narrativa

EL PRIMER SUELDO

El sediento busca el agua porque sabe que otras veces el
agua calmó su sed, pero la inquietud amorosa del adolescente
es como la de un sediento que no supiera qué es el agua.

ANIBAL PONCE

Cecilia termina de almorzar rápidamente y parte para el trabajo. Nunca como este día, el 31 de enero, va tan contenta. Hoy le ocurrirá algo importantísimo: cobrará su primer sueldo. Cecilia, peinándose, canta, besa a la madre y a los dos hermanos que no dejan de comer su dulce, acaricia al padre y desaparece, retozona, aérea El padre sonríe, benévolamente:
- ¿Qué le pasa? – pregunta el padre.
- Hoy es 31 – explica la madre -, cobra su primer sueldo. El padre sonríe y hace una mueca, tal vez un poco despectiva. Murmura:
- ¡Ilusión, ilusión! En fin, la juventud. ¿Qué edad tiene Cecilia? ¿Doce?
- No. Trece años.
- ¿Trece años ya? ¡Pasa la vida! Yo a los once años cobré mi primer sueldo: siete pesos con cincuenta centavos: lavacopas en un bar.
- Ella cobrará cien pesos – dice la madre, un poco orgullosamente – Ahora cien pesos no es mucho, pero algo es. Ayuda.
- Y dentro de uno o dos años le saldrá novio.
- ¿Quién piensa en eso? Es muy chica, es una criatura...
- Que se pasa una hora ante el espejo – interrumpe el padre
-, que se pone rouge en los labios. ¡En fin! Así es la vida, así tiene que ser. “El hambre y el amor mueven al mundo”, escribió un poeta, creo que Schiller.
- Por ahora, nuestra chica sólo piensa en el hambre.
- ¡Hum! – sonríe el padre, dobla la servilleta y, levantándose, menea la cabeza dudosamente. Son las seis de la tarde. Cecilia ha trabajado toda la tarde aguja en mano. Está empleada como costurera. Al sonar esa hora, la costurera dice:
- Las seis. ¡Bien! Será hasta mañana. – Y como ve clavadas las pupilas de Cecilia, recuerda – ¡Ah, es cierto! Hoy es treinta y uno. Debés cobrar. Cecilia siente que un agradable estremecimiento le corre desde la boca del estómago hasta la cabeza, luego le baja por la columna vertebral y le hace cosquillas.
- Aquí están tus cien pesos. Contalos – y se da vuelta. Cecilia hace desfilar los papeles de diez pesos, de cinco, de uno... Vuelve a contar. Inicia una tercera revisión, ceñuda.
- ¿Qué pasa? ¿Hay de menos? – pregunta la patrona.
- No – responde ella -. Por el contrario, me parece que hay un peso de más. Cuente usted.
- Es cierto, un peso de más – dice la costurera después de haber contado
-. Pero no me equivocaba. Quise probar tu honradez. Muy bien, Cecilia. La besa, pero se guarda el peso. Cecilia sale hecha un cascabel a la calle. “Soy feliz – piensa-. Ya gano. Ya puedo ayudar a mi padre a parar la olla, como él dice; ya, tal vez, podría tener novio; aunque quizás sea demasiado joven, pero nadie habla de casarse todavía...” Entra en su casa cantando.
- ¿Cobraste? – pregunta Alejo uno de los hermanos, menor que ella.
- Sí.
- ¡Cobró! – grita Alejo. Maximino, el otro hermano, el menor de todos, corre a dar la noticia a la madre.
- Mami, ¡Cecilia cobró! Cecilia entra en la cocina donde está la madre. Enarbola los papeles. Se los entrega.
- ¡Ah, muy bien, querida!– exclama la madre, la besa. Y se enjuga una lágrima con la punta del delantal grasiento. Ella, tumultuosamente, empieza a contar su aventura: la patrona que le dio un peso de más, ella que se lo devolvió, la patrona que la felicitó por su honradez.
- ¿Se lo devolviste? – exclama Alejo. Y Maximino:
- ¡Paneta!
- ¡Hice muy bien en devolvérselos! – se enfrenta Cecilia con sus despectivos detractores. Y explica que la patrona se lo había dado a propósito, para probar su honradez.
- ¿Y no te lo regaló? – pregunta la madre.
- No.
- ¡Tacaña! – condena Alejo.
- ¡Amarrota! – subraya Maximino. La madre, a pesar de todo, se siente conmovida por el acto de su hija honrada. Y la vuelve a besar. Saca del bolsillo el puñado de billetes, elige uno de cinco pesos y se lo entrega:
- Tomá, Cecilia, por si necesitás cualquier cosa, por si alguna vez, si estás cansada, querés ir en tranvía al trabajo.
- Convidá con un helado – pide Alejo.
