narrativa

LA INSIGNIFICANTE

El maestro y el alumno son vasos comunicantes que tienden,
por una ley natural, a ponerse al mismo nivel. La necesidad
de simpatía humana es la base de la instrucción y de la conversación.

BARBUSSE

“Dejad que los niños vengan a mí”, ordenó Jesús, pero los niños no vienen hacia nosotros – me dice Libertad Luz Rabel, una maestra ya canosa y que se halla en condiciones de jubilarse -. “No me jubilaré hasta que me jubilen” – afirma siempre.
- ¿Qué los niños no vienen hacia nosotros, los mayores, dice usted? – pregunto.
- Sí – responde segura
-. Es preciso ir hacia los niños. Y para conocer a los niños, es necesario hacerse niño, aunque sea momentáneamente ¿Sabe usted qué significa hacerse niño? Pues, significa hacerse serio, y aclaro que ser serio no es ser grave. La gravedad es seriedad petrificada. “Nada más serio que el juego de los niños”, escribió un poeta alemán. Ser serio es ser profundo, pero sin dejar de poseer vida. Es ser un gran río, hondo y a la vez corriente. ¡Pero qué difícil hacerse niño! ¡Qué difícil conocer a los niños! Estos, sintiéndose intrusos en el universo de los grandes, se cierran, se clausuran a ese universo, a nuestra observación, a nuestras preguntas.

Hay que ir hacia ellos, descubrirlos y conquistarlos. ¡Qué paciencia se necesita! ¿Cree usted que un domador conoce a su caballo? ¡No! Lo conoce el indio que lo amansa a fuerza de caricias, de artimañas, de paciencia. El gaucho es un vencedor de su caballo, pero no se unifica con él. Uno con su caballo era el indio pampa, el que lo tomaba potro y, sin un golpe, sin una palabra amenazadora, lo tornaba su amigo, su camarada hasta el sacrificio y la muerte. Con el niño ocurre idéntico proceso. Al niño no se lo vence. No hay que intentar domarlo, pues, si queremos vencerle, domarle, sólo conseguiremos que se clausure por completo a nosotros, que sea preciso renunciar a conocerle. Gran número de pedagogos y de psicólogos hablan del niño, más por lo que recuerdan que por lo observado. Empleando la violencia, conseguiremos que el niño saque a flor de palabras, de miradas y de actos, un ser distinto: un ser hipócrita y mentiroso. Algún día, después que me jubile, digo mal, después que me jubilen, pienso no desligarme del mundo de los niños escribiendo mis memorias. Son más de treinta años entre niños, intentando conocerlos para encender vocaciones. ¿Por qué voy a dejar perder ese mundo desconocido? Evocaré perfiles, pondré a la vista de los grandes las psiquis más imprevistas, citaré casos curiosos.

- Nárreme uno siquiera – pedí.

Libertad Luz Rabel entrecerró los ojos, se le iluminó la faz al sentir el recuerdo que de ella se posesionaba, y narró:
- Le contaré uno. En mis notas lo tengo anotado con el título de “La insignificante”. Pasó por mi clase, un tercer grado entonces, hará quince años fácilmente. Yo era una joven, sino por la edad, por mis energías. Lo sigo siendo. Ya ve que aún no quiero jubilarme, no estoy cansada, como a cada momento oigo decir a mis colegas, aun diez años menores que yo. Le hablaré de Francisca Pérez, una niña de diez años, a quien yo llamé “la insignificante”; para mí, por supuesto, pues no iba a cometer la torpeza de colgarle ese apodo. Francisca Pérez, o Pancha Pérez o Paca Pérez, como le decían sus padres y aun algunas maestras, era una criatura desteñida, de cabello pajizo, de ojos celestes como de muñeca barata, sin expresión, baja, canija, de voz débil, como temerosa de hacerse oír, acurrucada en su banco o en algún rincón durante los recreos, mal vestida, alumna mediocre, sin esa vivacidad y prontitud tan característica de un gran número de nuestros niños. Para ser insignificante del todo, Francisca Pérez no era ni fea. Por supuesto, no tenía nada de hermosa; pero tampoco de fea. Facciones regulares pero que no dejaban un recuerdo. Tanto es así que ahora, al evocarla, me cuesta reconstruir su cara en mi memoria. Hubo maestras de los grados anteriores a quienes les pregunté por ella; después de años la habían olvidado por completo, y cuando pasó a cuarto o quinto grado, hasta dos o tres meses de iniciadas las clases, las otras maestras no habían reparado en la presencia de aquella chiquilina silenciosa, siempre en penumbra. La naturaleza e había empeñado en hacerla una expresión de insignificancia, un guijarro que se tira en el lecho de un río seco entre millares de guijarros, un yuyo más entre los infinitos yuyos de una pampa...

