narrativa

INSUFICIENTE

Los hombres son producto de las circunstancias.
El hombre renovado es, pues, resultado de la educación y
de las circunstancias también renovadas.
Pero el hombre mismo es quien transforma el medio,
y el educador debe ser, a su vez, educado.

CARLOS MARX

Generalmente soy de pocas palabras. Sin embargo, me conceptúo un gran conversador. Conversar, dialogar, es un placer insuperable. A pesar de mi parquedad de palabras me conceptúo un buen conversador por esto: se escuchar. Aunque voy a hacer la advertencia de que se también a quienes debo oír como se oye rodar a un arroyo montañés que baja entre las piedras: mirándolo sin ver y oyéndolo sin escucharlo, con el pensamiento y la imaginación lejos de lo que dicen. Pero no es de mí de quién quiero hablar en este cuento verídico, sino de Edgarda Gómez, poeta y maestra, mi amiga, es una de las personas a quiénes se que debo escuchar.

Edgarda Gómez cumple con su deber y exige que los demás lo cumplan. Tal vez, en algún momento, un poco imperiosamente. Y éste, quizá sea su defecto, aunque ser maestra y tener un sistema nervioso de poeta, no es un regalo de la suerte avara. Todo esto va a título de prólogo, el cual, aunque largo, era imprescindible.

Y ahora el hecho que Edgarda Gómez me relató y escuché alerta, porque desde el principio lo vi motivo de cuento.

Saturnina, doce años adustos, reconcentrados en un silencio poco de niña, es una gravedad de mujer sin alegrías; era alumna de Edgarda Gómez y cursaba el último grado. El año anterior, Saturnina también había sido su alumna, y excelente, de las mejores del grado. Por eso la maestra comprobó, un poco sorprendida, que su excelente alumna del año anterior era éste una de las peores.
- Estás floja – le dijo al entregarle la libreta.

Y la miró seria. Saturnina sintió, interrogada, la mirada de la maestra y la esquivó, con ademán, más que de costumbre, huraño. A comienzos del mes de abril, la primera semana, Saturnina parecía que fuera a ser la excelente alumna del año anterior. Pero fue un fuego de paja. Declinó enseguida, y en la última quincena, las lecciones balbuceantes, los deberes equivocados, las inasistencias, la colocaron entre las más torpes. La maestra que la observaba, al entregarle la libreta a fin de mes, la retuvo para decirle:
- Te he puesto suficiente, pero si continuás así Saturnina, me voy a ver obligada a clasificarte de diferente modo, con más severidad. ¿Por qué no estudiás como el año pasado? Inteligencia no te falta. ¿O estás enferma?
- No.
- ¿Haraganería?
- No.
- ¿Qué puede ser, entonces?

La chica bajó los ojos. Bien, Saturnina. Espero que no me obligues a clasificarte con insuficiente. ¿Eh? Saturnina, gacha la cabeza, torvamente y muda, se fue con su libreta. En mayo se repitió el hecho. Saturnina, buena alumna durante la primera semana, fue declinando hasta ser una de las peores de la clase en los últimos días del mes, inferior a otras alumnas, negadas pero trabajadoras. La maestra comprendió que algo ocurría y se propuso descubrirlo, entrar en aquella alma infantil; ¡difícil propósito!; abrirla, hacerla que arrojase sobre ella, tibio, el raudal de la confidencia.

Al entregar la libreta de clasificaciones, dijo a Saturnina:
- Esperá. Vamos a hablar. Y cuando estuvieron solas:
- Acercate, Saturnina. Aquí tenés la libreta, sin clasificar. ¿Sabés por qué no te he clasificado? Porque tengo que poner insuficiente, y antes de hacerlo deseaba que hablásemos, que me respondieses con franqueza, de mujer a mujer. Ya ves: pronto vas a cumplir trece años. Vas a comenzar el colegio secundario...
- No, señorita.
- ¿Cómo? ¿No vas a seguir estudiando?
- No, señorita.
- ¿Por qué? ¡Es una lástima! Sos inteligente.
- Mi padre quiere que trabaje.
- ¿Tu padre? Pero el año pasado, si mal no recuerdo, me dijiste que no tenías padre, que solo tenías madre... Saturnina agachó la cabeza hasta hundirla en el pecho. Pasaron unos segundos. La maestra la observaba. La chica levantó la cabeza.
- ¡Señorita...seño...ri...ta! Y no pudo seguir hablando, temblorosa la voz, partida por los sollozos.
- Hablá. Con los ojos en niebla, la voz quebrada, después de hacer un esfuerzo, dijo:
- Voy a ir a su casa y le contaré todo. Aquí en la escuela, no. Voy a llorar, y no quiero llorar en la escuela. No me clasifique todavía. Espere. Ya le contaré... ¡Hasta luego! ¿Quiere que vaya esta noche a su casa? Sin falta. Te espero.

