narrativa

QUINCE AÑOS

Una infancia feliz es el mejor don
que los padres pueden dar a los hijos.

CHOLMON DELEY

Guillermina tiene veinte años y ha sufrido su primer fracaso de amor. Conociéndola, parece mentira que ella, así como es, haya tenido un fracaso de amor, tan joven. Guillermina es “charmante”. Hubiera podido decir que es encantadora. ¡No!, “encantadora” no es la palabra precisa. Ella es “charmante”, así en francés, porque su encanto, su “charme”, le viene de raza, desde los siglos. Se apellida Vollete. De París, del siglo XVIII, le viene su encanto, su “charme” a esta joven de cabeza rubia revuelta, quizás expresión de sus pensamientos, un poco expresamente por esnobismo, y otro, por rebeldía de sus cabellos; los ojos, azul profundo, centelleantes – tal vez para sacar afuera algo del fuego de su corazón y no abrasarse viva; la nariz de proa, revelando audacia, vivaz, voluble, sonriente, imperativa. Ella lo confiesa: “He pasado una infancia feliz”. Y lo dice apretando los párpados, y poniendo la boca como si besara. Goza su infancia feliz, la recuerda y la goza. “Por eso soy como soy” – asegura ella. “Soy así, valiente, porque pasé una infancia feliz”.

- No todos los niños son felices – arguyo -. Por el contrario. Aseguraría que la mayor parte de los niños, actualmente, no lo son. Y he conocido personas, mujeres, desdichadas cuando niñas y valientes...
- Sí, pero con un valor distinto a mi valor – me interrumpe ella, porque Guillermina siempre está interrumpiendo -. El valor de esas mujeres que no fueron felices en la infancia, es un valor concentrado, rencoroso, por así decirlo. Mi valor se da, se arroja espontáneamente. Mi valor tiene confianza en mí. Yo peleo con alegría. Yo provoco la lucha. En tanto que las personas que no fueron felices en la infancia, no la provocan. No salen a la palestra, como decían los caballeros de antaño. Se están en su covacha, a la espera del ataque. Y si alguien me viene a sermonear, cosa que jamás ni mi madre ni mi padre hicieron, le advertiré que soy hija única, ¡pobre del que me venga a sermonear! ¡Qué andanada se lleva!

Al oírla hablar así, me represento la imagen de Madame de la Sablière, una dama muy “siglo XVIII” y “muy moderna y audaz”, aunque no “cosmopolita”, como dice Darío, sino muy “parisiense”. A Madame de la Sablière culta, o con barniz de cultura, interesada por los experimentos de química tanto como por los versos, se le debe agradecer que haya protegido al despreocupado Lafontaine, el hombre que hizo las delicias de millones de niños, y evitado que el fabulista sufriera hambre y frío, después de haber derrochado su fortuna. Naturalmente, Madame de la Sablière era lo que un puritano o una beata llamarían pecadora. (Murió en un convento, joven aún, devorada por un cáncer, y no sé si por el arrepentimiento, aunque así ella lo proclamara.) Madame de la Sablière dio, en cierta ocasión, a un tío jesuita, confesor de la austera Madame de Maintenon, la reina de Francia, una respuesta que pudo darla Guillermina. El tío sermoneaba a la amadora. Ella, en silencio, respetuosamente, lo dejaba hablar, serena, aunque por dentro, hirviese. El sermoneador al fin le dijo: “Los animales mismos tienen una época para el amor”. Y Madame de la Sablière explotando: “¡Por eso son animales!” – respondió prestamente
-. ¡ Cuánto habría reído el delicioso Lafontaine al escuchar la anécdota de los labios de su joven y linda hada protectora!

Al oír hablar a Guillermina Vollette, tan gentil, tan modosa, tan dulce, tan rápida en sus contestaciones y tan rápida en sus preguntas, yo pensé que aquella anécdota bien pudo cumplirla ella de haber vivido en el galante y profundo siglo XVIII, el de los duelos, de los madrigales y de los Diderot, Montesquieu y demás enciclopedistas. Porque Guillermina Vollete, como Madame de la Sablière, es “sabia”, o sea lo que en el siglo XVIII se llamaba así. Tiene la cultura suficiente para no quedar callada si de literatura, de filosofía, de artes plásticas o de historia se converse. Y la habilidad para saltar de un tema en donde hace equilibrio a otro donde pisa – o cree pisar – tierra firme.