Por seguir sus comparaciones, agregué la mía:
- Una estrella en un cielo estival mirado desde una cumbre de los Andes. La maestra sonrió, y dijo:
- Bueno, una estrella si usted quiere, pero una estrella que ni titila para llamar nuestra atención, una estrella fija, un punto sin luz propia colocado allá en el sin número de constelaciones y al cual nos es imposible recordar ni volver a encontrar no bien apartamos de ese punto la vista.
- ¡Pobre Pancha Pérez! – exclamé yo
-. Pobre Pancha Pérez, si tenía conciencia de su insignificancia – agregué.
- Quizás la tuviese, y se lo digo por la anécdota que voy a contarle. Primero otra discreción: el nombre. La insignificancia de su nombre y de su apellido: Francisca, como otros millones de Franciscas, Pérez, como otros millones de Pérez. Hija de pobres, el padre peón de albañil, un español, la madre lavandera, una criolla.. Como la madre se llamaba Francisca, no se le iba a ocurrir ponerle a su hija otro nombre. No le iba a poner Belisario, ni Estrella, ni Alarica ni Venus. Los padres de Francisca eran pobres de imaginación. ¡Qué pobres esos pobres que también lo son de imaginación! Un día se me ocurrió preguntarle: “¿Cuál es el apellido de tu mamá?” Y se lo pregunté con el fin de aconsejarla, si me decía un apellido raro, o poco común por lo menos, que lo usara. ¡Pero ni eso! La madre se llamaba Francisca, ¿qué diferencia!... Pero soy mala narradora me he alejado, perdida por el camino de la discreción; retorno y le presento el “caso de la insignificante”. En realidad no era insignificante, puesto que no querría serlo, que deseaba distinguirse, quizás sobresalir, ser heroína. En ella había pasiones latentes: ambición, orgullo... Y sensibilidad. ¡Vaya a saberlo! ¡Vaya usted a conocer a los niños! Y más aun, una niña como lo era Francisca Pérez, tan concentrada y tímida. El niño, la mayoría de los niños, ansía ser héroe. Claro está, él no sabe precisar qué es un héroe. Tal vez un asesino largamente comentado por los periódicos y revistas ilustradas se conquiste la envidia, deseo de ser héroe de muchos niños. Por lo común se puede decir: para el niño, ser héroe es llamar la atención, y es mayor héroe cuanto mayor sea el número de quienes por él se interesen. Ser mártir, para una criatura como Francisca Pérez, era una manera de llamar la atención, de ser heroína. ¡Pero basta de proemios, y al caso!: una mañana entró a mi clase un poco tarde. Por rutina le pregunté:
- ¿Por qué llegás tan tarde, Francisca?

Vaciló un segundo y, enrojeciendo ligeramente, este dato de su vacilación y rubor se me presentó más adelante, recordando, ella respondió:
- Mi mamá está muy enferma. Tuve que ir a la farmacia. Se sentó frente a su pupitre y siguió atendiendo a la clase. Algunas niñas la miraron compasivamente. Ella, al soslayo, observaba la compasión de que era objeto. Otro dato en el que reparé más adelante, cuando tomé notas para apuntar el “caso”. Al día siguiente le pregunto:
- Y tu mamá, ¿cómo sigue? Se le iluminaron los ojos. ¿Era alegría? Seguramente. Por supuesto, en aquel instante no pensé que pudiera ser de alegría. Me respondió:
- Sigue mal.

Y bajó la cabeza. Toda la clase hundió en Francisca Pérez sus compasivas miradas. A esa edad, ¿qué dolor más horrible puede acecharnos si no es la muerte de la madre? Salvo excepciones contadísimas, la madre es todo a esa edad, aun en criaturas con abuelas, siempre más conciliadoras, por más experimentadas y menos enérgicas, que las mismas madres. Al otro día, mientras yo le corregía su composición, sin que se lo preguntase, dijo:
- Mi mamá sigue peor. El médico cree que va a morir.