Cuando Saturnina llegó se encerraron en el escritorio. La chica empezó a hablar. Se veía que hablar le producía un bien muy grande. Allí, en casa de aquella maestra a quien quería y con la cual tantas veces había conversado de cosas ajenas a los estudios, no se sentía cohibida, no se sentía ya la mala alumna sobre la que pesaba la amenaza del insuficiente. Allí era una amiga sincera.
- ¡Han pasado tantas cosas desde la última vez que estuve aquí en su casa! – comenzó diciendo la muchacha, y giró la vista, como reconociendo el sitio, grato a sus recuerdos-. Yo estuve aquí en diciembre. Sí, el 22 de diciembre del año pasado. El 2 de enero murió mamá.
- ¡No supe nada!
- Murió mamá, que vivía conmigo solamente, separada de mi padre. Yo tuve que irme a vivir con él. Hacía siete años que yo no lo veía. Para mí, como un extraño. Además, es tan diferente a mamá! ¡Tan diferente! Mamá era alegre y conversadora. El es triste, como yo, y serio, como yo, casi no habla, como yo. Pero tal vez porque es así, como soy yo, a mí no me gusta. Y tiene un defecto. O yo creo que es un defecto, no sé si lo será. Mi padre ama el dinero, es casi un avaro. ¡Tan diferente a mamá! Cuanto ganaba ella con sus costuras, lo gastábamos. Íbamos al cine, al teatro, comprábamos... Mi padre, en cambio... ¡Mire!

Y mostró la suela de su zapato, agujereada.
- ¡Mire! Se abrió la camisa y mostró la piel del pecho.
- Se me rompió la camiseta y no quiere comprar otra. Dice que hasta julio no necesito usar camiseta... ¡Señorita! Pero... yo quise venir a su casa a contarle todo esto porque tenía miedo de llorar y no quería llorar en la escuela... ¡Y es usted la que está llorando!
-¿Yo?
- Sí, señorita. Tiene los ojos...
- No es porque llore. Es la luz, la vista cansada y la luz eléctrica, cuando me da en los ojos, como ahora, me los hace lagrimear. E hizo girar la pantalla. Quedó en la penumbra.
- Seguí hablando, Saturnina.
- Y tiene dinero mi padre, tiene mucho más que mamá. Es el dueño de un almacén que siempre está lleno. Por eso no quiere que estudie. Me va a poner en el despacho de bebidas, porque va a despedir al dependiente. ¡Qué distinto a mamá! Mamá siempre me decía: “Tenés que estudiar y saber mucho...” Me da vergüenza repetirlo, pero no soy yo quien lo dice, es mamá. Mamá me decía: “Sos inteligente y sos buena. Tenés que ser sabia, estudiar para médica y curar a los pobres gratis...” ¡Ya ve a la médica! ¡Despachando copas en un almacén! Usted señorita, me decía que yo no soy la del año pasado. Es cierto. Me parece que soy otra, sí. ¡Soy otra! El año pasado, en cuanto llegaba de la escuela, allí estaba mamá, con mi leche preparada, dulce, pan con manteca. Después ella misma me ayudaba a hacer los deberes, a resolver los problemas.

Y estudiaba conmigo las lecciones. Yo las leía fuerte y ella aprendía conmigo. Ahora, ahora llego y tengo que comer un sándwich de salame. Después, a hacer los mandados con la canasta llena o sentarme en la caja. ¿Lecciones? Las estudio como puedo, en el almacén, oyendo el ruido de los que gritan jugando al truco. El otro día hubo una pelea entre dos borrachos. Ya ve. Cuando me voy a dormir, me tiro, cansada, queriendo repasar. Pero en cuanto llega mi padre tengo que apagar la luz. Siempre está protestando por la luz. Y si ahora usted me clasifica insuficiente, ya lo oigo: “Para esto me gastás la luz” Es capaz de sacarme de la escuela, no dejar que termine el sexto grado. Así, mal que mal, algo aprendo todavía. Si usted me sigue poniendo suficiente me dejará terminar el año y puede ser que cuando yo sea mayor, si tengo el sexto grado, estudie libre el colegio nacional... No sé... ¡A mí me gustaría tanto ser lo que mamá quería que fuese! ¿Qué me dice, señorita? Yo le pido que mienta, eso está mal, lo sé... Quedaron mirándose.

La maestra tomó la libreta, escribió y se la alargó a la chica. Esta leyó:
- “Aplicación: Suficiente. Conducta: Muy buena.” Levantó la vista y dijo:
- ¡Gracias! Se incorporó.
- Me voy a ir. Es tarde. Aproveché un mandado para verla. Allí en el patio dejé la canasta llena. Hasta mañana, señorita. La maestra, desde la penumbra, le dio un beso, en silencio.