- ¡Qué va a convidar! – Agrega Maximino - ¡Si desde que gana se ha hecho una agarrada! La chica no responde, les da la espalda. Se dirige a la puerta, la mano en el bolsillo de su delantal, acariciando el billete de cinco pesos, un billete que cruje. Cinco pesos no son un capital, pero son de ella. Es la primera vez que Cecilia tiene cinco pesos. “¿En qué los gastaré?” – piensa. Se le cruza el pedido de Alejo, “convidá con un helado”. La convidará a Petrona, su amiga de enfrente, la que tantas veces la ha convidado a ella. “Tomaremos un helado cada una – se dice: son dos pesos. Me quedan tres... Interrumpe sus reflexiones, Su amiga no está en la puerta como casi siempre a esta hora, pero en la esquina ve a Juancho. Por casualidad, Juancho está solo. Y porque está solo, a Cecilia se le ocurre que está solo para que ella lo convide a tomar un helado. Se dirige hacia la esquina. Juancho es un muchachón alto, fuerte, de pelo oscuro y vozarrón de hombre, aunque hace pocos días que se ha puesto el primer pantalón largo. Más de una vez, al pasar ella, Juancho le ha dicho: “¡Adiós, linda!” ¿Por qué le ha dicho “linda” Juancho? ¿Será porque ella es linda o porque se lo dice a todas? Al pasar por una vidriera, de reojo, se echa un vistazo. No queda desagradada. Y se sonríe a sí misma. Ya está cerca de Juancho. Este la mira, se prepara para decirle algo. Ella se pone muy seria, singularmente seria. Juancho:
- ¿ A dónde vas, linda? “¡Qué freso el tal Juancho! – piensa Cecilia-, ya me tutea el confianzudo.” Se le ocurre hacerse la enojada, ¡pero Juancho es tan simpático, le sonríe tan amigablemente con esa bocaza roja sobre cuyo labio superior ya comienza a negrear un ciempiés de pelillos duros! Cecilia también sonríe.
- Voy a tomar un helado – contesta.
- ¿No convidás?
- Sí, vamos. Juancho se le acopla, un poco sorprendido. No esperaba esto. Pese a su frescura, la rápida aceptación lo cohíbe un poco.
- ¿De qué tomás el helado?
- De frutilla y ananá – pide Cecilia.
- También yo. Y salen a la vereda, a tomarlo lentamente, saboreándolo. Al principio no hablan, pero Juancho dice:
- ¡Qué rico este helado! Nunca he tomado uno más rico.
- ¿Por qué?
- Porque lo tomo con vos me parece más rico que ninguno. Y la mira intencionadamente. Ella percibe el fuego de sus ojos y ese fuego, como si la quemara, le arrebola un poco las mejillas. Cecilia también quisiera decirle que a ella le ocurre lo mismo: ese helado le parece más rico que todos os helados que tomó en su vida, y también por eso, por tomarlo con él. Calla y le sonríe con una sonrisa boba, una sonrisa de encantamiento. Ya terminan. Al tirar el cucurucho, Cecilia piensa en sus hermanos, que en lugar de invitar a un extraño hubiese podido invitar a ellos. Casi le remuerde su mala acción, pero en aquel instante Juancho le dice:
- Otro día te voy a convidar yo.
- ¿Por qué?
- Porque somos novios. Ella permanece muda, helada. ¿Novios? Siente como si toda la sangre se le subiera al rostro, y desea hablar. No puede, Juancho prosigue:
- Desde mañana voy a buscarte al trabajo y nos venimos juntos.
- Pero, ¿sabés dónde queda mi trabajo?
- Una vez te seguí.
- ¡Ah! – Cecilia quiere decir algo. Está tan contenta que ansía decir algo. ¿Qué? Y sólo se le ocurre: ¿Tomamos otro helado?
- Bueno, ¿de qué?
- De crema y limón.
- Yo también. Dame la plata porque estoy cortado, no tengo un cobre. Ella le da los tres pesos restantes. Terminan el nuevo helado y él dice:
- Queda un peso. ¿Tomamos uno de cincuenta cada uno?
- Yo no tengo más ganas. Tomá vos. Juancho no se hace repetir; vuelve con un helado de chocolate.
- Este lo tomamos entre los dos; una cucharada vos – y se la alarga -, otra yo – y sorbe. Cecilia acepta. No tiene ganas, pero este compartir el helado con la misma cuchara, la estremece de gozo.
- Una cucharada vos, otra yo – explica él - ¿No te parece como si nos estuviéramos besando? ¡Bien! ¡La última! – se la da a ella, él empina el cucurucho. En el lugar donde se encontraron, se despiden. El:
- Hasta mañana, y...
- ¿Qué?
- Pensá en mí, los novios hacen eso, se acuestan pensando, se levantan pensando, la novia en el novio, el novio en la novia. ¿Vas a pensar?
- ¡No voy a pensar! – responde ella, francamente
-. ¡Hasta mañana! Salgo a las seis, y a la mañana salgo a la una. Entrando en su casa, Cecilia piensa: “Ahora aunque esté cansada, aunque llueva, tendré que irme a pie al trabajo, pero ¡qué importa!, estoy acostumbrada. Al fin, ¿qué?, son quince cuadras más o menos. En cambio, tengo novio”. Y canta en voz alta:
- Tener novio, tener novio...
- ¿Qué decís? – pregunta el padre que se hala en el zaguán a oscuras, tomando fresco. Ella no lo ha visto. Cecilia se turba un poco, pero lista, responde:
- No digo nada, papá; canto, canto un vals.
- ¿Se llama “Tener novio”?
- Sí, papá; “Tener novio”... ¿Te gusta el título?
- ¡Ya, ya, ya, ya! – repite el padre.

Y como está a oscuras, Cecilia no puede verle el rostro, no puede adivinar todo lo que él adivina.