Yo quise decirle algo. No encontré palabras. La acaricié. Su tragedia me perturbó profundamente. Toda la clase tenía puestos los ojos en la futura huérfana. Ella volvió a su banco. Empero, y esto sí lo observé en aquel instante, no parecía demostrar mucho dolor; todo el dolor que debería poseerla ante la amenaza de perder a la madre. Al salir para el recreo la acaricié y le dije algunas frases de esperanza. Francisca las recibió callada, mirando de reojo a sus compañeras que la rodearon, solícitas. Pasaron dos días más. No quise preguntarle suponiendo que si ella venía al colegio nada malo había ocurrido; pero como llegó una mañana tarde:
- ¿Sigue mal tu mamá?
- Murió.
- ¿Cuándo, querida?
- Ayer a la mañana.

Y siguió camino de su pupitre. En la clase se hubiese podido oír volar una mosca, como vulgarmente se dice. Un silencio impresionante. Observé a las demás niñas demudadas, pesarosas, algunas con las pupilas abrillantadas, dispuestas al llanto. Francisca, como si no reparara en la impresión que su noticia dejó en sus compañeras, escribía. ¿Insensibilidad? – pensé yo
-. ¿Ignorancia de la terrible desdicha que sobre ella, sobre sus espaldas endebles, se había derrumbado? Con el fn de cambiar el ambiente desolador de la clase, esforzándome, salí de mi silencio, hablé en voz alta. En la secretaría pregunté la dirección de la casa de Francisca. No estaba lejos, y por la tarde fui. Iba a ver al padre, a ofrecer los servicios de la escuela. En realidad, no sé a qué iba; pero necesité ir, no permanecer alejada e indiferente. La casa era humilde, insignificante como Francisca Pérez, una de esas tantas pequeñas casas de suburbio, con un jardincillo mal cuidado al frente, en el lugar que debiera ocupar la sala. Una mujer apareció a mi llamado. Pregunté:
- Está la niña Francisca Pérez?
- No, señora.
- ¿Y el padre?
- Tampoco.
- Yo soy la maestra de su grado.
- Si es por algo del colegio – dijo la mujer – puede hablar conmigo, yo soy la madre.

Me sorprendí y balbuceé:
- ¿La madre de la niña?
- Sí, señora. De la niña Francisca Pérez, que está en tercer grado. ¿Qué iba a decir? Me repuse de la sorpresa rápidamente. Comprendí enseguida. La insignificante había deseado salir de su insignificancia. Ser heroína, siendo mártir, el único modo de serlo para ella. No estaba en sus posibilidades ser una Juana Azurduy, ni una Macacha Quemes, ni una Manuela Pedraza. Inventó la enfermedad de la madre y, ya en el plano inclinado de su mentira, se dejó ir: la mató. Se atrajo así el interés y la compasión mía y de las compañeras.

Como la mujer me observaba, debí decirle algo, explicarle mi presencia:
- Venía a felicitarlos por su hija. Es una alumna que promete mucho.
- ¿Sí? – preguntó la madre, un poco azorada, y agregó -: Pues yo nunca lo hubiese creído. ¡Es tan no sé qué!... – hizo una mueca desdeñosa. Hasta para la madre, pues, era insignificante aquella niña tan llena de ambición, tal vez de orgullo, y a quien la naturaleza había vestido de pies a cabeza con un ropaje gris, burdo y denso de insignificancia. Nada dije a Francisca y ella jamás me dijo a mí nada. La traté como si no hubiese ido a ver a la madre, como si no supiera que me había mentido. A la terminación del año escolar, como algunas niñas me trajeron flores, el último día de clase, elegí una rosa y se la dí.
- Para tu mamá. – le dije.

Ella me miró rápidamente. Un relámpago brilló en sus celestes y apagadas pupilas. Tomó la rosa, bajó la cabeza, y ni las gracias me dio. Su delantal blanco se perdió entre el bullicioso tumulto de los demás delantales blancos: un guijarro entre los otros guijarros, un yuyo entre los demás yuyos... Sonriendo, yo insistí en mi comparación:
- Una estrella entre las miríadas de estrellas de un cielo estival, mirado desde la cumbre de los Andes.
- Sí – agregó la inteligente maestra -, pero una estrella que titila, un punto con luz propia. Ya ve usted, no la he olvidado.