narrativa

LOS NEGOCIOS SON LOS NEGOCIOS

Una persona mayor encargada de un niño no debiera sentir miedo nunca.
Y ésta es la razón por la cual el valor debiera cultivarse
entre las mujeres tanto como en os hombres.

BERTRAND RUSSELL

Albano es un muchacho serio, reflexivo. La madre siempre dice: “Albano no parece que tuviera la edad que tiene. Ya es un hombre”. “Pero un hombre bien hombre – agrega el padre -. Porque hay hombres que parecen niños por lo desorbitados e irresponsables. Tu hermano Juan Ramón, por ejemplo – le dice el hombre a la mujer -. Tu hermano podría ser por su mente, y a pesar de sus cuarenta y siete años, no solamente hijo, también nieto de Albano que apenas ha cumplido quince”.

Los padres de Albano sienten por él no sólo cariño, también respeto. La madre confiesa su admiración; el padre la tiene pero no la confiesa. Albano es un joven estudioso. Pequeño de estatura, moreno, chispeante las pupilas, activo, siempre está ideando qué hacer. Sus manos son herramientas instintivamente capaces. Todo lo pueden. Es carpintero, mecánico y electricista sin haber practicado nunca tales oficios. Compone radios en la vecindad y con ello trae algunos pesos a la madre, siempre necesitada de ellos, pues el padre, corredor de seguros, no es muy capaz para ganarlos. Albano estudia en la escuela industrial y no pierde el tiempo.

