narrativa

EXAMEN DE ARITMETICA

Los mayores – sean amigos o maestros o padres –
son nuestros enemigos al entrar en el mundo.

STENDHAL

I

Valentín Pereda hubiese sido, sin lugar a dudas, el alumno de sexto grado a no ser por la aritmética. Esta asignatura constituyó su escollo siempre, desde que comenzó a contar. Trabajo ímprobo le costó aprender las tablas. En cambio, la historia y otras materias de imaginación, las asimilaba con verdadero gozo. Detrás de él se hallaba Pedro Cazón, un muchachote de pelo al rape, el mayor de todos, fortacho. Tampoco Pedro Cazón era el mejor alumno de aritmética, pero si había meses que podía disputar a Valentín Pereda el primer puesto de la clase, era porque esta asignatura no constituía para él un escollo.La asimilaba con la misma facilidad que a la historia o a la gramática, aunque sin ser una lumbrera en ninguna. Una lumbrera sí era Justo Rodríguez para las matemáticas. La historia, la geografía y otras materias en las que necesitaba recurrir a la memoria no tenían en Justo Rodríguez un adepto. Sobresalía en aritmética y geometría hasta ser el pasmo de sus camaradas y la satisfacción del maestro. Para él no había problemas difíciles. Resolvía todos.

Pero Valentín Pereda tenía un doble drama que resolver: el de su torpeza para las matemáticas y el de la intolerancia de su padre. Ese era un hombre seco, gruñón, de pocas palabras. Tenedor de libros en una gran casa de comercio, sentía la obligación de que su hijo no fuese aplazado en aritmética. Lo hubiera considerado un verdadero deshonor. Ya se lo había advertido, amenazante:
- ¡No vayas a hacerte aplazar en matemáticas! Recuerda lo del año pasado. ¿Eh? O si no:
- Me importaría poco que te aplazaran en todas las demás materias, pero en matemáticas, ¡no! ¡Nunca! Alguna vez, Valentín, queriendo salir de la trampa de un problema difícil, recurría a su padre. Mal maestro... Irascible al comprobar la fragilidad de los conocimientos de su hijo, golpeaba la mesa, gritaba amenazador, intimidaba a Valentín en tal forma que este olvidaba hasta cuánto era dos por dos. La madre intervenía, al fin, conciliadora. Se llevaba a su chico semilloroso, a intentar ayudarlo; pero ella tampoco era muy fuerte en reglas de tres o mínimo común múltiplo, y el problema, o no se resolvía, o desembocaba en una solución falsa.

De cuando en cuando, generalmente en las pruebas de fin de mes, Valentín recurría a su camarada Justo Rodríguez; pero ése vivía lejos y además, resolvía con tanta facilidad sus dificultades, con tanto asombro de que estas constituyesen una dificultad para alguien, que Valentín sentíase como humillado. Sólo iba a él en casos extremos. Prefería debatirse solo contra los problemas o ayudándose con otros alumnos que tenían sus mismas dudas y cometían errores semejantes. A quien jamás recurría era a Pedro Cazón, que bien lo hubiera podido sacar del aprieto. Pedro Cazón era su rival, su rival generalmente vencido en todas las asignaturas, menos en matemáticas. Además, Pedro Cazón era recio, imperativo, hacía valer su superioridad física, burlándose, amenazando, y a aun a veces dejando caer su manaza abierta sobre la mejilla de alguno. A Valentín le era francamente antipático.

Esa mañana, Valentín, extremadamente nervioso, pálido por la mala noche pasada repasando aritmética con ayuda de la madre, más abnegada que útil, se encontró a la entrada del colegio con Justo Rodríguez.
- ¿Qué te pasa? – le preguntó este
-. Estás pálido, ojeroso. ¿Estás enfermo?
- No. Me acosté a las tres y me levanté a las seis y media, estudiando. Tengo miedo de que me aplacen. Si me aplazan... ¡Tengo más miedo a papá que al examen! Y le contó su drama.

Justo resolvió este otro problema con su acostumbrada facilidad. No te aflijas. Yo te voy a pasar la solución del problema en el zapato. Si no lo sabés, te rascás la nuca y yo te paso el papel. Si lo sabés, lo hacés vos solo. Valentín sintió que el corazón le latía, apresurado. No pudo hablar de júbilo.

II

Ya está el profesor escribiendo el problema del examen en el pizarrón. Valentín lo lee, lo torna a leer. ¡Inútil! Aquello le suena a galimatías. Como si lo hubieran hundido en un sótano oscuro: no encuentra la salida ansiada. Comienza a rascarse la nuca. Y de pronto siente un roce en su banco. Justo, que se halla dos pupitres detrás del suyo, metido en la caña del zapato, le alarga un papel diminuto. Lo toma. Se inclina sobre su rodilla y comienza a copiar... Al terminar, levanta la vista. Pedro Cazón lo está observando.

Ha visto, seguramente, todo. Pero no dice nada. Sonríe y vuelve a escribir. Entonces, Valentín tiene una idea salvadora. Mete con disimulo en la boca el papel que le alcanzara Justo Rodríguez, lo mastica lentamente y lo traga. Nadie lo ha visto.

Suena la campana. El maestro comienza a pasar entre los bancos. Recoge las pruebas. Al llegar junto a Valentín le pregunta:
- ¿Cuánto te dio?
- Mil quinientos cincuenta y tres pesos con veinte centavos.
- ¡Está bien! – dice el maestro, gozoso, y le palmea la espalda. Entonces se oye la voz de Pedro Cazón:
- ¡Ese alumno copió!
- ¿Qué dice? – pregunta el director, que está sentado frente al escritorio.
- Digo que Valentín Pereda copió. Yo lo he visto a Justo Rodríguez pasándole un papel. Revísenlo. Revisen su banco y sus cuadernos. Lo ha escondido.
- ¿Es cierto? – pregunta el director. Valentín, muy sereno, responde:
- No es cierto. El director, ceñudo, emprende la tarea ingrata, en medio de la expectativa de todos, una expectativa angustiosa. Lo revisa. No encuentra el papel, por supuesto. Pedro Cazón no se da por vencido:
- ¡Que diga él mismo si no es cierto! – irrumpe, y señala a Justo
-. ¡Que diga él! Justo Rodríguez, tembloroso, se pone de pie. Mira a Pedro Cazón que hunde en él su mirada amenazadora. Mira a Valentín, que lo contempla con los ojos y la boca muy abiertos, suplicante.

Hace un esfuerzo y habla:
- No es cierto. Ese niño miente. Y señala a Pedro Cazón.
- ¿Qué dice usted? – pregunta el director al maestro.
- ¡Que demos por terminado el asunto! – responde éste, deseoso de salvar a Valentín. El director dice a Pedro Cazón:
- Has hecho un papel muy triste. – Y sale. Pedro, acercándose a Justo, le susurra:
- Ahora en la calle, ¡vas a ver! – y le enseña el puño. Entonces, Valentín, aproximándose al amenazado que ha quedado allí, inmóvil, como paralizado por el miedo, le sususrra también al oído:
- No tengas miedo. Somos dos. Salgamos juntos. Y juntos salen.

Pedro Cazón, en la vereda de enfrente, está esperando. Pero los ve salir juntos y comprende. No se anima a arriesgarse. Ellos van hacia la izquierda. El, seguido por el silencio de los demás alumnos, defraudados, comienza a caminar, un poco gacha la cabeza, hacia el lado opuesto...