narrativa

LA MADRE Y LA MAMÁ

El cariño de los hijos se gana y hay que merecerlo:
es una consecuencia, no una causa.

GUSTAVO DROZ

Maxmiana es conversadora, expansiva, bulliciosa. La imaginación le brilla en los ojos enormes, siempre en movimiento, alertas para captar todo cuanto vive a su alrededor y transformarlo en sueños, quimeras, fantasías. Redonda, pesada, piel blanca y cabellera rubia, toda Maximiano está en sus ojos claros, llenos de luz, en su ancha boca de labios voluptuosos, en su encrespada cabellera. Cuando habla, y siempre está hablando, excepto los días en que se levanta melancólica, cuando habla, Maximiano se transforma. No es ya una niña de diecisiete años. Es una mujer. Su imaginación, a brincos, se levanta sobre la realidad que la oprime, y se va a las nubes, a horcajadas en una nube multicolor, camino al futuro. Maximiano sueña, fantasea y quimeriza.

La madre la hace callar, brusca, espinosa: - ¡Callate, loca! Ya está el loco Florencio hablando por boca de la hija. Sos igual a tu padre; loca igual que él, sin pisar la tierra.

Florencio fue el padre de Maximiano, muerto cuando ésta apenas cumplía los cuatro años de edad. Maximiano lo recuerda vagamente. Más que recordarlo, lo reconstruye: conversador, fantasista, barullero. Recuerda sus narraciones en las que intervenían la luna, las estrellas, las nubes, el sol, los relámpagos, los truenos, como si fueran personajes. Todos hablaban y reían.

Cuando su madre, áspera, burlona, la hace callar, Maximiana se refugia en el recuerdo del padre. Tanto la madre le reprocha que se parece al padre que Maximiana ha hecho de él, de su recuerdo, otro yo, un hombre de palabra abundante, ardorosa, propenso al entusiasmo, a exaltarse por sus lecturas, a escapar de lo cotidiano y perderse por las laberínticas sendas de lo utópico.

La madre no deja de tirar sobre Maximiano epítetos. Son los epítetos que años atrás tiró sobre el padre de la muchacha:
- Extravagante, vanidosa, tragalibros, soñadora, poetastro, boba en la luna...

Maximiana no se inmuta. Y en esta actitud la madre ve reproducirse la de su marido; la irrita. Maximiana, imperturbable, deja pasar la tormenta y vuelve a su libro, a penetrar en él como si el libro fuese el mundo real, no la vida. De pronto, exaltándose, empujada por una fuerza que le sale del corazón, volcánica, se expansiona:
- ¡Ya verás quién voy a ser yo!
- ¡Ja! – hace ella burlona-, si habré oído yo a tu padre repetirme eso: “Ya verás quién voy a ser yo”... ¡Ya! ¿Y quién fue? Un Don Nadie que terminó pegándose un tiro después de quedar arruinado.
- ¡Yo seré una gran escritora! – afirma Maximiano, imperturbable.
- ¡Ja!
- ¡Una gran descubridora! Voy a llegar a la luna.
- ¿Cómo Julio Verne o Wells?
- Voy a ser una inventora, una gran inventora.
- ¡Ja! Tu padre también iba a inventar el elixir de la larga vida. Y se mató antes de cumplir los cincuenta y cinco años.
- Yo...
- Callate, lunática, charlatana. Loca, igual que tu padre. El todo iba a transformarlo en oro. Y me dejó en la miseria.
- Yo voy a ser rica..
- Rica de humo, como él.
- Voy a ser célebre.
- En las noticias de la policía, como él.