Guillermina Vollete es actriz, una actriz aficionada o vocacional, como ahora se dice, neologismo un poco jactancioso pero evita eso de “aficionado”, casi sinónimo de inexperto. Guillermina Vollete es dama joven en el elenco del “Teatro vivo de Buenos Aires”, en el cual, con arrojo encomiable, arrojo bien juvenil, sólo representan obras de autores vivos. Sófocles, Shakespeare, Corneille, Molière, Lope de Vega, Goldoni, Cervantes, Hebbel, Florencio Sánchez, Bracco, Beckett, Pirandello, Galdós, Guimerá, Maeterlink o Shaww no cuentan en su repertorio. Ya están usados y allí se quiere imprevistos.
- Usted que es dramaturgo, ¿por qué no me escribe una obra para mí? – Me ataca Guillermina -, ¿sonríe? ¿Cree desdoroso escribir de encargo para una intérprete? ¿Cómo escribían Shakespeare o Molliere? No escribían expresamente para ellos. ¿Por qué, entonces, creerse usted más que Molliere o Shakespeare...?
- ¡Pero si no he dicho nada! ¿Acaso he dicho que no? ¿Por qué me adjudica pensamientos que no he tenido?
- ¿No ha tenido? ¡Estoy segura que sí los tuvo! Usted pensó: “Vean esta chica alabanciosa pretendiendo que yo me tome el trabajo de escribir para ella”.
- ¡Protesto! – grito – Si yo pensé eso que usted me hace pensar, lo pensé así: “Vean esta chica, inteligente y capaz, por cierto, aunque exigiéndome que yo me someta a su capricho, y escriba, expresamente para ella, un “chef d’oevre”, un “capo lavoro”...
- Usted lo dice bromeando, pero si usted toma el tema que yo le voy a dar, estoy segura, escribe usted la obra maestra... que aún no ha escrito. Y sin esperar mi réplica, me arroja el tema:
- La protagonista es una mujer: treinta años, joven aún y experimentada. Nunca amó. Como es bella, grácil, talentosa, culta y valiente. Ella sólo se dejó amar. Esta mujer, forzosamente, tenía que ser aventurera. Ha sido muchas cosas. Ha ganado su vida siempre con facilidad. En todo triunfa, pero es voluble y todo lo abandona. A ella no le importa triunfar, su elemento es la lucha. Ella es feliz luchando. Y lucha contra los hombres. Les enrostra su egoísmo. Los avergüenza. ¡Es una heroína! Por fin, se siente cansada. Las mismas mujeres, cobardes como son la mayoría de las mujeres, se alejan de la heroína de su emancipación. Entonces ella decide morir, suicidarse... Aquí le dejo a usted que se estruje el ingenio y encuentre un suicidio original; pero mi protagonista no muere: ya va a realizar su eliminación, cuando se rompen los vidrios de la ventana, entra un joven, la salva...
- ¡Chit! – Interrumpo – Ese final es ilógico y yo, escritor naturalista o realista o verista, como usted quiera, pero siempre antirromántico, enemigo de falsear las psicologías y los finales de obra, no puedo admitirlo.
- ¿Por qué?
- Porque ese joven salvador, ¿conoce a su protagonista?
- ¿Usted cree que conociéndola, se anime a salvarla? Queda un instante perpleja. Me mira profundamente, y dice:
- ¡Bien, matémosla!
- ¡NO! Eso es cursi, es romántico. Hagamos que se vaya a la luna, que los astrónomos, después que ella haya llegado a la luna, observen en el astro nocturno otra mancha...
- ¿Usted bromea?
- Hablo en serio. Con una protagonista como la que usted propone, todo es posible. Y a esa nueva mancha de la luna, los astrónomos de la tierra la llaman “Guillermina”, pues supongo que así ha de llamarse la protagonista de nuestra obra.
- Podría llamarse así. ¡Y me voy! Le regalo el tema.
- Mercie, Madmoiselle Vollete.
- Au revoir – me grita ella desde lejos.

Nuestra sociedad ha finiquitado. ¡Qué criatura más deliciosamente arbitraria! Ella se va, seria. Yo quedo sonriendo. Porque Guillermina Vollete, aunque alegre, no es nada bromista. Ela podría proponernos ir a Europa en bicicleta o escalar el Aconcagua en cuatro pies o llegar nadando al Polo Sur o cualquier otro proyecto al que la mayoría de los seres sensatos juzgarían disparates, pero ella siempre los propone muy seria. Guillermina Vollete ríe con los labios, no con el cerebro, no posee un miligramo de humorismo.

