narrativa

NIÑOS DE HOY

El espíritu del niño es como una bujía iluminada en un lugar expuesto al viento; su luz vacila siempre.
FENELON

Román dice a Saulo:
- ¿Vamos a ver pescar, Saulín? Saulo mueve la cabeza de arriba abajo, varias veces, brillantes las pupilas, abierta la boca. Y en lugar de volver a casa se van a la orilla del río. Son las cuatro de la tarde. El sol de noviembre pone oro sobre las rubias cabezas de los dos primos. Saulo tiene nueve años, Román es mucho mayor, según se lo repite siempre: Román tiene nueve años y veinte días.
- Sacate el delantal blanco – ordena Román -. Metelo en la valija.
- ¿Y si se arruga? Después, mamá...
- Así no ven que venimos del colegio. Siempre sale algún preguntón a dar consejos zonzos.
- ¿Y las valijas? Van a ver las valijas.
- Las esconderemos entre los juncos – resuelve Román, decidido. La orilla del río está divertidísima. Allí, pescando, se hallan “El Chino”, “Zoquete”, “Asdeoro”, y varios personajes más, todos vagos habitantes de la orilla, hombres de larga condición en chistes y cuentos procaces. Además, “Pucho Frío” y “El Tuerto” están pescando con red. Encanta ver saltar los pececillos de plata a los reflejos solares. Pasan las horas. El sol ya hace tiempo que se ha ocultado en la arboleda. Desde el horizonte asoma, enharinada, la carota de la luna. Saulo codea a Román:
- ¿Y si volviésemos a casa? Román pregunta a Zoquete, un viejo gordo que hace horas, tranquilo, aguarda un ilusorio pez, línea en la diestra y cachimba en la boca:
- ¿Qué hora es, Don? Zoquete, de reojo, mira al sol, mira a la luna y responde, seguro:
- Las diecinueve y veintidós minutos.
- ¡Qué tarde! – se aflige Saulo- ¿Y mamá?
- ¿Qué?
- Andará buscándome.
- Sí, y la mía también. Ya habrán ido al colegio, a las casas de la vecindad. Tal vez hasta a la comisaría.
- ¿Y entonces? – casi solloza Saulo.
- Y... ¡no nos habrán encontrado! – Responde, siempre sereno, Román - ¡Mirá qué pez raro sacó El Chino! Y corre hacia el pescador. Saulo queda en su sitio, preocupado y trémulo. Román observa el pez que salta sobre los yuyos. Comenta con los demás curiosos que le hallan semejanza con personajes conocidos de la política. Saulo se acerca a Román:
- ¿Vamos?
- ¿Adónde?
- ¡A casa, pues! Si llego antes de las ocho no me pasará mucho, pero si papá vuelve del trabajo y yo no estoy allí, me dará una paliza...
- ¡Ay! ¿Ya te duele? – bromea Román-. No llegás a las ocho ni aunque vayas en auto. Así que cuanto más tarde, mejor. Tardás más en llevarte la paliza.
- Pero cuanto más tarde llegue, estará más enojado y me pegará más fuerte.
- ¿Y a mí? ¿Creés que mi viejo no sabe dar cachetadas? ¿Creés que mamá no tiene docenas de pellizcos guardados entre las uñas?
- ¡Vamos, vamos! Si no venís, me voy solo.
- ¡Andate, pues! Saulo quiere hablar, no puede, sólo solloza.
- ¡Bien, vamos! – responde Román. Y emprenden el camino de la casa. Ya es de noche.
- ¡Corré! – dice Saulo, gimoteante.
- ¡Tanto apuro tenés en recibir la paliza? Mirá la hora.
- ¡Las veinte y quince! – exclama demudado el otro-, ¡Ya está papá en casa! ¿Y ahora?
- Ahora no vamos a casa.
- ¿Qué?
- Escuchá, abombado: ¿y si nos raptamos?
- No entiendo.
- Seguí escuchando: ¿No has leído en los diarios que hay hombres que raptan niños?
- Una vez vi una película. Raptaban a un chico para pedirle dinero al padre. ¡Pero era un hijo de ricachos! Nosotros...
- ¿Me dejás hacer a mí? Yo te libro de la paliza. Seguime.
- ¿Adonde vamos? – pregunta Saulo inquieto, al ver que Román emprende un camino inverso al de la casa.
