narrativa

CUMPLEAÑOS

Sólo un espíritu elevado y fuerte puede
penetrar en la naturaleza infantil.

MONTAIGNE

Dana – diminutivo de Damiana, su verdadero nombre – me miró largamente, me inundó en la luz de sus ojazos negros, y no respondió enseguida. Su actitud me asombró bastante. Yo le acababa de decir: - Querida Dana, dentro de dos días cumplís diez años. Quiero hacerte un regalo y he pensado en una muñeca. He pensado en regalarte una muñeca tan grande y tan hermosa como la que le regalé a tu hermana Fipa hace seis años, cuando ella cumplió los diez, como vos ahora. Yo pensaba que la vivaz y efusiva Dana, aplaudiendo de regocijo, me iba a responder: “¡Qué lindo! Una muñeca rubia, vestida de celeste, que cierre los ojos, que diga papá y mamá, como la que le regaló a Fipa”.

Pero Dana ni aplaudió ni levantó exclamaciones de júbilo, ni dijo nada. Se limitó a mirarme largamente, a inundarme en la luz de sus ojazos negros, y a callar, meditativa. Sé que Dana es muy inteligente, que es una niña precoz, pero sólo tiene diez años, y a su edad una muñeca hermosa, del tamaño de un bebé, representa un regalo inigualable. Sé también, por experiencia, y por haberlo leído tantas veces, la importancia que tiene una muñeca en la vida de una niña.

Al no recibir la respuesta alborozada que creí iba a recibir, rápidamente cruzaron por mí aquellas reflexiones, y recordé asimismo la anécdota, no sé bien si leída en el intenso y divertido Chamfort, laboratorio de humanas experiencias vividas. Dice la anécdota que el fuego se apoderó de la casa de Madame de Aubigné, madre de la futura Maintenon. Aquella dama, viendo llorar desconsoladamente a su hija, la reprimió:
- ¡Lo único que falta ahora es verte llorar por la pérdida de la casa!
- No, mamá, si no es por la casa que lloro – explicó la niña, una niña de diez años como Dana - ¡Lloro por mi muñeca que se va a quemar! ¡Cómo sufrirá la pobrecita!

Dana, tan sensible, tan inteligente, ¿no sentiría ese instinto maternal que todas las niñas sienten y vuelcan sobre las muñecas de trapo o de porcelana, vestidas con andrajos o con sedas, humildes o costosas? ¿De qué estaba hecha, entonces, esta bella y dulce criatura? Dejé de reflexionar y pregunté a Dana:
- ¿Querés la muñeca? Porque si querés otra cosa...
- ¡No! – me interrumpe ella apresuradamente - ¡Quiero una muñeca! Su actitud, sus palabras, me reconciliaron con mi pequeña amiga
- ¡Bien! Te traeré una muñeca así de grande – abrí los brazos -, con rizos rubios, con ojos azules que se abran y se cierren, vestida de celeste... Me detuve. Dana había clavado en mí una mirada singularmente triste.

Nos miramos unos segundos y ella habló entonces. - Sí, me alegra que me regale una muñeca como la que le regaló a mi hermana Fipa. Yo quiero una muñeca para jugar con mi muñeca. Usted le regaló a mi hermana una muñeca tan linda, que mi mamá, temerosa de que la rompiese, nunca la dejó jugar con su muñeca. Esto se lo oí decir a mi hermana hace unos días cuando se la regalaron a la hija del gerente de la casa donde papá está empleado. - ¿Le regalaron mi muñeca?- Sí, pero antes estuvo guardada en un ropero; a veces mamá, limpiando, la sacaba un rato, nos mostraba la muñeca y después la volvía a guardar con naftalina en su caja. Nosotras ni la tocábamos. Así pasó mucho tiempo. Mi hermana creció, ya tiene dieciséis años, ahora podría jugar con la muñeca sin temor a romperla, pero ahora a mi hermana ya no le importan las muñecas. El otro día el gerente de la casa donde está empleado mi papá nos invitó a una fiesta por el cumpleaños de su hija que tiene mi edad. “¿Qué le regalaremos?”, preguntó papá. Y fue a Fipa a quien se le ocurrió: “¿Por qué no le regalan mi muñeca? Yo, ahora, no voy a jugar con muñecas. Dana es muy chica, la puede romper...” Regalaron la muñeca. Si usted me regala a mí una muñeca igual a aquella, ¿qué pasará? Que no será mía tampoco, que irá a dormir con naftalina dentro de su caja, en un rincón del ropero. Regáleme una muñeca no tan grande, no tan linda, no tan cara, pero una muñeca que sea mía, que yo pueda jugar con ella y que, si se rompe, ¡se rompió! Se lo prometí. Dana, en silencio, sin confidenciárselo a nadie, había vivido el drama de la hermosa muñeca secuestrada en un rincón del ropero, y había también vivido el drama de su hermana Fipa – Felipa, por su verdadero nombre – la cual, dado que está en su temperamento retraído, nunca se quejó ni jamás dijo a su hermana menor lo que sufría siendo poseedora de una bellísima muñeca que era suya pero que no era suya. Pero el conflicto de Dana me puso a mí en un conflicto terrible. ¿Cómo regalar a ésta, al cumplir los diez años, una muñeca inferior a la que yo regalara a Fipa al cumplir la misma edad? ¿Qué dirían sus padres, mis amigos? ¿Desafiaría sus posiciones de que yo me había transformado en una tacaña? Me acosté pensando cómo resolvería el problema, y esa gran consejera amistosa y astuta que es la almohada me lo resolvió: El día del cumpleaños de Dana me presenté con una muñeca menos costosa que la que le regalara a Fipa; pero la humilde muñeca llevaba en la mano un papel de cien pesos y una tarjeta que decía: “Para comprarle bombones a la muñeca, que es muy golosa”. Los cien pesos, claro está, irían a sepultarse en un rincón de la cartera de la madre de Dana (por lo cual me salvaría yo de ser titulada como miserable) y la muñeca sería de Dana, a fin de que mi linda e inteligente amiga le trasmitiese sus gestos y actitudes, jugando al juego de la maternidad, el más profundo, serio, importante y trascendente de los juegos infantiles.