, los contemplaba alejarse. Caminaron diez pasos.

Y el perro se detuvo.
-¡Vamos, Sultán!
- le dijo el hombre. El perro no se movía.
-¡Vamos, Sultán!
- y lo cogió del collar, intentando arrastrarlo. El perro miraba al niño, callado y mustio, figura casi borrada por las sombras, que no hablaba, que lo miraba tan sólo.
-¡Vamos, Sultán!
- se obstinaba el hombre. El perro no lo oía. En su alma de perro se libraba una lucha: El hombre o el niño? El hombre era el pasado: quince años de recuerdos. El niño era el presente: el nuevo amor que lo había rejuvenecido. Qué le debía al hombre? ¡Nada! Todo lo que él le diera se lo había pagado cuidándole la casa, defendiéndole y, ahora, salvándole la vida. ¿Qué le debía al niño? ¡Todo! El era un andrajo de perro, una piltrafa sangrienta y fatigada cuando el niño lo halló. Y él lo curó, lo acarició, lo trajo a su casa, le dio de comer, le regaló su amor tierno...
-¡Vamos, Sultán!
- el hombre, tirándole del collar, lo hablaba. El perro dudaba aún. Miraba al niño. Este no decía nada. No tenía fuerzas para decir nada. Si hubiese dicho algo, hubiese sido para llorar a gritos, nada más. El perro no se movía. Allí estaba el hombre, la costumbre de haber vivido quince años con él. Aquí, el niño, su amigo, compañero y hermano de unos pocos meses que aún no habían podido dejar una costumbre en su alma oscura de animal.

El hombre se encolerizó al fin. Le dio un fuerte tirón.
-¡Vamos!
- gritó. El perro no dudó más: un tropel de malos recuerdos: golpes, gritos, hambre, lo invadió; recuerdos que él, generosamente, había olvidado. Se deshizo de la mano que lo tenía del collar y, trotando, se dirigió hacia el niño. Hundió su cabeza en las manos de éste.
-¡Sultán, aquí!
- ordenó el hombre. El perro no obedeció. ¿Quién era aquel hombre áspero que pretendía mandarlo a gritos? Su amo era éste, este niño dulce del cual sólo había recibido caricias, palabras buenas, ricos trozos. Qué había jugado con él, paseado con él y que ahora, arrodillado, juntaba su linda cabeza con su cabezota peluda y se la humedecía con lágrimas...
- !Sultán, aquí! ¡Qué lejana, que desconocida para el perro la voz agria del hombre pretendiendo que lo obedeciese! ¡Y qué cercana, qué familiar para él la voz suave del niño que le hablaba, sollozando, sollozando de alegría!:
-¡Choclo, Choclo mío, mi perro! Ya sabía que me ibas a preferir a mí, que me ibas a querer a mí... ¡Choclo!