- Vamos a la comisaría.
- Pero...
- Si me hacés caso te librás de la paliza. Si no...
- Bueno Román y Saulo se hallan frente a un oficial de policía que los escucha. Es decir, escucha a Román. Saulo, palidísimo, tembloroso, hundido en un sillón, mira a su primo como desde el fondo de un sueño. Román explica nuevamente:
- Íbamos por la calle Blandengues, mi primo y yo...
- ¿Hora? – pregunta el oficial, muy serio.
- Salíamos del colegio. Serían las cuatro, un poco más, ¿eh, Saulo? Saulo, sin hablar, asiente. Y Román continúa:
- De pronto, paró un auto; bajan dos hombres. Nos levantaron y nos metieron en el auto. Allí había otros tres hombres.
- ¿Cómo eran?
- No alcancé a darme bien cuenta, porque nos vendaron. También nos metieron pañuelos en la boca para que no gritásemos. Y nos tomaron fuerte de las muñecas. Mire, ¿ve esta marca colorada? De lo fuerte que me apretaban. Anduvimos...
- ¿Mucho tiempo?
- No sé, a mí me pareció que eran tres horas. ¿Cuánto tiempo anduvimos, Saulo?
- ¡Yo quiero ver a mi mamá! – responde Saulo con un hilo de voz.
- Ya mandamos aviso – dice el oficial, e insiste en su inquisición:- ¿Cuánto tiempo anduvieron en el auto?
- Tres horas – insiste Román.
- ¡No puede ser tanto! – exclama el oficial - . ¿Por qué después los dejaron en el mismo sitio en que estaban?
- Sí, señor oficial. Ya se lo dije al sargento. Después que nos tuvieron en una pieza, que les dimos nuestros nombres, el nombre de nuestros padres, la calle y el número de la casa, el que nos preguntaba, un hombre alto, muy alto, medio indio, con un mechón de pelo sobre la frente, dice: “¿Para qué habrán traído estos chitrulos, hijos de empleados? Los haré llevar adonde estaban”. El mismo nos vendó. Después nos subieron a un auto, nos dejaron en la calle Blandengues. Y salimos a escape. Y nos vinimos aquí.
- ¿No se fijaron en el número del auto?
- No, señor oficial. Pero me parece que terminaba en ocho.
- ¿Y al hombre alto que los interrogó, ¿lo reconocerían?
- Yo, si, señor oficial. ¿Lo reconocerías, Saulo?
- No sé, no sé...
- ¿Este está más muerto que vivo! ¡Este no tiene más que nueve años!
- ¿Y vos?
- Yo, nueve años y veinte días. ¡Soy mayor que él!
- Allí están tus padres. Tumulto de voces en la sala próxima. Allí estaban los padres, las madres, los tíos y vecinas. Ahogos, besos, exclamaciones.
- ¡Mi Saulín!
- ¡Mi Romancito!
- ¡Qué pálido estás, criatura! ¿No has tomado nada? ¿No te dieron nada los secuestradores?
- Los secuestradores son así, mamá – explica Román, muy serio.
- ¡Canallas!
- ¡Miserables!
- ¿Y no se puede hacer nada contra esos delincuentes? – pregunta el padre de Saulo.
- La pesquisa está en marcha – responde, esotérico, el oficial. Juramentos, amenazas, adjetivos que crepitan. Entra el reportero de un diario. Lo acompaña el fotógrafo. Retratan a los dos niños, luego a los padres de los niños. Se van en tumulto. Román habla. Todos lo escuchan. El chico da detalles:
- Entonces, el secuestrador, ese indio alto, con un mechón en la frente, me dijo: “De qué trabaja tu jovie y el de éste?” “Son empleados de comercio”, le contesté yo. “Vivimos en la misma casa con otros inquilinos”. Cuando oyó esto se hinchó como un escuerzo. “¡Cretinos!” – gritó. “¡Secuestran estos desgraciaditos muertos de hambre tomándolos por los hijos de millonarios!” Román no deja de hablar, importante. Todos comentan sus palabras. Las salpimienta de juramentos y maldiciones. Saulo oye y calla, asombrado. Ahora está viviendo la aventura de su secuestro, ahora, cuando en lugar de la esperada paliza de su padre, recibe caramelos, masas, frases cariñosas, mimos.