Dice Albano:
- Según los ingleses “el tiempo es oro”. Se equivocan, el tiempo es más que oro. El oro que se pierde se puede recuperar. El tiempo perdido no se recupera. Cuando él dice uno de estos aforismos, el padre lo observa y calla admirado. La madre sonríe, gozosa, encandilada. Intuye que este hijo los sacará de la pobreza en que vienen malviviendo desde años atrás, por culpa de la incapacidad del padre para conseguir los pesos necesarios, a veces hasta los más imprescindibles. Desde antes de nacer Albano ella no sabe lo que es vivir sin deudas. “Franklin petit – que es como llama el padre a su hijo – nos librará de las deudas”, afirma, seguro y confiado. “¡Así será!”, apoya la madre, y los ojos se le humedecen viendo a su niño siempre sobre los libracos de texto o moviendo, arañas incansables, esas manos pequeñas y firmes, señoras de martillos, formones o destornilladores. Suena el teléfono:
- ¡Hola! La madre ha atendido y da cuenta: es Remigio Sánchez Luna, el prestamista. Habó para recordarnos que hoy, precisamente, quince de marzo, debe levantarse un pagaré de mil pesos.
-“No admito renovación, ha dicho – explica la mujer-; ya se me ha renovado dos veces. Necesito el dinero”. Esas han sido las palabras de esa sanguijuela chupasangre. No sé, Pedro – protesta la mujer
-, como te has metido a pedir dinero prestado a ese pulpo...
- ¡No es el momento de recriminaciones! – interrumpe él.
- Y sabés lo que ha dicho: “Si hoy no me pagan, mañana lo protesto. Los negocios son los negocios”. Y cortó la comunicación el infame. Siguen los epítetos y lamentaciones. Albano, que está oyendo, interviene:
- ¿Para qué lamentarse, mamá? Es lógico que un prestamista, un usurero como ese Sánchez Luna, sea inexorable. Si tuviese el corazón blando se arruinaría. La madre lloriquea.
- No llores, no seas tonta – dice el hombre-. Hoy le pagaremos a ese pulpo. Tengo los mil pesos, aunque vas a ir vos a pagarle. Con este ataque de gota no puedo andar cien metros. Este es un regalo del loco Juan Ramón, tu hermano. El sacó un préstamo de setecientos pesos y firmó por mil. Yo le salí de fiador. Ya lo ves, ahora él, olvidado de la deuda, se fue a Chubut y yo, el fiador, tengo que pagarla. Para eso sirven los parientes como Juan Ramón, un frescoral... Albano, ahora, interrumpe al padre:
- ¿Para qué injuriás al tío Juan Ramón? ¿No lo conocés bien? ¡Sí! ¿Por qué le saliste de fiador? También es lógico que él no pagara, y que seas vos, con responsabilidad, quien tenga que pagar por él.
- Pero me prometió, me juró por la memoria de todos sus muertos que me pagaría...
- Bien – interrumpe de nuevo Albano
-. No es el momento de lamentarse ni de indignarse. El mal está hecho, sólo queda un camino: pagar. Dame los mil pesos y yo la acompañaré a mamá al escritorio del prestamista. Por el camino, la mujer le dice:
- Le pediré una renovación del pagaré a Sánchez Luna.
- Perderás el tiempo, mamá.
- Le mostraré nuestra situación. Mi marido postrado hace más de un mes con ese ataque de gota, en casa; en estos últimos quince días sólo han entrado esos cien pesos que vos cobraste por el arreglo de las campanillas en lo de Núñez, le diré...
- Gastarás palabras inútilmente, mami – salta Albano, a quien impacienta un poco la simplicidad de la madre
-. A un hombre como Sánchez Luna, que presta setecientos pesos y hace firmar un pagaré por mil, cobrando un interés terrible, ¿creés que puede importarle tu marido enfermo, que pasamos días sin probar la fruta o que debemos sacar los remedios fiados? Ya te dijo: “Los negocios son los negocios”. Ese hombre es capaz de prestarle al diez por ciento mensual a la madre misma, y hacerle rematar los muebles si no le paga.
- No importa, intentaré – insiste ella, lacrimosa-. No puedo creer...
- ¡Ay, mami, seguís siendo una criatura! ¿Cuándo aprenderás que los lobos solamente quieren comer? Ese prestamista, ¿qué es sino un lobo? ¡Pero qué lobo! Porque un lobo o un jaguar, una vez comidos se echan a dormir. Ese Sánchez Luna es una fiera que, aun harto, quiere seguir comiendo.
- Dejame a mí, yo hablaré – insiste la madre aferrándose a su última esperanza. Albano, ya en la puerta del prestamista, le dice:
- Yo te dejaré hacer a vos; pero si con tus ruegos fracasás, entonces vos dejame hacer a mí, se me ocurre algo. Cuenta los mil pesos, todos en papeles de cien, y aparta uno a espaldas de la madre. Entran. Los recibe el prestamista. Albano se lo figura un viejo alto y encorvado, con los anteojos caídos sobre la nariz, calvo, ceñudo y amenazante. Encuentra un hombre lozano, grueso, de sonrosada faz, sonreidor, obsequioso. Viste con lujo, resplandece de alhajas. La madre, lamentosa, comienza a hablar. El, impasible pero paciente, la escucha. Ella sólo pide una renovación del pagaré.
- ¡Imposible, señora! Este pagaré ha sido renovado dos veces; parroquianos como su marido son indeseables. Ella expone su situación: sus apuros para poder pagar el alquiler de la casa, la enfermedad que imposibilita a su marido, las deudas, los intereses que los devoran...
- Ya ve usted: hace unos días nos amenazaron con cortar la luz eléctrica. El teléfono estuvo incomunicado una semana por no poder pagar a tiempo... Muy cortés, el prestamista, como disculpándose, la interrumpe:
- Señora: “Les affaires sont les affaires”, dicen los franceses, o sea: “Los negocios son los negocios”. Yo nada tengo que saber de la vida de ustedes. Su marido Pedro Rodríguez salió de fiador del cuñado, Juan Ramón Oteiza, y como Juan Ramón Oteiza no paga, debe pagar su fiador Pedro Rodríguez. Esto es sencillo como que uno más uno son dos. “Les affaires sont les affaires” – repite, pues seguramente es su muletilla a fin de eludir los ruegos de sus víctimas-. “Los negocios son los negocios...” Albano se pone de pe. Habla:
- Señor Remigio Sánchez Luna, aquí está el dinero. Vamos a pagarle. Y enseña los billetes. El prestamista, inclinándose, dice:
- Por aquí deberíamos haber comenzado. ¿A qué perder el tiempo con palabras inútiles? Los negocios son los negocios.
- Tiene razón, señor Sánchez Luna. Ya se lo dije a mi madre, pero ela insistió en que quizás...
- Usted comprende, joven. Los negocios...
- Sí, señor. ¿Tiene el documento?
- Aquí está.
- Dijo mi padre que para dejar constancia ante mi tío Juan Ramón, al dorso del pagaré extendiera usted el recibo explicando que quien paga es él, Pedro Rodríguez.
- No hay ningún inconveniente – dice el prestamista; extiende el recibo y firma.
- Aquí están los mil pesos. Albano le entrega los billetes. El otro cuenta, vuelve a contar.
- Joven, aquí faltan cien pesos.
- No puede ser.
- Cuente usted mismo. Albano cuenta y recuenta:
- Sí, faltan cien pesos. Papi se habrá equivocado – dice después de revisarse los bolsillos y hasta dar vuelta algunos
-. Voy a hablarle por teléfono. La madre solloza, angustiada. Se oyen los gritos del padre irrumpiendo del auricular: jura que él dio mil pesos bien contados, que hace varios días los guardaba para esto, precisamente, pues bien recordaba el vencimiento del pagaré; reprocha que los han perdido...
- Está bien, papá, no grites así, yo los encontraré. – Y corta la comunicación
-. Seguramente – explica –al cambiarme de pantalón, los he dejado. Voy a traerlos. Aquí le queda el pagaré, enseguida vuelvo.
- Como no, joven; a sus pies, señora – saluda el prestamista Ya en la calle, como la mujer continuara sollozando, el muchacho le dice:
- No llores, mami; no he perdido nada. Aquí están los cien pesos. ¡Me lo tragué al prestamista! El pescado gordo mordió el anzuelo. Y en la casa explica:
- Sánchez Luna ha firmado el recibo con el mismo pagaré. Es una constancia del pago. No podrá hacer el protesto. Decimos que lo olvidamos en su escritorio después de pagar. El padre se desorbita. Contempla a su hijo como si fuera una aparición, un fantasma, no un muchacho de carne y hueso, su chico de quince años.
- ¿Y cómo se te ocurrió esto?
- No sé, de pronto al entrar, se me ocurrió. Ahora cuando él hable, al ver que no llegamos, le decís que ya pagaste y que él tiene la constancia en el recibo por él firmado al dorso del pagaré. ¡Mordió el anzuelo el tiburón Remigio Sánchez Luna! La mujer sigue sin comprender nada de lo ocurrido. Por la noche el teléfono, y el propio Sánchez Luna, siempre alertante:
- Como una excepción los esperaré hasta mañana. Si a primera hora no están aquí, mi procurador iniciará el protesto.
- ¡Si ya he pagado! – Afirma el padre
- ¿No tiene usted el recibo que usted mismo firmó? Al comienzo, el otro lo cree una broma, pero al fin se pone serio, amenaza. Albano se acerca al teléfono y le grita:
- “Les affaires sont les affaires”, monsieur Remigio Sánchez Luna, o sea, como usted dice: “Los negocios son los negocios”, No obtiene respuesta. Corta la comunicación.