Maximiana es una víctima del pasado. El pasado la aplasta. El fracaso del padre, soñador y quimerista como ella, se le cuelga de las espaldas, le impide avanzar. Aquí está la madre, burlona, espinada de epítetos hirientes:
- ¡Lírica, espumosa, alas de cera, Icara, descubridora de disparates, inventora de tonterías, reloca! Maximiana opta por callar, por hundirse nuevamente en su libro. Sí, es preferible callar, no salir de sí ya que ella, lunática, soñadora – como el padre, “¡qué gran tipo debe haber sido mi padre!”, piensa – está predestinada a tropezar consigo misma, no sólo con los demás o con las circunstancias. Otro refugio tiene Maximiana: su amiga Harolda, compañera de clase. Y, como ella, hija única.
- Decime, Harolda ¿vos tenés mamá o madre?
- No comprendo.
- ¿Tu madre te quiere?
- ¿Y qué madre no quiere a sus hijos? Hasta las tigresas y las hienas.
- Sí, pero hay formas de querer. Ya ves, la cerda quiere a sus lechones, les da de mamar, los defiende; pero si no le dan de comer, ella se los come. Hay madres humanas que harían lo mismo.
- Mi mamá... Maximiana la interrumpe:
- ¿Has dicho mamá? ¡Basta! Ya sé que ella te quiere, que es capaz de sacrificarse por vos. Si hubieses dicho madre, sería otro cantar. Porque hay madres que son madres y a quienes se las respeta, pero hay madres que son mamás; a éstas se las quiere, se les cuenta lo que a una va a hacer en la vida cuando llegue a grande, se les comenta los libros que una lee, ¿comprendés ahora?
- Sí, porque así hago yo con mi mamá. Yo le digo: “Mamá, ¿qué te parece si llego a ser una gran médica, una gran cirujana?” Ella me contesta: “Estoy segura que lo serás.” Y cuando ella me dice así, ¡me entran unas ganas de serlo!
- ¿Y te abraza, te besa tu mamá, a pesar de que sos una muchachota que ya debiera haberse casado y tener media docena de bebés?
- ¡Y claro que me besa y me abraza! ¿La tuya, no?
- ¿La mía? Mi madre rezonga. Es mi madre, ¿comprendés?
- Algo. ¿Pero vos la querés lo mismo?
- Lo mismo no sé, porque yo a quien quiero es a papá.
- ¿Murió tu papá?
- Sí, hace años. Se suicidó Yo casi no lo conocí. Lo quiero por lo mal que habla de él mi madre.
- Ahora sí no comprendo nada – dice Harolda, y mira fijamente a su amiga, como si la escrutase.
- Sos feliz, Harolda – le dice Maximiana-, los felices no pueden comprender muchas cosas que nos ocurren a los desgraciados.
- ¿Entonces...?
- ¡Soy una desgraciada!
- No pareciera. Siempre estás hablando y proyectando y riendo. ¡Ya quisiera tener yo tu carácter!
- Si no tuviera el carácter que tengo, a estas horas yo no estaría aquí. Estaría con una piedra en el cuello, en el medio del río.
- ¿Tanto sufrís?
- Hablemos de otras cosas. Ayer estuve hasta las tres de la mañana leyendo un libro, una novela. ¿Querés que te la cuente?
- Por eso después venís a clase y no sabés la lección.
- ¿Me vas a sermonear vos también? ¡Adiós, muchacha!

Y se aleja. Todos los epítetos que la madre en sus momentos de irritación arroja sobre ella: extravagante, vanidosa, tragalibros, soñadora, poetastro, boba en la luna, reloca... son los que antaño, después de su desencantamiento, arrojó sobre el padre. El drama que llevó a éste al suicidio pesa sobre Maximiana. La madre se lo hace pesar, rencorosa: a los diecinueve años, bella, elegante, atrayente, dejó un novio joven que después logró un gran porvenir, para casarse con Florencio Rubial, un hombre ya maduro, bien maduro, cincuenta años, pero magnético, locuaz, ruidoso, alegre, prometedor, espléndido. Al unirse con él a fin de escapar de las exigencias de un padre tiránico, Lucinda, la madre de Maximiana, creyó “atrapar la luna” – como ella lo dice siempre. El la hizo vivir unos meses en un clima de las mil y una noches. Enseguida llegó la realidad: deudas, acreedores, remates, el tener que irse estrechando; por fin, la caída, el suicidio de aquel proyectista, “gran hombre de negocios” – según él mismo se llamara
-, la pobreza, el tener que trabajar...

Ahora, ya de treinta y ocho años y teniendo que trabajar, ella volvía a oír a su marido por boca de la hija, también conversadora, también proyectista, también saliéndose a cada instante del presente y de lo cotidiano para volar muy lejos, arriba, al futuro. ¿Cómo no hacerla callar, imperiosa?
- ¡Siempre loca, loca igual que el padre! Esa mañana, acompañando a la madre para hacer unas diligencias, Maximiana se cruza con una condiscípula bastante mayor. Es una muchacha ya mujer. Las saluda, echa un vistazo a la madre de Maximiana y sigue. Pero a la tarde se le acerca:
- ¿Quién es esa que iba con vos?
- Mi madre.
- ¡Qué madre habías tenido!
- ¿Por qué?
- Linda
- ¿Te parece linda?
- ¡Y elegante! No parece madre tuya, tan esbelta. ¡Y qué ojos! ¿Es viuda? Optó por no hablar, no desnudarse, pero al volver del colegio halla a la madre bordando. La mira un instante. La observa en silencio. En verdad, sí, su madre es linda.. Sus ojos pardos, sombreados por unas largas pestañas, son bellos. Se le aproxima y la besa:
- ¡Mamá!
- ¡Eh, muchacha loca! – Exclama ella
- ¿A qué vienen estos besos? Igual a tu padre, puros besos, puros cariños, puros arrumacos, puras palabras dulces. ¡Andá, estudiá las lecciones! ¿Has visto el boletín? Estás aplazada en álgebra, en trigonometría y en dibujo. Yo, quemándome los ojos sobre los bordados y vos haciendo la niña bien, leyendo novelones en vez de estudiar. ¿Tenés algo que contestar? Ya estoy cansada de proyectos, ¡hechos! Yo soy una mujer práctica, ¡Quiero asado, no humo! Maximiana murmura algo incomprensible.
- ¿Tenés algo que contestar? – pregunta ella, agresiva, y se saca los anteojos.
- No – responde Maximiana. Después agrega
- : No, madre. Y se aleja.