- ¿Y no tenías miedo, Saulín? Saulo, con la boca llena, responde:
- Un poco, pero no mucho...
- ¡Yo, nada! - lo interrumpe Román-. Yo decía: ¿Qué nos pueden hacer? Si fuésemos hijos de banqueros, ¿ todavía!, como en una cinta que vi. A un chico de mi edad, hijo de un multimillonario, lo dejaban morir de hambre porque el padre no daba lo que le pedían.
- ¿Y murió? – pregunta una mujer, interesada.
- Lo salvaron. Lo salvó Sherlock Colmes.
- ¿Y el año pasado la mafia no robó y asesinó al hijo del doctor Ibáñez, el senador? ¿Recuerdan? Todos recuerdan haber visto en cine, leído en diarios o en alguna novela policial casos semejantes. Todos hablan. Román y Saulo comen y se miran. De pronto Saulo le pregunta a Román, casi en secreto:
- ¿Pero es verdad que no nos secuestraron? Al día siguiente, en la comisaría: el bullicioso grupo “los niños secuestrados”, como les llaman los diarios con grandes títulos, padres, madres, parientes, vecinos, llenan un escritorio de la comisaría. Un oficial les lee la declaración. Los padres firman.
- Pero esos secuestradores – insiste el padre de Saulo, un hombre rechoncho- ¿quedarán impunes, oficial?
- Tenga paciencia, señor – responde el oficial-. La pesquisa va bien encaminada.
- ¡Quisiera tener a esos canallas en mis manos! – exclama el padre, y hace una seña de atornillar algo en el aire. Se supone un pescuezo.
- ¡Y yo en mis dientes! – grita una vieja, y masca, haciendo sonar la dentadura, aún temible. Van a partir. Se oyen gruñidos. Y la voz imperativa de un vigilante:
- ¡Siga derecho por aquí! Aparece empujando a un hombre alto, rubio, con el pelo en desorden caído sobre la frente, y tan ebrio que es preciso sostenerle para que no se caiga.
- ¿Y éste? – pregunta el oficial.
- Un borracho, mi oficial. Escandalizaba en la vía pública.
- Páselo al calabozo. Lo empujan.
- ¡Oficial! – grita Saulo-. Ese es el hombre que nos secuestró.
- ¿Qué? La expectativa se arremolina en torno del muchacho que repite:
- Ese, sí, ese alto, con un mechón de pelo en la frente. Ese es el que nos preguntó quienes éramos, y el nombre de nuestros padres y dónde vivíamos. ¿Verdad, Román, que es ese? Román, azorado, mira a Saulo, mira al ebrio, mira al oficial. Este lo azuza:
- ¿Qué decís? ¿Es el secuestrador? Román duda. Gira la vista a su alrededor. Ve ojos brillantes, ve caras ansiosas, y resonde:
- Sí.
- ¿Lo reconocés?
- ¡Sí, sí! – grita Saulo.
- ¡Sí! – repite Román.
- Pero – vacila el oficial de policía – en tu declaración de ayer decías que era medio indio, ese es rubio... ¡No importa! – decide-. Borraremos lo de “medio indio” y pondremos “rubio”. ¿Eh? Todos asienten.
- Páselo al calabozo – ordena el oficial. El vigilante empuja al ebrio, más violentamente-. ¡Macanudo! Así no dirán los diarios que la policía no encuentra a los secuestradores. ¿Qué les parece? El secuestrador fue hallado antes de las cuarenta y ocho horas. ¿No le decía, señor, que la pesquisa iba bien encaminada?
- ¡Yo le encendí una vela a San Roque, oficial! – exclama una vecina.
- Yo le hice una promesa a la Virgen de Luján para que encontraran a los secuestradores – dice la madre de Saulo y abraza y besa a su niño.
- ¡Después hay quienes dicen que no hay Dios en el cielo! – gruñe la madre de Román. Y llora estruendosamente. La emoción hace vibrar al grupo conmovido. Desde adentro llegan los gritos del ebrio. Román y Saulo se dejan acariciar, con los ojos bajos.
- Si no es por mí no encuentran al secuestrador – dice Saulo a Román-. Ya no te acordabas como era. Román mira a Saulo. No sabe qué decirle. Saulo se golpea el pecho y vuelve a gritar, orgulloso:
- ¡Por mí lo encontraron!