Ya la conocemos, supongo. Ahora vamos a oír su “fracaso de amor” como ella lo llama. Oigámoslo relatar a ella misma. Por indiscreción de una parienta, literata, mi amiga pudo conocer el diario de Guillermina Vollete. Y de él copió la aventura:

1º. De enero - ¡Buen principio de año! Hoy vi una adaptación escénica de Los tres mosqueteros, la novela del viejo Dumas. En sin miedo, la he leído cinco veces. ¡Cómo lo hubiera querido a D’Artagnan de haberlo encontrado en mi vida! Athos, Portos, Aramis, en cambio, poco me han dicho. ¿Por qué? No os hallo mosqueteros. ¿Qué es un mosquetero? ¡Un mosquetero es D’artagnan! Pues hoy, en esa mala adaptación escénica de Los tres Mosqueteros, hallé a D’artagnan vivo, hablando, valentón y hermoso. Es cierto que un escenario no es la vida, pero, ¡qué arrogancia, qué coraje, qué simpatía la de ese D’artagnan de escenario! Mañana voy a conocerlo. No puedo dejar de conocerlo. Es imprescindible que lo conozca.

2 de enero- Escribo estas impresiones con los ojos llenos de lágrimas, he sufrido el primer fracaso de amor de mi vida. Después de la función en la que me despellejé las manos aplaudiendo a D’Artagnan, arrogante y magnífico, me largué a su camarín, a conocerlo. Suponía que sin su traje mosqueteril, sin su sombrero con ese airón de plumas, sin su espada al cinto, trajeado con ese opaco y sin gracia traje de los hombres del siglo XX, traje estúpido que les oculta las formas, un saco que alarga el talle y acorta las piernas, mi D’Artagnan no estaría tan arrogante, pero... Fui a los camarines. Pregunté por D’Artagnan, (¿para qué usar el nombre con que figuraba en los programas? ¿Pérez, Rodríguez, López?)

El asistente fue a comunicarle y volvió diciéndome que D’Artagnan se estaba vistiendo, que lo esperara. (El asistente no dijo D’Artagnan, por supuesto, sino el señor. Pérez, o el señor Rodríguez, o el señor López). Me senté a esperarlo. ¡Qué manera de tardar para vestirse! O mejor, para desvestirse. Porque sacarse su bella, vistosa, centellante ropa de mosquetero para ponerse el saco y los pantalones del hombre de nuestro siglo, no es vestirse. Es disfrazarse ¿de qué? Esperé casi una hora. Al fin se abrió la puerta del camarín de D’Artagnan. Me estremecí de emoción. Me puse de pie. Salió un hombrecillo no más alto que yo, completamente calvo. ¡Oh hermosas guedejas rubias y rizadas de D’Artagnan! ¿Qué os hicisteis? ¿Y qué os hicisteis, arrogantes mostachos en punta con las guías apuntando al cielo, como para atraerse todos los rayos de cólera divina? Tenía enfrente a mí un pequeño hombre calvo, afeitado, completamente arrugado, inverosímilmente arrugado, una careta de viejo. El hombrecillo me preguntaba, sonriendo y tímidamente:
- “¿Qué desea, señorita?”

Lo asombraba, quizás, que una muchacha como yo (no soy fea, no soy nada fea. Es preciso ser franca) lo buscase, preguntara por él, tan menudo, tan arrugado, tan sin cabellera, tan sin bigote, tan nada. Me volví a sentar. Mejor aún, me derrumbé sobre el banco donde había estado sentada aguardando a D’Artagnan. ¿Y qué tenía delante después de tan larga espera? Tenía al señor Pérez, o al señor Rodríguez, o al señor López. Un señor correcto, mesurado, tranquilo... ¡Un vejestorio!

Acerté a preguntarle:
- “¿Usted era D’Artagnan?” Empleé el verbo en pasado. Dije era, no es. Lo dije instintivamente. Sin saber por qué lo decía. El comprendió.
- “Sí, señorita, yo ‘era’...” Se interrumpió. No pudo seguir hablando porque yo había roto a llorar desesperadamente. El hombrecillo me miraba, estupefacto. Y yo, sin poder reprimir los sollozos: ¿angustia, desilusión, pena...? De pronto me incorporé y salí a la disparada. He aquí relatado mi primer fracaso de amor. ¿Es una aventura? ¡Qué esperanza! Por eso, tal vez porque no es una verdadera aventura, al recordar y escribir sobre ella se me inundan de lágrimas los ojos. Llanto de humillación. Nada humilla más que el ridículo.