narrativa

NIÑOS GRANDES

Una de las sensaciones más penosas y dolorosas
de mi vida fue la de sentir que había dejado de ser niño.

BYRON

Tanto Julián como su amigo Leonardo transcurrieron por esa edad en que, no habiendo dejado de ser niños todavía, se comportan como niños pero exigen que se les trate como a hombres. Julián y Leonardo son bromistas. Siempre están dispuestos a la chacota y a la burla. Sus memorias son un depósito de chistes. La salud potente, la edad, la vida despreocupada, la seguridad que les prestan sus músculos de deportistas, ganadores de copas y medallas, admirados por condiscípulos y familiares les alborota la sangre rica en glóbulos rojos y ríen, charlan, bromean, buscan la jácara, el bullicio, cuando no la camorra, francamente. Son capaces de embriagarse con viento, tanto les habla la sangre en las arterias elásticas. Se saben fuertes y elegantes, se encuentran bien nutridos y mimados. Es preciso reír, charlar, andar, hacer de la vida una aventura osada, un himno perpetuo, aunque las notas de este himno, evidentemente chillonas y no pocas veces fuera de lugar, inoportunas, molesten al prójimo. Julián y Leonardo, por ahora, no se ponen a discernir qué significa esta palabra: prójimo. Ellos, por ahora, viven sus propias vidas, excesivamente importantes.

Son turbulentos, ansiosos de goce, asimilando minuto por minuto la mayor cantidad posible de goce que sus organismos robustos sean capaces de asimilar. Y gozan de todas maneras, gozan por oídos y por boca. Gozar es vivir: comer, beber, amoríos, danzas, diversiones, estudiar lo menos posible, lo necesario para que el estudio no se convierta en una preocupación, acaparar y deglutir inmediatamente y derrochar la mayor parte de color y movimiento. Viven como con fiebre, fuera de sí; la vida es blanda y jugosa, es un rico fruto.

Julián, entre el gentío que va y viene a esa hora, el caer de la tarde, una tarde primaveral, divisa a su amigo Leonardo. Va unos pasos delante de él y se apresura para llamarlo; pero no lo hace. Acaba de observar que de un bolsillo de Leonardo asoma un sobre. Delicadamente, con habilidad que un caco envidiaría, sus largos y finos dedos extraen el sobre. Lo guarda, se detiene un segundo y espera el resultado de su broma. Pronto lo obtiene, Leonardo, frente a un buzón, busca y rebusca en sus bolsillos. Julián, detrás de él, oculto por los transeúntes, lo observa. Pero una mujer alta, seca, rígida, aproximándose a Leonardo le pregunta:
- ¿Qué te pasa?
- Traía un sobre para echar al buzón, pero no lo encuentro. Lo he perdido, no sé – y sigue hurgándose los bolsillos.
- ¿Era importante? – pregunta la mujer alta, seca, rígida. Y su voz, ya dura, adquiere dureza de ley.
- ¡Ya lo creo! – llevaba un cheque.
- ¿Un cheque? No lo has perdido. Este joven te lo acaba de robar. Señala a Julián y, conminatoriamente, le dice:
- ¡Queda usted detenido! Muestra, debajo de la solapa de su saco de hombre, la chapa policial.
- ¡Bah! – exclama Julián, y ríe, un poco desfachatadamente. La mujer, más seca, más rígida; llama a un vigilante.
- ¡Agente! Acude el vigilante y tras de él se arracima una verdadera muchedumbre de curiosos. Julián sonríe, satisfecho de que su broma adquiera tan trascendente volumen. Su broma se está convirtiendo en hazaña, cosa que lo regocija. La mujer se dirige al vigilante:
- Agente, detenga a este joven – por Julián – Lo acabo de sorprender extrayendo del bolsillo de este otro un sobre que, al parecer, tiene valor. Soy policía – y enseña la chapa. La muchedumbre de curiosos abejea de comentarios y se apiña en torno a los actuantes. El agente toma de un brazo al ladrón. Leonardo sigue serio, muy en concordancia con su papel de víctima de un robo. Pero Julián, al verse atrapado por el vigilante que ordena: “¡Vamos!”, habla y dice:
- ¡Si es una broma! El es mi amigo. ¡Eh, Leonardo, hablá!
- ¿Y qué voy a hablar? – Responde Leonardo, muy serio siempre – Usted me ha robado y de yapa, yo para salvarlo debo declarar que es mi amigo? ¡Es cómico esto! – se dirige ahora al apretado grupo de curiosos. Estos comentan:
- ¡Caradura! ¡Qué cinismo! ¡Es el colmo! ¡Deberían darle doble pena! – chilla una vieja del Ejército de Salvación.
- Tiene una facha de profesional! – dice un hombre en mangas de camisa, un obrero.
- ¡Tan bien vestido y robando! – exclama una joven. Un anciano le explica:
- Estos se visten así, a la última moda, para despistar. ¡Llévelo, agente, sin contemplaciones! ¡Llévelo! – ordena imperioso, indignado. El agente, un indio de facciones cortadas a hachazos sobre un ñandubay, se encona:
- ¡Yo no necesito que nadie me enseñe mi obligación! – y le hunde las puntas de su mirada de fuego.
- Bien, agente – se deshace el ímpetu del entrometido, asustado.
- ¡Hable usted! – dice la mujer policía a Leonardo
-. ¿Es amigo o no del joven?
- ¡No lo conozco! ¡Es la primera vez en mi vida que lo veo!
- ¡No digas macanas! – le grita Julián, fastidiado
- ¿No ves que me van a llevar a la comisaría? Leonardo calla. Calla y goza. Piensa: “¡Esta sí es una broma macanuda! ¡Cómo van a gozar los muchachos en el club y en la facultad cuando les cuente esto!” Julián, empujado por el vigilante, enarbola el sobre y protesta:
- Aquí está el sobre. Tomalo, Leonardo, y decí la verdad.
- El sobre lo entregará en la comisaría – interviene el vigilante, y lo empuja violentamente
- Usted también debe venir – dice la mujer policía a Leonardo.
- Como no, señorita, con el mayor gusto. Y allá van: el vigilante custodiando a Julián, detrás Leonardo y la mujer policía; detrás aún, el racimo heterogéneo, indagante, rumoroso, feliz de los que han visto y oído algo, de los que no han visto ni oído nada, pero quieren ver, quieren oi

Oír y preguntar; preguntan y comentan, se transforman a su vez en informantes de los recién llegados que preguntan y estiran las cabezas transformadas en ojos. Entran a la comisaría. El grupo de los curiosos, muy lentamente, un poco defraudado, se va disolviendo. Algunos, todavía, esperan, ¿qué?, cuando Julián y Leonardo ya están en la sala de guardia, frente al mostrador, detrás del cual se yergue la figura de un oficial de policía, muy grave.

El agente informa de lo ocurrido y de las excusas de Julián que aducía amistad con el robado. El oficial escuchaba, cejijunto. El porte del preso lo alarma. No es el vulgar ratero de las calles y colectivos. ¿No será el apadrinado de algún caudillejo político y si él deja caer sobre este joven tan bien trajeado el peso de la ley resulte que quien se perjudique es él mismo, el oficial de policía, o su excesivo celo...? La tranquilidad y el desparpajo de Julián lo imponen. Cavila.

- ¡Muy bien! – dice al fin, por decir algo, y repite:
- ¡Muy bien! – se está dando tiempo para pensar
-. Retírese, agente – ordena, y continúa pensando
-. ¡Muy bien! Pero Leonardo habla: Le diré la verdad: el joven es Julián, mi amigo, compañero de estudios. Los dos estudiamos derecho. Como es muy bromista, por hacer un chiste, me sacó el sobre del bolsillo, la policía lo vio, llamó al agente y se armó la de San Quintín. Usted sabe cómo está la Avenida de Mayo a esta hora, es un mar de gente...
- ¿Y por qué dijo usted que no lo conocía cuando el agente lo interrogó? – interrumpe el oficial.
- Por seguir la broma. Yo me dije: “Vos me quisiste bromear a mí, ahora yo te jorobo” ¡Zas! Negué que lo conociera. Lo hice traer preso. Y ríe.

Pero el oficial no ríe. El oficial se pone aún más grave. Sus cejas se juntan, su rostro denuncia mayor adustez todavía. El oficial piensa; terriblemente preocupado, piensa... Leonardo vuelve a hablar:
- El caso es muy sencillo. Ya lo ve usted, oficial: es inocente.
- Sí – habla el oficial – El señor es inocente, pero usted no. Usted ha delinquido. Usted ha engañado a la autoridad, en pleno ejercicio de sus funciones. El joven está libre, pero usted... Espere a que llegue el señor comisario. El decidirá. Su caso no es nada fácil. Usted tendrá prisión o una multa fuerte. Este es un asunto grave, ¡gravísimo! Usted se ha burlado de la autoridad en pleno uso de sus funciones. Siéntese en esa silla, espere al señor comisario.

Julián, desde la puerta, ya para salir, sonriente, se dirige a Leonardo, verde por la cólera que lo posee:
- Hasta la vista. ¿Querés que te envíe un abogado? Tu caso es grave, ¡gravísimo! No me quedo a acompañarte porque esta noche es el casamiento de Lucho. Yo te disculparé cuando pregunten por vos. Diré que estás enfermo, casi moribundo. ¡Qué broma, Leonardo, qué broma!